Capítulo 10 #7
Todo ello se mezcló con los sonidos húmedos y rápidos que salían de entre los labios de Suzuki. Su lengua trazaba círculos, succionaba, profundizaba, y John, atrapado entre el placer y el pánico, dejó escapar un gemido ahogado.
Pero entonces, Suzuki se levantó de repente.
Con una fuerza inesperada, empujó a John contra la pared, haciéndolo caer sentado sobre el frío asiento de piedra.
Sin perder un segundo, se subió la falda, revelando que no llevaba nada debajo, y se montó sobre él, guiándolo dentro de su calor húmedo con un movimiento fluido.
—Así… Así… —jadeaba Suzuki, flexionando las piernas con un ritmo frenético, cada embestida más profunda que la anterior. Sus gemidos crecían, y John, cada vez más nervioso, miró hacia la puerta del compartimento. Cualquiera podía entrar. Cualquiera podía oírlos.
Con un movimiento rápido, cogió un calcetín limpio de su mochila y se lo metió en la boca a Suzuki, ahogando sus sonidos en la tela. Ella no se resistió; al contrario, sus ojos brillaron con excitación, y aceleró el ritmo, clavándose en él con una urgencia que hizo que John perdiera el control.
Ya no importaban las reglas, ni el director, ni sus compañeros al otro lado de la pared. Dejó que el placer lo dominara, hundiendo los dedos en las caderas de Suzuki mientras ambos alcanzaban un clímax explosivo. Ahora John solo tenía otro secreto más a sus espaldas.
3 noviembre 2016
El campeonato regional inició con la solemnidad que merecía un torneo de tal magnitud.
Solo los institutos académicamente más destacados de cada prefectura de Japón tenían el privilegio de competir en esta justa deportiva.
La prefectura de Kanagawa, ubicada en la región de Kantō sobre la isla de Honshū, con su capital en Yokohama, reunió a sus equipos más laureados.
El Instituto Masaru, representando a Yokohama, aportaba cuatro equipos selectos que, junto a los demás institutos de la capital, conformaron los grupos iniciales del torneo.
Cada prefectura del país funcionaba bajo el mismo sistema: solo el equipo más destacado de cada región se alzaría como campeón, representando a su ciudad con honor.
Al final del camino, los mejores jugadores de cada prefectura serían seleccionados para formar los equipos del campeonato nacional juvenil, donde competirían representando a todo Japón.
Bajo la atenta mirada de entrenadores, familias y estudiantes, los partidos de la fase de grupos dieron comienzo. En las canchas, cada jugador no solo luchaba por la victoria de su instituto, sino por la oportunidad de escribir su nombre en la historia del deporte juvenil japonés.
12 noviembre 2016
Yokohama—Japón
Casa Ayanami.
La dinámica entre John y Kaori había evolucionado de forma sutil pero significativa.
Lo que comenzó como ayuda esporádica se había convertido en clases regulares, ahora formalizadas con un pago por horas.
Los padres de Kaori, tras la intervención decisiva de John en el incidente del parque Hebi, habían desarrollado una confianza inquebrantable en él, haciendo caso omiso de los rumores negativos que aún circulaban en el Masaru y de las objeciones de ciertos sectores de la PTA.
Además, la reciente hazaña de John, de llevar al Washinosuke al campeonato regional, había transformado su estatus por completo. De ser un estudiante problemático, ahora era una figura admirada, y su popularidad se disparaba día a día.
Sin embargo, en el tranquilo cuarto de estudio de la casa Ayanami, un nuevo "problema" surgía durante sus sesiones. Kaori, que supuestamente necesitaba reforzar sus matemáticas, parecía haberse descuidado aún más en la materia, o quizá esa era solo la excusa perfecta.
John, con paciencia, se inclinaba sobre el cuaderno, señalando una ecuación. Su voz, concentrada, explicaba los pasos a seguir. Pero Kaori, en lugar de seguir los números, se perdía en otros detalles.
Su mirada, que debería estar fija en el papel, se deslizaba hacia las manos de John, siguiendo el movimiento de sus dedos al sostener el lápiz.
Luego, ascendía por su brazo, hasta detenerse en su rostro.
Y allí se quedaba, atrapada, no en la lógica matemática, sino en el intenso color azul de sus ojos, que bajo la luz de la lámpara parecían cambiar de tono, del color de un cielo despejado al de un mar profundo.
Pasaban largos minutos en los que las explicaciones de John se topaban con un silencio absoluto. Él alzaba la vista, esperando una duda, y la encontraba a ella, con la mejilla apoyada en la mano y una sonrisa leve y distraída en los labios, completamente absorta en su contemplación.
—Kaori —la llamaba John, alisando el papel con un golpecito del lápiz—. ¿Estás siguiendo esto?
Ella parpadeaba, sobresaltada, y un rubor inmediato teñía sus mejillas.
—¡Oh! Sí, sí... lo siento. Es que... esta parte es un poco liosa —murmuraba, bajando la vista al libro con urgencia, aunque su corazón seguía latiendo al ritmo de un sentimiento que nada tenía que ver con las matemáticas.