Curso Grado 12 Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

De pronto, unos pasos vacilantes interrumpieron su introspección. Era Karai, con el vestido ajustado desordenado y la mirada nublada por el alcohol. En su mano aún sostenía un vaso medio vacío, como si fuera un talismán.

—Por fin te encuentro —dijo con una sonrisa torpe—. Te he buscado por todos lados.

—Pues no has mirado muy bien —respondió John con frialdad—. Llevo aquí un buen rato.

—Eres un amargado —rio ella, tambaleándose ligeramente—, pero me gustas. No te enfades como un niño. Shun habría humillado a cualquiera; está podrido de dinero.

En un movimiento rápido, John le arrebató el vaso y lo arrojó a una jardinera cercana.

—¿Qué haces? —protestó Karai—. ¡Era mi último trago!

—No quiero sermonearte, pero ya has bebido suficiente —dijo él con firmeza—. Cualquiera podría aprovecharse de ti en este estado.

Karai se acercó lentamente hasta quedar a centímetros de su rostro y susurró:

—Me encanta que te preocupes... pero solo quiero que te aproveches tú.

John no pudo evitar una risa breve.

—No acostumbro a meterme con borrachas.

—¿En serio? —insistió ella, deslizando sus brazos alrededor de su cuello.

Antes de que pudiera reaccionar, Karai lo besó con una intensidad que lo tomó por sorpresa. La fuerza del empujón lo hizo chocar contra el árbol, y durante unos segundos, permitió que su lengua explorara la suya, entregándose a un arrebato de deseo.

—¿Crees que haya algún lugar tranquilo detrás del jardín? —murmuró Karai entre besos—. Quiero que me folles.

—No iremos a ninguna parte —respondió John, recuperando el control—. Por muy tentador que sea, no estás en condiciones.

—¡Vamos! —insistió ella, notando la erección a través de su pantalón—. No finjas que no lo deseas.

En un acto audaz, Karai bajó la cremallera y deslizó su mano dentro.

Pero la excitación se transformó en repulsión cuando, de pronto, su estómago se revolvió.

Apartó su boca de la de John y se llevó las manos a la boca, sin poder evitar vomitar violentamente.

Los restos salpicaron su vestido y las zapatillas de John.

—¿Estás bien? —preguntó él, acercándose con preocupación.

—Lo siento... —murmuró Karai, con lágrimas de vergüenza—. No deberías haber visto esto.

Antes de que pudiera detenerla, salió corriendo hacia el jardín.

—¡Espera! —gritó John—. ¡No estás en condiciones!

Minutos después, la encontró acurrucada bajo otro árbol, con la blusa desabrochada y el rostro enrojecido. Su respiración era agitada, y el sujetador visible dejaba claro su estado de vulnerabilidad.

John se sentó a su lado en silencio.

—Tranquila —dijo con suavidad—. Todos nos hemos pasado alguna vez.

—Si las chicas me ven así, me matarán —susurró Karai, ocultando el rostro—. Siempre me advierten, pero nunca escucho. ¿Podrías acompañarme a casa? No quiero que nadie me vea así.

—Claro —asintió John—. Aquí no queda nada para mí. Además, dudo que alguien note mi ausencia.

La brisa nocturna acariciaba sus rostros mientras caminaban por las calles silenciosas. Karai, ya más serena, apoyaba su brazo en el de John para mantener el equilibrio.

—No sabía que vivías tan cerca de Kasumi —comentó John, rompiendo el silencio—Todas pertenecéis al mismo barrio residencial.

—Por eso siempre quedamos a medio camino antes de ir al instituto —respondió Karai con una sonrisa débil—. Es más práctico.

Al llegar frente a un adosado de dos plantas con las luces apagadas, John hizo una pausa.

—¿Estás segura de que no tendrás problemas? No imagino que tus padres aprueben que llegues en este estado.

—Están en una cena de negocios —explicó Karai, buscando las llaves en su bolso—Volverán tarde... lo había olvidado por completo.

Mientras observaba cómo sus dedos tropezaban una y otra vez con la cerradura, John comprendió que su ayuda sería necesaria.

—¿Podrías...? —murmuró ella, con voz vulnerable—. Me sentiría más segura si me acompañaras hasta arriba. Tengo unas escaleras muy traicioneras.

—De acuerdo —asintió él—. Ya hemos tenido suficientes contratiempos por hoy.

La escalera, cubierta por una espesa moqueta, resultaba peligrosa incluso en condiciones normales. John la sostuvo firmemente hasta llegar al rellano superior.

—Necesito arreglarme un poco —anunció Karai señalando el baño—. Sigue el pasillo y ponte cómodo. En un momento estoy contigo.

Mientras Karai se refrescaba la cara y se cepillaba los dientes con determinación, John exploró el pasillo. Al abrir lo que creía sería la sala de estar, se encontró con algo inesperado: su dormitorio.

Quedó sorprendido por la discordancia entre el espacio y la personalidad que conocía de Karai.

Lejos de reflejar su actitud desinhibida, la habitación mostraba una elegancia clásica: tonos beige, muebles de madera noble y estanterías repletas de enciclopedias y obras literarias de autores consagrados.

—¿Cotilleando? —la voz de Karai sonó a sus espaldas.

