Capítulo 10 #2
Shun apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula. Comprendió de inmediato que ese simple libro le había hecho sombra a su diamante al menos a nivel emocional y tal vez incluso lo superaba.
Entonces soltó con rabia contenida:
—¿Y cómo sabía Hole que ese libro te gustaba tanto?
Ai sintió que el suelo se abría bajo sus pies y no supo qué decir porque quería contarle la verdad, pero necesitaba encontrar las palabras exactas para que lo entendiera. Aunque sabía que con la rivalidad que existía entre ellos sería imposible confesar que John había estado en su habitación.
Fue en medio de ese silencio incómodo que Kaori se acercó a ellos con una curiosidad mal disimulada.
— Oye Ai ¿crees que John me daría clases de matemáticas igual que a ti?
Y entonces Ai supo que no había escapatoria posible.
—¿Qué es eso de que Hole te da clases? —estalló Shun con los ojos encendidos— ¿Ha entrado en tu habitación? ¡Por eso sabía lo del libro!
Kaori comprendió su error de inmediato y se retiró hacia su pupitre con la cabeza gacha avergonzada por haber desatado la tormenta.
—¿Acaso estás insinuando algo? —protestó Ai con voz temblorosa—. Solo son clases, Shun, las necesito para mejorar mis notas. Mi padre iba a buscarme un profesor, pero como a él se le dan bien se lo pedimos. Además, mis padres siempre están en casa ¿qué clase de chica crees que soy?
En la mente de Shun se reproducía una y otra vez la imagen de ellos dos solos en esa habitación. Cada vez que la visualizaba sentía un fuego retorciéndole en el pecho imaginando secretos compartidos.
—¿Por qué tiene que ser ese desgraciado? —masculló con amargura—. Siempre está jodiéndome la vida.
—Otra vez estás celoso —dijo Ai con decepción—. Siempre es lo mismo contigo.
—No son celos —replicó él con dureza—. Es que si me lo ocultas es como si escondieras algo más ¿estás segura de que no hay nada más?
En ese momento a Ai le vino a la mente con claridad desgarradora el abrazo que le había dado a John en mitad de la noche.
El calor de su cuerpo y la intensidad de ese momento.
Y supo que jamás podría contarle algo así porque él nunca lo entendería; así que por primera vez en su vida mintió mirándole directamente a los ojos.
—No hay nada más, Shun.
Shun la observó durante lo que pareció una eternidad, luego asintió lentamente con una amargura que le nublaba la mirada.
—Entiendo que necesites ayuda, pero eso no le da derecho a cotillear entre tus cosas —y su voz sonó fría y distante—. Eso déjaselo bien claro.
Un golpe violento estremeció la mesa de John, arrancándolo de su concentración. Al alzar la vista, se encontró con los ojos encendidos de Shun, cuyo rostro estaba contraído por una rabia que parecía a punto de desbordarse.
—¿Qué es eso de que andas curioseando en la habitación de mi novia? —explotó Shun, con cada palabra cargada de veneno —. ¿Cómo te atreves a husmear entre sus cosas para saber qué regalarle?
—Ya te dije que le había comprado algo —respondió John con una calma que contrastaba dolorosamente con la furia de Shun—.
Pero te empeñaste en no creerlo. Aunque tranquilo, sé que un simple libro no puede rivalizar con ese costoso colgante de diamantes que le regalaste.
La ironía en la voz de John atravesó a Shun como un cuchillo, avivando aún más su ira al comprender que, en el corazón de Ai, ese libro insignificante valía más que cualquier joya.
—Eres una rata astuta —escupió Shun, elevando su voz hasta los límites del grito—. Pero a mí no me la vas a dar. No eres más que un buitre rondando a mi novia, esperando el momento para aprovecharte.
El silencio se apoderó instantáneamente del aula. Todas las miradas se clavaron en ellos, y Ai, pálida y temblorosa, sintió que la vergüenza le quemaba las mejillas.
—Si lo que quieres son clases particulares —se burló John con una sonrisa desafiante—, podrías habérmelo pedido. Está claro que a ti también te hacen falta.
Shun, cegado por la rabia, barrió los apuntes de John de un manotazo, esparciendo papeles por todo el suelo.
—¡Estoy harto de tus insinuaciones! —rugió—. Harto de que acoses a mi novia y de que llenes la revista de mentiras.
John contuvo el impulso de responder con los puños, apretando los nudillos hasta que le dolieron, manteniendo una templanza que le costaba cada fibra de su ser.
—No te vendría mal calmarte, Miura —replicó con voz grave—Si estoy aguantando esta ridícula escena es solo por respeto a tu novia, que, por cierto, está avergonzada de tu comportamiento.
Shun, consciente de que el espectáculo que estaba dando solo empeoraba las cosas, contuvo su furia con un esfuerzo visible. Con un último gesto de desprecio, giró sobre sus talones y abandonó el aula en un silencio tenso que se extendió como una mancha.
Ai se acercó entonces al pupitre de John, con los ojos aún velados por la humillación.
