Curso Grado 12 Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Vamos, no seamos mojigatas —intervino Kaori con curiosidad—. Cuéntanos, ¿cómo te fue?

—Fue... bonito, aunque un poco extraño —confesó Ai, bajando ligeramente la voz—Estaba muy nerviosa, pero, al fin y al cabo, era un paso que quería dar.

De pronto, al ver acercarse a Makoto, el grupo enmudeció.

—Hola, Aoyama —lo recibió Ai con amabilidad—. ¿La estás pasando bien?

—Sí, gracias —respondió él, algo tímido—. Mis amigos y yo lo estamos disfrutando mucho. Aprovecho para agradecerte la invitación.

—¿Por qué no os acercáis con nosotras? —sugirió Kasumi—. Así podéis conocer a más gente.

Makoto enrojeció de inmediato, sin atreverse a responder nada.

—Siento que Johnny no haya venido —comentó Ai, con un dejo de decepción—Me había prometido que estaría aquí, y con él seguro que os sentiríais más cómodos.

—En realidad... ya llegó —reveló Makoto.

—¿En serio? —preguntó Karai, antes que ninguna.

—Sí, pero parece estar... ocupado —explicó Makoto, con cierta envidia—. Tan pronto como entró, Suzuki lo invitó a unirse a su grupo. La verdad, no sé cómo lo hace. Es demasiado popular para recordar que nosotros estamos aquí.

—¡Esa puta zorra! —estalló Karai—. Siempre está cazando carne fresca. ¿Ahora se quiere follar a John?

—Karai, por favor —susurró Ai, incómoda.

—No me parece correcto que no se haya acercado siquiera a felicitarte —comentó Kaori, con un tono que delataba cierta molestia.

—Seguro que solo está siendo amable —dijo Ai, intentando restarle importancia.

—En realidad —aclaró Makoto—, fue Suzuki quien se lo llevó consigo en cuanto lo vio. Ni siquiera tuvo tiempo de saludar a nadie más.

—¡Se lo voy a hacer pagar a esa golfa! —masculló Karai, irritada—. No va a joderme otro polvo más.

Decidida, dejó a sus amigas y se dirigió con paso firme hacia el grupo de animadoras.

—¿Qué le pasa? —preguntó Makoto, confundido.

—Nada —respondió Kaori con ironía—. Solo cree que puede conquistar a John.

—¿Acaso a todas os gusta Johnny? —preguntó Makoto, con una sonrisa.

—Y a ti, Aoyama, ¿quién te gusta a ti? —le espetó Kaori.

Makoto se sonrojó de nuevo, especialmente cuando notó que Kasumi lo observaba con expectación. Sin articular palabra, tomó las bebidas y regresó apresuradamente a su mesa.

—¿Viste eso, Kasumi? —comentó Kaori—. Se puso colorado. Seguro que estaba pensando en ti.

—No dijo nada —respondió Kasumi, aunque con una sonrisa leve—. Y no deberías presionarlo. Por cierto, tú tampoco respondiste. ¿Te gusta John?

—¡Kasumi! ¿A qué viene eso ahora? —soltó Kaori, acalorada—

Ai guardaba silencio, reflexionando. Por la reacción de sus amigas, confirmó lo que sospechaba: John despertaba pasiones que ninguna estaba dispuesta a reconocer abiertamente. Ella, sin embargo, jamás se entrometería en esos juegos del corazón.

Con decisión, Karai se abrió paso entre el círculo de animadoras y se interpuso entre Mei y John, apartándola de un empujón.

—¿Se puede saber qué haces? —protestó Mei—. ¡No es de buena educación interrumpir una conversación privada! Deberías respetar más a tu capitana, Matsumoto.

—¿No tienes a otros a los que calentar, Suzuki? —replicó Karai con desdén—. Éste lo reclama la cumpleañera. Y sinceramente, no eres nadie interesante.

—¡Más bien pareces ser tú quien lo reclama! —contestó Mei, con rabia—. ¡Y no me faltes al respeto!

—En realidad, no he sido muy educado con la anfitriona —intervino John, con calma—. Debería ir a saludarla.

Tomó a Karai por la cintura y la sacó del círculo, justo cuando las animadoras parecían estar a punto de atacar.

—¿Quién se habrá creído que es? —dijo Suzuki, indignada.

—Está claro que se ha sentido amenazada por tu belleza —respondió una de sus seguidoras—. Se rumorea que Matsumoto le besó en clase el otro día y habrá utilizado esa excusa para llevárselo para ella.

—No es más que una envidiosa —concluyó Mei, y con un gesto, su séquito la siguió hacia el grupo de chicos populares.

Al fin, John llegó al escenario donde estaban las chicas.

—¡Al fin apareces! —dijo Ai, sermoneándole.

—Te dije que llegaría tarde. Aunque, al entrar, creí haberme equivocado de fiesta. Hay mucha gente que no conozco.

—Eso no te ha impedido intimar con las animadoras —replicó Ai, con ironía.

—La verdad es que esa Suzuki es muy amable —respondió John—, al menos lo era hasta que Karai se enzarzó con ella. Por un momento, parecía una pelea de gatas —sonrió—. He tenido que separarlas, para que luego digas que solo creo problemas.

—No te confundas —intervino Karai—. Esa es una zorra de cuidado.

—Veo que el alcohol te está afectando —observó John—. ¿Cuántos vasos has bebido?

—¿Acaso eres mi madre? —replicó Karai, desafiante—. Esto es una fiesta, y además es importante: nuestra amiga ha cumplido los 18.

