Capítulo 13 #7
El alcohol, junto al paso del tiempo, hizo efecto.
Poco a poco, Makoto se transformó. La bebida le otorgó una confianza que nunca había conocido, una valentía líquida que recorría sus venas.
El calor inundó su cuerpo, y sin pensarlo, se desabrochó varios botones de la camisa, dejando al descubierto parte de su pecho.
Minutos después, era irreconocible. En la pista de baile, Makoto lo daba todo.
Sus movimientos eran enérgicos, desenfadados, con un ritmo jamás visto en él antes.
Las mejillas acaloradas, la sonrisa permanente, el sudor brillando bajo las luces de colores.
Sin duda, se había convertido en el centro de atención de la pista.
Todos miraban, algunos asombrados, otros divertidos, pero nadie podía negar que el pardillo de Aoyama había resucitado.
Contagiado por una energía que no parecía suya, Makoto se abrió paso entre la multitud con una determinación desconocida. Sus ojos buscaron a Kasumi entre las parejas que aún ocupaban la pista, y cuando la encontró, se plantó frente a ella sin dudarlo.
Kasumi parpadeó al verlo. Algo en su expresión, en esa energía repentina, en esa valentía improvisada, le hizo sospechar que no todo iba bien.
—¿Te encuentras bien? —preguntó, frunciendo ligeramente el ceño.
—¡Mejor que nunca! —respondió Makoto, sin dejar de bailotear en el sitio, como si su cuerpo no pudiera contener tanta electricidad—. Quiero decirte algo, algo que he estado guardándome durante años... —Respiró hondo y soltó—: ¡Me gustas mucho!
Kasumi enmudeció. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso que ni las luces de colores podían disimular. Abrió la boca para decir algo, pero las palabras no salían.
—¿Cómo has dicho? —atinó por fin—. ¿Has bebido?
—Eso no importa —insistió Makoto, con una sonrisa amplia y los ojos brillantes—. Es lo que siento.
A pocos metros, Nagano observaba la escena. Su mandíbula se tensó, y no tardó ni un segundo en abrirse paso entre el círculo de curiosos que comenzaba a formarse.
—¡Qué haces, pringado! —exclamó, encarándose a Makoto—. ¡Lárgate de aquí y no molestes a mi novia!
—¿Tu novia? —Kasumi lo miró desconcertada—. ¿Desde cuándo...?
Nagano no la dejó terminar. Con furia, empujó a Makoto con fuerza, haciéndole trastabillar. Pero Makoto, en lugar de caer o rendirse, se reincorporó y se plantó de nuevo entre ambos, desafiante.
—¡No me importa que estés aquí! —proclamó, alzando la voz—Es más, quiero que también lo escuches... ¡y todo el mundo! —Giró sobre sí mismo, abarcando con la mirada al círculo de estudiantes que los rodeaba—. ¡Estoy enamorado de Kasumi desde sexto grado!
El silencio se hizo en la pista. La música seguía sonando, pero todos los ojos estaban puestos en ellos. Kasumi, con las mejillas encendidas, no sabía dónde mirar. La sinceridad de Makoto la había golpeado como un tren.
Nagano vio ese rubor, esa duda en sus ojos, y algo estalló dentro de él. No podía permitir que aquel pringado le arruinara la noche, su conquista, su momento.
—¡Eres un maldito borracho! —gritó, y comenzó a insultarle mientras lo empujaba una y otra vez.
Pero Makoto no cedía. Por cada empujón, se reincorporaba y repetía su declaración, como un disco rayado imparable. El círculo de gente se agolpó a su alrededor, algunos grabando con el móvil, otros simplemente observando boquiabiertos.
Ai intentó intervenir, abrirse paso, detener aquello, pero la masa era demasiado densa. Nadie escuchaba. Todo se estaba descontrolando.
Hasta que Nagano, cegado por la ira, cerró el puño y lo lanzó con todas sus fuerzas contra el rostro de Makoto. El impacto sonó seco. Makoto cayó al suelo, y por un instante, el tiempo pareció detenerse.
—¿Pero qué has hecho? —gritó Kasumi, horrorizada, al ver a Makoto en el suelo sangrando por la boca—. ¿Te has vuelto loco? ¡Le has partido el labio!
Todo el mundo miraba. Las miradas se clavaban en Nagano como puñales, y él sintió el peso del juicio colectivo sobre sus hombros. La música había cesado. El silencio era incómodo, denso, cargado de tensión.
—¡Te das cuenta de la importancia de esto! —recriminó Ai, avanzando entre la multitud justo cuando los delegados se acercaban, libreta en mano, apuntando cada detalle con sus rostros severos.
—¿Me lo dices a mí? —se quejó Nagano, señalando a Makoto con el dedo tembloroso—. La culpa es de este, que ha traído alcohol a la fiesta.
Ai desconcertada puso los ojos en blanco. Pero algo hizo clic en su memoria: la imagen de Karai, y su pulsera mágica. Buscó con la mirada entre la multitud, pero no la encontró. Karai se había escondido muy bien, como la cobarde que era en momentos así.
Los ánimos estaban caldeados. Los populares comenzaron a atosigar a los menos reconocidos socialmente, reclamando su sitio por derecho, exigiendo respeto.
