Capítulo 11 #3
—¡Estoy con John! —declaró Kaori, alzando la voz. Su apoyo era claro, aunque su mirada evitaba a las demás, como si supiera que con ello alimentaba una tensión mayor—. No tiene por qué disculparse, no son novios ni nada.
—Aunque el acto descarado de Suzuki ha estado fuera de lugar —señaló Ai, intentando ser ecuánime—. No se puede ir robando besos a lo loco. Yo también me hubiese molestado.
—No entiendo nada —bufó John, pasándose una mano por el cabello, completamente perdido en la complejidad emocional que lo superaba.
—En eso estoy de acuerdo contigo —apuntó Kaori, buscando su complicidad.
Kasumi, sin embargo, no se rindió. Clavó sus ojos serios en John.
—¿Entonces qué harás?
John suspiró profundamente, derrotado no por la lógica, sino por el peso de la decepción en los ojos de Ai y la persistencia de Kasumi. Una parte de él sabía que, broma o no, había herido a Karai.
—Está bien —se quejó, con un tono que dejaba claro que lo hacía a regañadientes—. Iré a buscarla y me disculparé con ella.
Karai deambulaba entre los grupos de estudiantes, su mente un torbellino de ira y frustración. La racionalidad se había disipado, reemplazada por el aguijón de la humillación y la certeza de que Mei Suzuki se interponía deliberadamente en su camino de conquistar a John.
El destino, cruel u oportuno, la llevó directo hacia su objetivo. Allí, entre arbustos y sombras arboladas en los límites del campus, estaba Mei, rodeada de su fiel séquito de animadoras. Era el momento perfecto.
Sin vacilar, Karai se abrió paso entre el círculo de chicas, que se apartaron con sorpresa. Su mirada era un hierro al rojo vivo clavado en Mei.
—Tienes mala cara, Karai —se burló Suzuki, una sonrisa de superioridad dibujada en sus labios.
Sabía que tenía la ventaja, y que poseía un secreto que podía dinamitar cualquier posibilidad entre Karai y John—.
Y aún no sabes lo mejor de todo... —comenzó, disfrutando del momento, preparándose para soltar la bomba.
Pero no llegó a terminarla.
Con una velocidad felina, la mano de Karai se enredó en el cuidado cabello de Mei. No fue un gesto suave; fue un acto de pura fuerza. Tiró de él con brutalidad, arrastrando a la capitana a través del círculo boquiabierto de sus amigas hasta estrellarla contra el tronco rugoso de un árbol cercano.
El impacto resonó en el aire quieto. Karai, con el rostro a centímetros del de Mei, que gemía de dolor y shock, le susurró al oído con una voz cargada de veneno:
—¿Quieres joderme, puta? Pues yo también sé jugar a este juego.
La soltó de golpe. Mei se tambaleó, llevándose las manos temblorosas a la frente, donde un fino reguero de sangre comenzaba a bajar por su ceño desde un corte superficial. El terror y la incredulidad se apoderaron de sus rasgos.
—¡Eres una jodida loca! —gritó, su voz quebrada por el pánico y la rabia—. ¿¡Estás mal de la cabeza!?
La pregunta se perdió en el sonido seco y contundente de la bofetada que Karai le propinó. El golpe, cargado con toda la furia acumulada, resonó con un crujido sordo y dejó la mejilla de Mei enrojecida y marcada al instante.
El silencio que cayó sobre el grupo fue absoluto, roto solo por el jadeo entrecortado de Mei y la respiración agitada de Karai, que se quedó plantada frente a ellas, desafiante, consumida por un fuego que, por fin, había encontrado salida.
—Si vuelvo a verte acercarte a John, te arrancaré a tiras ese pelo tan cuidado que tienes —amenazó Karai con una seriedad perturbadora—.
John Hole es solo mío, ¿entiendes? Relaciónate con él lo protocolariamente justo en los partidos.
Si no me obedeces, vendré de nuevo y te partiré esa nariz operada.
Suzuki, con la mejilla aún ardiente y el corte en la frente sangrando levemente, bajó la cabeza entre lágrimas silenciosas. Sus amigas la rodeaban, consolándola con miradas de incredulidad y miedo hacia Karai, a quien veían ahora como una fuerza impredecible y peligrosa.
Satisfecha por haber establecido su dominio, Karai se volvió y abandonó el círculo de animadoras, solo para encontrarse de frente con John, que estaba a pocos metros de distancia, observando la escena con el ceño fruncido.
—Te estaba buscando, aunque ahora ya sé dónde estabas. El sollozo ahogado de Mei Suzuki llegó hasta ellos. La vio a lo lejos, todavía temblando y apoyada en sus amigas. La mirada de John se volvió hacia Karai, cargada de reproche—¿Qué has hecho?
—Nada —respondió ella con una sonrisa forzada, encogiéndose de hombros—. Todo vuelve a estar en su sitio.
John comprendió al instante. Aunque no aprobaba los métodos de Karai, no pudo evitar sentir un alivio mezclado con culpa.
El acoso de Mei Suzuki, y su chantaje silencioso que pendía sobre él como una espada, se había esfumado gracias a esta intervención violenta y despiadada.
Ahora ya no lo acosaría más. En realidad le debía un favor, aunque le repugnara admitirlo.
Karai se acercó más, cerrando la distancia entre ellos hasta quedar a solo un paso.
—Siento lo del agua —dijo, con una sonrisa genuina esta vez.
—Yo también siento lo de antes —respondió John, con un tono más suave—. Esa broma estuvo fuera de lugar.
—Y otra cosa... —Karai bajó la voz hasta convertirla en un susurro íntimo mientras se inclinaba hacia su oído—. El sabor a cereza es mucho mejor que el de fresa.
Antes de que John pudiera reaccionar, ella cerró la distancia restante y lo besó.
No fue un beso tímido o reconciliador; fue apasionado, posesivo, y con la lengua.
Cuando se separó, dejó el sabor dulce de su gloss impregnado en sus labios, un recordatorio físico de su marca, de su territorio reclamado.
Pensión Hikari
Casa Koishikawa.
El silencio de la habitación de Ai solo era roto por el leve rasguño del lápiz sobre el papel, pero su mente estaba lejos de los ejercicios de matemáticas. Las imágenes del día revoloteaban en su cabeza: los celos de Karai, los avances descarados de Suzuki, y el interés no tan discreto de Kaori.