Curso Grado 12 Capítulo 12
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Capítulo 12

“Dulce Navidad”

Aunque la Navidad en Japón no tenía motivos religiosos (ya que predominaba el budismo), con la llegada de los muchos extranjeros comenzó a difundirse, hasta el punto de convertirse en una de las fiestas más aclamadas.

Por ello esta tradición se había japonizado, como Halloween o San Valentín, forjando este evento al igual que en occidente.

Yokohama—Japón

Pensión Hikari.

La llegada de la víspera navideña transformaba las calles de Yokohama en un escenario de luces y color.

Mientras los centros comerciales y espacios públicos competían por tener las decoraciones más brillantes, en los hogares japoneses se mantenía una atmósfera más contenida, reservando la decoración más elaborada para la celebración del Año Nuevo.

Pero la Pensión Hikari era una excepción. La familia Koishikawa, siempre atenta a las tradiciones que pudieran hacer sentir como en casa a sus huéspedes extranjeros, se esmeraba en crear un ambiente navideño auténtico. La culpa la tenía, en gran medida, Ai.

Esa mañana, Seiya se había levantado con el alba.

Tras una cuidadosa búsqueda, había encontrado el abeto perfecto y lo había transportado en su furgoneta hasta el hall de la pensión.

Mientras colocaba el árbol en un rincón estratégico, cerca de la ventana para que fuera lo primero que se viera al entrar, no podía evitar sonreír pensando en el entusiasmo de su hija.

En el corazón de Ai anidaba una motivación más profunda que la simple decoración. John. Ella sabía que, desde su llegada, él no había tenido la oportunidad de experimentar una celebración familiar.

En su pasado inestable, estas fechas probablemente habían sido épocas de frío y soledad.

Este árbol, pensó, podría ser un puente hacia esos recuerdos enterrados, una forma de ofrecerle el calor de una tradición que, aunque no fuera la suya original, podía evocar la esencia del hogar.

No se trataba de imponerle la Navidad occidental, sino de "japonizar" la experiencia para él: mostrarle cómo se vive esta festividad en su nuevo entorno, con la calidez de una familia que, a su manera, lo había acogido.

Quizás, entre las luces titilantes y el aroma a pino, podría encontrar un nuevo recuerdo que atesorar, uno que no estuviera teñido de dolor.

John se detuvo en el umbral, la bolsa de reparto aun colgando de su hombro. Allí, en el rincón más acogedor del hall, se alzaba un abeto solitario, sus ramas vacías esperando ser vestidas de fiesta. La escena le resultaba a la vez extraña y familiar, como un eco lejano de algo que una vez conoció.

—Bonito árbol —comentó, mientras dejaba la bolsa en el suelo—. Veo que la víspera de Navidad acaba de comenzar...

Ai apareció desde la trastienda, con una sonrisa que parecía iluminar la estancia más que cualquier adorno.

—¿Es bonito, verdad? —dijo, acercándose—. Fue idea mía. Pensé que sería buena idea traer uno... quizás pueda ayudarte a recordar algo de tu pasado.

John observó las ramas desnudas, sintiendo una punzada de gratitud mezclada con cierta aprensión.

—Te lo agradezco. Puede que sea una buena idea. Desde que estoy aquí no había celebrado ninguna. —Hizo una pausa breve—. Los centros comerciales suelen utilizarlo como reclamo para subir las ventas.

—Pues aquí lo decoraremos y pondremos regalos como en occidente —anunció Ai, con entusiasmo—. He pensado que podríamos hacerlo juntos. —Su voz bajó un tono, tornándose casi tímida—. Seguro que tienes más manejo. ¿No te produce nostalgia?

John se acercó al árbol, extendiendo una mano para tocar suavemente una de las ramas. Un destello borroso cruzó su mente: el aroma a pino, el brillo de unas luces coloradas...

—Es posible que con los adornos y las luces pueda recordar algo —admitió, con voz más suave de lo habitual—. Tengo un extraño sentimiento en mi interior. Como si... como si esto fuera importante.

—¡No se hable más! —declaró Ai con determinación—. Mi padre está por llegar y traerá algunas cajas decorativas. Esta tarde lo decoraremos.

John desvió la mirada, jugando con el borde de su chaqueta.

—Agradezco tu entusiasmo, pero seguro que tienes mejores cosas que hacer...

Ai frunció el ceño, su sonrisa desapareciendo.

—¿No quieres hacerlo hoy? Has acabado temprano, ¿no?

—Tengo algunas cosas que hacer —mintió él, mirando hacia la puerta.

—¿Has quedado? —insistió ella, acercándose un paso.

—Con los chicos —farfulló, sin convencer a nadie.

Ai se plantó frente a él, bloqueando su camino. Sus mejillas se sonrojaron por la frustración.

—¡No puedo creer que estés rechazando mi invitación! Llevo días planeándolo —exclamó, con un temblor en la voz—. ¿Acaso no te hace ilusión? Ahora mismo podría estar con mis amigas o con mi novio. En vez de eso, estoy aquí, preocupándome por ti.

—No es eso, te lo agradezco mucho —intentó explicar John, sintiendo cómo su propia excusa se desmoronaba—. Sólo... es...

