Curso Grado 12 Capítulo 12 #5
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Capítulo 12 #5

John no comprendía nada. Sabía que la Navidad aún no había llegado. La única razón viable era que alguien supiera lo de su cumpleaños... ¿Pero quién? Hasta él mismo había casi olvidado que hoy lo era. Nunca acostumbraba a celebrarlos, arrastrando consigo el peso de malas vivencias pasadas.

Un tosco ruido turbó su concentración...

De pronto, se encendieron las luces y el confeti se volvió protagonista.

Sus amigos, emergiendo tras la barra y blandiendo pancartas decoradas, le dieron la bienvenida con vítores.

Como un tonto, aguantó el júbilo desbordante que lo envolvía, aunque en el fondo, una emoción genuina lo recorría.

John no articulaba palabra. No faltaba ninguno, e incluso se sorprendió al ver que Shun y Nagano también estaban allí, aunque se mantenían más comedidos en un segundo plano.

Inmediatamente supo que todo había sido obra de Ai. Se preguntó cómo había logrado adivinar la fecha de su cumpleaños, ese mismo dato que, en su día, había intentado averiguar sin éxito.

El banquete comenzó pronto, y John jamás había visto a sus compañeros de equipo tan desinhibidos.

Quizás era por el ambiente íntimo y reservado, lejos de miradas ajenas.

Aunque fue cuando Shun Miura y Nagano se marcharon, bien entrada la noche, cuando todos se mostraron realmente como eran, relajados y en confianza.

Ai observaba a John, y pudo contemplar la genuina alegría en sus ojos. Supo entonces que le había brindado un día inolvidable, demostrándole que, contrario a lo que él creía, un cumpleaños podía ser algo maravilloso.

La entrega de regalos fue muy animada. Nunca antes había recibido tantos y de tan variadas clases. Pero uno destacó sobre el resto: el obsequio de la familia Koishikawa, que su hija Ai depositó directamente en sus manos.

John quedó impresionado al desenvolverlo.

Era un smartphone de última generación. Lo que más le conmovió, sin embargo, fue descubrir que todos sus amigos habían tenido el detalle de incluir ya sus números de teléfono en la agenda.

De aquella manera, siempre estaría localizable y, lo más importante, podría contactar con cualquiera de ellos cuando lo necesitara.

Aunque el momento más especial llegó cuando Ai emergió de la cocina sosteniendo con cuidado el pastel navideño.

John no esperaba aquella visión. La tarta estaba coronada de fresas brillantes y velas que titilaban suavemente, iluminando la cobertura de nata.

Era especial, después de todo, él era el primero del grupo en cumplir diecinueve años.

La emoción se intensificó cuando todos entonaron la canción de cumpleaños, y John descubrió, con la voz un poco quebrada, que Ai había preparado el pastel usando las recetas y lecciones de su madre.

En ese instante, comprendió la profundidad del gesto: el esfuerzo, el riesgo que había asumido al desafiar aquel significado connotativo del Christmas Cake en fechas tan señaladas, sabiendo lo que Shun podría pensar.

Pero a ella no le había importado. Su única preocupación había sido hacerle feliz, devolverle, aunque fuera un atisbo de ese sentimiento cálido y olvidado que alguna vez conoció.

John tomó el primer bocado con especial reverencia. La tarta estaba exquisita, y cada cucharada sabía a dedicación y cariño puro. Verlo disfrutar tanto conmovió a Ai profundamente, pues nunca esperó que le agradase de aquella manera; después de todo, él solía poner pegas a casi todo lo que hacía.

Poco a poco, como la marea bajando, los invitados fueron abandonando la fiesta.

Solo unos pocos, los más cercanos, se quedaron para ayudar a recoger y dejar el hall en orden.

Con el paso de las horas, todo volvió gradualmente a la normalidad, y el espacio común recuperó su aspecto original, como si el hechizo de la celebración nunca hubiera sucedido.

Durante el resto de la velada, John se mantuvo en un estado de reflexión silenciosa. Era consciente de una deuda de gratitud con Ai, y decidió esperar hasta el último momento, cuando todos hubieron abandonado la pensión y las luces del hall se apagaron, para agradecérselo.

La encontró junto a la puerta, a punto de retirarse a su habitación. En sus ojos, una expectación tranquila revelaba que, de algún modo, ya esperaba este encuentro.

—Tengo que agradecerte —comenzó él, con una voz más suave de lo habitual— que aquel día no me hicieras caso e insistieras en descubrir la fecha de mi cumpleaños. De no haber sido por tu terquedad, no habría vivido una noche como esta.

Una sonrisa de satisfacción genuina iluminó el rostro de Ai.

—Al final ha merecido la pena, ¿verdad? Te dije que los cumpleaños podían ser especiales. No iba a permitir que te perdieras esa sensación, al menos una vez en la vida.

John la miró entonces con una intensidad que traspasó cualquier barrera habitual.

—Tú… sí que eres especial.

