Curso Grado 12 Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

No se trataba solo de reflejos; era pura memoria muscular y determinación.

Y entonces, algo cambió. Sus piernas, que habían luchado contra la parálisis en el pasado y habían sido forjadas en la adversidad, comenzaron a moverse con una potencia y una precisión que dejaron a todos boquiabiertos.

Cada movimiento era limpio, contundente y exacto.

El marcador, que al principio mostraba una clara ventaja para Yagami, empezó a equilibrarse.

Los estudiantes, alucinados, observaban cómo John no solo igualaba al virtuoso del Club de Teatro, sino que dejaba de mirar la plataforma.

Había internalizado el ritmo, memorizado la secuencia, y sus pies respondían con una sincronización perfecta, como si él y la máquina fueran una sola entidad.

Era puro electro dance[23], un espectáculo de agilidad y control que nadie lo imaginaba.

Por primera vez en mucho, mucho tiempo, Yagami se vio genuinamente superado.

La incredulidad se apoderó de su rostro cuando vio su nombre ser rebasado en el marcador.

El miedo a fracasar, un sentimiento que le era completamente ajeno, lo hizo vacilar.

Un paso en falso, luego otro. La concentración se quebró, y con ella, su ritmo.

Cuando los últimos acordes resonaron en el salón, la victoria de John era clara e inapelable.

El silencio fue breve, un instante de shock colectivo antes de que el escenario estallara en vítores y aplausos ensordecedores.

Todo el mundo coreaba el nombre de John, que bajaba de la plataforma con el rostro sereno, aunque con el pecho palpitando por el esfuerzo.

Yagami se quedó petrificado en su lugar. El sonido de la multitud celebrando a su rival se convertía en un zumbido agudo en sus oídos. Cada aplauso era una puñalada a su orgullo.

Al ver a John siendo aclamado, algo se quebró dentro de él. No era solo la derrota; era la humillación pública, el ver su trono usurpado ante todos. Y en lo más profundo de su ser, esa humillación se cristalizó en un sentimiento puro y ardiente: un odio verdadero y personal hacia John Hole.

Minutos más tarde…

El campus del Masaru era un mosaico viviente de grupos y dinámicas sociales. Cada rincón estaba ocupado por pandillas que, rodeadas de fiambreras y bocadillos, convertían el césped en un gran picnic al aire libre.

—No puedo creer que haya ganado a Yagami —comentó Nagano, mordiendo un onigiri con expresión de genuino asombro—. Estoy impresionado.

—Es muy buen bailarín —agregó Kasumi, volviéndose hacia Ai—. ¿Tú lo sabías?

—Estoy tan sorprendida como tú —respondió Ai, mirando a la distancia donde John conversaba con otros miembros del Washinosuke—. Parece que guarda muchos secretos.

—Por una vez, me alegro de su victoria —admitió Shun con una media sonrisa—Solo por ver la cara de gilipollas que se le ha quedado a Yagami, ha valido la pena.

—Qué malo eres —rio Kasumi, dándole un suave codazo.

Las risas del grupo se mezclaron con el bullicio general hasta que Shun y Nagano se excusaron para dirigirse a la exhibición de Judo.

Fue entonces cuando Kaori, con un gesto discreto, señaló hacia otro grupo.

—¿Os habéis fijado en el grupo de Suzuki? —susurró—. No dejan de hablar de John.

—Así es —confirmó Kasumi, bajando la voz—. Se ha hecho muy popular estas semanas. En el Club de Animadoras no se habla de otra cosa. —Hizo una pausa significativa—. Incluso me atrevería a decir que Mei Suzuki está realmente interesada en él.

—También te miran mucho a ti, Karai —señaló Ai, notando las miradas furtivas que llegaban desde la manta donde Mei y su séquito estaban reunidas—. No parecen cortarse un pelo.

Karai, que había permanecido en un silencio tenso, apretó la mandíbula. Sus dedos se cerraron alrededor de una botella de agua.

—Esas zorras me están molestando mucho con sus cuchicheos —masculló, con los ojos fijos en Mei, quien le devolvió la mirada con una sonrisa fría y calculadora—. Voy a tener que poner orden.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Kaori, con una mezcla de preocupación y curiosidad.

John paseaba por el campus cuando vio a Kaori y las demás saludarlo con entusiasmo desde su manta en el césped. Él se acercó a saludarlas cuando fue interceptado en su camino.

Mei Suzuki emergió como de la nada, enlazando su brazo con el de él con una familiaridad que le heló la sangre.

Nada más verla, John recordó lo sucedido en el vestuario de los chicos: el peso de un secreto que ahora sentía como una losa.

Uno que de ser descubierto pondría en serios problemas a ambos.

Todavía no estaba seguro de si Mei sería capaz de contarlo a todo el mundo o simplemente lo chantajearía con él.

John disimuló su preocupación, y puso buena cara:

—¿En qué puedo ayudarte? —logró decir, forzando una sonrisa que esperaba fuera convincente, mientras su mente calculaba frenéticamente cómo escapar de esta situación sin avivar sospechas.

—Verás... —comenzó Mei, con una dulzura que ponía falsa— mis amigas y yo estamos jugando a un juego. ¿Conoces ‘Verdad o Atrevimiento’?

