Capítulo 11
“Día del Centro”
Yokohama—Japón
Instituto Masaru.
El ambiente en el Instituto Masaru era palpablemente festivo.
El Día del Centro había transformado el habitual espacio académico en un vibrante hervidero de color, sonido y entusiasmo.
Cada rincón del campus parecía latir al ritmo de la celebración, diseñada para exhibir el talento y la diversidad de sus estudiantes.
El salón de actos, el corazón del evento, albergaba un gran escenario donde los representantes de cada club se turnaban para realizar exhibiciones que dejaban boquiabiertos a los asistentes.
Desde demostraciones de robótica del club de Ciencias hasta coreografías hipnóticas del club de Danza, cada presentación era una invitación a unirse a sus filas.
Mesas largas, vestidas con manteles blancos, sostenían una selección de exquisitos aperitivos que recorrían incansables los alumnos.
Pero la energía no se contenía entre cuatro paredes.
En las zonas recreativas, las máquinas de baile interactivas y las cabinas de karaoke eran un imán para la multitud.
Allí, los estudiantes se turnaban para cantar —o más bien, gritar— las canciones de sus ídolos, provocando carcajadas y aplausos con sus pésimos, pero sinceros, intentos.
Sin embargo, todos sabían que las verdaderas voces angelicales llegarían más tarde, con la actuación del coro del Club de Teatro, un momento siempre esperado por su profesionalismo y belleza.
Los jardines del campus, bañados por el sol, ofrecían un panorama más tranquilo pero igualmente animado.
Grupos de estudiantes se reunían en mantas extendidas sobre el césped, compartiendo fiambreras y bocadillos en un ambiente de picnic distendido.
Era un día para relajarse, para desconectar de la presión de las clases y simplemente disfrutar de la compañía.
Aunque el espíritu era mayoritariamente lúdico, no faltaba ese toque de sana competencia.
Miembros de clubes rivales se desafiaban en juegos o mostraban sus habilidades con un orgullo que dejaba claro que, incluso en un día de fiesta, su pasión por sus actividades y el deseo de demostrar que su club era el mejor nunca se apagaba.
Era un microcosmos de la vida estudiantil: diversión, talento, camaradería y, por supuesto, una pizca de rivalidad, todo mezclado en un día inolvidable.
El ambiente en el salón de actos era eléctrico.
Cuando Ai tomó el micrófono y subió a la tarima, una expectación silenciosa se apoderó de los estudiantes, que se agruparon frente al escenario esperando algo especial.
En la pantalla audiovisual apareció el título de APT de Rosé, de BLACKPINK, y una base rítmica y sensual inundó el espacio.
Desde la primera estrofa, la voz de Ai atrapó a todos:
"kissy face, kissy face sent to your phone, but
i′m tryna kiss your lips for real (uh-huh, uh-huh)
red hearts, red hearts, that's what i′m on, yeah
come give me somethin' i can feel, oh-oh-oh"
En una esquina, apoyado contra una máquina recreativa, John había dejado de prestar atención a todo lo demás.
Su mirada, usualmente burlona o distante, estaba fija en Ai, completamente embelesado por su interpretación.
La elegancia con la que cantaba, la seguridad en su tono y la naturalidad con la que se movía en el escenario la hacían brillar con una luz propia que él no podía ignorar.
El estribillo estalló y con él, la energía del público, que saltaba y coreaba al unísono:
"don't you want me like i want you, baby?
don′t you need me like i need you now?
sleep tomorrow, but tonight go crazy
all you gotta do is just meet me at the
apartment, apartment…"
Ai, mientras cantaba, recorría el escenario con la mirada y en un momento dado, la encontró a él.
Se sorprendió al verlo allí, observándola con una intensidad que nunca le había dirigido.
Siempre pensó que a John le parecían ridículas sus canciones y sus gustos "ñoños", pero en ese instante no había rastro de burla en sus ojos, solo una atención profunda y sincera.
Al terminar la canción, los aplausos fueron estruendosos. Ai bajó del escenario con las mejillas sonrojadas por la emoción y se acercó a John, que seguía en el mismo sitio.
—Me sorprende verte por aquí —dijo, intentando sonar casual—. ¿No has ido a ver la exhibición de kendo como todos los chicos?
John desvió la mirada un instante, como si hubiera sido pillado en algo, antes de responder con su tono habitual, aunque un poco más suave:
—Me gusta escuchar tu voz. Es lo único bueno que sabes hacer.
Ai sintió que el rubor le subía de nuevo al rostro, pero esta vez mezclado con un punto de indignación. La frase empezaba como un cumplido, pero terminaba con ese deje de provocación que tanto la sacaba de quicio.
—¿Otra vez con eso? —replicó, poniendo las manos en las caderas—. ¿No puedes ser amable ni cinco minutos seguidos?
Él esbozó una media sonrisa, disfrutando secretamente de su reacción.
—Si quisiera ser amable, no sería yo —dijo, y antes de que ella pudiera responder, añadió—: Pero en serio, cantaste bien.