—Sé que estás mintiendo —lo interrumpió Ai, clavándole una mirada que parecía ver a través de él—. Reconozco esa cara cuando la pones. ¡No te habrás metido en algún lío! ¿Vas a contármelo o no?

John suspiró, derrotado. Correría el riesgo.

—Está bien —cedió, con un bufido de resignación—. Acompáñame.

Expectante, Ai siguió a John escaleras arriba, con una mezcla de curiosidad y aprensión. Cuando se detuvo frente a la puerta de su habitación, su sorpresa fue mayúscula. Con un leve titubeo, traspasó el umbral de ese espacio íntimo que nunca antes había visto.

El orden que reinaba en la habitación la dejó sin palabras.

Contrario a lo que esperaba del típico caos adolescente, todo estaba impecable: la cama hecha, los libros alineados en el estante, y una ausencia total de ropa dispersa.

Era un reflejo de la disciplina interior de John, una faceta que Ai no conocía.

John se dirigió a la mesa, donde se acumulaba una escena que contrastaba con la sobriedad del cuarto: peluches de suaves colores, muñecas cuidadosamente alineadas, rollos de papel de regalo estampado, tijeras y celo. Era un taller de envoltorio improvisado.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Ai, acercándose con cautela.

—Son regalos —explicó John, evitando su mirada—. Tengo que llevarlos a un sitio.

—¿Qué sitio? —insistió ella, su voz suave.

—Un orfanato.

—¿Es algún encargo o algo? —preguntó, tratando de entender.

—Haces muchas preguntas... —murmuró él, jugando con el borde de una etiqueta—. Es algo personal.

La revelación iluminó el rostro de Ai.

—¿Le llevas regalos a los niños por tu cuenta?

—Puedes reírte si quieres —dijo él, con un tono de autodesprecio que a Ai le partió el corazón—. Por eso no quería contártelo.

—No comprendo por qué te avergüenzas de ello —respondió ella, acercándose un paso—. Es algo precioso, Johnny.

—Ves, es por eso —suspiró él, volviéndose hacia la ventana—Ahora pensarás que soy un blandengue.

Ai no pudo contener una carcajada, pero no era de burla; era de puro afecto.

—¡Eres increíble! —exclamó, sacudiendo la cabeza—. Es el secreto más dulce que he escuchado. ¿Por qué esconder algo tan bueno?

John finalmente la miró, y en sus ojos había una vulnerabilidad que rara vez permitía ver.

—Estuve un tiempo trabajando allí antes de entrar en el Reformatorio —confesó John, con la voz más suave de lo habitual—. Les prometí que por estas fiestas les llevaría regalos. Son muy asiduos a la Navidad y, como soy occidental, ya sabes...

—Nunca imaginé que el malote de John Hole tuviese un corazón tan grande —dijo Ai, con una sonrisa.

—¡Deja de burlarte! —replicó él, con un dejo de exasperación—No sé por qué te lo he contado.

—¡Ya sé! —exclamó Ai, ignorando su malestar—. Te ayudaré a envolverlos y te acompañaré para llevárselos a los niños. Me muero por ver sus caras.

—No es buena idea —respondió él, cortante—. Mejor voy solo.

—¿A qué viene tanto secretismo? —insistió ella, sin comprender—. Si vamos los dos acabaremos antes y así podremos decorar el árbol más tarde.

—¡He dicho que no! —la voz de John se elevó, perdiendo los estribos por un instante.

Ai dio un paso atrás, sorprendida. En sus ojos vio un destello de esa oscuridad que creía superada, un miedo bien escondido que asomaba brevemente. Pero John se dio cuenta de su error al instante. Respiró hondo y su expresión se suavizó, reemplazando el arrebato con una sonrisa forzada.

—Lo siento —se disculpó, con un tono más controlado—. Es que estos niños han sufrido mucho y confían en poca gente. No quiero incomodarles.

—Lo entiendo —dijo Ai, aunque su voz sonaba dubitativa, aún afectada por su reacción anterior.

—Puedes venir con una condición —cedió John, tras un momento de silencio—Pase lo que pase, no les hagas ninguna pregunta. Solo deja que ellos te hablen. ¿Entendiste?

—Está bien —aceptó Ai.

Todo le parecía extraño, y por su reacción estaba claro que ocultaba algo. Sin embargo, no se atrevió a presionar más, temiendo sacar de nuevo su lado más amargo. En lugar de eso, cambió su expresión y forzó una sonrisa, decidida a confiar en él, al menos por ahora.

El ambiente en la habitación se transformó por completo. La tensión inicial se disipó, reemplazada por el suave crujido del papel de regalo y el ritmo tranquilo de su respiración mientras trabajaban codo con codo.

John, con una concentración inusual, medía y cortaba el papel con precisión, doblando las esquinas con un cuidado meticuloso.

Poco a poco, una sonrisa genuina, una que Ai no veía a menudo, comenzó a iluminar su rostro.

No era la sonrisa burlona o desafiante a la que estaba acostumbrada, sino una expresión suave y tranquila que le cambiaba por completo el semblante.

Estaba claro que aquella tarea, lejos de ser una carga, le llenaba de una serenidad especial.

Un aprecio profundo y sincero por esos niños latía en cada movimiento.