Capítulo 13 #8
Unas horas antes del evento, Sanosuke había contactado con un nuevo camello por teléfono. El suyo habitual estaba de viaje, y en uno de esos días locos suyos, alguien le había pasado un número. Llamó, acordó un encuentro, y esperó. Pero la paciencia no era su fuerte.
Apoyado contra un árbol del patio, observaba cómo sus amigos, los mismos que hacía rato le preguntaban si había llegado "el material", comenzaban a impacientarse.
Sin pastillas de diseño, la noche perdía gran parte de su atractivo para ellos.
Sanosuke miraba el teléfono una y otra vez, maldiciendo en voz baja.
—¿Dónde cojones se ha metido este tío? —murmuró, pateando una piedra.
Por un momento pensó que no vendría. Quizás le habían timado, o el camello había decidido no arriesgarse con una fiesta escolar. El instituto, después de todo, era territorio peligroso para esos tratos.
Los estudiantes que deambulaban por el patio vieron cómo tres figuras entraban por la entrada trasera, la que comunicaba directamente con la calle. Alguien, distraído o tal vez sobornado, les permitió el paso a pesar de que su vestimenta delataba que no eran estudiantes del instituto.
El camello no llegaba solo.
KATO KUCHIKI: 25 años. Cabecilla del grupo. Cabello moreno y mechón rubio extravagante. Poco paciente y agresivo.
YAHIKO MATSUDA: 23 años. Cabello castaño. Charlatán y alocado.
SHIN YAMAGUCHI: 24 años. Cabello rapado y dilataciones en las orejas. Obediente y leal.
Kuchiki caminaba al frente, con paso firme y mirada escrutiñadora.
Su chaqueta de cuero y sus botas militares contrastaban con los elegantes trajes de los estudiantes.
El mechón rubio que cruzaba su cabello moreno brillaba bajo la luz de las farolas del jardín.
No parecía impresionado por el entorno; al contrario, observaba a los jóvenes como si fueran presas fáciles.
A su derecha, Matsuda no paraba de hablar, gesticulando con entusiasmo mientras señalaba a los grupos de estudiantes. Su actitud era más relajada, casi como si estuviera en una fiesta más que en un negocio ilegal. Reía por lo bajo, haciendo comentarios que solo sus compañeros podían escuchar.
Shin cerraba el grupo, en silencio. Su cabeza rapada y las dilataciones en sus orejas lo hacían inconfundible. No hablaba, solo observaba. Sus manos descansaban en los bolsillos, siempre cerca de los nunchakus que reposaban en el mosquetón de su cinturón.
Sanosuke, al verlos, tragó saliva. Había pedido un camello, no a unos maleantes. Pero ya era tarde para echarse atrás. Los tres hombres se dirigieron hacia él, abriéndose paso entre los estudiantes que, instintivamente, se apartaban a su paso.
Kuchiki la emprendió con Sanosuke nada más llegar.
Para él, haber tenido que desplazarse hasta el instituto para una mísera venta de consumo personal era una auténtica provocación.
La distancia recorrida, el riesgo, todo para unas pocas pastillas de diseño.
Su paciencia, siempre escasa, se agotó en cuestión de segundos.
Sin mediar palabra, atrapó a Sanosuke por el cuello y comenzó a zarandearlo con violencia, sin importarle lo más mínimo la presencia de los estudiantes que los rodeaban. El chico, aterrado, apenas podía respirar mientras las manos apretaban su garganta.
Desde pocos metros, la anfitriona contemplaba la escena con el corazón en un puño.
—¿Qué está ocurriendo, Shun? —preguntó Ai, con la voz temblorosa—. Parece que hoy nada me sale bien.
Shun entrecerró los ojos, reconociendo la escena.
—Creo que Sanosuke ha vuelto a las andadas.
—¡¿Qué?! —Ai se llevó las manos a la cabeza—. ¡¿Cómo se le ocurre traer a ese tipo de gente a un lugar como este?! Si los delegados se enteran de esto, me expulsarán de por vida. —Agarró a Shun del brazo con desesperación—. ¡Soluciónalo, por favor!
—No te preocupes —la tranquilizó Shun, enderezando la chaqueta—. Déjalo de mi mano. Largaré a estos indigentes en un suspiro.
Con su característico desparpajo, Shun se dirigió hacia el grupo. Un silbido agudo captó la atención de los tres intrusos.
—¡Este es un lugar privado! —anunció con autoridad—. ¡Será mejor que os marchéis de aquí ahora!
Kuchiki soltó el cuello de Sanosuke, que cayó al suelo tosiendo. El cabecilla se giró lentamente hacia Shun, con una expresión de diversión peligrosa.
—No voy a irme a ningún lado, pijito —gruñó, acercándose—. No hasta que tu amiguito me pague por mis servicios.
—¡Ya le he dicho que no tengo más dinero! —interrumpió Sanosuke desde el suelo, visiblemente aterrorizado.
Kuchiki ignoró sus palabras y clavó la mirada en Shun.
—¿Me pagarás tú por él, niñito de papá?
En ese momento, Ai, incapaz de contenerse, llegó hasta ellos con paso urgente.
—¿Qué está pasando? —preguntó, intentando mantener la compostura.
Kuchiki la miró con indiferencia al principio. Pero entonces sus ojos recorrieron su figura de arriba abajo. La forma en que el vestido se ajustaba a su cuerpo, su belleza natural, la mezcla de inocencia y determinación en su mirada. Algo cambió en su expresión.
