Capítulo 13 #9
Los gritos estallaron en el jardín. Los estudiantes que habían estado observando desde la distancia comenzaron a correr despavoridos, buscando refugio entre los árboles y arbustos. El caos se apoderó de la noche.
—¿Vais a joderme, eh? —Kuchiki escupió las palabras con desprecio, el arma oscilando entre las cabezas de Ai y Shun—. Jodidos pijos de mierda.
Ai agachó la cabeza, incapaz de sostener la mirada de aquel monstruo. Las lágrimas caían como cántaros de agua por sus mejillas, acompañadas de un temblor infernal que recorría todo su cuerpo.
El vestido azul, que horas antes la hacía sentir especial, ahora era una trampa que la mantenía expuesta, vulnerable.
Shun, rabioso, no podía moverse. Cada fibra de su ser deseaba lanzarse contra aquel hombre, pero sabía que sería su sentencia de muerte. Un segundo, un solo movimiento en falso, y todo terminaría. Estaba en una encrucijada, atrapado entre el amor y el instinto de supervivencia.
—Aquí mando yo, ¿sabéis? —Kuchiki elevó la voz, dejando entrever la locura que bullía en su interior—. ¡Y si yo digo algo, se hace, joder! —El cañón de la pistola trazó círculos erráticos en el aire—. ¿Lo entendéis?
—Sí... —susurró Ai, con una voz tan frágil que apenas se escuchó.
Kuchiki notó el silencio de Shun. Una mueca torcida se dibujó en su rostro. Bajó el arma hasta apoyar el cañón helado contra la frente de Ai. Ella sollozó en demasía, un sonido desgarrador que atravesó la noche.
—¡Basta, basta! —suplicó Shun, extendiendo las manos en un gesto de rendición total.
—Ah, parece que ahora sí me prestas atención —Kuchiki rio, una risa hueca que no llegaba a los ojos—. Es que parece que no lo has entendido, perro. —Presionó ligeramente el arma contra la piel de Ai, haciendo que ella contuviera el aliento—. Entonces, te voy a dar a elegir, perrito. Decide bien.
La noche se detuvo. El mundo entero pareció contener la respiración.
—Si quiero que tu novia me la chupe ahora mismo delante de todos, lo hace. —Kuchiki saboreaba cada palabra—. Y si quiero esparcir tus sesos por el jardín, también. —Hizo una pausa dramática—. Así que elige. ¿Qué prefieres?
Shun temblaba. Su mente era un torbellino de pensamientos imposibles. La cabeza iba a estallarle de un momento a otro. Miró a Ai, sus ojos llenos de lágrimas, su cuerpo encogido por el miedo, y supo que cualquier decisión sería el final.
Paradójicamente, John seguía aislado en la barra, limpiando copas con un paño blanco que giraba una y otra vez sobre el cristal.
El traqueteo de los vasos era el único sonido que acompañaba sus pensamientos.
A su alrededor, pocos estudiantes permanecían en el interior: los descartes, los más marginados, aquellos que no tenían un lugar en el patio ni en las risas de la noche.
Era como estar en dos mundos paralelos diferentes, delimitados por unos insignificantes metros.
De pronto, John vio llegar a Makoto tambaleándose hacia la barra. Nada más verlo, torció el gesto, dispuesto a echarle la bronca por su comportamiento.
—Ya hablaremos los dos más tranquilamente —comenzó, con tono severo—.
No esperaba que te comportases de esa manera en la fiesta.
—Hizo una pausa, y su expresión se suavizó ligeramente—.
Por otro lado, me ha gustado esa iniciativa de declararte a Kasumi.
—Una pequeña sonrisa asomó a sus labios—¿Qué diablos hacéis en el patio? Formáis mucho escándalo.
Makoto no dijo nada. No pronunció una sola palabra. Solo mostró un rostro pronunciado por el miedo, un terror tan profundo que distorsionaba sus facciones. John nunca había visto una expresión semejante. Aquello era diferente. Era puro pavor.
John dejó de limpiar vasos. El paño cayó sobre la barra. Su mirada se clavó en Makoto, y algo en su interior le dijo que lo que ocurría en el patio no era nada bueno.
John salió al patio y lo primero que percibió fue el revuelo.
A pocos metros de uno de los árboles, un grupo de estudiantes formaba un círculo tenso, sus rostros reflejaban algo que él conocía bien: miedo.
Pero no era un miedo cualquiera. Era esa clase de terror que paraliza, que impide moverse, como si una fuerza mayor hubiera congelado el tiempo.
Nadie efectuaba ningún movimiento. Estaban petrificados. Pronto localizó el foco de la acción. Tres vándalos se habían adueñado del patio. No se fijó en sus rostros, no en ese primer instante. Solo vio una imagen que le quemó la retina como un hierro candente.
Uno de ellos tenía a Ai de rodillas. Jugueteaba con su pelo de forma burlesca, ironizaba con su entrepierna acercándola demasiado a su cara. Ella temblaba, lloraba, pero no podía apartarse. Shun estaba junto a ella, también de rodillas, con el rostro ensangrentado y la mirada perdida.
El problema: una pistola. El metal negro brillaba bajo la luz de las farolas, apuntando, amenazando, decidiendo quién vivía y quién moría.
