Capítulo 13 #3
Sobre la columna, John mantuvo su mirada firme mientras Kasumi intentaba disimular el rubor que aún teñía sus mejillas. Sin rodeos, fue directo al grano.
—¿Ya tienes pareja para el baile?
Kasumi parpadeó, sorprendida por la pregunta directa.
—Yo... —dudó, sintiendo cómo el corazón se aceleraba—. ¿Me estás invitando formalmente?
—Sin duda eres hermosa —respondió John con naturalidad—, y estaría encantado de ser tu pareja en el baile...
Kasumi tragó saliva lentamente. No podía creerlo. John Hole, uno de los chicos más populares, estaba declarándose de aquella manera tan directa. Era una mezcla de sorpresa y nerviosismo, una auténtica bomba que por un instante la hizo flotar.
Pero entonces, las siguientes palabras de John transformaron su ilusión en decepción.
—Pero si hiciese eso —continuó él—, estaría traicionando a un buen amigo, y no soy de esos. —Hizo una pausa, notando el cambio en la expresión de Kasumi—. Solo estoy tanteando opciones. Hay alguien interesado en hacerlo. Supongo que ya imaginarás quién es.
Kasumi bajó la mirada, sintiendo cómo la desilusión se instalaba en su pecho. Por un momento, había creído... pero no. John no estaba interesado en ella. Una parte de sí misma lo lamentó; habría sido un gran impacto en el instituto que alguien como él la eligiera.
—Hasta ahora tengo doce invitaciones —señaló con frialdad, recuperando la compostura—.
Aunque no me he decidido por ninguno, si es lo que quieres saber.
—Enderezó la espalda—. Y no quiero ser desagradable, pero las cosas no se hacen así.
Dile a tu amigo que debe ceñirse a la tradición y enviar su petición, o atreverse en persona.
John asintió, comprendiendo su error.
—Perdóname, Kasumi. Sé que no he tenido tacto. No se me dan bien estas cosas. He sido demasiado impulsivo.
—No importa —respondió ella, aunque su tono delataba cierto desencanto—. ¿Te envía él?
—No. He venido por cuenta propia. Solo quería echarle un cable.
Esa confesión acabó de desmotivar a Kasumi. Mientras escuchaba las palabras de John, la imagen de Makoto cruzó su mente: su amigo de la infancia, interesante, cercano, pero con una pasmosa falta de iniciativa. Todo empezaba a encajar.
—Lo siento, tengo clase —se excusó, apartándose de la columna—. Y debo preparar los libros cuanto antes. Nos veremos.
—Claro —respondió John, viéndola alejarse con una mezcla de frustración.
Se quedó apoyado contra el pilar, contrariado, sabiendo que acababa de meter la pata de forma estrepitosa. Desde la distancia, Ai, Kaori y Nagano seguían observando, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Cuando vieron a Kasumi alejarse a toda prisa, Nagano salió tras ella con suma urgencia.
Minutos más tarde. Makoto estaba sentado en el banco del patio, el semblante apesadumbrado y una mezcla de enfado en la mirada.
Los rumores corrían veloces como el viento, y las lenguas ya habían difundido que John había invitado a Kasumi al baile.
No comprendía por qué su amigo, alguien con tantas pretendientas, había tenido que elegir precisamente a la única chica que a él le gustaba. Era deshonesto.
Con la llegada de John, todos sus malos pensamientos se rompieron. Makoto lo recibió con mala cara, sin atreverse a decir nada, pero su expresión lo decía todo.
—¡Cómo has podido hacerme esto! —estalló Makoto, desquitando su saludo con un giro inesperado—. ¡De todas las chicas, has tenido que elegirla a ella! ¡Eres un egoísta!
John entendió entonces que los rumores, fueran falsos o no, corrían como la pólvora. Contrariado, le sacudió un ligero guantazo en la cara.
—¡De qué vas! —exclamó Makoto, frotándose la mejilla—. ¿Y encima me pegas?
—¡Eres un idiota! —respondió John con firmeza—. ¿De verdad me crees capaz de hacerte eso? Solo intentaba ayudarte. Llevas todo el día apesadumbrado por las esquinas sin atreverte a hacer nada.
—¿No has invitado a Kasumi? —preguntó Makoto, con un hilo de esperanza.
—No. Solo quería echarte un cable. —John suspiró, sentándose a su lado—. Antes te vi muy decaído, intentando recomponer tu cabeza. ¿Por qué todos perdéis la cabeza por un baile?
—Para ti es fácil —replicó Makoto, con un dejo de amargura—Puedes tener a la chica que quieras sin despeinarte. Sin embargo, yo llevo meses dándole vueltas. —De pronto, sus ojos se abrieron con pánico—. ¡No le habrás dicho a Kasumi que me gusta!
—No he llegado a hacerlo —respondió John con calma—. Pero de algún modo, creo que sabía a quién me estaba refiriendo. Es más, creo que hubieses tenido opciones de haberte atrevido a invitarla. Aún no había aceptado a nadie, y eso que tenía varias propuestas.