Alzó su vaso con júbilo, celebrando a Ai.

Entonces, una mano firme palmeó la espalda de John. Al girarse, encontró la mirada fría de Shun, flanqueado por Nagano, cuyo rostro mostraba una sonrisa complaciente.

—¡Al fin llegas, Hole! Ya pensaba que no tendrías el valor de aparecer en mi fiesta.

—Tengo que reconocer que me has sorprendido —admitió John con sequedad—Sin duda es un espectáculo impresionante. ¿Cuánto le ha costado a tu padre montar esto?

Shun esbozó una sonrisa tensa.

—Tan amable como siempre —ironizó—. Pero llegas en el momento justo.

De repente, Miura saltó al escenario y arengó a todos los presentes. Los focos se encendieron con intensidad, cegando por momentos, y alguien le pasó un micrófono.

—¡Es hora de rendir homenaje a la anfitriona! —anunció, desatando los vítores de la multitud—. Ahora procederemos a la entrega de regalos. ¡Quiero que esta tarima se llene hasta el techo!

Poco a poco, los asistentes fueron depositando sus obsequios sobre el escenario.

John sintió un nudo en el estómago. Aunque había comprado un detalle para Ai, lo había dejado en la pensión, temiendo que su modestia quedara en evidencia frente a la riqueza de los demás.

Ahora comprendía la jugada de Shun: le había tendido una trampa perfecta.

—El muy cerdo —pensó John, conteniendo la rabia—. Ha esperado a que yo llegara para iniciar este espectáculo.

Desde la tarima, Ai desenvolvía cada regalo con ilusión, formando junto a ella una montaña de papeles de seda y lazos.

Entre los presentes brillaban joyas finas, zapatos de diseñador, prendas de primeras marcas.

Incluso Makoto y sus amigos habían unido sus recursos para regalarle una bufanda de lana y un bolso de última temporada.

Mientras John observaba desde la penumbra, tratando de refugiarse en la felicidad de Ai, los focos se volvieron hacia él de repente, arrancándole de su anonimato.

—¿Qué ocurre, Hole? —preguntó Shun con voz amplificada por el micrófono—. ¿Dónde está tu regalo? No es muy educado venir de gorra a un cumpleaños.

Ai, desde el escenario, sintió un vuelco al ver el rostro de John. Sus ojos, siempre tan expresivos, reflejaban una angustia que le partió el alma. En parte, se culpaba a sí misma: fue ella quien le dijo que no se molestara.

—¡No pasa nada! —exclamó Ai, interrumpiendo—. Yo misma le dije que no era necesario. La culpa es mía por no avisarle con tiempo.

—No le defiendas —replicó Shun, con dureza—. Si ha disfrutado de mi comida y mi bebida, lo mínimo es corresponder con un detalle. ¿O acaso piensas que todo en la vida es gratis?

El abucheo de los estudiantes estalló como un trueno, ahogando cualquier réplica. En medio del escarnio, Makoto se acercó a John con gesto compasivo.

—Lo siento, Johnny. Si lo hubiéramos sabido, habrías entrado en nuestro regalo. Ahora me siento fatal.

—Tranquilo —murmuró John, con los puños apretados—. Esto no es culpa tuya.

John aguantó la humillación con los dientes apretados, consciente de que Miura había calculado cada movimiento para dejarlo en evidencia.

—¿Nada que decir, Hole? —insistió Shun, acercándose con el micrófono como un arma.

—En realidad... sí le compré un regalo —declaró John, con una calma que contrastaba con la tensión del ambiente.

—¿De verdad? —preguntó Ai, con una chispa de esperanza en la voz.

—Pero no lo traje conmigo —concluyó John, desviando la mirada.

—¿En serio? —Shun soltó una risa cortante—. ¿Y quieres que nos creamos eso? Si estás mintiendo, todos verán lo falso que eres.

Los abucheos resonaron de nuevo, ahogando cualquier posible argumento.

John, con el rostro tenso, se apartó del círculo de luz y se refugió contra una columna, lejos de las miradas acusadoras.

Ai sintió cómo se le encogía el corazón al verlo retroceder; esa imagen le dolió más que cualquier otra cosa.

Entonces, Shun reveló su jugada maestra. Con la seguridad de quien sabe que ha ganado, sacó un estuche aterciopelado de color burdeos y lo depositó en las manos de Ai.

—Esto es para ti, cariño. Algo que mereces.

Ai abrió la caja con dedos temblorosos. En su interior, una gargantilla de diamantes centelleó con tal intensidad que hasta las lágrimas en sus ojos parecieron brillar más. Entre las chicas se oyeron suspiros y exclamaciones, y algunas incluso sollozaron ante la belleza de la joya.

Shun sonrió, saboreando su triunfo. No solo había logrado que John pareciera mezquino y falso, sino que su regalo había eclipsado por completo a todos los demás. Nadie en esa fiesta podía igualar su poder, su estatus, y se aseguró de que todos lo supieran.

Ai, con la gargantilla ya en su cuello, sintió el peso frío de las piedras preciosas. Aunque su corazón latía con emoción, no pudo evitar apenarse al ver a John alejarse en silencio, cruzando la puerta de salida como un fantasma en la noche.

Bajo la fría luz de las estrellas, John permanecía apoyado contra el tronco de un árbol con los brazos cruzados. El eco de las burlas aún resonaba en sus oídos, y se preguntaba por qué había aceptado venir.

Solo lo hizo por la promesa hecha a Ai, pero ahora comprendía que había sido un error. Shun Miura lo había humillado ante todos, y él había permitido que ocurriera.