Un calor sofocante inundó las entrañas de John. Una oleada de fuego que comenzó en el estómago y se extendió por cada fibra de su cuerpo. Su mente dejó de pensar con claridad. Las opciones, las consecuencias, el peligro... todo se desvaneció. Solo tenía una cosa clara: matar a aquel tipo.
De forma brusca, John apartó a los estudiantes a su paso. Avanzó como una flecha hacia el centro del círculo, con una determinación que helaba la sangre.
Kuchiki lo vio venir. Rápido, directo, sin dudar. Por un instante, algo cruzó su mirada: sorpresa. No esperaba a nadie tan loco como para hacer eso, para enfrentarse a una pistola con las manos vacías.
—¡Dale una hostia a ese atontado! —ordenó, señalando a John.
Matsuda fue el encargado de detenerle. Se interpuso en su camino, listo para cumplir la orden. Pero cuando vio a John de cerca, cuando sus ojos se encontraron con aquellos ojos iracundos, se detuvo en seco.
Incomprensiblemente, se quedó paralizado.
—¡¿Qué haces, idiota?! —le replicó Yamaguchi, al ver que no ejecutaba la orden.
Matsuda señaló a John con dedo tembloroso.
—Este tío... creo que es... Akuma[24].
—¿Akuma? —Yamaguchi frunció el ceño—. Ese tío no existe. Solo es una fábula entre los yakuzas. ¡Espabila!
Aunque Matsuda no se movió. Ante la mirada incrédula de sus secuaces, permaneció inmóvil. Esos ojos iracundos ya los había visto antes, en los relatos de los veteranos, en las advertencias que susurraban en las sombras. Y no traían nada bueno.
Kuchiki perdió la paciencia. Alzó la pistola y apuntó directamente a la frente de John. Pero John no detuvo el paso. Siguió avanzando, lento pero firme, hasta que el cañón del arma se hundió en su piel, justo entre sus ojos. Y entonces se detuvo.
No por miedo. Sino porque quería sentir el metal, quería estar tan cerca que no pudieran fallar. Su mirada, fija en Kuchiki, era la de un hombre que ya no temía a nada.
—¿¡Pero qué coño!? —Kuchiki rio, pero era una risa nerviosa, desencajada—. Estoy apuntando su jodida cabeza y sigue mirándome como un hijo de perra. —Sacudió la cabeza, incrédulo—. ¡Esto sí que no me lo esperaba!
—Johnny, por favor... —suplicó Ai, con lágrimas rodando por sus mejillas—. Haz lo que te pida. Esto es muy peligroso, no tenemos elección.
Kuchiki, al oírla, recuperó parte de su arrogancia.
—Eso, Johnny —se burló, apretando el cañón contra la frente de John—. ¿Qué vas a hacer?
John la miró fijamente. Por un instante, sus ojos se encontraron con los de ella, y Ai vio algo que la heló: una calma absoluta, una tranquilidad que no pertenecía a este mundo. Luego, una sonrisa lenta, siniestra, se dibujó en sus labios.
—Bang —susurró.
Kuchiki gritó, preso de la rabia que sentía por aquella burla. La humillación quemaba más que cualquier golpe.
—¡Te pegaré un puto tiro, joder! —bramó, apretando el dedo en el gatillo.
Pero en una fracción de segundo, todo cambió.
La mano de John se movió como un latigazo. Aferró la muñeca de Kuchiki con una fuerza descomunal, sus dedos hundiéndose en el tendón bajo el pulgar. Apretó. Duro. Más duro. El vándalo sintió cómo su mano dejaba de responder, cómo el dolor lo cegaba.
El cañón se tambaleó, descontrolado. Un disparo se escapó hacia el aire, un trueno que asoló el jardín y desató los gritos aterrorizados de los estudiantes. Todos corrieron a ponerse a salvo, buscando refugio entre los árboles y arbustos.
Luego vino el chasquido. Un sonido seco, horrible, que dislocó la muñeca de Kuchiki. La pistola cayó al suelo, inútil.
John no se detuvo. Aprovechando la distracción y el dolor de su oponente, descargó una patada brutal sobre el lateral de su rodilla. El impacto fue preciso, demoledor.
Desde el suelo, de rodillas aún, Ai vio algo que la marcaría para siempre. La pierna de Kuchiki se desencajó del sitio. El fémur, blanco y grotesco, sobresalió a través de la carne desgarrada. Nunca había visto algo tan horrible.
Aunque los gritos del cabecilla fueron sofocados antes de que pudieran prolongarse. Un cabezazo potentísimo, lanzado con toda la furia del mundo, impactó entre su nariz y su boca. El cráneo de Kuchiki resonó como una piedra al caer. Y cayó. Inerte.
John había perdido el control.
Ai lo supo nada más contemplar su mirada. Endemoniada. Vacía. Asesina. Y cuando comenzó a patear el cuerpo inerte de Kuchiki desde el suelo, una y otra vez, sin parar, sin importarle que ya no se movía, Ai sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
—¡Johnny! —gritó, pero su voz apenas era un susurro en medio del caos—. ¡Ya basta!
Yamaguchi, a pocos metros, logró finalmente desprender el nunchakus de su mosquetón.
Sus manos temblaban, los nervios le impedían ejecutar el movimiento con la fluidez que tantas horas de práctica le habían otorgado.
Lo izó torpemente, intentando encontrar el ángulo adecuado para el ataque.
Lo lanzó una vez. John lo esquivó sin esfuerzo, como si el arma se moviera en cámara lenta.