Curso Grado 12 Capítulo 9 #5
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Capítulo 9 #5

Colgado a dos pisos de altura, el viento azotaba su rostro.

Sus dedos buscaron desesperadamente un mejor agarre cuando divisó una canaleta de desagüe a unos metros.

Con un movimiento felino, se lanzó hacia ella, sintiendo cómo el metal crujía bajo su peso.

Sin vacilar, se deslizó por el tubo como si toda su vida hubiera entrenado para ese momento.

Sus pies tocaron el suelo con un suave impacto. Sin volver la vista atrás, se fundió con las sombras de la noche, dejando atrás la casa y el escándalo que estaba a punto de desatarse.

Pensión Hikari.

Bajo la luz amarillenta del porche, Shun y Ai se despedían con esa ternura que solo existe en los primeros años del amor. El collar de diamantes seguía reluciendo en el cuello de ella, testigo mudo de una noche que había marcado más de lo que parecía.

La llegada de John rompió la escena. Su ropa algo arrugada y su expresión sombría no pasaron desapercibidas.

—¡Vaya, Hole! Apareces y desapareces como te da la gana —se burló Shun con una sonrisa de suficiencia.

—Te marchaste sin decir nada —agregó Ai, con voz de genuina preocupación—.Al menos podrías haberme avisado.

John pasó de largo sin mirarlos, dirigiéndose hacia el interior con el rostro cerrado.

—Menudo impresentable —refunfuñó Shun—. No sé por qué insististe en invitarlo. En fin... yo me voy ya.

Se despidió de Ai con un beso breve antes de perderse en la noche.

Ai entró rápidamente en la pensión y alcanzó a John justo cuando iba a subir las escaleras.

—¡Espera, Johnny!

Él se detuvo, pero no se volvió del todo.

—¿Sí?

—Sé que estás enfadado por lo de la fiesta. Quiero disculparme.

—No eres tú quien debe disculparse —respondió con aspereza—. Es el idiota de tu novio.

—Venga, no te enfades. Los dos os habéis estado picando toda la semana —intentó suavizar el tono—. Reconocerás que lo de la revista tampoco estuvo bien. Te pasaste un poco. En cierto modo, te lo ha devuelto.

John esbozó una sonrisa leve.

—Solo dije la verdad.

—Dijiste que era cosa de Utagawa. No tuya.

—Dije que eras especial para mí —corrigió, mirándola directamente—. Interprétalo como quieras.

Ai sintió que el calor le subía por las mejillas.

—Vaya... eso no me lo esperaba. Entonces le mintió a Shun, pensó.

—Por cierto... —John interrumpió su reflexión, clavando la mirada en el collar—Nada, que pases buena noche.

Ai notó cómo observaba la joya.

—No, espera. ¿Qué ibas a decirme?

John dudó un instante, luego asintió.

—Está bien. Ahora lo verás. No te muevas de aquí.

Subió las escaleras con parsimonia. Ai permaneció en la recepción, el silencio de la pensión envolviéndola mientras aguardaba, sin saber qué es lo que le tenía preparado.

John bajó las escaleras con un paquete cuidadosamente envuelto en papel morado.

—¿Recuerdas que en la fiesta dije que te había comprado algo? Pues era cierto...

—¿De verdad? —Los ojos de Ai brillaron— Creí que solo lo decías para salir del apuro.

Extendió el regalo hacia ella, pero en el último momento vaciló.

—Pensándolo mejor... quizá no sea buena idea después de ese collar. Solo es una pequeñez comparada con diamantes.

—¡Qué tonterías dices! —protestó Ai, alargando las manos— ¡Quiero mi regalo! El valor no está en el precio, sino en el gesto.

—Está bien —cedió John—, pero con una condición: ábrelo cuando estés sola. No quiero verte compararlo con esa joya. Ya tuve suficiente humillación por hoy.

—¡Eres tan terco! —suspiró— Me habría encantado abrirlo contigo, pero si insistes, dámelo antes de que cambies de idea.

—¿Es un sí?

—¡Vamos! ¡Dámelo ya! —insistió, con una sonrisa que le iluminaba el rostro.

John le entregó el paquete. Ai lo palpó con curiosidad, intentando adivinar su contenido.

—¡No lo andes tanteando! —la regañó él—. Es muy fácil de descubrir.

—Lo siento —se rio—. No pude resistirme. Pero creo que ya sé lo que es...

—Bueno, me retiro antes de que me hagas confesar algo —dijo John, dando media vuelta—. Espero que te guste.

—Gracias, Johnny. Sea lo que sea, lo apreciaré mucho.

Mientras John subía las escaleras, Ai apretó el paquete contra su pecho, sintiendo que este sencillo regalo envuelto en papel morado pesaba más en su corazón que todos los diamantes del mundo. Viniendo de él era algo impensable.

Casa Koishikawa.

