Curso Grado 12 Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

—Eso no es lo que se escucha en los pasillos del Masaru —objetó, lanzando una mirada cortante a Seiya. He oído que sus acciones, además de vulgares, son indisciplinadas. Nada que ver con los valores que debe promover una institución como esta.

—Solo les pido algo de tiempo—replicó Seiya, manteniendo la calma, pero con firmeza. Viene de un lugar inestable y está sabiendo adaptarse como el mejor.

Shunto, con su cabello negro perfectamente engominado y un traje que gritaba éxito, intervino con la autoridad de quien sostiene los hilos financieros.

—El incidente del parque Hebi no ofreció mucha confianza —declaró, su voz grave cargada de desaprobación— Sigo pensando que no me he pasado años invirtiendo en esta institución para que otros vengan y manchen su reputación.

Hizo una pausa dramática, mirando a Seiya.

Pero mientras haya padres que le apoyen, tendré que... aceptarlo.

Fue entonces cuando Tadashi, un hombre de modales reservados, alzó su voz serena.

—El incidente del parque fue algo horrible, es cierto.

Ninguno de nosotros aprueba la violencia.

—Su mirada se posó en Shunto. — Pero también fue el salvador de nuestra hija.

En nuestra casa tuvimos la oportunidad de conocerle personalmente, y pudimos comprobar que es un joven bastante educado.

Estamos profundamente agradecidos por lo que hizo.

Kaede, asintió con vehemencia.

—Mi hija ha sufrido mucho, y ahora está más animada que nunca. Ha recuperado la ilusión, y mucho de eso se lo debe a él. —Dirigió una sonrisa cálida a Seiya— El Sr. Koishikawa está haciendo un trabajo encomiable con su tutela.

Antes de que la discusión pudiera intensificarse, el Director Tanaka, que había permanecido en observación silenciosa, alzó una mano conciliadora.

—Señores, deberíamos disfrutar de este evento —concretó con su tono diplomático—Ya hemos debatido este asunto en las distintas reuniones, y todo, les recuerdo, se ha resuelto favorablemente. El partido está a punto de comenzar.

Su intervención actuó como un cierre temporal, pero las miradas de desaprobación de Mari y Shunto dejaron claro que la batalla por la reputación de John Hole estaba lejos de haber terminado.

Al otro lado del estadio, en la abarrotada grada central, se congregaba el alma estudiantil del Masaru.

Entre la multitud, los miembros del Ryunosuke, el equipo de fútbol, formaban un bloque compacto y bullicioso.

Shun Miura, con su postura característica de líder, presidía el grupo, mientras Nagano, a su lado, no dejaba de lanzar miradas analíticas al campo.

La rivalidad entre clubes quedaba momentáneamente aparcada por la expectación colectiva: todos estaban pendientes de saber quién se alzaría como el cuarto equipo federado del instituto.

Un escalón más abajo, Kaori y Ai seguían el evento con una mezcla de entusiasmo y nerviosismo. Aunque disfrutaban de la coreografía de sus amigas animadoras, sus miradas se volvían una y otra vez hacia el campo, donde el partido comenzaba a tomar un cariz preocupante.

El pitido inicial había sonado, y el Sarunosuke, con la confianza de un equipo veterano, tomó inmediatamente el control del juego.

La presión de la grada, que coreaba cada avance del equipo azul como si de un partido de primera división se tratara, empezó a pesar sobre los hombros del Washinosuke.

Los novatos, abrumados por el ambiente, cometían errores simples: pases fallidos, controles torpes y una coordinación defensiva desquiciada.

El primer gol llegó pronto, y fue obra de Kiyoshi Kimura.

En una jugada electrizante que partió desde media distancia, esquivó a dos defensas con facilidad y definió con un potente disparo cruzado.

El estruendo en las gradas fue ensordecedor, y en el rostro de los jugadores del Washinosuke se pintó la desmoralización.

John, con el brazalete de capitán bien visible, recorría el campo intentando inyectar algo de coraje en sus compañeros.

"¡Cabeza fría! ¡Es solo un gol!", gritaba, pero sus palabras parecían perderse en el barullo.

Él mismo no se sentía cómodo. Cada vez que el balón llegaba a sus pies, un coro de abucheos y silbidos se elevaba desde las gradas, creando una sensación de hostilidad que resultaba agotadora.

Jugaban, literalmente, en territorio enemigo.

Al ver que su mediocampo estaba siendo constantemente rebasado y que la defensa flaqueaba, John tomó una decisión.

Retrocedió varios metros, integrando una línea defensiva que necesitaba desesperadamente su temple y su rudeza.

Desde atrás, podía organizar mejor el juego y, sobre todo, intentar contener el torrente de ataques del equipo contrario.

Los cánticos de la grada, lejos de amedrentarlo, empezaron a avivar un fuego interno en él.

