Capítulo 13 #4
Ai lo observó de reojo mientras colgaba una pancarta.
Verlo trabajar con esa concentración, ayudando sin quejarse a pesar de haber dicho que no quería asistir al baile, le provocó una pequeña sonrisa.
Tal vez el hecho de saber que lo de Kasumi había sido un malentendido le relajó el alma.
Cuando John se acercó a la animadora, su corazón había dado un vuelco inesperado, y la conversación con Makoto le confirmó que todo había sido un torpe intento de ayudar a su amigo.
Suspiró aliviada sin querer admitir del todo por qué.
De momento, seguía siendo la única chica a la que John brindaba atención exclusiva. Y eso, de algún modo, la hacía sentir especial. Pero también la intrigaba profundamente: ¿quién sería esa chica misteriosa que ocupaba sus pensamientos? Era todo un enigma.
Kasumi observó a Kaori con atención mientras esta no apartaba la mirada de John, que seguía manipulando la llave inglesa con destreza.
Pero Kasumi sabía bien que no era la herramienta lo que atraía la mirada de su amiga, sino la figura de John ceñida por aquella camiseta de tirantes que marcaba cada músculo.
—¿Te gusta el bricolaje o acaso estás mirando otra cosa? —preguntó Kasumi con una sonrisa pícara.
Kaori parpadeó, como si despertara de un trance, y desvió la mirada hacia su amiga con las mejillas encendidas.
—¿Sabes que le escribí una carta? —confesó en voz baja—. Me refiero a John.
Kasumi arqueó una ceja, sorprendida. —¿Te gusta John? ¿Desde cuándo?
—Desde el día del parque Hebi —respondió Kaori, con la voz teñida de melancolía—. He estado esperando el momento oportuno para confesarle mi amor, pero ya da igual. No leerá ninguna de las cartas que le han mandado. —Hizo una pausa y miró a Kasumi con intensidad—. ¿Puedo contarte un secreto?
—Claro —asintió Kasumi, con un gesto de complicidad—. Puedes confiar en mí.
—Pero es algo íntimo —advirtió Kaori—. Ni siquiera puedes contárselo a Ai. Sé que es tu mejor amiga, pero yo también te considero la mía.
Kasumi suspiró, notando la gravedad en el tono de Kaori. No sabía qué iba a escuchar, pero intuyó que era importante.
—El otro día, en mi casa —comenzó Kaori, bajando aún más la voz— besé a John durante mi hora de clase.
E incluso le ofrecí mi...
—¡Kaori! —la interrumpió Kasumi, llevándose una mano a la boca—. ¿Qué estás diciendo? ¿Le ofreciste tu virginidad?
—Lo hice pensando que quizás así tomaría la delantera a Karai —confesó Kaori, con la mirada perdida en el suelo.
—¿Lo hicisteis? —preguntó Kasumi, sofocada—. No pensé que te gustase tanto como para dar un paso tan importante.
—Al final fue John quien me paró los pies —aclaró Kaori rápidamente—. Dijo que estaba confundida. Fue muy respetuoso; cualquier otro se habría aprovechado. —Levantó la mirada, y en sus ojos brillaba una admiración profunda—. Por eso me gusta aún más.
Kasumi asimiló la información en silencio, procesando la magnitud de lo que Kaori acababa de revelar. Luego preguntó con suavidad:
—¿Le confesaste que te gustaba en tu casa?
—Lo dije —confesó Kaori con la voz quebrada—, pero él insinuó que solo estaba agradecida por lo que pasó en el parque. Después no pude replicar, me quedé en blanco y asentí a lo que decía. Por eso decidí escribirle la carta, porque con palabras escritas puedo expresar mejor lo que siento.
Kasumi le apretó suavemente el brazo. —Lo siento mucho. Seguramente estés sufriendo más de lo que muestras. —Miró hacia donde John y Ai seguían discutiendo—. Aún me resulta extraño que John no haya elegido a nadie para venir al baile. Con todas las cartas que tiene...
—A veces me gustaría ser como Ai —suspiró Kaori, observando la escena—. Ella es capaz de hablar con él con total normalidad, como si no le afectara. Yo me bloqueo, me pongo nerviosa, no sé qué decir.
—Siempre están igual —sonrió Kasumi con ternura—. Siempre picándose el uno al otro. Es su forma de comunicarse.
A pocos metros, John acabó de montar la barra. Dio un último apriete a los tornillos y se incorporó, limpiándose las manos en el pantalón. Ai seguía a su lado, incansable en su empeño.
—Aún no creo que no vayas a asistir al baile —insistió ella, con los brazos en jarras—. ¿Seguro que lo has pensado bien?
John la miró con una media sonrisa.
—Creo tener la solución al respecto.
Ai parpadeó, confundida. —¿Asistirás con alguien por fin?
—Vendré. Pero solo. —Señaló la barra que acababa de montar—. He pensado que me haré cargo de esto. Tengo experiencia, y así evitaré esas cartas tan problemáticas.
—Qué aburrido eres —refunfuñó Ai—. Además, ya tenemos a un barman contratado.
