Capítulo 13 #6
Todas las miradas se giraron hacia la barra.
Y lo que vieron las dejó mudas por un instante.
John no estaba precisamente aburrido. Rodeado por un grupo de chicas, deleitaba a su audiencia con juegos de manos y botellas dignos del mejor barman.
Con el parón de la música, el foco de atención se había desplazado hacia él, y él lo aprovechaba con un desparpajo asombroso.
Agitaba la coctelera con ritmo, la lanzaba al aire, la hacía girar utilizando su cuerpo y brazos en una coreografía hipnótica.
Cada movimiento era preciso, cada giro, calculado.
El grupo no era uno cualquiera. Tenía embelesada a la mismísima agrupación de animadoras, con la capitana Suzuki al frente.
Las chicas reían, aplaudían, pedían más.
Sus acompañantes oficiales, desde el otro lado del salón, observaban la escena con rostros indignados.
John, sin proponérselo, estaba reclamando toda la atención y provocando que sus parejas les ignoraran por completo.
Ai y sus amigas se acercaron a la barra con la intención de saborear uno de esos preparados que John estaba elaborando con tanto arte.
Pero al llegar, se encontraron con una escena que a algunas les resultó incómoda: John seguía flirteando con las animadoras, risueño y relajado, repartiendo bromas y sonrisas entre el grupo de chicas que lo rodeaban como abejas alrededor de la miel.
Karai no tuvo paciencia para esperas. Su umbral de tolerancia era más bien escaso, y cuando vio a Suzuki especialmente melosa con la conversación, pegada a la barra como si estuvieran solos en el mundo, algo estalló en su interior.
Sin mediar palabra, efectuó un pronunciado silbido que cortó el aire como un cuchillo.
La capitana de las animadoras giró la cabeza.
Al ver quién había emitido ese sonido, su expresión cambió radicalmente.
Un escalofrío profundo recorrió su espalda bajo el bonito vestido de fiesta.
Suzuki aún recordaba perfectamente la agresión en el patio, aquella vez que Karai la golpeó sin clemencia, sin importarle quién era ni el poder que ostentaba.
Sin siquiera despedirse, Suzuki se retiró de la barra con paso rápido.
Detrás de ella, como un rebaño asustado, la siguieron sus lacayas, dejando a John solo ante sus nuevas clientas.
John observó la escena con una ceja arqueada, divertido y confuso a partes iguales.
Luego miró a Karai, que se apoyaba en la barra con una sonrisa de satisfacción mal disimulada.
—¿Problemas? —preguntó John, con un dejo de ironía.
—Ninguno —respondió Karai con suficiencia—. Solo he eliminado la competencia. Ahora sírveme algo de eso que tanto les gustaba.
John llegó al otro lado de la barra con una sonrisa conciliadora, aunque sus amigas no parecían dispuestas a dejar pasar la espera tan fácilmente.
—¡Llevamos un tiempo esperando, ¿sabes?! —replicó Karai, apoyando los codos en la barra con actitud desafiante.
—¡Venga! Dadme un respiro —respondió John, levantando las manos en señal de rendición.
—Que yo sepa, más que trabajar, estabas trabajándote a la capitana —intervino Ai, con los brazos en jarras.
—Solo estaba intentando ser amable —se defendió John—. Uno se aburre mucho en esta barra sin apenas compañía.
—¡Te dije que lo pensaras bien! —sermoneó Ai, inflexible—. Por eso teníamos a un barman contratado, pero insististe en no venir al baile y ceñirte al trabajo. Ahora te toca apechugar.
John aguantó la reprimenda con resignación, sabiendo que Ai tenía razón. Pero no era tonto; conocía el poder de un cumplido bien colocado para suavizar ánimos.
—Por cierto —dijo, cambiando por completo el tono—, estáis realmente guapas esta noche. Vaya, me gusta mucho tu vestido, Kaori. Estás realmente radiante.
El efecto fue inmediato. Kaori sintió cómo la sangre le subía a las mejillas, tiñéndolas de un rojo intenso que ni la iluminación tenue del salón podía disimular.
Ai y Kasumi intercambiaron una mirada rápida, cargada de significado.
Ambas deseaban contarse el secreto que sabían sobre Kaori, sin saber que, en realidad, cada una ya lo conocía de labios de los propios implicados.
—¿Qué van a tomar las señoritas? —preguntó John, recuperando su papel de barman con una reverencia teatral—. Puedo preparar unos cócteles buenísimos. Son mi especialidad.
Las chicas disfrutaron del espectáculo. John desplegó su repertorio de movimientos acrobáticos con la coctelera, lanzándola al aire, girándola sobre sus dedos, haciendo malabarismos que arrancaron aplausos y risas.
En cuestión de minutos, colocó cuatro vasos ante ellas y los llenó de manera peculiar, con chorros precisos y coloridos.
Entonces, Karai aflojó un minúsculo tapón de su vistosa pulsera y, con disimulo, se dispuso a verter el contenido en su vaso.
Ai lo notó al instante. Sus ojos se abrieron con sobresalto.
—¿¡Qué estás haciendo!? —exclamó en voz baja pero firme, sujetándole la muñeca—. ¿Has traído alcohol a la fiesta en esa improvisada petaca?
