Capítulo 10 #5
Esas palabras, dichas con una fe inquebrantable, atravesaron la niebla roja de la ira de John.
Al ver el rostro serio de su amigo, comprendió la magnitud de su error.
Respiró hondo, permitiendo que Makoto lo alejara, y relajó sus puños apretados.
El gesto iracundo en su rostro fue cediendo, reemplazado por la fría comprensión de que la victoria era más importante que la venganza.
Mientras, en las gradas, la reacción no se hizo esperar.
Los miembros de la PTA que lo apoyaban contenían la respiración, mientras que los rostros de Shunto Miura y Mari Matsumoto se llenaron de una desaprobación profunda.
El director tuvo que aguantar otra vez nuevos reproches por las acciones indisciplinadas de John Hole.
Sabía de sobra que cuando la PTA estuviese al completo con el resto de los padres faltantes se armaría un gran revuelo.
El partido agonizaba, con solo tres minutos separando al Washinosuke de la gloria o el amargo fracaso. Llevaban la ventaja de un gol, y ahora tenían en sus pies un lanzamiento de falta peligroso, una oportunidad de oro para sellar un destino que semanas atrás habría sido impensable.
John tomó el balón. El fuego de la rabia aún ardía en sus pupilas, pero ya no era una llama ciega y destructiva.
Al colocar el esférico en el césped, toda esa furia contenida se transformó en una concentración letal.
No miró a los jugadores que formaban la barrera, ni al portero que se tensaba bajo los tres palos.
Solo vio un trayecto, una ecuación física perfecta entre su pie y el lugar exacto de la red.
El silencio fue breve y tenso. Su carrera hacia el balón fue pura potencia contenida.
El disparo, una obra de arte en movimiento.
El esférico se elevó, superó la barrera con centímetros de por medio, y comenzó a trazar una parábola imparable hacia la escuadra.
Desde el instante en que abandonó su bota, John supo que aquel balón acariciaría las redes.
Incluso antes de que lo hiciera, ya había emprendido su carrera triunfal hacia la esquina del campo.
El estallido fue monumental, y se concentró con fuerza feroz precisamente en la grada de animación que durante todo el partido había sido más crítica con ellos. Era un golpe de autoridad, una respuesta silenciosa pero demoledora.
El júbilo se desató de forma visceral. John, poseído por una liberación catártica, se arrancó la sudada camiseta y la zarandeó sobre su cabeza como un estandarte antes de lanzarla al aire.
Fue la señal que sus compañeros necesitaban.
Todos corrieron hacia él, abrazándose, gritando, sin poder aún creer que estaban a segundos de escribir su nombre en la historia del Masaru.
Con el torso al descubierto, los músculos tensos y marcados bajo el sudor, John encaró las gradas. Un grito ronco y poderoso surgió desde lo más profundo de su ser, descargando toda la ira, la frustración y la lucha de una vida. No era un grito de arrogancia, sino de reivindicación.
En un instante, Makoto apareció a su lado y, con una fuerza que nadie le suponía, lo alzó sobre sus hombros. John, elevado por su amigo, alzó un puño al cielo, una silueta victoriosa contra el telón de una multitud enloquecida.
Como surgido de las sombras, Utagawa, con su cámara siempre lista, se materializó entre la celebración. Los flashes capturaron el momento icónico: el cuerpo sudoroso de John, su grito de guerra, a Makoto sosteniéndolo como un escudero. No había duda: sería la portada de la próxima revista semanal.
Cuando el partido se reanudó, fue un mero trámite. El Sarunosuke, derrotado en el alma, sabía que su sueño de representar al Masaru en el regional había terminado.
Al sonar el pitido final, la locura se desató por completo.
El Washinosuke, de ser un grupo de "friquis" ignorados, se transformó en un equipo de héroes.
Y en el centro de ese huracán de alegría estaba John, acorralado y vitoreado por sus compañeros, quienes por fin comprendían que el águila dorada en sus pechos no era solo un símbolo, sino una profecía cumplida.
Desde las gradas, Seiya Koishikawa no podía contener su emoción, aplaudiendo con un orgullo que le brotaba del alma. Muchos otros familiares, contagiados por la hazaña, se sumaron a los festejos, celebrando el triunfo de esos chicos que habían convertido lo imposible en realidad.
Sin embargo, no todos compartían el júbilo.
El Sr. Miura abandonó su asiento con rostro impasible, iniciando su descenso por las escaleras con la rigidez de quien acaba de presenciar algo que desaprueba profundamente.
A su alrededor, un grupo de padres murmuraba, cuestionando no el triunfo, sino los "modales violentos e indisciplinados" del acogido del Sr. Koishikawa.
Mientras, Ai y Kaori saltaban de emoción, abrazándose frenéticamente, incapaces de contener su alegría por la victoria de sus amigos.
Por el contrario, Shun y Nagano permanecían inmóviles, con la incredulidad grabada en el rostro, incapaces de procesar que el equipo de "friquis" hubiera logrado lo que ellos consideraban imposible.