—Pues dile que no venga —respondió John con naturalidad.
—No sé yo... —dudó Ai, mordiéndose el labio—. ¿Seguro que quieres pasar toda la noche en una barra sin poder hacer nada más? Sabes que quiero que todo salga bien. Si decides hacerlo, luego no te quejes.
—¡Qué sí, pesada! —John viró los ojos, pero su tono era más cálido de lo que pretendía—. Lo haré de todas, todas. Tú dile que no venga. Seré profesional.
Ai lo miró fijamente, buscando algún signo de duda, pero no lo encontró. Finalmente, asintió con resignación.
—Está bien. Pero luego no digas que no te avisé.
John se encogió de hombros y comenzó a recoger sus herramientas.
Desde la distancia, Kaori observaba la escena con una mezcla de admiración y tristeza.
Ai podía discutir con él, reñirle, hacerle cambiar de opinión.
Ella, en cambio, ni siquiera era capaz de acercarse sin que las piernas le temblaran.
28 diciembre 2016
Yokohama—Japón
Instituto Masaru.
(Pista Cubierta)
Hacía dos días que el parón estudiantil se había hecho efectivo; las aclamadas vacaciones de invierno habían llegado por fin. Sin embargo, esa noche, el instituto Masaru volvía a abrir sus puertas para acoger el evento más esperado por todos los alumnos: el ansiado Baile de Invierno.
La pista cubierta había sufrido una transformación radical.
La clásica decoración educativa, tan sobria y funcional, había dado paso a un derroche de color y fantasía.
Vistosas pancartas colgaban de las vigas, cintas brillantes caían desde el techo como cascadas de arcoíris, y adornos parpadeaban con luces cálidas en cada rincón.
Las mesas, dispuestas estratégicamente, ofrecían una tentadora variedad de aperitivos, y en el centro, un gran cazón de sangría fresca prometía alegrar las veladas.
La música ya envolvía el ambiente con melodías suaves que invitaban al baile. Poco a poco, las parejas comenzaron a llegar. Los vestidos elegantes y los trajes impecables daban color al recinto, mientras las risas y los susurros nerviosos llenaban el espacio de una electricidad especial.
El salón se fue llenando gradualmente, y con cada nuevo grupo que entraba, se hacía más evidente quiénes serían los descartes de la noche.
Aquellos que no habían conseguido pareja o que, por timidez, no se habían atrevido a buscarla, comenzaron a cobijarse en los laterales de las gradas.
Desde allí, observarían el baile como espectadores, con la esperanza de que alguien se fijara en ellos antes de que la noche terminara.
Desde la barra, John preparaba los vasos con movimientos precisos y distribuía las bebidas bajo el estante con la eficiencia de quien sabe lo que hace.
Vestía un elegante traje de chaqueta ajustado que acentuaba su figura y, curiosamente, entonaba a la perfección con el azul profundo de sus ojos.
Desde su privilegiado lugar, podía observar la entrada de los asistentes y deleitarse con los atuendos caros que algunos estudiantes lucían aquella noche.
Los trajes de marca, los vestidos de diseño, las joyas que brillaban bajo las luces de la pista.
Como buena anfitriona, Ai llegó de las primeras.
Su aparición iluminó la entrada: llevaba un bonito vestido azulado de falda corta que se mecía suavemente con cada paso.
Justo a su lado, Shun la sujetaba de la mano con una pose que denotaba propiedad y orgullo.
Él portaba un traje de firma impecable, camisa blanca de seda, corbata del mismo tono que la chaqueta, gemelos de oro que destellaban con cada movimiento y unos vistosos pendientes de diamante que delataban el poder adquisitivo de su familia.
Enseguida tomaron el centro del salón, convirtiéndose en el epicentro de las miradas mientras daban la bienvenida a todos los que llegaban.
John observó la escena con una expresión neutra. Ai parecía radiante, feliz. Shun, a su lado, era la viva imagen del éxito y la popularidad. Por un instante, sus miradas se cruzaron a través del salón, y ella le dedicó una pequeña sonrisa cómplice antes de que Shun la llevara hacia otro grupo.
En cuestión de minutos, los asistentes rodearon cada mesa para degustar las exquisiteces preparadas para la ocasión.
Las risas, los brindis y el murmullo de las conversaciones comenzaron a llenar el ambiente.
John, tras la barra, servía bebidas con profesionalismo, manteniéndose al margen del bullicio, justo como había planeado.
Nagano llegó pletórico, con una sonrisa que parecía iluminar todo el recinto.
Por fin había conseguido que Kasumi le hiciese un poquito de caso aceptando su invitación al baile.
Juntos entraron muy animados, ella con su elegancia natural y él con una mezcla de orgullo y nerviosismo mal disimulado.
Se dirigieron a una de las mesas principales, donde Shun los recibió con un gesto de complicidad mientras Ai repartía sonrisas a su alrededor.
Pocos minutos más tarde, la entrada del salón recibió a Karai y Kaori, cada una con sus respectivos acompañantes. Ambas los habían elegido a última hora, pero por motivos muy distintos.