Capítulo 12 #4
Guirnaldas de un verde profundo se enroscaban en sus ramas, entrelazadas con cintas de un rojo oscuro y elegante.
Bolas de cristal soplado en tonos dorados y plateados capturaban la luz, brillando con una calidez que invitaba al recogimiento.
Pero lo que realmente robaba el aliento eran el juego de luces: no eran las intermitentes y estridentes de los centros comerciales, sino un suave titilar rítmico, como el latido de un corazón, que bañaba el árbol en un resplandor nostálgico y clásico.
Por un instante, un destello de egoísmo la atravesó: Lo hizo sin mí. Le hubiera encantado vivir ese momento a su lado. Pero, al observar la perfección de cada detalle, la armonía del conjunto supo con certeza que ella no lo habría hecho igual. No con esa precisión, con esa intención.
Su enfado se transformó entonces en una curiosidad profunda.
Se acercó al árbol, casi con reverencia, preguntándose si aquella belleza meticulosa había surgido de un lugar más allá de las simples manos de John.
¿Habría sido este el detonante? ¿Habría encontrado, entre guirnaldas y esferas, la llave que desbloqueaba algún recuerdo perdido de su pasado?
Ai rebosaba felicidad. El árbol no solo daba vida al triste hall, sino que hacía sintonía con todos aquellos huéspedes que se sentían identificados con la Navidad.
Era el mayor reclamo de la pensión. Aunque más quedó sorprendida cuando vio bajo el árbol una carta decorativa; extrañamente llevaba su nombre.
Con ilusión la cogió en las manos sabiendo que se trataba obra de John.
Intrigada, comenzó a leer la carta...
“Ante todo quiero pedirte disculpas por mi comportamiento de esta mañana, ha estado fuera de lugar. Como siempre he llegado tarde para disculparme por ello. Aunque hay cosas del pasado que uno desearía olvidar, y por otro lado recordar otras que sí realmente merecen la pena.
Me hubiese gustado que hubiésemos decorado el árbol juntos ¡Seguro que estás molesta! Pero de algún modo comencé a sentir cosas extrañas y por ello no pude parar de decorar...
Tenías razón... he visto cosas en mi mente, quizás sean imágenes creadas por mi cabeza o solo sueños encontrados.
Aunque quiero pensar que se trataban de mis padres ofreciéndome regalos cuando era pequeño.
En verdad así lo creo. Sólo quiero agradecerte tu esfuerzo y dedicación pues eres alguien muy especial.
Y por último solo quiero darte la bienvenida a la llegada de esta dulce Navidad. ”
Ai sostuvo la carta contra su pecho, sintiendo el latido de su corazón acelerado.
La amargura de la discusión se había disuelto por completo, reemplazada por una esperanza renovada y un afecto aún más profundo.
La Navidad, con su mágica promesa de renacimiento, había obrado un pequeño milagro en el corazón más herido que conocía.
Y ella se sintió inmensamente agradecida de ser parte de él.
La culpa, agridulce y punzante, se mezcló con la emoción que aún le embargaba.
Ai se dejó caer en el borde de la cama, la carta de John aferrada entre sus dedos.
“Si solo hubiera esperado...” El enfado, ciego e inmediato, le había impedido ver más allá de su propia decepción.
No podía culparle por las batallas que libraba en silencio, por esos demonios que atormentaban su pasado.
Entonces, como un rayo de luna a través de la niebla, recordó.
No los gritos, no la tensión, sino la bondad silenciosa de John.
El libro descatalogado que había encontrado para ella, su gesto en el cumpleaños...
pequeños actos de un afecto que nunca verbalizaba, pero que existía con más fuerza que cualquier palabra.
Una deuda de gratitud se instaló en su corazón, impulsándola a actuar.
Con determinación repentina, se dirigió a la recepción. La llave giró con un clic suave en la cerradura del cajón. Con manos que le temblaban ligeramente, buscó entre las carpetas de los huéspedes, rezando para que la de John estuviera allí, y que contuviera la información que anhelaba.
¡Allí estaba! Contuvo la respiración al abrirla, sus ojos escaneando rápidamente los datos hasta encontrar la línea crucial: la fecha de nacimiento. Un suspiro de alivio y emoción escapó de sus labios al comprobar que aún no había pasado. La fecha estaba ahí, esperándola, como una oportunidad.
Una sonrisa amplia y decidida iluminó su rostro.
Quería, no, necesitaba, darle algo grande.
No solo un regalo, sino una experiencia.
Quería rodearle de una celebración genuina, inundarle con la sensación de ser valorado, de ser parte de algo.
Quería, por fin, hacerle sentir el verdadero y abrumador espíritu de sentirse querido.
"El destino quiso que el cumpleaños de John cayera el 22 de diciembre”
Tratándose de una ocasión tan especial, Ai sabía que no podía prepararlo sola.
