Capítulo 13 #2
Karai se quedó sin palabras, incapaz de procesar que alguien rechazara tan fácilmente lo que ella consideraba una oportunidad única.
Mientras, en su pupitre, Kaori sintió cómo su corazón se encogía.
La determinación de John significaba que probablemente nunca leería su carta, la que había depositado con tanto nerviosismo en su taquilla.
Sin embargo, en medio de la decepción, surgió un pequeño consuelo: al menos Karai no se había salido con la suya. Su desparpajo no había logrado lo que ella, con timidez, tampoco se había atrevido a hacer directamente.
Pero entonces, Ai intervino. Su voz, normalmente dulce y animada, tenía ahora un tono de firmeza que sorprendió a todos.
—Espera —dijo, levantándose de su asiento—.
No puedes simplemente quedarte en casa, John.
No se trata solo de popularidad o de acompañantes.
El Baile de Invierno… es algo más. ¡Tienes que ir!
—insistió con un brillo de determinación en los ojos—.
Como ya te he dicho, me han otorgado la responsabilidad de ser la anfitriona este año, y tengo muchos preparativos que hacer.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo? —preguntó John, con una ceja ligeramente arqueada.
—¡Todo! —exclamó ella, acercándose un paso—. Me he hecho cargo del cáterin del baile, y eso significa que necesito ayuda con los preparativos. Ya he hablado con mi padre.
—¿Por qué yo? —replicó John, desviando la mirada hacia Shun—. ¿Tu novio no tiene responsabilidades?
Shun esbozó una sonrisa burlona antes de responder.
—No trabajo para su padre, Hole —dijo, encogiéndose de hombros—. Tendrás que trabajar en días de fiesta, parece.
John bufó con desgana, pero antes de que pudiera objetar más, Ai lo interrumpió con voz firme.
—¡No pongas esa cara! —exclamó, con las mejillas ligeramente sonrojadas—. Es muy importante para mí que este evento salga bien. Así que, por favor, haz un esfuerzo... por mí.
Hubo un momento de silencio mientras John la miraba, como sopesando sus palabras. Finalmente, con un suspiro resignado, pero no del todo molesto, asintió.
—Está bien —dijo, con una media sonrisa—. Te ayudaré.
Al oír eso, el rostro de Ai se iluminó de inmediato, y hasta Kaori, desde su pupitre, sintió un pequeño destello de esperanza. Tal vez, después de todo, el baile aún podía deparar sorpresas.
Ai recuperó la sonrisa, esa que siempre iluminaba su rostro cuando podía implicarse en la felicidad de los demás.
Para ella, este baile no era solo una fiesta; era un telón de fondo para historias que apenas comenzaban, una oportunidad para que los sentimientos florecieran.
Se imaginaba ya siendo recordada como la anfitriona que ayudó a tejer destinos, una especie de Cupido moderno inspirado por las páginas de sus novelas románticas.
Juró en silencio organizar la celebración más emotiva y memorable que el Instituto Masaru hubiera visto en años.
Durante el primer descanso, el intercambio de cartas alcanzó su punto álgido.
Cada rincón, cada pasillo, cada banco parecía escenario de un pequeño drama personal.
Grupos de amigos cuchicheaban estrategias, parejas se sonrojaban al cruzarse, y el aire mismo parecía cargado de promesas y nerviosismo.
John, mientras recorría el pasillo hacia su siguiente clase, divisó a varios compañeros de su equipo de fútbol reunidos alrededor de una taquilla.
Sus risas eran abiertas, sus gestos, despreocupados.
Observó cómo mostraban con orgullo sus escuetas cartas, intercambiando bromas y especulaciones.
Era evidente su entusiasmo; para muchos de ellos, esta era la primera vez que se sentían verdaderamente partícipes de algo tan cargado de emoción colectiva.
Un espectáculo de ilusión pura que, por un instante, logró que incluso la habitual reserva de John se suavizara con una leve y casi imperceptible curva en los labios.
—¡Qué tal estáis muchachos! —saludó—. Se ha corrido la voz de que tenéis pareja para el baile.
—¡Así es! —exclamó Daigo, sin poder contener la emoción—. Nunca creímos que esto fuera posible, y todo esto te lo debemos a ti.
—¿Se puede saber por qué? —preguntó John, arqueando una ceja con curiosidad.
Ito se adelantó, interrumpiendo con entusiasmo.
—¡Sin ti nunca hubiéramos formado Washinosuke, y mucho menos ser tan populares! —dijo, dándole una palmada en el hombro—Oye, ¿sabes ya con quién irás al baile? Me he enterado de que tienes más cartas que Miura —añadió entre risas.
—No iré con nadie —respondió John con naturalidad.
—¿Cómo? —Daigo se llevó las manos a la cabeza, dramático—. ¿Tienes un abanico de posibilidades y te dignas a rechazarlas todas? No sé si eres un loco o un genio.
John restó importancia a las palabras de su amigo con un leve encogimiento de hombros.
Sin embargo, su mirada se desvió hacia Makoto, que permanecía a varios metros de distancia, apoyado contra un pilar cercano a las escaleras.
