Capítulo 13
“El Baile de Invierno”
El último día de clases antes del parón navideño estaba cargado de una energía especial.
Flotaba en el aire esa mezcla de anticipación y nerviosismo que solo puede generar un evento como el Baile de Invierno.
Una tradición exclusiva para los estudiantes de último año, un rito de paso que marcaba el final de una etapa.
Los profesores, siguiendo la costumbre, delegaban por completo la organización y supervisión del evento en los alumnos, confiando en su madurez.
Pero esa confianza no era ciega. Establecían un reglamento estricto y designaban como celosos guardianes a los delegados de clase, especialmente a aquellos conocidos como los "empollones".
No eran los estudiantes populares, conocidos por su tolerancia y espíritu festivo, sino los más académicos y estrictos, aquellos que no dudarían en reportar cualquier infracción sin importarles las consecuencias para sus compañeros, con la mirada puesta en ganar el favor de la dirección.
Las reglas eran claras e inflexibles: solo el salón de actos y el patio trasero estarían abiertos.
El resto de las aulas permanecerían cerradas bajo llave.
El alcohol y cualquier tipo de sustancia estaban terminantemente prohibidos; la violación de esta norma conllevaba un castigo ejemplar capaz de truncar el acceso a la universidad de cualquier estudiante.
Era una noche para celebrar, pero dentro de unos límites muy bien definidos, donde la sombra de la vigilancia más estricta se cernía sobre la fiesta.
Yokohama—JapónInstituto Masaru.
El pasillo bullicioso del Instituto Masaru se llenaba del murmullo de estudiantes intercambiando sobres coloridos cuando John se detuvo frente a su taquilla. Entre las rendijas metálicas asomaba una esquina de papel doblado.
Con gesto tranquilo, deslizó los dedos y extrajo una carta sencilla, en cuyo centro descansaba un corazón seco, preservado con delicadeza.
Ai, que observaba desde unos pasos de distancia, no pudo evitar acercarse con los ojos brillantes.
—¡Una carta de amor! —exclamó—. Me encanta esta época, donde todo el mundo reparte amor por todas partes.
John desvió la mirada, fingiendo indiferencia.
—Eres una romántica incurable —murmuró, deslizando el papel de vuelta por la ranura.
—¡Y tú un muro de hielo! —replicó Ai, con las mejillas sonrojadas—. ¿De verdad no vas a leerla?
—¿Para qué? —encogió los hombros, como si el gesto no mereciera más atención.
Ai dio un salto, incapaz de contener la emoción.
—¡Porque en dos días es el Baile de Invierno! ¿Y sabes quién ha sido elegida anfitriona este año?
John la miró con una ceja ligeramente arqueada.
—No me digas que eres tú...
—¡Claro que soy yo! —confirmó, con una sonrisa que iluminó su rostro—. Hoy es el día de las cartas anónimas. Mañana, los corazones empezarán a definirse y se formarán algunas parejas. ¡Es mágico!
John negó con la cabeza.
—No entiendo por qué le das tanta importancia. Tú ya sabes con quién irás. Pero ¿y los que se queden sin respuesta? Eso duele.
—Cada palabra escrita merece ser leída —respondió Ai, su voz suave pero firme—. Incluso yo he recibido cartas, y pienso leerlas todas a solas, porque detrás de cada una hay un corazón latiendo. Tú deberías hacer lo mismo.
Con un último gesto de complicidad, Ai se alejó hacia su aula.
John, movido por una curiosidad que rara vez admitía, abrió su taquilla.
Entonces lo vio: no solo una, sino varias cartas apiladas entre sus libros, cada una con un estilo diferente, esperando en silencio.
Una sonrisa leve, casi inadvertida, asomó a sus labios.
Quizás, después de todo, aquellas palabras anónimas guardaban algo más que simples formalidades.
Clase 12J.
El ambiente en el aula era eléctrico. Desde que John se sentó en su pupitre, notó la energía que recorría la habitación.
Risas nerviosas, susurros rápidos y el constante crujido del papel doblándose y desdoblándose llenaban el aire.
Los pasillos, minutos antes, habían sido un hervidero de estudiantes intercambiando cartas, como si el instituto entero hubiera sido atrapado por una fiebre romántica.
Kaori, sentada dos filas más atrás, observaba a John con ansiedad.
Sus dedos jugueteaban con el borde de su cuaderno mientras recordaba la carta que había dejado en su taquilla antes del primer timbre.
Había ensayado mil veces en su cabeza cómo entregársela en persona, pero al final, el miedo la había vencido.
Ahora, cada vez que alguien se acercaba a John, su corazón daba un vuelco.
John, por su parte, intentaba mantenerse al margen del bullicio.
Mientras hojeaba su libro de matemáticas, una figura se detuvo frente a su mesa.
Era una chica de otra clase, con el rostro teñido de un rubor intenso.
En sus manos sostenía un sobre decorado con pequeñas flores dibujadas en la esquina.
—Para ti —murmuró, extendiendo la carta hacia él antes de que pudiera reaccionar.