—Venga, Ai —Karai puso los ojos en blanco—. Solo es un chorrito. Hay que darle un poco de chispa a la fiesta.
—¡No pienso consentirlo, y mucho menos en mi fiesta!
—sermoneó Ai, soltándole la muñeca, pero manteniendo la mirada severa—.
Hay muchos delegados vigilantes deseosos de inculpar a los populares.
No quiero ser el centro de las críticas a la vuelta del parón navideño. Todo tiene que salir a la perfección.
—Qué aburrida eres —susurró Karai, inclinándose hacia Ai con un gesto de complicidad burlona—. Siempre siguiendo las reglas. Alguna vez podrías ser más enrollada. Como si nadie más hubiese pensado lo mismo que yo —añadió, dirigiéndose a John en voz bajita.
John no pudo evitarlo. Una carcajada escapó de sus labios.
—¡No te rías! —protestó Ai, cruzando los brazos con fingido enfado.
Las chicas no pudieron aguantar la risa. Como casi siempre, John y Ai volvían a discutir por algo, y aquella dinámica resultaba extrañamente reconfortante en medio del bullicio de la fiesta.
Después de servir los cócteles con su característico estilo, John volvió a quedarse solo tras la barra. Desde allí observaba cómo cada grupo iba tomando su lugar entre las diversas mesas. Aunque aquello era un baile, las distinciones de clase seguían presentes.
Mientras, en una de las mesas principales, Kasumi relataba con rubor lo sucedido con Nagano en la pista de baile. Karai, como era habitual, no perdía oportunidad para avivar el fuego.
—Si has decidido enrollarte con él, puedes ir al servicio —sugirió con total naturalidad—. Allí no te verá nadie.
—¡Por favor, Karai! ¡Qué asco! —replicó Kasumi, escondiendo el rostro entre las manos—. Solo ha sido un impulso. Todavía no puedo creer que lo haya hecho en público. Seguro que me ha visto mucha gente.
—Claro que te han visto —insistió Karai con una sonrisa pícara—. Sobre todo, cuando te tocaba el culo.
—No seas mala amiga —intervino Kaori, defendiendo a Kasumi—. Sabes que es muy reservada con su vida amorosa. Solo lo está diciendo por decir...
—También podrías ir a alguna clase —sugirió Karai, como si tal cosa—. Eso sería lo ideal. Pero para eso tienes que burlar al pitbull de la delegada que custodia las llaves. Sin duda es odiosa.
—¡Karai! —la cortó Ai con severidad—. Deja de dar malas ideas. Nadie va a hacer nada, y mucho menos en mi fiesta. Además, Kasumi todavía no tiene claro lo que siente realmente.
—No lo dirás por Aoyama —Karai se encogió de hombros—. Es buena gente, pero es un pardillo. Mejor quédate con Nagano.
Al otro lado del salón, curiosamente, Nagano hacía lo mismo con sus amigos: relataba con orgullo lo sucedido en la pista, adornando la historia con gestos ampulosos y risas cómplices.
Unos minutos más tarde, Karai se acercó a la mesa de la sangría. Allí estaban los compañeros de equipo de John, pasándoselo en grande con sus respectivas acompañantes. Todos reían, bebían y disfrutaban de la noche. Todos menos uno.
Makoto estaba decaído, con la mirada perdida y el gesto apagado. Y lo peor: su apatía había hecho que Kaede, su acompañante, se marchara con uno de los descartes de las gradas, harta de su falta de atención.
—¡Qué tal, Aoyama! —saludó Karai con su habitual desparpajo, apoyándose en la mesa—. Ya me he enterado de tu declaración emergente. La verdad es que nunca creí que tuvieses agallas para declararte a Kasumi.
Makoto la miró con desgana.
—Veo que las noticias vuelan por aquí.
—¿Te has enterado de lo de Nagano y Kasumi? —preguntó Karai en voz baja, con una sonrisa maliciosa—. Seguro que ahora están follando en el baño.
Makoto la miró, esta vez con una mezcla de decepción y dolor.
—¿Has venido a burlarte de mí?
—Qué poco sentido del humor —Karai puso los ojos en blanco—. Solo han sido unos besos, por amor de dios... —Se inclinó sobre la mesa—. En realidad, solo he venido a beber. Te haría falta un poco de chispa —señaló su pulsera con significado—. ¿Quieres? Me estás dando lástima.
Makoto dudó.
—No creo que sea buena idea meter alcohol en la fiesta, y más siendo Ai quien ha organizado esto. Podrías meterla en un buen lío.
—Por culpa de esa forma correcta de pensar que tenéis —suspiró Karai— nunca haréis cosas emocionantes en vuestra vida. Deberías espabilar, hombre. ¿Quieres ser un pardillo toda tu vida, o alguien valiente que guste a los demás?
Las palabras de Karai golpearon a Makoto con fuerza. Durante unos segundos se quedó pensativo, mirando la pulsera, sopesando opciones. Luego, sin pensarlo mucho más, asintió y dejó que Karai vertiera un buen chorro en su bebida.
—Si quieres más, solo tienes que buscarme, cariño —Karai le guiñó un ojo antes de desaparecer entre la multitud.