Ai corrió escaleras arriba hacia su habitación, cerrando la puerta de un golpe suave pero urgente. El corazón le latía con una fuerza desacostumbrada mientras se sentaba frente a su escritorio y colocaba el paquete con el papel morado bajo la luz de la lámpara.

Con dedos que le temblaban levemente, comenzó a desenvolverlo, cuidando cada pliegue del papel como si fuera una reliquia. Cuando por fin quedó al descubierto, el aire se le cortó en los pulmones.

Allí yacía, imposible y perfecto, el libro que creía perdido para siempre.

No era un ejemplar cualquiera; era Dark Temptation, el segundo volumen de su saga favorita, aquel que llevaba años buscando infructuosamente en todas las librerías, el eslabón que faltaba en su estantería y, secretamente, en su corazón.

Una lágrima cálida resbaló por su mejilla mientras sus yemas de los dedos, aún vibrantes, acariciaban la textura áspera de la sobrecubierta y recorrían el título en relieve. Abrió el volumen y aspiró ese olor inconfundible a papel antiguo y tinta, un aroma que era pura nostalgia.

Lo apretó contra su pecho, sintiendo el peso sólido de sus páginas contra el frío del diamante que aún colgaba de su cuello. En ese instante, supo con una certeza absoluta que este regalo, silencioso y lleno de significado, valía infinitamente más que cualquier joya.

Nunca lo hubiera creído posible, y menos viniendo de John.

Recordó con una punzada de culpa cómo, la primera vez que él había entrado en su habitación, ella había asumido que solo estaba curioseando de manera superficial.

Pero no. Él había visto más allá. Había observado, había escuchado con el alma, y había memorizado el anhelo más secreto de su corazón.

Apretó el libro con más fuerza, como si a través de él pudiera transmitirle toda la gratitud que las palabras jamás podrían expresar.

En la quietud de su habitación, rodeada por el silencio de la noche, supo que aquel acto de atención pura y callada era, sin lugar a dudas, la declaración más romántica que había recibido en su vida.

Habitación Nº 13.

La madrugada envolvía la pensión en un silencio profundo cuando unos golpes suaves, casi tímidos, resonaron en la puerta de John.

Al abrir, se encontró con Ai, de pie en el umbral, bañada por la tenue luz del pasillo.

Vestía solo un fino pijama de seda que se adhería a sus curvas, y en sus ojos brillaba una emoción intensa, al borde de las lágrimas.

—¿Ai? ¿Pasa algo grave? —preguntó John, su voz aún ronca por el sueño, mientras su mirada recorría inconscientemente la silueta que el tejido translúcido apenas lograba velar.

Ella no respondió con palabras. En un acto impulsivo, se lanzó contra su pecho, enterrando el rostro en su camiseta mientras sus brazos lo rodeaban con una fuerza desesperada.

John permaneció inmóvil un instante, sorprendido, antes de que sus propios brazos la rodearan con una ternura que contrastaba con su usual dureza.

Permanecieron así durante largos segundos, el latido de sus corazones acelerándose en un ritmo sincronizado, hasta que la conciencia de la intimidad de aquel momento los hizo separarse, ambos con el rostro teñido de un rubor que delataba más de lo que habrían querido.

—El libro, es… ¡Increíble que lo hayas encontrado! ¿Dónde lo has comprado?

—En realidad lo encontré en un mercadillo ambulante en mitad de una calle, fue como caído del cielo. Rebusqué durante horas, es por eso por lo que llegué tan tarde a la fiesta—explicó John— Aunque al final tuve suerte.

—Agradezco que invirtieses tanto tiempo en encontrarlo, significa mucho para mí—señaló avergonzada—. Y yo maldiciéndote por haber llegado tarde.

—No importa. ¿Cómo ibas a saberlo? Pero veo que te ha gustado el regalo, de lo contrario no estarías aquí tan tarde—murmuró John—Y yo que pensé que no sería gran cosa.

—¿Estás de coña? —soltó Ai— Es el mejor regalo del mundo. Incluso me ha hecho más ilusión que el colgante —confesó, tocándose distraídamente la joya—Pero no se lo digas a Shun... él nunca lo entendería.

John miró el brillante colgante en su cuello, y contra su voluntad, no pudo evitar fijarse en el escote donde el pijama se transparentaba sutilmente, revelando la tentadora sombra de su ropa interior.

—¿Qué estás mirando?

—El colgante—disimuló— No deberías llevarlo tan a la vista. Hay mucha gente sin escrúpulos por ahí.

—Bueno... yo me marcho ya —dijo Ai, cruzando los brazos sobre el pecho de forma instintiva—. Es tarde. Solo quería que supieras lo mucho que significó para mí. Ya que no quisiste esperar a ver mi reacción...

—Lo siento. Pensé que no sería buena idea —respondió John, clavando sus ojos en los de ella—. Me alegra que te gustara.

—Nos vemos mañana —susurró Ai, dando media vuelta con una sonrisa, dejando a John en la puerta, contemplando cómo se alejaba mientras la silueta de su cuerpo se movía con una gracia hipnótica bajo la seda.