Con el transcurso de los minutos, su frustración inicial se transformó en una determinación fría y cortante.

Sus intervenciones se volvieron más contundentes, sus tackles más precisos.

Sabía que no podían permitirse ser barridos del torneo en su primer partido.

No después de todo lo que habían luchado por llegar hasta allí.

La jugada se desarrolló con la velocidad de un relámpago.

Kimura, confiado hasta la arrogancia, se disponía a ajustar cuentas con el arco rival creyendo tener el segundo gol en la suela de su bota.

Pero no contaba con la ferocidad defensiva de John, cuya pierna surgió como un látigo para interceptar el balón con una precisión brutal, barriendo el esférico lejos del peligro.

Lo que siguió fue una exhibición de pura magia futbolística.

John, transformado en la encarnación del águila que lucía en su pecho, emprendió una carrera imparable.

Con la pelota pegada al pie, esquivó al primer adversario con una roulette[21] tan fluida que pareció una ilusión óptica.

Ante la entrada desesperada de un segundo defensor, alzó el balón con suavidad prodigiosa, sorteando el tackle como si el tiempo se ralentizara solo para él.

Las gradas, hasta entonces un coro hostil, emitieron un rumor de asombro que fue creciendo como una marea.

John aceleró por la banda, su sombra recortándose contra el césped.

Al acercarse al área, ejecutó una sucesión de bicicletas[22] tan electrizantes que los defensores parecían estatuas desorientadas.

Su potencia física era abrumadora, arrastrando consigo a toda la defensa rival que se concentró en él como polos opuestos atraídos por un imán.

Fue entonces cuando soltó el golpe maestro. Con un tacón ciego e inspirado, genial en su imprevisibilidad, se deshizo del cerco de jugadores. El balón rodó con intención hacia un espacio vacío que parecía calculado al milímetro.

Allí, donde la defensa del Sarunosuke había sido desguazada por la jugada individual de John, apareció Makoto.

Habiendo leído la jugada con una fe ciega en su capitán, emergió desde mediocampo como un fantasma.

Sin dudarlo, conectó con el esférico con una potencia y una precisión que nunca antes había demostrado.

El disparo cruzado se clavó en la red como un suspiro colectivo hecho realidad.

El empate estalló no solo en el marcador, sino en el espíritu del Washinosuke.

Fue una celebración breve, casi incrédula, pero cargada de una energía renovada.

Se miraron entre ellos, jadeantes, y donde antes había duda, ahora ardía un fuego recién encendido.

El partido se reinició de inmediato, pero algo había cambiado irreversiblemente.

La cuarta plaza, que parecía un sueño lejano minutos antes, estaba ahora, vibrante y palpable, otra vez en juego.

El partido estalló en una vorágine de fútbol puro, donde el balón viajaba de un área a otra en un intercambio frenético que tenía a los espectadores al borde de sus asientos.

Una porción significativa de la grada estalló en éxtasis cuando John, con una lucidez deslumbrante, selló el segundo gol con una vaselina de una elegancia letal que dejó al portero clavado en el suelo mientras el balón se alojaba suavemente en la red.

Fue entonces cuando la superioridad del capitán del águila dorada se volvió una carga.

El Sarunosuke, sintiendo el partido escaparse, endureció su juego hasta los límites de lo permitido.

Las entradas se volvieron más duras, los roces más violentos, y las patadas destinadas a frenar a John se multiplicaron.

En una de estas faltas claras, un tackle por detrás de Kimura lo envió al suelo con brutalidad.

Desde las gradas, Seiya contuvo el aliento. Conocía demasiado bien el fuego que ardía bajo la superficie serena de John, y vio con horror cómo, al incorporarse, algo se quebraba en su interior. Los ruegos silenciosos de Seiya llegaron demasiado tarde.

John se levantó como un resorte, su mirada convertida en hielo.

Se encaró directamente con Kimura, empujándolo con el pecho con una fuerza que hizo retroceder al capitán rival varios metros.

Las palabras que le escupió no se oyeron en las gradas, pero su intención, cargada de una rabia contenida de años, era imposible de malinterpretar.

En cuestión de segundos, el área del Sarunosuke se convirtió en un hervidero. Jugadores de ambos equipos se encararon, empujones y gritos. La tensión, acumulada durante todo el partido, amenazaba con estallar en una pelea general justo cuando el partido entraba en su minuto final.

El árbitro pitó con desesperación, intentando interponerse en la maraña de cuerpos enfurecidos.

Pero quien mostró una valentía que nadie le conocía fue Makoto Aoyama.

Contra todo pronóstico, el chico tímido se abrió paso entre la confusión y, con una determinación férrea, se plantó delante de John.

No gritó, no forcejeó. Lo agarró con firmeza y, con palabras urgentes y calmadas a la vez, logró apartar a su capitán del epicentro del conflicto.

"Johnny, no. El partido. Piensa en el partido."