Curso Grado 12 Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Ai, mientras envolvía un peluche suave, no podía evitar observarlo de reojo.

Le gustaba verlo así, con la guardia bajada, mostrando esa faceta gentil que tan celosamente guardaba.

Era un recordatorio de que, detrás de la armadura de indiferencia y los modales ásperos, habitaba alguien capaz de una bondad profunda y considerada.

Un lado que, sin querer admitirlo, le resultaba cada vez más entrañable.

Centro Ciudad

Orfanato Tomohisa.

La fachada del orfanato era más austera de lo que Ai había imaginado.

John, cargando con la pesada bolsa de regalos, se detuvo un instante frente a la puerta principal.

Ai no pudo evitar notar cómo su respiración se hacía más profunda, cómo sus nudillos palidecían al apretar las asas de la bolsa.

Una tensión palpable lo envolvía, como si cruzar ese umbral significara enfrentarse a fantasmas del pasado.

El lugar, para él, claramente rezumaba un aura de malos recuerdos y un secreto que pesaba como una losa.

Tras un momento de silencio cargado, John empujó la puerta. Atravesaron una recepción desierta y giraron por un pasillo a la izquierda. El silencio era tan profundo que el crujido de sus propios pasos resonaba como un eco en la penumbra. Ai, caminando detrás de él, sintió una incomodidad creciente.

La atmósfera era opresiva, y empezó a cuestionar si haber insistido en acompañarlo había sido un error. Justo al final del pasillo, una vieja puerta de color gris parecía marcar el final del camino. Cuando John la abrió, la escena cambió radicalmente.

Tres niñas pequeñas, que estaban sentadas en el suelo jugando, se exaltaron al verlo. Sus caritas se iluminaron y corrieron hacia él con una alegría desbordante, envolviéndolo en un abrazo colectivo que pareció disolver toda la tensión que lo había consumido hasta entonces.

El semblante de John se transformó por completo.

La rigidez en sus hombros se desvaneció, reemplazada por una suavidad que Ai nunca le había visto.

Se arrodilló para estar a su altura y, con una ternura que la conmovió profundamente, acarició la cabeza de cada una con gestos amables y una sonrisa genuina que le llegaba a los ojos.

—¡Has venido! —exclamó una de las niñas, con los ojos brillantes—. Lo has hecho, como prometiste.

—Una promesa es una promesa —respondió John, revolviéndole el pelo con afecto. Luego, alzó la mirada hacia Ai—. ¡Acércate! Quiero presentarte a estas niñas tan especiales.

Tímidamente, Ai se acercó y se inclinó para estar a su nivel.

—Hola, soy Ai —se presentó con una voz suave y educada.

Su natural calidez y su facilidad con los niños hicieron el resto.

Les dedicó una sonrisa sincera, y poco a poco, la desconfianza inicial en sus pequeños rostros se fue disolviendo, reemplazada por una curiosidad tímida y luego por una aceptación total.

En cuestión de minutos, ya sentían confianza por ella, demostrando que John no era el único con un don especial para conectar con aquellos que más lo necesitaban.

HANA: 7 años. Cabello claro y diente mellado .Tímida y miedosa.

KAI: 8 años. Cabello oscuro y dos coletas con adornos. Atrevida y muy charlatana.

KOKORO: 9 años. Cabello ondulado hasta los hombros. Risueña y revoltosa.

—¡Qué tal estáis! —dijo Ai con una sonrisa radiante— ¡Sois realmente preciosas!

—Gracias —respondió Hana, escondiendo parcialmente su rostro detrás del brazo de John con timidez.

—¿Quién es ella? —preguntó Kai, señalando a Ai con curiosidad— ¡Es muy guapa! ¿Es tu novia?

John sintió que el calor le subía por el cuello hasta las orejas.

—¡Esta niña! Siempre tan directa —dijo, intentando recomponerse—. Es una buena amiga.

—Pues hacéis muy buena pareja —insistió Kai con la sincera crueldad infantil—¿Por qué no le echas agallas y le pides que salga contigo?

Ai no pudo contener una carcajada, deleitada al ver a John tan fuera de lugar, un espectáculo rarísimo, mezclado con una torpeza inusual en sus movimientos.

—Veo que sigues tan alborotada como siempre—dijo John, recuperando algo de compostura. Se inclinó y susurró en el oído de la niña—: Ai ya tiene novio. Aunque es más feo que yo.

Sin embargo, Ai alcanzó a oír el comentario y, entre risas, le dio un suave capón en la cabeza. (Las risas de las niñas llenaron la habitación)

—¿Te has acordado de los regalos? —preguntó Kokoro, saltando de impaciencia.

—¿Los regalos? —respondió John, llevándose las manos a la cabeza con una expresión de falso drama— ¡Vaya! Se me han olvidado.

Las caritas se ensombrecieron de inmediato, pero Ai intervino con rapidez.

—Johnny es un bromista —dijo con un guiño—. ¿Por qué no miráis detrás de su espalda?