—Es... no es lo que esperaba —admitió John—. No se parece en nada a ti.

—Mis padres tienen una versión idealizada de mí —confesó Karai, acercándose—. Creen que soy la hija estudiosa y formal que ellos imaginan. Si supieran la verdad... bueno, mejor no pensarlo. Se me da bien actuar.

—No dejas de sorprenderme —reconoció John, mirándola con nuevos ojos—. Y veo que ya estás perfectamente recuperada. Supongo que lo de la cerradura y las escaleras fue solo teatro.

—Eres inteligente —sonrió ella, cerrándose la distancia—, pero no más que yo. Aunque reconocerás que tú y yo tenemos algo pendiente...

Karai lo atrajo hacia sí con urgencia, tirando del cuello de su camisa hasta que sus labios se encontraron en un beso cargado de tensiones no resueltas.

John dejó caer el libro que sostenía, un ejemplar de filosofía que ahora yacía abandonado en la moqueta y se dejó guiar hasta el borde de la cama, donde el peso de ambos hundió el plumón del edredón.

Karai lo tenía atrapado por el cuello de la camisa, sus uñas clavándose en su piel mientras su boca devoraba la suya con una urgencia que le hizo perder el aliento.

John no tardó en tomar el control. Con un movimiento experto, la volteó boca arriba, sujetando sus muñecas contra el colchón mientras sus labios descendían desde su boca hasta su cuello, dejando una estela de besos y mordiscos suaves que la hicieron arquearse.

—John…— suplicó Karai, pero él no se apresuró.

Sus manos exploraron cada centímetro de su cuerpo con una lentitud deliberada, deslizándose bajo su blusa para acariciar sus pechos, haciendo que los pezones se endurecieran bajo sus dedos. Cuando llegó a su falda, la levantó con un gesto firme, rozando las bragas ya húmedas con los dedos.

—Dios…— Karai jadeó, sus caderas empujando involuntariamente hacia su mano.

John no la hizo esperar más. Con un movimiento suave pero decidido, deslizó los dedos bajo la tela, encontrando su calor. Karai gritó su nombre cuando comenzó a moverlos, primero lento, luego más rápido, siguiendo el ritmo de sus gemidos.

—¿Quieres que pare? —John murmuró con voz ronca, sabiendo perfectamente la respuesta. Sus dedos no cesaban su movimiento, dibujando círculos húmedos que hacían retorcer a Karai entre las sábanas.

Ella respondió clavándole las uñas en la espalda:

—¡No te atrevas a parar!

La frase se quebró en un gemido cuando él hundió dos dedos más profundamente, curvándolos en ese ángulo que la hacía ver estrellas. El ritmo era implacable ahora, la fricción perfecta entre sus muslos temblorosos y su palma. Dentro y fuera, y viceversa, mientras el flujo humedecía toda su mano.

Fue entonces cuando John selló su boca con un beso devorador, ahogando su grito final mientras los dedos la llevaban al borde una, dos, tres veces seguidas, hasta que sus piernas se cerraron como una trampa alrededor de su muñeca.

Sin darle descanso, John bajó hasta su cintura.

Allí apartó ambas piernas y se encerró entre sus muslos, saboreando cada gemido que arrancaba con su lengua, cuando un portazo retumbó en el primer piso.

—¿Joder, qué pasa? —jadeó Karai, frustrada—. ¿Por qué paras?

—Calla —susurró John, inclinando la cabeza—. He oído un portazo.

—¿Un portazo?

La voz del padre de Karai retumbó desde el vestíbulo, helando la sangre en sus venas:

—¡Karai! ¿Estás en casa? —gritó— Tenemos que hablar de tu último informe de calificaciones.

—¿¡Mierda, son mis padres!? —Saltó del colchón como si estuviera electrificada, empujando a John con fuerza de pánico.

—Espera, ¿qué?

El corazón de Karai latía como un tambor de guerra mientras forcejeaba con los botones de su blusa. Sus dedos, entumecidos por el pánico, se negaban a obedecerla. John se abrochaba la camisa con movimientos precisos, ya ajustándose el cinturón.

—¡Es mi padre! —susurró Karai, con los ojos desmesuradamente abiertos—. Han debido ver la luz encendida...

—¿No juraste que llegarían pasada la medianoche? —la interpeló John con voz cortante.

—¡Eso ya no importa! —casi gritó ella—. Estoy perdida.

—Diles que te encontraste mal y te acompañé. Es nuestra única coartada.

—¿Crees que les importará? —su voz temblaba—. Mis padres me ven como su hija perfecta... y saben quién eres. En la PTA hablan de ti como si fueras un delincuente. ¡Protestaron por tu "mala influencia" la semana pasada!

—¿Y solo ahora lo mencionas? —John la miró con incredulidad—. ¿En qué demonios estabas pensando cuando subimos?

—¡No me hagas más reproches! No puedo... pensar con claridad.

Al verla paralizada, comprendió que el tiempo se agotaba. Los pasos en la escalera sonaban cada vez más cerca. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la ventana y la abrió de golpe. La cornisa del tejado se veía estrecha y resbaladiza, pero era su única salida.

John saltó al vacío, aferrándose a la cornisa justo cuando la puerta del dormitorio comenzaba a ceder. Karai, desesperada, cerró la ventana de un portazo, sellando su huida.