Capítulo 10
“Popularidad”
Yokohama—Japón
Pensión Hikari.
El amanecer bañaba la recepción de la pensión cuando Ai, con el almuerzo preparado por su madre en la mochila, aguardaba con una paciencia inusual.
Al fin, John apareció descendiendo las escaleras con su habitual desgana, preparado para el regaño matutino.
Pero este no llegó. En su lugar, encontró una sonrisa tranquila y una luz nueva en los ojos de ella.
Ambos salieron a la calle para ir rumbo al Masaru.
—Se nota que sigues eufórica por el libro —comentó John, intentando pinchar su buen humor con sarcasmo—. Ni siquiera me has reñido por llegar tarde. Ese libro ñoño debe significar mucho más de lo que creía.
—No vas a conseguir que hoy me amargues el día —respondió Ai, ignorando la provocación—. Estoy demasiado feliz. Me pasé media noche leyendo. Había olvidado lo increíblemente romántico y emocionante que era.
—Eres muy rara —se burló él, sin convicción.
—Tú no hables. También tienes tu lado amable, por mucho que intentes ocultarlo tras esa armadura de arrogante. Ayer me lo demostraste con creces.
John desvió la mirada, un rubor inconfundible tiñendo sus mejillas.—Si tú lo dices...
Un silencio cargado de pensamientos se extendió entre ellos durante varios pasos. Ai lo observaba de reojo, su expresión seriamente dulce. Finalmente, con un valor que le nació de las entrañas, formuló la pregunta que llevaba rumiando.
—Johnny... ¿cuándo es tu cumpleaños?
La reacción fue instantánea. Su espalda se tensó.
—¿Para qué quieres saberlo?
—Me gusta apuntar las fechas de mis mejores amigos —explicó ella, con suavidad—. Soy muy meticulosa con eso. Y… me gusta hacer buenos regalos.
—No te lo voy a decir —fue su respuesta, cortante y seca como un portazo.
—¿Por qué? —insistió Ai, herida por su brusquedad—. ¿No te gusta celebrarlo, estar con tus amigos?
—Desde que tengo uso de razón, no he celebrado ninguno —confesó, y su voz, por primera vez, dejó traslucir una amargura profunda, una cicatriz que nunca había cerrado del todo—.
No lo necesito. Esa fecha solo me recuerda a las frías noches que pasé con hambre, tiritando en cualquier rincón, completamente solo.
El corazón de Ai se encogió. Sus palabras no eran solo una negativa; eran un grito ahogado de dolor.
—Eso es terriblemente triste, Johnny. No deberías asociar tu cumpleaños con ese pasado. Es un día para ser feliz, para sentirse querido por los que te importan.
—¿Querido? —repitió él con una risa áspera, cargada de descreimiento—. Después de ver las fiestas que os montáis, paso de hacer el ridículo. No quiero convertirme en el próximo espectáculo del Masaru, en la comidilla de todos.
Ai se detuvo, obligándolo a mirarla. En sus ojos no había lástima, sino una firme convicción.
—Sigues estando equivocado. Esa soledad te ha convertido en una persona fría, pero ahora ya no estás solo. Tienes gente a la que le importas, gente que quiere compartir contigo los días buenos. —Su voz tembló ligeramente—. Incluido yo.
La última frase quedó suspendida en el aire matutino, un desafío silencioso a todos los muros que John había construido a su alrededor.
Él la miró, y por un instante, detrás de la barrera de hielo en sus ojos, pareció vislumbrarse el destello de algo vulnerable, algo que anhelaba creer en sus palabras.
El aire de la mañana se volvió pesado cuando el grupo se encontró a medio camino. Junto a Kaori y Kasumi estaba Karai, cuyo cruce de miradas con John fue tan elocuente como un choque de cristales. La tensión era tan densa que se podía cortar.
—¿Qué diablos pasó ayer entre vosotros? —preguntó Kaori, incapaz de contenerse—. Estáis que no os podéis ni mirar. —Al no obtener respuesta, insistió—: Y, además, desaparecisteis los dos a la vez. ¿Dónde os metisteis?
John, acorralado por las miradas inquisitivas, soltó la primera verdad incómoda que le vino a la mente:
—Nada fuera de lo normal. Karai se emborrachó hasta vomitar y me eligió como blanco.
—¡¿Pero qué coño dices?! —estalló Karai, con los ojos llameantes—. ¿Era necesario airear eso?
Agarró a John del brazo con fuerza y lo arrastró unos metros, lejos de las demás.
—¿Por qué tienes que humillarme así? —le espetó en un susurro cargado de rabia.
—¿Qué querías que dijera? —replicó él en un tono igualmente áspero—. ¿Qué me dejaste encerrado en el tejado de tu casa a dos alturas, colgando como un gato abandonado?
—¡No te dejé tirado! Mis padres estaban al otro lado de la puerta... Me entró el pánico, ¿vale? —su voz bajó, mezclando defensa y frustración—. No podía pensar. Ya bastante bronca me cayó solo por llegar borracha.
Mientras, al otro lado...
Las chicas observaban la discusión con creciente curiosidad.
—Siempre lo mismo —suspiró Kaori, resignada—. Karai se pasa de rosca y monta un numerito. Y la verdad, si me hubiera vomitado encima, yo también estaría furiosa.
—Quién sabe... —murmuró Kasumi, con los ojos fijos en la pareja que discutía—Con esos dos nunca se sabe. —Notó que Kaori se inclinaba levemente, intentando captar fragmentos de la conversación—.