John la tomó con una leve inclinación de cabeza, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, la chica giró sobre sus talones y salió corriendo del aula, dejando atrás un silencio momentáneo seguido de risas ahogadas y miradas curiosas.
Kaori contuvo la respiración al ver la escena.
Un nudo se formó en su estómago mientras observaba a John dejar la carta sobre su mesa sin abrirla, como si fuera solo otra distracción en medio del caos.
Pero para ella, cada carta que recibía era un recordatorio de que el tiempo se agotaba.
Si quería declararle sus sentimientos, tendría que encontrar el valor para hacerlo pronto, antes de que el Baile de Invierno llegara y alguien más se atreviera a cruzar esa línea antes que ella.
El aula bullía con una energía casi palpable cuando Ai, sin poder contenerse, exclamó al ver la escena:
—¡Otra carta, Johnny! —sus ojos brillaban de diversión—. ¡Estás en racha!
Fue entonces cuando Shun intervino, alzando la voz con su característica chulería mientras blandía un abanico de sobres decorados.
—¡Eso no es nada! Cuando tengas veinte en tu poder, entonces estarás a otro nivel —fanfarroneó, sacando pecho con una sonrisa triunfal.
—¡¿Veinte?! —Ai casi saltó de su asiento, dividida entre la incredulidad y la admiración—. ¡Parece que has batido un nuevo récord! De momento, yo he conseguido quince.
—¡Qué bien, Ai! —intervino Kasumi con una sonrisa cálida—. Vas camino de ser la chica más popular del grado 12.
Mientras, John permanecía en silencio, aparentemente ajeno al revuelo. Con gesto sereno, apoyó su mochila sobre las piernas y extrajo un grueso fajo de cartas, que depositó sobre la mesa con naturalidad.
El crujido del papel al deshacerse de la goma que las sujetaba atrajo todas las miradas. Entre ellas, deslizó también la que acababa de recibir, completando la pila.
—¡¿Cuántas tienes?! —preguntó Ai, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—Veinte, creo —respondió John, con una tranquilidad que contrastaba con la expectación a su alrededor.
—¡Y lo dices tan tranquilo! —exclamó Ai, meneando la cabeza—. Te has vuelto muy popular.
Shun, que momentos antes se jactaba de su hazaña, palideció ligeramente. Sin pronunciar palabra, desvió la mirada y guardó sus propias cartas en el bolsillo, tragándose su orgullo. No podía creer que John, siempre tan reservado, hubiera igualado su récord sin siquiera parecer inmutarse.
El ambiente en el aula, ya cargado de murmullos y risas, se tensó de repente cuando una voz segura y desafiante resonó desde el fondo:
—¡Qué sea veintiuna! —exclamó Karai, levantándose de su pupitre tres filas más atrás.
Todos los ojos se volvieron hacia ella mientras avanzaba con pasos decididos hacia la mesa de John. Sin pedir permiso, se sentó en el borde de su escritorio, cruzando las piernas con una confianza que desafiaba la tradición del momento.
—A diferencia de todas esas ñoñas que se esconden detrás del papel —dijo, con una sonrisa burlona dirigida a la pila de cartas—, yo te lo voy a pedir directamente a la cara.
—¡No digas eso, Karai! —intervino Ai, con un tono de reproche genuino—. El envío de cartas es la tradición. ¿Qué sentido tendría esto sin ellas?
—Tan idílica como siempre —respondió Karai, sacudiendo la cabeza con un gesto de superioridad—. No tienes remedio.
Luego, volviendo su atención completamente a John, que la observaba con una expresión impasible, preguntó sin rodeos:
—Bueno, ¿qué? ¿Irás conmigo al baile?
John guardó silencio unos segundos, como sopesando sus palabras. El murmullo en el aula casi desapareció, pendiente de su respuesta.
—He decidido que no iré con nadie —declaró finalmente, con una calma que contrastaba con la audacia de Karai.
—¿¡Cómo!? —exclamó ella, su seguridad dando paso a una expresión de genuina sorpresa.
—Me resulta problemático tener que leer y rechazar todas estas cartas —explicó John, señalando la pila sobre su mesa con un gesto casi de fastidio—. Prefiero mantenerme al margen. Es más sencillo.
—¡No puedes hacer eso! Eres John Hole, uno de los chicos más populares.
Tienes que ir —insistió, cruzando los brazos con gesto desafiante—.
No querrás ser de esos pringados que se quedan en los estantes esperando a los descartes.
Además, he escuchado que hasta tu equipo de fútbol tiene acompañantes. ¡Quién lo diría!
—¿Washinosuke tienen pareja? —preguntó Kasumi, con genuina sorpresa.
—Como lo oyes —confirmó Karai, con un tono entre burlón y desdeñoso—. Parece que se han hecho bastante populares. Aunque no dejan de ser chicas de segunda fila.
Ante eso, John mantuvo su postura con una calma inquebrantable.
—En ese caso, me quedaré en casa —declaró, como si la idea de presenciar el baile desde fuera no le importara en lo más mínimo.