Las palabras, sencillas pero cargadas de una sinceridad poco común en él, hicieron que la sonrisa de Ai se quebrara por un instante. Un rubor súbito tiñó sus mejillas, desarmada por la emoción que veía brillar en los ojos de John.

—Debe de haber sido difícil preparar todo esto —prosiguió él, bajando aún más la voz—. Incluido el pastel. Sobre todo… sabiendo lo celoso que puede ponerse Shun con estos detalles. —Hizo una pausa, buscando las palabras exactas —Te lo agradezco… de verdad.

—No ha sido nada —respondió ella, con una timidez que contrastaba con su carácter usual.

Sus mejillas aún ardían ante tantas palabras sinceras—.

Solo espero que te haya gustado. Eso es todo.

Tal vez… solo tal vez, podrías expresar lo que sientes un poco más a menudo. Al fin y al cabo, no es tan difícil.

Decidido, John se acercó lentamente, con mirada fija y penetrante.

Al verlo aproximarse con esa intensidad, Ai sintió un profundo cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo.

Él la tomó suavemente por los hombros y comenzó a acercar su rostro al de ella.

¿Acaso iba a besarla? Ai podía ver cómo sus labios se aproximaban cada vez más, pero no hizo nada por evitarlo.

Se dejó llevar por ese cosquilleo prohibido, y cerró los ojos.

En lugar del beso en los labios que anticipaba, John depositó un beso cálido y prolongado en su mejilla.

Al abrir los ojos, un torrente de preguntas inundó la mente de Ai: ¿Qué acabo de hacer?

¿Por qué permití que esto sucediera? ¿Y si me hubiera besado en los labios?

¡Tengo novio! Estas interrogantes resonaban en su cabeza como martillazos.

Al retirar sus labios de su mejilla, John le dirigió apenas una sonrisa sutil y se marchó en silencio hacia las escaleras, rumbo a su habitación.

Ai se refugió en su habitación y se dejó caer sobre la cama.

Su corazón aún latía con fuerza desbocada.

Siempre había tendido a fantasear con todo aquello que pudiera resultar romántico; buena parte de la culpa la tenían sus doramas e historias de amor, después de todo no podía negar que John era un chico tremendamente atractivo.

A pocos metros, sobre el escritorio, su mirada se posó en su libro Dark Temptation.

Dejando rienda suelta a su imaginación, pensó que tal vez la trama se estaba convirtiendo en realidad.

Una novela donde la llegada de un apuesto chico desbarataba el amor entre dos personas destinadas a estar juntas, resultando este último una droga imposible de resistir.

¿Podría ella llegar a engañar a Shun? ¿Sería John esa tercera persona, como en el libro?

Ai soltó una risa nerviosa, se tapó la cara con un cojín y luego se levantó de la cama.

Sin duda, sonreía al darse cuenta de la cantidad de fantasías que albergaba en su cabeza.

Sus libros la llevaban a evadirse hasta límites insospechados.

Reflexionó que, simplemente, en estos días había pasado mucho tiempo con John, involucrándose profundamente en su bienestar, y quizás había descuidado su relación con Shun.

¡Aunque era conveniente no jugar con fuego!

Ai respiró hondo y volvió a la realidad. Sus ojos se posaron en el calendario colgado frente a su escritorio, donde un nuevo evento marcado en rojo hacía latir su corazón con fuerza: el Gran Baile de Invierno estaba muy próximo.

24 diciembre 2016

Yokohama—Japón

Casa Ayanami.

Bajo la tenue luz de la lámpara del escritorio, el lápiz dibujaba sobre el papel trazando diversos problemas de matemáticas.

Kaori fingía seguir las explicaciones de John sobre las matrices, pero su verdadero estudio era el mapa de su rostro: la manera en que la miraba con sus ojos, el movimiento de sus labios al formular palabras.

Cada sábado, esta hora se convertía en su sagrado ritual personal, pagado generosamente por sus padres que creían en su súbita carencia en las matemáticas.

La realidad era más simple y compleja. Kaori sabía, con una certeza que le calentaba las mejillas, que lo que realmente le interesaba era John.

Estaba enamorada completamente de él. Por otro lado, Karai le llevaba ventaja, su descarado continuado, ya había logrado capturar su atención de maneras que Kaori solo podía envidiar en silencio.

Observar desde la sombra ya no era suficiente. Tenía que lanzare de una vez por todas.

Hoy, mientras John señalaba un número en el libro, su dedo rozó el suyo. Esa fue la chispa que necesitaba.

"John," dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba. Él alzó la mirada, sus ojos claros fijos en ella. El cuaderno de matemáticas se cerró con un suave golpe. Kaori respiró hondo. La hora de las matrices había terminado. La hora de la verdad estaba a punto de comenzar.

Lo había ensayado mentalmente mil veces, pero cuando el momento llegó, un nudo en la garganta le impedía articular palabra. El tiempo se agotaba, y el pánico a otra oportunidad perdida fue más fuerte.