Kasumi, cambiando de tema, pero con astucia, se volvió hacia Ai.
—Por cierto... ¿son cosas mías o estás especialmente... radiante hoy?
—¿Tanto se me nota? —respondió Ai, con una sonrisa tímida que delataba su emoción—. Es por... el regalo. El de Johnny.
—¿De verdad te compró algo? —preguntó Kasumi, acercándose—. Tengo que saber qué fue para ponerte así.
—¿Te acuerdas de ese libro que tanto amaba y no podía encontrar? —confesó Ai en voz baja—. Pues lo encontró...
—¡No puede ser! ¿El segundo volumen de Dark Temptation? —Kasumi bajó aún más la voz—. Pero... ¿cómo supo siquiera que lo buscabas?
—Lo vio en mi estantería. —La respuesta salió casi en un suspiro.
—Un momento —Kasumi entrecerró los ojos—. ¿John ha estado en tu habitación? ¿Desde cuándo tienes secretos para mí?
Ai sintió que el calor le subía por el cuello.
—No pienses cosas raras. Y no es ningún secreto—se apresuró a aclarar—. A veces... me ayuda con las matemáticas. Voy perdidísima con las matrices.
—Eso tampoco lo sabía —repuso Kasumi, con una mirada que no perdía detalle del rubor de su amiga.
—Lo siento, no es que te oculte cosas —se defendió Ai, jugueteando nerviosa con el tirante de su mochila—. Ya sabes que a ti te lo cuento todo.
En ese momento, Kaori pareció salir de su trance y se incorporó bruscamente a la conversación.
—Un momento, ¿John va a tu casa a darte clases? —preguntó, con los ojos abiertos por la curiosidad.
—Bueno... —titubeó Ai, sintiendo que el terreno se volvía resbaladizo—. Mi padre iba a contratar un profesor, y como a Johnny se le dan tan bien los números, le pedí ayuda. Solo viene cuando lo necesito.
Mientras, John, tras la tensa discusión, se había distanciado de Karai con un gesto cortante y proseguía su camino hacia el instituto en solitario. Ella regresó al grupo con el rostro ensombrecido.
—¿Y bien? ¿Vas a contarnos qué pasó de verdad anoche? —presionó Kaori, incapaz de contener su intriga.
—No me apetece hablar —espetó Karai, secamente—. Ya tuve suficiente con el sermón de mi madre cuando olió el alcohol en mí.
—Siempre te lo advertimos —le recordó Kasumi con un dejo de reproche—. Deberías saber cuándo parar.
—Tiene que ser porque le vomitaste encima —insistió Kaori, molesta—. Por eso está tan enfadado. ¿Qué hiciste? ¿Atosigarle como sueles hacer?
—Dejadla en paz —intercedió Ai, compasiva—. Se ve que aún lo está pasando mal. Un coro de risas sutiles siguió a su comentario, lo que terminó de sacar de quicio a Karai.
—¡Sois unas idiotas! —estalló, con los ojos brillantes de indignación—. No fue solo vómito lo que le di, ¿sabéis? Pero ahora, para fastidiar, no pienso daros más detalles.
—¡Vamos, suéltalo! —la animó Kasumi, sin poder disimular su morbo—. Ya sabes que nos encantan los cotilleos.
—No diré nada —se negó Karai, pero luego añadió con una sonrisa pícara y un brillo de provocación en la mirada—. Pero que sepáis que le di a John algo más que vómito.
—¡No puede ser! —exclamó Ai, llevándose una mano a la boca, una mezcla de sorpresa y algo más oscuro en su expresión.
—¿Estás segura de que no lo soñaste, borracha como estabas? —soltó Kaori, con un punto de escepticismo y... ¿era envidia?
Furiosa por la incredulidad y los comentarios, Karai optó por la retirada dramática. Dio media vuelta y se alejó de sus amigas con paso firme, dejándolas sumidas en un silencio cargado de preguntas sin respuesta y una intriga que, ahora, se había vuelto mucho más profunda.
[Instituto Masaru]
El pitido estridente de la campanilla anunció el final de la segunda clase desatando el bullicio del primer descanso.
Shun con gesto despreocupado alzó su silla hacia atrás hasta apoyarla contra la mesa de su novia contemplando aquella radiante sonrisa que parecía competir en destellos con el costoso colgante de diamantes que él mismo le había regalado.
—Sin duda te queda perfecto con esa cara tan hermosa que tienes —comenzó él con voz suave, aunque con una curiosidad que ya empezaba a roerle por dentro—.
Pero tengo una duda desde ayer, mi amor...
dime al final ¿Hole te regaló algo o solo mintió para salir del paso como todos sospechamos?
Necesito saber si es un mentiroso, y si no lo es, qué minucia pudo comprarte con lo que gana.
—No mentía —respondió Ai con serenidad—. Me compró un libro.
—¿Un libro? —el genio rio con condescendencia, pero esa risa se le heló en los labios al ver la luz genuina que iluminaba el rostro de ella porque sabía de sobra que ese regalo insignificante le había tocado el corazón.
Lo supo por la forma en que sus manos acariciaban el aire al explicarlo y por esa vibrante sonrisa que no podía disimular.
—Pero no uno cualquiera —continuó Ai con un brillo especial en los ojos—Dark Temptation.
—¿No es ese el libro del que tanto hablas? —preguntó Shun con una tensión repentina en la mandíbula—. Ese que buscabas por todas partes y nunca encontrabas...
—El mismo —confirmó ella con una voz que era casi un susurro de felicidad.