—¿Crees que debería invitarla? —preguntó Makoto, con la voz entrecortada por la duda.
—¿Me lo preguntas? —John lo miró con una mezcla de incredulidad y paciencia—.
Eres muy parado, Makoto. A las chicas les gustan los chicos con iniciativa.
Deberías espabilar un poco. —Hizo una pausa—.
Pero no creo que ahora sea lo más correcto.
Si vas ahora, se creerá que te he obligado a hacerlo.
Y cuando le propuse lo de la invitación... se quedó algo decepcionada.
Makoto bufó desesperado, pasándose una mano por el cabello.
Con la mirada baja, se levantó del banco y se marchó un tanto ausente, sumido en sus pensamientos.
Las palabras de John resonaban en su cabeza una y otra vez: si se hubiera atrevido antes, quizás ahora sería él quien tuviera una respuesta de Kasumi.
Caminó sin rumbo fijo por los pasillos del instituto, hasta que el destino quiso que, al girar una esquina, se encontrara de frente con ella. Kasumi estaba sola en el pasillo central, apoyada contra la pared mientras revisaba unos apuntes. Nadie más rondaba su cerco.
Los segundos que siguieron fueron escasos, brevísimos, pero en ese instante su mente fue un torbellino. Su corazón latía con fuerza mientras ella levantaba la vista del cuaderno y sus miradas se encontraban.
Makoto sintió que el tiempo se detenía.
Entonces, con una decisión que jamás había experimentado, Makoto interceptó a Kasumi en medio del pasillo.
Contagiado por una chispa de valentía que brotaba de lo más profundo, la miró fijamente a los ojos.
Ella no esperaba semejante reacción, y menos viniendo de alguien tan parado como él, siempre en las sombras, siempre observando desde la distancia.
Cuando parecía que iba a articular palabra, Makoto se quedó en blanco. Los nervios, esos viejos conocidos, volvieron a traicionarle. Pero Kasumi no se movió. Permaneció allí, en silencio, como dándole una oportunidad, como si intuyera lo que estaba a punto de suceder.
—Quería saber... —tragó saliva— si ya tenías pareja para el baile.
—¿Estás interesado? —preguntó ella, con un tono quebradizo pero expectante.
Makoto sintió que el aire se volvía denso. Su voz pareció desvanecerse en la garganta, y las piernas comenzaron a temblarle. Pero entonces, recordó las palabras de John, recordó que quizás esta era su única oportunidad. Respiró hondo y se repuso.
—¡Me gustaría que me acompañases al baile! —salió de sus labios con una fuerza que ni él mismo sabía que poseía.
Kasumi lo miró en silencio por un instante que se hizo eterno. Luego, sus ojos se nublaron ligeramente.
—Lo siento —respondió con frialdad—. Hace unos minutos me lo ha pedido Nagano, y he aceptado. —Apretó el maletín contra su regazo—. Si te hubieses decidido antes... quizás habría aceptado.
Sin añadir nada más, bajó la mirada y continuó su camino, dejando a Makoto paralizado en medio del pasillo.
Él quiso morirse en ese mismo instante. Nagano.
El odioso Nagano le había robado al amor de su vida.
Y lo peor de todo era que no podía competir contra él; Nagano era popular, seguro de sí mismo, todo lo que él no era.
Las palabras de John resonaron en su cabeza como un eco cruel: "Deberías espabilar un poco". Pero ya era tarde. Demasiado tarde.
27 diciembre 2016
Yokohama—Japón
Instituto Masaru.
Desde bien temprano, los estudiantes comenzaron a llegar a la pista cubierta del instituto.
El ambiente, aunque festivo, estaba impregnado de cierta seriedad: los delegados de clase, esos temidos "empollones", supervisaban cada movimiento con libretas en mano, dejando claras las normas básicas encomendadas por los profesores.
Las clases permanecerían cerradas bajo llave, y cualquier infracción relacionada con alcohol o sustancias estaría severamente castigada.
Como anfitriona, Ai se movía entre los grupos con energía incansable.
Su voz resonaba animando a los compañeros mientras decoraban minuciosamente las paredes del recinto.
Pancartas de colores, cintas brillantes y guirnaldas decorativas comenzaban a transformar el espacio en algo mágico.
Cada detalle era importante para ella; quería que esta noche fuera inolvidable.
John cumplió su promesa. Poco después de que comenzaran los preparativos, una furgoneta se detuvo en la entrada del instituto.
Seiya había sido clave para conseguirla, y John descendió del vehículo con cajas de cáterin apiladas en los brazos.
Sin perder tiempo, las transportó al interior de la pista cubierta, donde Ai le indicó con gestos dónde dejarlas.
Con su característico estilo práctico, John se puso manos a la obra.
Sacó un juego de herramientas de una de las cajas y se dirigió a la zona cercana a las gradas, donde comenzó a montar una barra provisional.
Martillazos metódicos y el ajuste de tornillos llenaban el aire mientras los demás decoraban a su alrededor.