Su postura encorvada y su expresión ausente contrastaban con el bullicio del grupo.
—¿Qué le pasa a Makoto? —preguntó John, frunciendo ligeramente el ceño—. Parece apesadumbrado.
—¡Déjalo estar! —indicó Daigo con un gesto displicente—. Sabe que tiene pareja para el baile, pero aún no se ha decidido a aceptarla. Creo que está meditando pedírselo a Asamiya de una vez por todas. Aunque, como siempre, se rajará al final.
—Eso mismo pienso —intervino Ito, bajando la voz—. Está muy raro, es mejor dejarle solo. Lleva todo el mañana callado, algo extraño en él.
John observó a Makoto por un momento, notando la tensión en sus hombros y la manera en que evitaba las miradas del resto. Algo en su silencio le resultaba familiar, como si reconociera en él esa lucha interna entre el deseo de arriesgarse y el miedo al rechazo.
Nunca imaginó que el Baile de Invierno pudiera transformar tanto a las personas. Después de todo, muchos llevaban años esperando este momento, soñando con él desde mucho antes de que fuera una posibilidad real.
Se apartó del grupo y caminó hacia la ventana del pasillo, apoyando una mano en el frío marco metálico mientras observaba el bullicio del patio.
¿Estaría cometiendo un error al rechazar todas esas oportunidades?
Quizás Daigo tenía razón y estaba desperdiciando algo valioso, un abanico de posibilidades que el destino había puesto ante él.
Pero no podía evitar preguntarse si la verdadera oportunidad no era otra, una que no venía envuelta en cartas anónimas ni en declaraciones directas como la de Karai.
Una imagen cruzó su mente con la claridad de un relámpago: ¿Había llegado el momento de arriesgarse con la chica que ocupaba sus pensamientos?
John no era como los demás. Nunca lo había sido.
Y de algo estaba seguro: le sobraba valentía para hacer lo que otros no se atrevían.
Solo necesitaba decidir si hacerlo o no.
Sus dedos tamborilearon suavemente sobre el marco de la ventana mientras, al fondo, el bullicio del instituto continuaba ajeno a la tormenta silenciosa que comenzaba a gestarse en su interior.
John divisó al grupo de chicas reunido a pocos metros, junto a las taquillas. Sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia ellas con paso firme y decidido. Con un descaro que sorprendió a todas, interrumpió la conversación que mantenían y reclamó la atención de una de ellas.
—¿Estás ocupada? —soltó a Kasumi de improviso, ignorando por completo las miradas de asombro que lo rodeaban.
Ai, tan sorprendida como Kaori, fue la única que logró articular palabra.
—¿De qué quieres hablar con Kasumi? —preguntó, con un tono que intentaba sonar casual, pero delataba su curiosidad.
—Del baile —respondió John con naturalidad—. ¿Algún problema?
Ai parpadeó, sin saber bien qué decir. A su lado, Kaori contemplaba la escena con el rostro desencajado, incrédula ante lo que estaba presenciando. Ninguna de las dos esperaba que John mostrase interés precisamente en Kasumi.
Kasumi, con las mejillas teñidas de un rubor intenso, asintió tímidamente. Sin mediar palabra, se separó del grupo y acompañó a John unos metros más allá, justo al lado de una columna que los resguardaba de las miradas curiosas.
Ai se quedó inmóvil, observando cómo la silueta de ambos desaparecía parcialmente tras el pilar. Algo en su pecho se contrajo, una sensación extraña que no supo identificar. A su lado, Kaori parecía haber perdido todo el color del rostro.
Nagano llegó en ese momento, indeciso y arrastrando los pies. Al contemplar los rostros atónitos de sus amigas, su expresión pasó de la confusión a la alarma.
—¿Qué ocurre? —preguntó, mirando hacia la columna donde John y Kasumi conversaban—. ¿Qué hace Hole con Kasumi? No me digáis que...
—Estamos tan sorprendidas como tú —respondió Kaori, con un tono de celos mal disimulados—. Dijo que no iría al baile, pero parece que Karai le ha abierto los ojos. No querrá ser uno de los descartes.
—¡Pero por qué ella! —exclamó Nagano, visiblemente apesadumbrado—. Joder, estaba a punto de invitarla al baile. ¡Por un puto segundo! —Pasó una mano por su cabello con frustración—. Podría competir con cualquiera, pero con él es diferente. Es sin duda un tío muy popular.
Ai permanecía en silencio, observando la escena con una mezcla de confusión y algo que no se atrevía a nombrar.
¿Era Kasumi la chica misteriosa que le gustaba a John?
La idea le revolvió el estómago. No entendía por qué la había elegido a ella precisamente, por qué de entre todas las cartas y declaraciones, había ido directamente a buscar a la animadora.
De algún modo, sentía emociones contradictorias que no sabía cómo procesar.
¿Eran celos? ¿O simplemente le molestaba que John prestase atención a otras chicas, que dejara de hacerla sentir especial?
Después de todo, estaba acostumbrada a ser el centro de su universo, la confidente, la única que conseguía sacarlo de su caparazón.
Y ahora, verlo allí, hablando en privado con Kasumi, le provocaba un vacío incómodo en el pecho.