—Claro que lo conozco.

—Pues me ha tocado atrevimiento —explicó, acercándose más—, y para ganar, debo cumplir con lo que me han encomendado. ¡Ya sabes que nunca me gusta perder!

—En ese caso, haz lo que tengas que hacer —respondió John, con una indiferencia que ocultaba su creciente incomodidad. Subestimó por completo la audacia de su atrevimiento.

En un movimiento rápido y posesivo, Mei lo agarró de la camiseta y tiró de él hacia sus labios.

El beso no fue un simple roce; fue intenso, prolongado, con lengua y lo suficientemente explícito como para que las risitas y los vítores de su grupo de animadoras se convirtieran en un coro de alboroto que atrajo miradas de todo el campus.

Desde la manta, Karai observaba, paralizada. La sangre le golpeaba en el pecho mientras veía a Mei separarse de John, lanzándole una mirada triunfal y maliciosa directamente a ella antes de regresar con su séquito.

John, aturdido y con el sabor a gloss de fresa en sus labios, apenas podía procesar lo ocurrido. Continuó mecánicamente su camino hacia sus amigas, donde se encontró con un círculo de rostros que reflejaban desde la incredulidad hasta la indignación.

—¿Has visto el descaro? —murmuró Kaori, sin poder creerlo.

Pero fue Karai quien reaccionó primero. La provocación de Suzuki había traspasado un límite. Con los puños apretados y una ira que le quemaba la mirada, se levantó de un salto.

—¿Dónde vas? —le preguntó Ai, alarmada por la intensidad de su expresión.

—Ahora lo verás —respondió Karai, con una voz tan fría y cortante que erizó la piel del resto.

La tensión era palpable. Karai se incorporó con movimientos bruscos, la falda de su uniforme ondeando con la furia contenida que ardía en su mirada.

Cada paso que daba hacia el grupo de Suzuki era una declaración de guerra, y en su mente solo resonaba el deseo de confrontar a la capitana por su descaro.

Pero antes de que pudiera llegar más lejos, una mano firme la detuvo. John, que había leído la tormenta en sus ojos, la sujetó del brazo con suficiente fuerza para frenarla en seco.

—Creo que no soy el más indicado para decirte esto —comenzó, con una calma que contrastaba con la electricidad del momento—, pero deberías pensarlo mejor. Lo que tienes en mente no va a acabar bien.

Karai se liberó de su agarre con un tirón seco, sus ojos lanzaban dagas.

—¡Déjame en paz, no es asunto tuyo!

—Ella no te ha hecho nada —insistió John, manteniendo la voz baja pero firme—Solo ha sido un estúpido juego. Además, nosotros no estamos juntos. Creo que deberías sentarte. Ambos lo haremos.

Sus palabras, especialmente ese recordatorio de que no existía ningún vínculo formal entre ellos, actuaron como un balde de agua fría.

La ira en los ojos de Karai no se disipó, pero se mezcló con una punzada de dolor y frustración.

Respiró hondo, conteniendo las lágrimas de rabia que amenazaban con surgir.

Finalmente, con un gesto de resignación forzada, cedió y se dejó guiar de vuelta a la manta.

El silencio incómodo que siguió al regreso de Karai solo fue roto por el crujido del papel de aluminio cuando John tomó un sándwich de la cesta.

La tensión, lejos de disiparse, se había vuelto más densa.

—Esa fresca lo ha hecho para provocarme —masculló Karai, clavando su mirada en el grupo de animadoras—. Lleva molestándome toda la semana. —Su voz se quebró ligeramente antes de girarse hacia John—. Aunque a ti parece no incomodarte lo más mínimo.

John, sintiéndose injustamente atacado y herido en su orgullo, recurrió a su defensa habitual: la ironía cortante.

—No todos los días la capitana de las animadoras te ofrece un beso con sabor a fresa —soltó con una media sonrisa, intentando restarle importancia.

Fue la chispa que incendió el bosque. Karai, herida y furiosa, reaccionó al instante. Agarró la botella de agua abierta y la agitó hacia él, salpicándole la camiseta y el rostro con agua fría.

—¿¡Pero qué mosca te ha picado!? —gritó, con los ojos brillantes por la rabia y la humillación.

—Eres un idiota —escupió, y antes de que nadie pudiera reaccionar, se levantó con un movimiento brusco y se marchó, dejando atrás un silencio cargado de consternación.

—¡Te has pasado, Johnny! —Ai fue la primera en romperlo, su voz era una mezcla de reproche y preocupación—. Tus bromas pueden llegar a molestar... Debes saber que las chicas somos bastante sensibles con estos temas y parece ser que Karai siente más de lo que parece por ti.

—¡Yo no he hecho nada! —se defendió John, limpiándose el agua del rostro con el dorso de la mano—. Sólo ha sido una broma.

—Karai aparenta ser una chica muy fuerte —intervino Kasumi con suavidad, pero con firmeza—, pero en el fondo estas cosas le afectan como a todas las demás. ¡Deberías disculparte!

—¡No pienso hacerlo! —replicó él, cerrándose en banda—. No tengo por qué darle explicaciones, después de todo no estamos saliendo juntos.