Capítulo 12 #3
Sacudió la cabeza mentalmente, desechando la idea con fuerza.
¡qué tontería! Podía resultar algo muy problemático.
John, a pesar de todo su carácter complicado, era innegablemente atractivo, y ella...
ella tenía un novio. Shun estaba ahí, en su vida, un hecho constante que hacía que esos devaneos fueran una traición inconsciente.
Sin embargo, impulsada por la confianza y la intimidad única del momento, una pregunta surgió en sus labios antes de que su razón pudiera detenerla.
Una pregunta que, en el mismo instante en que fue formulada, hizo que deseara con todas sus fuerzas poder retroceder en el tiempo y callarse para siempre.
El hechizo se rompió en mil pedazos.
La pregunta de Ai, cargada de una genuina curiosidad y la confianza mal situada del momento, cortó el aire como un cristal.
—Aún no entiendo el numerito de antes. Parecen ser unas niñas muy amables. ¿Por qué no querías que te acompañase? Y ¿por qué dejaste de ir al orfanato?
John se detuvo en seco. No fue una pausa, fue un bloqueo total.
Todo el bienestar, la paz que había ganado en la habitación de esas niñas, se evaporó al instante.
Los fantasmas, que siempre merodeaban al acecho, regresaron con una furia renovada.
Cuando giró la mirada hacia Ai, no era el John que acababa de ver jugar con ternura.
Era la encarnación de ese odio interno del que ella tanto temía, con los ojos convertidos en brasas y la expresión distorsionada por una rabia visceral.
—¿Qué acabas de decir? —rugió con malos modos.
Ella, temblorosa, pero aferrándose a un hilo de lógica, intentó defenderse:
—Dijiste que no hiciera preguntas a los niños. ¿por qué? Y ¿Qué tiene eso que ver contigo?
—¡Dije que no preguntaras...! ¿¡Por qué lo haces, maldita sea!? —le gritó con una saña que hizo que Ai diera un paso atrás, como si la hubiera golpeado físicamente.
Ai se quedó sin palabras, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
La desilusión fue un peso frío que le cayó sobre los hombros.
Sin decir nada más, con la dignidad herida y los ojos empezando a nublarse por las lágrimas, se dio la vuelta y echó a andar, apresurando el paso en los pocos metros que les separaban de la pensión.
Comprendió, con una claridad dolorosa, que John no estaba listo.
Que aquella oscuridad que llevaba dentro tenía raíces más profundas de lo que ella podía imaginar, y que no bastaba con la buena voluntad para arrancarla.
John se quedó plantado en la acera, viendo cómo se alejaba.
El eco de su propio grito aún resonaba en sus oídos.
Había cruzado una línea. Se dio cuenta de su error, de la injusticia de su explosión.
Pero para cuando encontró el aliento para hablar, ella ya estaba demasiado lejos para pedir disculpas. Ya era demasiado tarde.
Casa Koishikawa.
Ai se dejó caer sobre la cama, enterrando el rostro en la almohada mientras las lágrimas calientes humedecían la tela.
La confusión y la frustración se agitaban en su pecho como una tormenta.
No lograba comprender esos cambios bruscos de John, esa capacidad de pasar de una ternura genuina a una furia despiadada en cuestión de segundos.
Su único deseo había sido verlo feliz, ayudar a sacar a la luz a esa persona amable que sabía que existía, sepultada bajo capas de dolor y resentimiento.
Al reflexionar, se dio cuenta de cuán profundamente se estaba involucrando.
Al igual que su padre, Seiya, estaba invirtiendo una energía emocional significativa en John, hasta el punto de estar descuidando su propia relación.
Esa misma mañana, había evitado contarle a Shun sus planes de decorar el árbol o su visita al orfanato con John.
Lo justificaba ante sí misma pensando en los celos excesivos de su novio, en su probable incomprensión.
Pero en el fondo, sabía que era más que eso: era una elección consciente.
Había priorizado su deseo de ayudar a John sobre la transparencia que debería existir en su relación con Shun.
Esa realización añadió una capa más de angustia a su llanto. No solo estaba herida por la reacción de John, sino también confundida por sus propias acciones y por la compleja red de sentimientos que parecía estar tejiendo a su alrededor, muy a su pesar.
La vibración del teléfono cortó la quietud de la habitación, un recordatorio estridente del mundo del que se había estado distanciando.
Ai secó sus lágrimas con el dorso de la mano y miró la pantalla.
Era Shun. De nuevo. A pesar de haberle dicho que tenía planes, él insistía, apelando a la naturaleza romántica de las fechas.
