Curso Grado 12 Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

John vislumbró su propio reflejo en el espejo.

La sangre resultaba aparatosa; con esmero, se limpió e intentó contener el flujo de sus heridas.

Cuando por fin llegó al comedor, la familia al completo lo aguardaba sentada en el sofá.

Sobre la mesa humeaba un delicioso té recién hecho.

Kasumi mostraba claros indicios de haber llorado, y su padre permanecía a su lado, reconfortándola.

John se sentó frente al Sr. Asamiya. Al hacerlo, por primera vez en lo que parecía una eternidad, pudo sentir la comodidad de un respaldo contra su espalda, un alivio que había anhelado durante toda la noche.

—Agradecemos profundamente lo que has hecho por nuestra hija, y también por ayudar a sus amigas —comenzó el padre de familia—. Tenemos una buena relación con sus familias. Lo más sensato sería llamar a un médico; esas heridas no tienen buen aspecto.

—Agradezco el gesto —respondió John, con voz serena pero firme—.

Pero lo único verdaderamente importante es que todas están a salvo.

Estas heridas cicatrizarán en unos días.

Lamento mucho lo ocurrido; de haber sabido adónde iban, habría actuado antes.

La pobre Kaori... ha sido la que más ha sufrido.

—Lo sé. He hablado con su padre hace un momento —asintió el Sr. Asamiya, con gravedad—. Sigue muy afectada.

—Sé que no tengo buena reputación en el Masaru, y seguramente habrá escuchado comentarios en la PTA —continuó John, con una franqueza que resonó en la habitación—. Pero por mis amigos haría lo que hiciera falta. Y si tengo que volver a partirme la cara, lo haré sin dudarlo.

—Es cierto que algunas familias han expresado su descontento —admitió el Sr. Asamiya—.

Pero somos buenos amigos de la familia Koishikawa, y creemos en la palabra de Seiya.

Nos ha dicho que tienes buen fondo, y hoy lo has demostrado con creces.

Nadie quiere recurrir a la violencia, pero a veces las circunstancias no dejan alternativa.

—Agradezco su hospitalidad —repuso John, incorporándose con un leve gesto de dolor—, pero debo marcharme. Seguro que Seiya está preocupado; es bastante sensible con estas cosas.

—Al menos abrígate, hace mucho frío —intervino la Sra. Asamiya con preocupación—. Tengo una chaqueta de mi marido.

—No se preocupe —declinó John con un atisbo de sonrisa—. No quiero estropearla con esta sangre. Además, el frío es lo último que siento ahora. Estaré en la pensión en cuestión de minutos.

Mientras se despedía, su mirada se posó en Kasumi, que lo observaba con los ojos aún húmedos.

—Descansa —le dijo, su voz suavizándose—. Mañana será otro día. Y recuerda: quédate solo con lo bueno de lo vivido.

—Gracias —susurró ella—. Aunque en realidad, eres tú quien más necesita descansar.

Los padres lo acompañaron hasta la puerta. Antes de que emprendiera la marcha, el Sr. Asamiya, como cabeza de familia, volvió a inclinarse ante él en señal de agradecimiento. No una, sino tres veces.

El viento nocturno azotó a John en cuanto salió, frío y penetrante.

Y entonces, en la soledad de la calle vacía, por fin comenzó a notar el peso de cada golpe recibido, cada moretón y cada corté en su cuerpo, ese mismo cuerpo ya tan acostumbrado a las peleas, pero que ahora sentía profundamente magullado y exhausto.

Pensión Hikari.

Al traspasar la puerta de la pensión, encontró a la familia completa reunida en el salón de visitas —ya nadie quedaba alojado en las mesas del bar—.

La mirada de John se posó de inmediato en Ai, cuyo rostro demudado y ojos hinchados delataban el llanto reprimido; la tensión acumulada había terminado por desbordarla.

Pero al verlo cruzar el umbral, su expresión se transformó.

Su madre, Yuki, no apartaba las manos de sus hombros, intentando infundirle un consuelo que ella misma parecía no tener.

Seiya fue el primero en reaccionar. Con cada paso que acortaba distancia, su semblante se nublaba más: la brecha en la frente, el pómulo amoratado, el labio partido, los nudillos destrozados y una constelación de moretones que se extendía bajo la sangre seca.

—¡Dios santo! —exclamó, con la voz quebrada—. Esto es mucho peor de lo que Ai me había contado.

—No dramatices —replicó John, desviando la mirada—. Solo ha sido una pelea más.

—¡En una pelea normal no se usan navajas! —replicó Seiya, elevando el tono.

—Míralo por el lado bueno: las chicas están a salvo y estas heridas sanarán pronto. Además, esos cinco pringados tampoco salieron bien parados.

—¿¡Cinco!? —palideció Seiya—. No estoy acostumbrado a estos sobresaltos…

Yuki apretó el brazo de su marido, cuyo rostro iba palideciendo por momentos.

—¡Tienes que ir al médico! —insistió Seiya, recuperando la firmeza.

—¿Al médico? ¿A estas horas? Mañana veremos.

—¡Ya está decidido! —intervino Ai, levantándose—. Fue lo primero que hice al llegar. Esas heridas necesitan puntos, y quién sabe si hay algo interno… Te vi recibir golpes terribles.

—¿Y quién va a atenderme a medianoche?

—¡No discutas! —cortó Ai con una autoridad inusual—. Iremos, y punto.