Fue un elogio rápido, casi arrancado, pero sincero. Y por la forma en que los ojos de Ai se iluminaron por un segundo, él supo que, a su manera, había logrado transmitir lo que realmente pensaba.
El sonido vibrante de la máquina de baile, mezclado con los gritos de ánimo del público, atrajo como un imán a Ai y a John.
Al acercarse, vieron un círculo compacto de estudiantes apiñados alrededor de la plataforma interactiva.
En el centro, sobre las luces que parpadeaban al ritmo de la música, estaba Yuu Yagami.
Con una sonrisa desenfadada y movimientos fluidos que parecían requerirle ningún esfuerzo, Yagami aniquilaba a cualquier oponente que osaba desafiarlo.
Sus pies golpeaban los seis pulsadores de la plataforma con una precisión milimétrica, siguiendo los patrones de colores que ascendían en la pantalla con una velocidad cada vez mayor.
La música, un tema electrizante de un grupo de J-Pop, parecía emanar de él mismo.
—¡Qué tal, Ai! —la voz enérgica de Kaori sobresalió entre el bullicio. Ella y Kasumi ya estaban allí, observando con admiración—. Este Yagami sí que sabe bailar, ¿no? Aunque tú ya lo sabrás bien, al fin y al cabo, está en tu mismo club.
—Así es —asintió Ai, sin poder evitar sonreír—. Es muy buen bailarín. El mejor que tenemos.
—Ha derrotado a todos los que han subido con él —añadió Kasumi, señalando el marcador con una puntuación abrumadora—. Y ni siquiera parece estar esforzándose al máximo.
Mientras hablaban, un nuevo grupo se unió a la multitud. Eran los chicos que venían de la exhibición de kendo, todavía con la aura de concentración y disciplina que caracterizaba su práctica.
Entre ellos, con su postura altiva y la mirada fija en la máquina, estaba Shun Miura.
Sus ojos barrieron la escena hasta posarse en Ai, y luego, de forma deliberada, en John, que permanecía a su lado.
Una ceja se alzó levemente, pero no dijo nada, uniéndose al corro de espectadores para observar el espectáculo que Yagami ofrecía en la plataforma de baile.
El sonido de la máquina desestimó un nuevo triunfo de Yagami. El figurante se jactaba de su victoria mientras su adversario bajaba de la plataforma algo desanimado; todos le vitoreaban incluido el grupo mediático de animadoras.
Aunque lo que más molestó a Yuu fue la cara de indiferencia de John, que como siempre le restaba importancia a casi cualquier cosa. No había nadie más engreído que Yagami y pronto no dudó en retarle a ojos de todos.
Su tono burlón cortó el aire como un cuchillo, desafiante y cargado de arrogancia.
—¡Eh, Hole! ¿Por qué no subes? La profesora Nanami no para de hablar de lo bien que cantas, pero... ¿Qué tal se te da bailar? ¿Aceptas el reto?
La multitud estalló en vítores, coreando sus nombres al unísono.
John, que usualmente habría desestimado la petición con un mal gesto, sintió que esperaban algo más de él.
Sobre todo, en Ai, ya que en sus ojos vio un destello de genuina curiosidad que lo invitaba a desafiar al maestro del baile. Por eso decidió dar un paso al frente.
—Buen reto —comentó Nagano con una sonrisa.
—¡Un duelo de titanes! —exclamó Kaori, saltando de emoción.
Karai, con su mirada astuta, se volvió hacia Shun:
—¿Con quién vas?
Shun cruzó los brazos, su expresión un equilibrio perfecto entre desdén e interés.
—Ninguno es santo de mi devoción, pero sin que sirva de precedente, me gustaría que Yagami saborease la derrota, y más en su propio terreno.
John subió a la plataforma con una calma que contrastaba con la energía eléctrica del lugar. Sus ojos, agudos y analíticos, escanearon los seis pulsadores y la pantalla en cuestión de segundos, como un estratega estudiando un campo de batalla.
Yagami, confiado hasta la soberbia, sonrió con condescendencia.
—Para que veas que soy generoso, te dejaré elegir la canción que desees. Incluso alguna que sea occidental.
Sin siquiera mirarlo, John buscó de nuevo a Ai en la multitud.
—¿Alguna preferencia, Ai?
Sus ojos brillaron al ser elegida. Con determinación, se abrió paso hacia la pantalla y, tras unos segundos de búsqueda, seleccionó lo que ella consideró la canción idónea para este reto.
Ai eligió la versión de "holding out for a Hero" de la película de animación de Shrek sin duda, una elección perfecta para la tensión dramática del momento.
El tempo rápido y la energía épica de la canción elevaron instantáneamente la apuesta, transformando el duelo en algo mucho más grande que un simple juego.
El duelo en la máquina de baile se transformó en algo épico.
Al inicio, Yagami se movía con la confianza despreocupada de quien sabe que es el rey indiscutible de ese territorio, casi jugando con los patrones.
Pero John, con esa capacidad de análisis que lo caracterizaba, no tardó en descifrar la lógica detrás de los pulsadores.