En la salida, Shun se encontró con la figura severa de su padre.
—¡Padre! —llamó, intentando infundir entusiasmo en su voz.
Shunto Miura lo miró con frialdad, desviando la conversación hacia donde él consideraba prioritario.
—Así que ese muchacho es el acogido del Sr. Koishikawa —comenzó, con tono deliberadamente desaprobatorio—.
Sus modales dejan mucho que desear, y sigue siendo un punto de conflicto en la PTA.
—Hizo una pausa calculada, dejando que su crítica calara antes de conceder, a regañadientes— Sin embargo, maneja bastante bien la pelota. Más de lo que hubiera imaginado.
—No exageres, padre —replicó Shun, con una risa forzada—. Solo ha sido un partido de repesca por la cuarta plaza. No tiene ningún mérito real.
—¡No te relajes, Shun! —lo cortó su padre, con una mirada que no admitía réplica—. Ese chico tiene algo especial. Ha sabido llevar a un equipo detestable al campeonato regional. Ha resultado ser... vistoso. Y eso que empezaron con toda la grada en su contra.
—No pasarán de la fase de grupos —se burló Shun, con una seguridad que no sentía—. Son un chiste.
—Quiero que este año te centres —continuó su padre, ignorando su comentario—.
Deja de distraerte con la hija del hostelero y asegúrate de alzarte con la victoria.
—Su voz era una orden, no un consejo—. Doy por descontado tu triunfo, pero exijo que destaques en el campeonato nacional. El año pasado nadie recordó tu nombre.
—Está bien, padre —respondió Shun, con una tristeza que apenas lograba ocultar.
El Sr. Miura era un hombre para quien la excelencia no era una aspiración, sino un requisito mínimo.
Su éxito empresarial, construido sobre una ambición feroz y una intolerancia absoluta al fracaso, había moldeado un carácter que no conocía la compasión, ni siquiera hacia su propio hijo.
Aquella derrota del año pasado no era un simple tropiezo para Shun; era una mancha en el legado familiar, una ofensa cuyo padre no estaba dispuesto a perdonar.
Esta presión constante, este demandar perfección como moneda de amor, era lo que había forjado en Shun esa coraza de arrogancia y competitividad despiadada: un escudo tras el cual se escondía un joven que solo anhelaba, desesperadamente, la aprobación de un hombre que parecía incapaz de darla.
(Vestuarios)
El contraste entre ambos vestuarios no podía ser más dramático. Mientras en el del Sarunosuke reinaba un silencio pesado, roto solo por el sonido metálico de las taquillas al cerrarse y algún suspiro ahogado, el del Washinosuke era una explosión de euforia desbordada.
El griterío era atronador, un coro de voces roncas y risas que resonaba contra las paredes de azulejos. John y sus compañeros, liberados de semanas de presión y de la etiqueta de "friquis", se entregaban a una celebración triunfal.
Descamisados, con los torsos brillantes de sudor y agua, brincaban sobre los bancos de madera, golpeando las taquillas con una energía que parecía inagotable.
El agua era su champán de victoria. La sacaban de las duchas en cubos y la lanzaban en grandes chorros premeditados.
Agitaban botellas de agua como si fueran Dom Pérignon, destapándolas con estruendo para rociar a cualquiera que estuviera a su alcance.
El suelo estaba encharcado, y el aire, cargado de vapor y alborozo, olía a gloria juvenil.
El festejo traspasó las paredes y atrajo a las gradas.
Kasumi y Karai, desprendiéndose del grupo oficial de animadoras, se unieron a Ai y Kaori, quienes ya esperaban ansiosas en la entrada del vestuario.
Las cuatro chicas se agolparon frente a la puerta cerrada, contagiadas por la energía que emanaba de dentro.
Desde el exterior, solo podían escuchar el caos organizado: las carcajadas, los saltos, los gritos de "¡Somos campeones!" y el chapoteo constante del agua.
—Parece que se lo pasan en grande —comentó Ai, con una sonrisa de genuina alegría mientras intentaba atisbar algo por la rendija de la puerta—. Una pena no poder ver lo que ocurre ahí dentro.
—Sin duda, una hazaña digna de recordar —asintió Kaori, con una expresión de admiración—. Han cambiado su historia hoy.
Karai, con una sonrisa pícara, añadió:
—Apuesto a que la portada de Utagawa será épica. John descamisado y celebrando... va a ser el tema de conversación durante semanas.
El pasillo se convirtió de pronto en el escenario de un choque de mundos.
La puerta del vestuario se abrió de par en par y John emergió, seguido por una ola de agua caliente que hizo retroceder a las chicas con pequeños gritos.
Cuando recuperaron la compostura, lo vieron en todo su esplendor: empapado, con el cabello pegado a la frente en mechones rebeldes y el torso completamente al descubierto, los músculos aún tensos por la adrenalina del partido y la celebración.