Por un momento, su malestar pareció olvidado. Aunque la forma en que la observaba, esa mirada depravada que recorría cada curva de su cuerpo hizo que Ai se sintiera profundamente incómoda. Dio un paso instintivo hacia atrás, buscando protección en Shun, que seguía a su lado.
Al verlo venir con malas intenciones hacia su novia, Shun se interpuso con decisión y lo empujó levemente hacia atrás. Fue un gesto de protección, pero también una chispa en un polvorín.
La expresión en el rostro de Kuchiki cambió para peor.
De pronto, de la parte trasera de su cinturón, extrajo una navaja automática.
Con un solo gesto, la cuchilla se desplegó, brillando amenazante bajo la luz de las farolas.
Sus compañeros de banda sonreían fervientemente, conocedores de la inestabilidad de su jefe.
—¿Dónde has dejado el entusiasmo, pijito? —escupió Kuchiki, acercando la navaja al rostro de Shun.
Shun tragó saliva, pero mantuvo la compostura.
—Creo que deberías tranquilizarte —aconsejó, con la voz más firme de lo que realmente se sentía—. Tan solo ha sido un malentendido. Si lo que quieres es dinero, te daré dinero.
Sacó un fajo de billetes del bolsillo interior de su chaqueta y lo mostró como ofrenda de paz.
Kuchiki ni siquiera miró los billetes. Sus ojos volvieron a posarse en Ai, que permanecía inmóvil detrás de Shun.
—No quiero tu puto dinero —gruñó, con una sonrisa torcida—. Ahora no puedo olvidar a esta preciosidad. —Señaló a Ai con la navaja—. ¿Dejarías que diéramos una vuelta? —Carcajeó como un loco, sus ojos brillando con una lujuria peligrosa.
—Sabes que no voy a permitir eso —respondió Shun, manteniéndose firme—. Es mi novia. ¿Seguro que no quieres el dinero? —Zarandeó los billetes, intentando camelarlo.
—¡He dicho que no! —Kuchiki dio un manotazo que hizo volar los billetes por el aire, dispersándose entre la hierba—. Siempre consigo lo que quiero.
Shun se interpuso de nuevo, pero no vio venir el puñetazo.
El impacto le alcanzó de lleno en la cara, descuadrándolo y haciéndole caer al suelo.
Antes de que pudiera reaccionar, Kuchiki alzó la mano, atrapó a Ai por el brazo y con un movimiento rápido la acomodó contra su regazo.
La navaja presionó su garganta, el filo helado contra su piel.
Ella apenas podía moverse. El miedo la paralizaba por completo. Su rostro mostraba una angustia profunda, y la situación despertó viejos fantasmas que creía enterrados. El parque Hebi. Los matones. El terror de sentirse vulnerable. Todo volvió como un maremoto.
Shun estaba enrabietado, con la sangre hirviendo en las venas, pero solo pudo limpiarse los restos de sangre que manaban de su nariz.
La amenaza de la navaja apuntando al cuello de Ai era demasiado real.
Un movimiento en falso y podría ser el fin.
Tenía que andarse con cuidado, medir cada palabra, cada gesto.
Aun así, intentó dar un paso al frente, dispuesto a arriesgarlo todo. Pero Kuchiki, con una sonrisa sádica, hizo descender lentamente la navaja desde la garganta hasta el escote de su blusa. El filo jugueteó con la tela, acariciando peligrosamente la piel que asomaba.
—¿No vas a hacer nada? —provocó Kuchiki, con los ojos brillantes de maldad.
Shun sintió la impotencia como un puñetazo en el estómago. Estaba claro que el vándalo le llevaba ventaja, mucha ventaja. Pero a pesar de ello, estaba dispuesto a sacrificarse, a hacer lo que fuera necesario con tal de no tener que contemplar ni un segundo más el rostro atemorizado de su chica.
—¡Está claro que has ganado! —exclamó, con la voz quebrada por la desesperación—. Haré lo que me pidas, pero déjala en paz, por favor...
Kuchiki arqueó una ceja, divertido.
—Eso es otra cosa. —Hizo una pausa teatral—. ¿Te arrodillarías?
Shun no lo dudó. Cayó de rodillas al instante, sobre la hierba, el barro manchando sus elegantes pantalones. No quería dar ni un segundo más de angustia a su novia.
Kuchiki se desgañitó de la risa, una carcajada hueca que helaba la sangre.
—Eres un buen perrito faldero —se mofó—, pero... —Su mirada se desvió hacia Ai, apreciando sus curvas con una lujuria enfermiza—. Me costará mucho olvidar esto. Y más lo que habrá debajo.
Lentamente, comenzó a levantar la falda de su vestido con la hoja de la navaja. El metal frío rozaba su piel, y ella apenas podía respirar del terror.
Algo estalló dentro de Shun. Como un relámpago, se levantó del suelo, cegado por la furia. Pero Kuchiki era más rápido. Una patada certera lo alcanzó antes de que pudiera incorporarse del todo, enviándolo de vuelta al suelo.
Luego, con desprecio, Kuchiki arrojó a Ai a un lado. Ella cayó junto a Shun y se aferró a él instintivamente, abrazándose a su cuerpo tembloroso.
Fue entonces cuando vieron la pistola.
Kuchiki la sacó del bolsillo con parsimonia, como quien muestra un juguete nuevo. El metal negro apuntó directamente hacia ellos.