Seiya se sintió sorprendido por la determinación de su hija, cuya firmeza superaba incluso la suya propia. Él nunca había sido severo con los demás, y menos aún en situaciones tan tensas.

—Estás muy alterado, papá. Será mejor que te quedes aquí —propuso Ai con calma—. Yo acompañaré a John a casa del doctor.

—Está bien, hija mía —aceptó Seiya, resignado—. Pero mantenedme informado de lo que diga Ken, y no me ocultéis nada.

—Tranquilo, papá —respondió Ai con una sonrisa reconfortante—. Todo saldrá bien.

Mientras Yuki guiaba a su marido a la cocina para prepararle una tila que le calmara los nervios, Ai y John salieron a la calle.

La noche era profunda y silenciosa. John comenzó algo nervioso, como si las palabras le costaran salir de su boca.

—Siento haberte gritado antes —comenzó, rompiendo el silencio—. Estaba muy preocupado por ti. Si hubiera sabido dónde estabais, habría llegado antes.

—¿Te preocupabas por mí? —insinuó Ai, algo sorprendida—

—Quiero decir…por todas… —señaló, bajando la mirada algo ruborizado.

Ai sacó una pronunciada sonrisa.

—Eres muy tierno—. Pero ya has hecho más que suficiente, rescatándonos de esos salvajes. Estoy muy agradecida. Desde el principio, no me pareció buena idea entrar en el parque, pero Kaori insistió.

—La pobre es la que más ha sufrido —comentó John—. Kasumi me lo contó en su casa. Sus padres estaban profundamente preocupados.

—¿Por eso tardaste más en llegar?

—Así es. La familia Asamiya fue muy hospitalaria; además de té, me ofrecieron toallas limpias para las heridas.

—La verdad es que necesitas curarte bien —observó Ai, preocupada—. Esas heridas no tienen buen aspecto. Esperemos que el doctor no encuentre ninguna lesión interna.

De pronto, Ai se detuvo frente a una puerta de madera.

—¡Es aquí!

—¡Vaya! No sabía que el doctor viviera tan cerca de la pensión.

—¡Es el mejor! Atiende a toda la manzana y tiene su propia consulta privada. Es muy amigo de mi padre y ya está al tanto de lo ocurrido.

Nada más llamar, el doctor abrió la puerta. Parecía estar esperándolos. Al contemplar la gravedad de las heridas de John, les hizo pasar rápidamente a su consulta.

KEN SANJO: Edad 32 años. Cabello castaño y gafas graduadas. Médico titulado en varias disciplinas, muy respetado por todos sus pacientes. Exigente y muy disciplinado a la hora de exponer su criterio.

—Siento que tengamos que conocernos en estas circunstancias —dijo el doctor mientras guiaba a John al interior—. Pasa al fondo y quítate la camiseta. Esas heridas necesitan atención inmediata.

—Se lo agradezco.

Consulta del Doctor.

John se situó tras el biombo y se desprendió de la camiseta. El doctor encendió una lámpara clínica de gran tamaño y dirigió el haz de luz directamente hacia su torso.

Desde la puerta, Ai observaba con creciente ansiedad, deseando conocer el resultado del examen. Veía cómo el doctor palpaba con profesionalidad cada centímetro del cuerpo magullado, y hasta desde la distancia podían distinguirse los extensos hematomas y la expresión cada vez más grave del médico.

Ai no pudo contener la inquietud; se acercó lentamente hasta asomarse tras el biombo.

Al notar su mirada curiosa, John intentó aligerar la tensión con su humor característico.

—¿Cómo te atreves a espiar mi cuerpo desnudo?

Sin embargo, Ai no pudo evitar esbozar una sonrisa.

—¿A quién quieres engañar, Johnny? Medio Masaru te ha visto desnudo. Esa excusa no cuela.

John soltó una risa breve, aunque cargada de cansancio.

—No le haga caso, doctor —intervino Ai, volviéndose hacia el médico—. Siempre está con estas bromas. Ya irá conociéndolo mejor.

—Me alegra verte de tan buen humor, aunque la situación no sea la más propicia —comentó el doctor mientras continuaba su examen—. Estas contusiones son profundas, mañana notarás el cuerpo mucho más dolorido.

—Con humor todo se lleva mejor.

—¿Encuentra algo grave, doctor? —preguntó Ai, incapaz de disimular su preocupación—. Parece que no le duele nada.

—Estoy hecho de roble —insistió John—. Unos días de descanso y estaré como nuevo.

—¿Seguro que no estás mintiendo y haciendo de héroe?

—Tranquila, Ai —intervino el doctor con tono confidente—. Si tiene algún dolor, mis manos lo descubrirán. A ellas no se les puede engañar.

John dejó de bromear cuando el doctor comenzó a palparle el costado derecho. En realidad, le dolía. Y mucho. Trataba de evadirse pensando en otras cosas, pero cada presión del médico le hacía ver las estrellas. Ai no le quitaba ojo de encima, y percibía algo extraño en su mirada.

En un descuido, ella misma le tocó las costillas con la yema de los dedos. En ese instante inesperado, John emitió un quejido profundo e involuntario.

—¡Lo sabía! ¡Has estado mintiendo todo este tiempo!

—¡Oye! ¿Qué intentas, aprovecharte de mí? Se lo contaré a tu novio... a ver qué opina —replicó John, desviando la atención con una sonrisa forzada.

Ai resopló, todavía acalorada por su atrevimiento inesperado.