Los insultos volaban, los empujones se multiplicaban, y el aire se cargaba de una violencia contenida que amenazaba con estallar en cualquier momento.
Las peleas estaban a punto de formarse cuando John, como un rayo, saltó por encima de la barra.
Su traje azul cruzó el aire y aterrizó en medio de la pista, rompiendo el cerco de curiosos con la fuerza de su presencia.
Se plantó en el centro, entre los dos bandos, con los brazos ligeramente separados del cuerpo y la mirada firme.
—¡Ya está bien! ¡Todos quietos! ¿¡Qué diablos pasa aquí!? —la voz de John retumbó en el silencio que había dejado la música—. Ai se ha esforzado mucho para que esta fiesta salga bien, y no voy a permitir que lo estropeéis con vuestras tonterías.
Nagano, al verlo tan enfadado, sintió que la sangre se le helaba en las venas. Sabía perfectamente que él había originado la pelea, que su puñetazo había sido la chispa que casi incendia la noche.
—¡Nagano, sal de aquí! —ordenó John sin miramientos—. Y tú, Makoto, vete al patio a que te dé el aire —añadió, observando el estado visiblemente ebrio de su amigo. No tuvo contemplaciones. Ni siquiera con él.
Ambos obedecieron sin rechistar. Nagano desapareció entre la multitud con la cabeza gacha, y Makoto, tambaleándose, fue escoltado por dos compañeros hacia la salida del patio.
En cuestión de segundos, el cerco de curiosos se disolvió.
Los murmullos fueron apagándose, y la calma comenzó a regresar a la pista.
Aún conmocionada por lo ocurrido, Ai se acercó a John con pasos lentos. Sus ojos brillaban con una mezcla de gratitud y agotamiento emocional.
—Gracias, Johnny —dijo en voz baja—. Sin tu ayuda, no sé si hubiese podido solventar la situación. Todo se ha descontrolado en un segundo.
De pronto, una palmada en la espalda interrumpió el momento. Shun apareció con su sonrisa burlona, esa que siempre reservaba para John.
—Tiene gracia que hayas tenido que ser tú quien solucionara esto —rio, con tono sarcástico—. Quién lo diría, con lo inestable que eres.—Se encogió de hombros—. Ya puedes volver a tu barra solitaria.
Y se marchó, dejando tras de sí el eco de su burla.
John apretó los puños. La rabia bullía en su pecho, alimentada por todo lo que había pasado. Pero entonces sintió un contacto suave en su brazo. Ai lo había tomado con un gesto delicado, sus dedos apenas rozando la tela de su chaqueta.
—Lo siento —susurró—. Perdona su conducta. —Sus ojos se encontraron con los de él, y John vio en ellos un brillo vidrioso, una fragilidad que rara vez mostraba—. Pero ahora necesito que me ayudes a arreglar todo este desastre.
La rabia se desvaneció como por arte de magia. John la miró, y sin mediar palabra, asintió. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
Después, sin dudarlo, se dirigió al centro de la pista y alzó la voz.
—¡Todo el mundo que esté caliente al patio! —ordenó con autoridad—. Necesitamos que os calméis un poco. En quince minutos reabrimos.
Los estudiantes, obedientes, comenzaron a desalojar la pista en dirección al patio.
John regresó a la barra con paso lento, todavía procesando todo lo ocurrido. Comenzó a preparar las bebidas para el segundo asalto de la noche, alineando vasos, revisando existencias, recuperando la rutina que le servía de anclaje en medio del caos.
El DJ, aprovechando el descanso forzado, soltó las piernas y se alejó de su mesa de mezclas, encendiendo un cigarrillo en la puerta trasera. La música había cesado, y el silencio repentino resultaba casi tan extraño como el bullicio de minutos antes.
La mayoría de los estudiantes salieron al patio a disfrutar de la noche. Y hacía una noche espléndida, ciertamente. El aire fresco despejaba las mentes y calmaba los ánimos. El cielo estrellado se extendía sobre el instituto como un manto de terciopelo salpicado de lucecitas titilantes.
Cada grupo estableció su lugar de reunión entre los árboles y los jardines de la entrada.
Los populares ocuparon los bancos cercanos a la fuente, las parejas se dispersaron por rincones más íntimos, y los descartes, aquellos que siempre encontraban su lugar en los márgenes, se agruparon bajo el gran cerezo del patio trasero.
Las risas comenzaron a escucharse de nuevo, más relajadas, más auténticas. El incidente quedaba atrás, al menos por el momento. La noche era joven y prometía devolverles la magia que casi se había perdido.
SANOSUKE SANO: 18 años. Cabello alborotado. Divertido y generoso. Cursaba en el grado 12 C del Kōtōgakkō en el Masaru. Pertenecía al Club de Fútbol de Ryunosuke. Se le conocía por sus desfases en las fiestas.
Sanosuke era uno de los compañeros de equipo de Shun Miura, de esos que en el campo rendían lo suficiente como para que se le perdonaran sus excesos fuera de él.
Era propenso a fumar drogas blandas en ocasiones y a conseguir pastillas de diseño para animar las celebraciones.
Normalmente, sus compañeros le cuestionaban, pero su calidad en el terreno de juego hacía que acabaran cerrando los ojos ante sus limitaciones personales.
El Baile de Invierno no sería una excepción.