—Gracias por haber aguantado, Johnny —murmuró, con voz quebrada—. Por un momento, me quedé paralizada, sin saber qué hacer o decir...
—No importa —respondió John, recogiendo sus apuntes del suelo—. Pero deberías tener más confianza con tu novio. Si le ocultas cosas, es normal que reaccione así, aunque no justifica que monte un escándalo de esta magnitud.
—Qué vergüenza —susurró Ai, mirando a su alrededor—. Todos han escuchado. ¿Crees que empezarán a rumorear sobre esto?
—Si algo conozco de este instituto —suspiró John—, es que aquí un chisme se propaga como el fuego. Pero mientras Utagawa no lo publique en su revista, quizá podamos contener la situación. Aunque no confiaría demasiado en eso.
Al término de las clases, con la luz del atardecer filtrándose por las ventanas del aula, Kaori se acercó al pupitre de John, donde él recogía sus apuntes con movimientos metódicos.
—Siento interrumpirte —comenzó ella, con una voz tan suave que casi se perdía en el rumor de la clase que se vaciaba—.
He oído que sueles dar clases de matemáticas a Ai...
Últimamente yo también tengo algunos problemas con la asignatura.
—Hizo una pequeña pausa, jugueteando nerviosa con el borde de su carpeta—.
¿Podrías darme clases a mí también? Puedo pagarte por ello.
John alzó la vista, estudiando su rostro sincero.
—Si tienes dudas concretas, puedo ayudarte cuando necesites. No hace falta que pagues nada.
—Es que creo que voy a necesitar algo más que unas clases puntuales —insistió Kaori, con un hilo de urgencia en la voz—. Ya hablé con mi madre sobre esto y no hay problema.
John meditó la propuesta unos segundos, calculando mentalmente su ya sobrecargada agenda.
—En ese caso, te avisaré cuando tenga un hueco. Lo compaginaré entre las clases y el trabajo, no te preocupes.
—Gracias —susurró Kaori, con una sonrisa aliviada que le iluminó brevemente el rostro antes de girarse y perderse entre los últimos estudiantes que abandonaban el aula.
Mientras John terminaba de guardar sus libros, una sombra familiar se cernió sobre su pupitre. Karai estaba allí, apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados, su expresión un equilibrio inestable entre el resentimiento y la curiosidad.
—¿Así que ahora también das clases a Kaori? —preguntó, con una ceja arqueada que delataba su escepticismo.
—¿Volvemos a hablarnos? —respondió John sin levantar la vista—. Pensaba que seguías enfadada.
—Ya se me pasó el enfado —admitió por fin, con un suspiro—. Sabes que no puedo estar enfadada contigo mucho tiempo. ¿Podrías darme clases a mí también?
—Estamos hablando de estudiar, Karai —aclaró John, cerrando la mochila con un gesto definitivo—. No lo malinterpretes. Además, tu casa es el último lugar al que iría voluntariamente.
—Es verdad —rio ella, con una sonrisa pícara—. Se me había olvidado de que no eres bienvenido. A mis padres no les caes precisamente bien. —Se inclinó ligeramente hacia adelante—. Pero, de todos modos, tenemos algo pendiente...
—No tenemos nada pendiente —replicó él con firmeza—. Ya hablamos de lo que ocurrió.
—¡Vamos! —insistió Karai, con una mirada que desafiaba su resistencia—. ¿Quedamos en algún sitio para hablarlo tranquilamente?
—Lo siento mucho —se excusó John, pasándole por el lado—. Pero estoy hasta arriba. Tengo el partido inaugural en una semana, las clases, y el trabajo... No doy abasto.
—¿El fin de semana? —persistió ella, caminando a su lado por el pasillo vacío.
—El fin de semana tengo que quedar con Kaori —respondió, ajustándose la mochila al hombro—. Además, trabajo en un pub por las noches.
—Sí que estás solicitado —comentó Karai, con una mezcla de admiración y frustración—. Entonces nos veremos en el partido inaugural. Ese día está prevista la jornada de puertas abiertas en el Masaru. Habrá una ceremonia de inauguración y un cáterin para la PTA.
—En ese caso nos veremos allí —concluyó John, despidiéndose con un gesto—
—Te animaré con todas mis fuerzas. Y si ganas, quizás podamos celebrarlo como se merece.
28 octubre 2016
Yohokama—Japón
Instituto Masaru.
El gran día había llegado, cargado no solo con el peso de la competencia deportiva, sino con el eco de semanas de esfuerzo, rivalidades personales y sueños juveniles a punto de definirse en noventa minutos sobre el césped.
La mañana se presentó con una energía especial, transformando el Instituto Masaru en un epicentro de expectación.
Con motivo de la jornada de puertas abiertas, el ambiente trascendía lo académico: las calles del campus bullían con una mezcla de estudiantes uniformados, padres con ropa de fin de semana y profesores con una rara expresión de anticipación.
Junto al estadio, un impresionante servicio de cáterin se extendía sobre mesas vestidas de blanco, donde camareros de guantes inmaculados sirviendo canapés y refrescos creaban una escena de sofisticación que contrastaba con la tensión deportiva del momento.