Tres pares de ojos se iluminaron al ver la bolsa que John había escondido hábilmente. La magia de la Navidad, hecha de promesas cumplidas y risas compartidas, llenó por completo la austera habitación.

Los siguientes minutos estuvieron llenos de un caos alegre y el crujido del papel de regalo siendo rasgado.

Los ojos de las niñas brillaban con una luz pura con cada nuevo tesoro descubierto: una muñeca de pelo suave, un peluche de un oso achuchable, pequeños juguetes coloridos.

Ai observaba, con una sonrisa cálida y un nudo en la garganta.

El gesto de John había sido increíblemente bondadoso.

Por unos preciados momentos, esos regalos habían logrado lo imposible: hacer que las niñas olvidaran las sombras de su pasado, sumergiéndolas en un mundo de ilusión instantánea que perduraría mucho después de que se apagaran las luces de la habitación.

En ese breve lapso, la confianza floreció rápidamente, especialmente hacia Ai, quien las envolvía en una dulce atención, complaciendo cada muestra de entusiasmo con una paciencia infinita.

Ver sus sonrisas era una recompensa en sí misma, pero presenciar a John interactuar con ellas era algo completamente distinto. Ai veía a una persona diferente: suavizado, paciente, con una gentileza que rara vez permitía que el mundo exterior vislumbrara.

Comprendió entonces que la actitud ruda que usualmente proyectaba era solo una fachada, una armadura que llevaba puesta la mayor parte del tiempo.

La evidencia había estado allí, encima de la mesa de su cuarto, en esos regalos meticulosamente elegidos.

John podía ser cariñoso. Era cariñoso. Solo lo reservaba para aquellos que realmente lo necesitaban.

La despedida fue un tira y afloja emocional.

Abrazos apretados, promesas susurradas y pequeños dedos aferrándose a sus manos.

Pero cuando John les prometió solemnemente que volverían, un nuevo brillo de esperanza se encendió en sus rostros, transformando la tristeza de la partida en la anticipación de un próximo reencuentro.

Esa promesa, y la sonrisa que les arrancó, hizo que cada momento incómodo y cada pregunta difícil en el camino hasta allí valiera la pena mil veces más.

El aire frío de la tarde les dio la bienvenida al salir del orfanato, pero a John parecía no afectarle.

Respiraba con una tranquilidad que Ai no le había visto en mucho tiempo.

La tensión que había endurecido sus hombros al entrar había desaparecido, dejando paso a un rostro relajado e incluso feliz.

Ai lo sentía caminando a su lado, y aunque la alegría del momento era palpable, una duda sutil persistía en su mente: ¿por qué se había resistido tanto a que lo acompañara al principio?

El resultado había sido tan positivo, tan lleno de luz, que cualquier sombra de sospecha sobre un motivo oculto se desvanecía en el aire invernal.

Mientras caminaban de regreso a la pensión, la conversación fluía con una facilidad inusual. Las risas surgían espontáneamente, y una cómplice complicidad se instaló entre ellos, tejiendo un hilo invisible que unía el alivio de John con la calidez de Ai.

Ella sabía que la naturaleza de John era volátil.

Había visto emerger ese odio interno, esa rabia que parecía nacer de un pozo muy profundo y que a ella le resultaba doloroso presenciar.

En su corazón, creía entender su origen: tanto dolor acumulado, la pérdida de sus recuerdos y de su pasado, habían forjado una coraza de frialdad y soledad a su alrededor.

Pero momentos como el de hoy le demostraban que no era una causa perdida.

Su reinserción, el apoyo de personas como su padre, y la leal, aunque a veces complicada, amistad de quienes lo rodeaban, estaban logrando abrir grietas en ese muro.

Y a través de ellas asomaba, tímida pero persistente, la persona amable que podía llegar a ser.

Ai, mientras reía ante un comentario suyo, sintió una determinación crecer dentro de ella.

Quería ayudar. Haría todo lo posible para que, algún día, ese sentimiento oscuro que a veces lo consumía pudiera ser aislado para siempre en lo más profundo de su ser, dejando espacio solo para la luz que acababa de ver brillar en sus ojos junto a aquellas niñas.

El camino de regreso estaba impregnado de una atmósfera peculiar.

Las calles, adornadas con luces brillantes, estaban llenas de parejas que paseaban con las manos entrelazadas, riendo en voz baja y compartiendo miradas llenas de complicidad.

La Navidad en Japón, con su énfasis en el romance más que en lo familiar, convertía el escenario en un mar de afecto público.

Ai, con su naturaleza soñadora, no pudo evitar sentirse arrastrada por la ambientación.

Por un brevísimo y peligroso instante, su imaginación voló.

Caminando a su lado, compartiendo risas y ese silencio cómodo que había surgido después de la visita al orfanato, fue fácil fantasear con que ellos también eran una de esas parejas de enamorados que llenaban las aceras.

La imagen fue dulce, cálida... y profundamente perturbadora.