Capítulo 10 #6
—¡Menuda fiesta montáis! —exclamó Karai, secándose la ropa con una sonrisa pícara.
Segundos después, Makoto asomó la cabeza, con una botella semivacía en la mano y el torso desnudo.
Pero al encontrar la mirada directa de Kasumi, que lo observaba con una curiosidad que le pareció intensísima, el rubor le subió hasta las orejas y se retiró de un salto al interior del vestuario, avergonzado.
—Disculpadle —dijo John con una sonrisa—. Es demasiado tímido.
—Deberías tomar ejemplo, Johnny —lo reprendió Ai, aunque con un tono más de complicidad que de enfado—. Últimamente pasas más tiempo desnudo que vestido.
—Qué exagerada —se rio él, sacudiendo la cabeza y lanzando gotas de agua por todos lados—. Si no podemos disfrutar lo que ganamos con esfuerzo, ¿qué sentido tiene?
—También es verdad —admitió Ai entre risas.
La escena cambió bruscamente con la llegada de Mei Suzuki y su séquito de animadoras, que desfilaron por el pasillo con una sincronía militar. Mei, con su uniforme impecable y ceñido que acentuaba cada curva, se plantó frente a ellas con severidad.
—Estoy decepcionada —declaró, clavando primero su mirada en Karai y luego en Kasumi—. Somos un club serio y no toleramos indisciplina.
El grupo permanece unido hasta que yo diga lo contrario. —Su desdén se centró en Karai—. Viniendo de Matsumoto es esperable, siempre hace lo que le da la gana. —Luego giró hacia Kasumi, con decepción auténtica—. Pero de ti, Asamiya, que eres la subcapitana, no me lo esperaba.
—Lo siento, capitana —murmuró Kasumi, bajando la cabeza—No debimos romper la formación. Fue la emoción. No volverá a pasar.
Karai, en cambio, se limitó a cruzar los brazos, desafiando el silencio con una indiferencia que hacía hervir a Mei por dentro.
Entonces, la capitana giró sobre sus tacones y se dirigió a John con una transformación asombrosa. Su voz se suavizó, adoptando un tono delicado y cargado de intención.
—Como capitana del Club de Animadoras, te doy la bienvenida oficial al campeonato regional —anunció, posando una mano en su propio pecho—.
Para nosotras será un placer animaros durante todo el evento.
—Su mirada recorrió su torso desnudo con admiración apenas disimulada—.
Lo haremos con la misma entrega que a los demás equipos. Jamás os sentiréis solos.
—Agradezco el interés —respondió John, manteniendo la compostura—. La verdad, hoy el ambiente no fue muy cálido que digamos.
—Eso no volverá a ocurrir —aseguró Mei, acercándose un paso—. Yo misma me ocuparé personalmente de que recibáis todo el... calor que necesitáis. —La insinuación flotó en el aire—. Como capitán, puedes acudir a mí para cualquier cosa que necesitéis. Estaré encantada de complacerte.
—En ese caso, volveremos a vernos —concluyó John, esbozando una media sonrisa—. Seguro que nos divertiremos.
La tensión se renovó con la llegada de Shun y Nagano.
—Buen partido, Hole —reconoció Nagano con un gesto de respeto—. Nadie apostaba por vosotros.
—A veces la vida te da sorpresas —respondió John—. Aunque lo de hoy, la verdad, no me sorprende.
—Está claro que el Sarunosuke se confió —intervino Shun con desdén—. Pero ahora veremos si dais la talla en el regional. Si no os cruzáis con nosotros, quizás lleguéis lejos.
—No tientes a la suerte —lo previno John—. Sería muy vergonzoso que un equipo sin recursos le ganara a uno que lo tiene todo.
—¿Insinúas algo? —Shun frunció el ceño.
—¡Vamos, basta! —intercedió Ai, poniéndose entre ellos—. Dejemos la competitividad para el campo.
—Deberías ponerte una camisa —se burló Shun, mirando el torso desnudo de John—. Hasta ahora, solo se te conoce por tus abdominales.
—¡No le hagas caso! —saltó Karai en su defensa—. ¡Son dignos de admirar!
Shun, con un gesto posesivo, rodeó los hombros de Ai con el brazo y se la llevó consigo, alejándose por el pasillo junto a Nagano. El grupo se disolvió, dejando a John aún empapado en el pasillo, con el eco de los choques personales y las nuevas rivalidades flotando en el aire húmedo del vestuario.
John retornó al vestuario. Allí dejaron la fiesta y tomaron las duchas para aliviar toda la emoción contenida.
Eran cantos y jubilo bajo aquella agua caliente.
Después de ducharse, John se metió en el compartimento más alejado.
Con garbo secaba su cuerpo con la toalla hasta que se la colocó en la cintura para escoger su ropa en la mochila.
De pronto, la puerta del compartimento se cerró con un clic sordo, aislando el mundo exterior.
El aire, cargado de vapor y el eco lejano de los festejos, se volvió de repente denso.
Mei Suzuki estaba allí, dentro de ese espacio reducido, con su uniforme de animadora impecable contrastando brutalmente con la desnudez húmeda de John y las paredes de azulejos chorreantes.
—Hola, John —saludó ella, con una voz que era un susurro cargado de intención.
John, que jamás se había azorado en situaciones tensas, sintió un desconcierto instantáneo. Su mente, por un brevísimo instante, buscó una explicación lógica: ¿se había equivocado de vestuario y compartimento?
—¿Qué estás haciendo aquí? —logró decir, con una voz que sonó más áspera de lo habitual—.
Mei ignoró la pregunta y su advertencia.
Con una seguridad que rayaba en la arrogancia, dio un paso adelante, acortando la distancia hasta quedar a solo centímetros de él.
Sus ojos, oscuros y calculadores, realizaron un descarado recorrido por su torso, sus hombros, como si estuviera evaluando una escultura.
—Solo he venido a complacerte —repitió sus propias palabras del pasillo, pero ahora les daba un significado completamente distinto—. Desde hoy ya no serás un desconocido para mí.
Y entonces, en un acto de audacia absoluta, su mano se movió con rapidez. Agarró el borde de la toalla que colgaba de su cintura y, con un tirón seco, la desprendió y la dejó caer al suelo húmedo.
El impacto del aire frío contra su piel fue secundario frente al shock de la situación. John quedó completamente expuesto, la intimidad de su cuerpo violada por la mirada intensa y posesiva de Mei.
El ruido de fondo del vestuario —las risas, los cantos— pareció desvanecerse, encerrándolos en una burbuja.
Ella no retrocedió. Al contrario, su sonrisa se ensanchó, disfrutando visiblemente del efecto que había causado, del control que ejercía en ese momento sobre el chico que minutos antes era el héroe indomable del campo.
—¿Y bien? —susurró, desafiante—. ¿Vas a echarme?
John contuvo el aliento.
—No deberías estar aquí, Suzuki —repitió, con la voz más baja, consciente de que cualquier ruido podía delatarlos—. Es el vestuario de los chicos y hay mucha gente rondando fuera. Si el director se entera de esto, se armará un buen revuelo.
Ella se acercó, ignorando sus palabras.
—Lo dice el rey de las indisciplinas. Relájate y disfruta.
Antes de que pudiera reaccionar, Suzuki se arrodilló.
Su boca cubrió su erección con un ímpetu que lo dejó sin aliento.
John se estremeció, golpeando la pared del compartimento con la espalda.
Podía oír las risas de Daigo en la ducha de al lado, a Nanahara cantando algo desafinado.
La normalidad estaba a un tabique de distancia.