Antes, ese mensaje le habría causado un conflicto interno, una lucha entre el deber de novia y su preocupación por John. Pero ahora, con el sabor amargo de la decepción y el enfado aún fresco, la decisión fue clara y repentina.
Con movimientos decididos, escribió la respuesta, aceptó la oferta de Shun para esa noche. No estaba de humor. La imagen de los ojos llenos de rabia de John aún ardía en su mente, no deseaba verle en este momento.
En ese instante de claridad dolorosa, tomó una resolución.
No decoraría el árbol junto a John. Su relación con Shun tenía que ser la prioridad.
Se estaba obsesionando demasiado con John.
Tenía que volver a la normalidad. O, al menos, a la versión de normalidad que existía antes de que John Hole llegara a la pensión y complicara todo.
Respiró hondo, intentando calmar el temblor de sus manos.
Era hora de centrarse en lo que era real, y había construido con sentimientos.
Habitación N.º 13.
La puerta se cerró con un golpe sordo, aislando a John en la penumbra de su habitación.
La furia que lo había poseído en la calle se había disipado, dejando un vacío frío y familiar.
Se dejó caer en el sofá, la cabeza entre las manos, sabiendo con una certeza que le corroía las entrañas que había vuelto a cagarla.
Ai, la única persona que se había preocupado genuinamente por ayudarle sin pedir nada a cambio, y él la había tratado como a una mierda.
Pero el remordimiento que sentía por ella era solo la superficie.
Debajo, más profundo, más negro, se agitaba la verdadera razón de su explosión: el Orfanato Tomohisa.
No era solo un lugar de caridad, era la escena de algo malo.
Un acto tan ruin, tan malévolo, había intentado enterrarlo en lo más hondo de su mente.
No era un simple error juvenil, no era una travesura.
Era algo que había destrozado vidas, algo por lo que, si saliera a la luz, no solo ardería su frágil nueva vida en la pensión, sino que podría enfrentarse a consecuencias de las que ni siquiera quería pensar.
Era una culpa que llevaba tatuada en el alma, un secreto que había jurado llevarse a la tumba.
Y el miedo a que Ai, con su persistencia bondadosa, pudiera acercarse demasiado a la verdad, había hecho saltar todos sus fusibles.
Quería olvidarlo. Lo deseaba con todas sus fuerzas, con la misma intensidad con la que anhelaba recuperar los recuerdos perdidos del accidente.
Pero este recuerdo en particular no se desvanecería.
Era una cadena que lo ataba al fondo, un peso que sabía que arrastraría para siempre, un monstruo al que siempre tendría que alimentar con su silencio.
Y ahora, para proteger ese secreto, había herido a la única persona que estaba intentando tenderle una mano en la oscuridad.
John descendió las escaleras con paso lento, la culpa aún anudada en su estómago. Al llegar al hall, la silueta de Seiya, arrodillado junto a varias cajas de cartón cerca del árbol desnudo, lo esperaba.
—Hola, John. Ai me pidió que te dijera que... al final ha salido con Shun—comunicó Seiya con su tono sereno.
Una punzada de frustración, agria y familiar, atravesó a John. Si solo me hubiera disculpado a tiempo...
—Oye, Seiya —comenzó, con una voz más áspera de lo que pretendía—.
¿Crees que le importará a Ai que decore el árbol solo?
Sé que le dije que lo haríamos juntos, pero...
tengo algo de tiempo libre. —Hizo una pausa, buscando una justificación que no sonara a súplica—.
Y es posible que pueda recordar algo de mi pasado.
Seiya lo miró con esa calma que siempre parecía entender más de lo que se le decía.
—No creo que le importe. Al contrario. Seguro que tienes buena mano para esto. —Señaló las cajas—. He dejado muchos adornos. Si necesitas más, no dudes en buscarlos.
Asintiendo con un gesto seco, John se arrodilló frente a las cajas y comenzó a seleccionar adornos con una meticulosidad inusual.
Rechazó las luces intermitentes y los colores estridentes que poblaban los escaparates.
En su lugar, buscó esferas de cristal sencillas, guirnaldas de pino artificial y estrellas de madera.
Una decoración clásica, sobria. Algo que, quizás, se pareciera más a un recuerdo lejano que a una parodia comercial de la Navidad.
(Horas más tarde...)
La noche había caído cuando Ai regresó a la pensión. El aire frío aún llevaba el eco de su paseo con Shun, pero en su mente seguía latente la discusión con John. Sabía que necesitaban arreglar las cosas. Sin embargo, al traspasar la puerta del hall, todos esos pensamientos se desvanecieron.
Quedó inmóvil, con la respiración suspendida. Allí, donde horas antes había un abeto desnudo y solitario, se alzaba ahora una creación navideña que parecía sacada de un cuento.