En esas fechas señaladas, el sentido de la Navidad adquiría una connotación mucho más romántica, centrada en la celebración en pareja.
Por eso, Ai quería preparar un Christmas Cake perfecto, el pastel de nata y fresas característico de la temporada.
Sin embargo, era consciente de que este pastel, desgraciadamente, tenía una importante carga simbólica para los enamorados en su cultura.
Sabía de su trascendencia y temía que Shun, al no comprender su significado, pudiera afectar a su relación.
Por ello, decidió contar con la ayuda de sus buenas amigas.
Ellas, sin duda, la ayudarían y crearían el ambiente deseado para la celebración.
Ai quería una fiesta sencilla, nada que ver con las celebraciones multitudinarias a las que solían asistir.
Solo invitaría a amigos íntimos y la celebrarían en el hall de la pensión.
Los siguientes días transcurrieron entre susurros coordinados y miradas cómplices.
Ai y sus amigas se repartieron las tareas con la eficiencia de quien prepara una delicada operación.
La primera misión fue conseguir la complicidad de su padre, asegurándose de que el hall de la pensión quedase libre para la celebración.
En el fondo de todos aquellos preparativos latía un genuino agradecimiento hacia John.
Todas querían corresponder a su constante apoyo durante los últimos meses.
Sin embargo, bajo la superficie de esa gratitud colectiva, algunas escondían sus propias intenciones: oportunidades para mostrar sus encantos ante el festejado.
Kaori tomó la cocina como su dominio, preparando aperitivos con especial esmero pues recordaba cuánto disfrutaba John con sus platos.
Mientras, Kasumi y Karai se movían como sombras decorando el espacio con guirnaldas y adornos que guardaban celosamente hasta el momento señalado.
Los chicos de Washinosuke se encargaron de los preparativos más físicos y los accesorios necesarios.
Como medida preventiva, Ai extendió la invitación a Shun y Nagano, buscando evitar que viejos celos empañaran la celebración. Cada detalle, cada gesto, formaba parte de un equilibrio cuidadosamente calculado para que la sorpresa resultase perfecta.
En esos días, Ai se volcó en la cocina con una dedicación especial. Su madre, desde el recuerdo, se convirtió en su mejor instructora para la preparación del pastel navideño. Cada medida, cada batido, estaba imbuido de un propósito más hondo.
Su mayor deseo era hacer que John sintiera por primera vez el verdadero espíritu de un cumpleaños, fundido con la magia de la Navidad.
Sabía que, debido a su pérdida de memoria, era un sentimiento que nunca había logrado conservar.
En el fondo, anhelaba borrar de su interior ese regusto amargo que, sabía él, aún persistía en su corazón en ocasiones.
Este pastel sería más que un dulce; sería un bálsamo para sus recuerdos.
22 diciembre 2016
Yokohama—Japón
Pensión Hikari.
Al término de las clases, Ai cruzó el umbral de la pensión con el corazón latiendo acelerado.
Había esperado con esa mezcla de incertidumbre y anticipación durante días, y por fin había llegado el día marcado con un círculo rojo en su calendario.
En asuntos como este, le gustaba tomar las riendas, ser la anfitriona que todo lo coordina con discreta eficiencia.
Al acceder al hall, contuvo el aliento mientras sus ojos buscaban a John.
Una pequeña esperanza se aferraba a su pecho: quizás él mencionaría su cumpleaños.
Después de todo, era un día importante en la memoria de cualquiera.
Pero, como temía en el fondo, él no dijo nada.
Ni una palabra. Su silencio al respecto dibujó una sombra de tristeza en ella, preguntándose brevemente por qué ocultaría una fecha tan señalada.
Sin embargo, en el momento mismo en que lo vio salir de la pensión, esa tristeza se transformó en una determinación tranquila. Ahora sabía que la sorpresa que le esperaba al regresar sería aún más grande, más brillante, para compensar su silencio.
John tenía trabajo que hacer. Seiya se había encargado muy bien de proporcionárselo. Era la excusa perfecta, el telón detrás del cual todos se apresuraron. Y entonces, con la partida de John, fue la señal. Todos, como un solo equipo, se pusieron manos a la obra.
(horas más tarde…)
Sobre el atardecer el sonido de la bicicleta de John al ser apoyada sobre el soporte de la entrada se escuchó con creces, seguido de sus pasos que crujan sobre el parqué.
Pero al traspasar la puerta de la recepción, se detuvo en seco.
El hall estaba deshabitado y en un silencio poco común.
Solo la luz tenue del árbol de Navidad teñía el vacío con sus destellos coloridos, acentuando la soledad del espacio.
Extrañado, se acercó al árbol. Su mirada se fijó en unos bultos distinguibles en su base. Para su sorpresa, eran regalos apilados, y todos, sin excepción, llevaban escrito su nombre.