Curso Grado 12 Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

En el trayecto, solo el llanto de Kaori se escuchaba; de la mano, Kasumi la guiaba a marchas forzadas hasta la salida. Sin duda era la que más acelerada y nerviosa se mostraba. Lamentablemente, cerca de la cancela, Kaori tropezó, propiciando que su amiga cayera al suelo con ella.

Ai intentó levantar a Kaori de la arenisca, pero un agudo dolor en el tobillo le impedía incorporarse. Entre las dos lo intentaron sin obtener resultado alguno.

—Haz un esfuerzo, Kaori —señaló Kasumi muy angustiada—. Estamos cerca de la cancela y a punto de conseguirlo.

—Lo siento, pero no puedo. Me duele muchísimo el tobillo.

—Una vez salgamos a la calle principal podremos pedir ayuda —animó Ai a su amiga lastimada—. ¡Sólo un último esfuerzo!

Pero un sonido en los arbustos las atemorizó de nuevo. Ninguna era ya capaz de moverse, viendo cómo entre las hojas llegaban de nuevo esos salvajes. Sin embargo, fue el miedo lo que les hizo ver esa visión, y en realidad vieron aparecer a John, de rostro lastimado.

Ai contuvo un suspiro de alivio al verlo, pues un instante antes, su angustia había estado a punto de cuajarse en desesperación. Sin embargo, antes de que pudiera articular palabra, John, con el rostro desencajado por la furia, se acercó y la zarandeó por los hombros.

—¡Qué diablos hacéis todavía aquí! ¡Os dije que corrierais! ¡Pueden llegar en cualquier momento, maldita sea!

No obstante, al ver sus ojos vidriosos por el miedo, relajó su agarre; supo al instante que los nervios le habían sobrepasado. Ai solo alcanzaba a ver su rostro ensangrentado, enmarcado por esa mirada rabiosa que tanto detestaba.

John suavizó su expresión y se dirigió hacia Kaori. La joven seguía en el suelo, gimiendo; tenía la blusa rasgada y un terror que le calaba los huesos.

—¡Sube, rápido! Te llevaré a cuestas. ¡Saldremos de esta!

Kaori dejó de gimotear y, con ayuda de sus amigas, se encaramó a la espalda de John. Por fin, todos juntos se encaminaron hacia la cancela sin vacilar, sobrepasando los barrotes oxidados.

Por suerte, lograron cruzar la calle y alcanzar la plaza principal sin que ninguno de aquellos salvajes se interpusiera.

John fue precavido y no detuvo la marcha hasta haber sorteado varias calles escalonadas.

Solo entonces se permitió un descanso; el esfuerzo había sido excesivo y el peso a sus espaldas lo había dejado terriblemente debilitado.

John jadeaba, agachado y con las manos apoyadas en las rodillas. Ai podía ver cómo la sangre brotaba de su frente para después escurrir, lenta y pesada, sobre su camiseta.

—¡Estás herido! Tenemos que ir a un médico.

—Sólo son heridas. No hay tiempo para eso. Tenemos que continuar... cuando avancemos unos metros más, estaré más tranquilo.

Pero esta vez, Ai lo detuvo con un gesto firme. Se interpuso en su camino y le sujetó las manos con delicadeza. Al ver sus ojos angustiados, John relajó el gesto.

Luego, se dejó consolar por el pañuelo que le limpiaba la frente con suavidad. Era la sensación más placentera que había experimentado en medio de toda aquella brutal pelea.

John correspondió con una leve sonrisa. Las miró apenado; sus rostros eran de una inocencia asustadiza, igual que el suyo propio la primera vez que pisó los suburbios más turbios de la zona.

Kaori seguía gimoteando, aunque algo menos; Kasumi la sujetaba con fuerza para que no volviera a caer al suelo.

Podía vérsele la ropa interior a través de la blusa rasgada, y su cuerpo no dejaba de temblar, fuera por el miedo o por el frío que calaba los huesos.

Entonces, John se quitó la chaqueta y se la ofreció a Kaori, resguardando así su desnudez.

Ai no pudo evitar observar su camiseta de tirantes blanca, ahora manchada de sangre; también sus brazos amoratados y algunos cortes.

Incluso su labio presentaba una hinchazón que, en cuestión de minutos, estallaría en un hematoma.

De nuevo iniciaron el camino. Durante el trayecto, ninguno de ellos articuló palabra; solo Kaori, aferrada a la espalda de John, dejaba escapar un lamento ahogado de vez en cuando.

Pronto avistaron la Pensión Hikari, y justo en la puerta, se detuvieron de nuevo.

—¡Pediré ayuda a mi padre! —dijo Ai, observando con preocupación el estado de John.

—¡No lo hagas! Es tarde y no merece la pena preocuparle. Seguro que se sobresalta mucho —replicó él con firmeza—. Cuenta lo justo. Después, descansa; lo necesitas. Yo acompañaré a Kasumi y a Kaori hasta sus casas.

—Pero necesitas ayuda. Estás muy lastimado —insistió Ai, su voz cargada de angustia.

—Estas heridas ya no se curan con prisas. Me quedaría mucho más tranquilo si te veo entrar —argumentó John, su tono suavizándose un poco.

—Estaremos bien —intervino Kasumi, mirando el rostro consternado de su amiga—Te avisaré en cuanto lleguemos.

—Está bien. Pero no tardes; hace frío y esas heridas necesitan tratamiento —cedió Ai por fin.

Mientras se despedían frente a la casa Koishikawa, Kaori ya había puesto al corriente a sus padres de lo ocurrido a través de su teléfono.

Así, cuando minutos después el pequeño grupo llegó a la casa Ayanami, sus padres ya esperaban en la puerta, sus rostros pálidos e impregnados de una inquietud que el aire nocturno no lograba disipar.

Casa Ayanami.

JIN AYANAMI: Cabello pobre y con entradas. Padre de Kaori. Nervioso y meticuloso.

KAEDE AYANAMI: Cabello castaño largo. Madre de Kaori. Sensible y aprensiva.

Al contemplar a John herido, con su hija a cuestas, comprendieron al instante la gravedad de la situación. La mirada de ambos padres se posó en Kaori, en su blusa desgarrada, y el horror se apoderó de sus rostros.

De nuevo, las lágrimas inundaron los ojos de Kaori y, con un gemido quebrado, se arrojó en un efusivo abrazo contra su madre, quien la recibió estrujándola con fuerza, dolidísima por el suceso.

Su padre, Jin, se acercó también a consolarla, con el rostro pálido y una mano reconfortante sobre su hombro, mientras su mirada recorría los rostros demudados de los jóvenes amigos.

—Gracias —murmuró el padre, dirigiéndose a John con una voz cargada de emoción contenida—. Por traerla a casa.

John, con un gesto de incomodidad que no lograba disimular del todo, se limitó a inclinar levemente la cabeza.

—Fue lo mínimo —respondió con voz ronca—. Ahora debo disculparme, pero debo acompañar a Kasumi a su casa. Ella también... está muy afectada.

Educadamente, pero con firmeza, John desestimó cualquier otra ayuda que la familia Ayanami pudiera ofrecer.

Su prioridad ahora era asegurarse de que Kasumi llegara a salvo.

Con un último intercambio de miradas cargadas de un entendimiento silencioso, ambos jóvenes se volvieron y continuaron su camino, desapareciendo una vez más en la oscuridad acogedora de la noche.

Ambos reanudaron la marcha bajo la tenue luz de las farolas. Una fría brisa nocturna sacudía los árboles, haciéndoles estremecer. Kasumi caminaba en silencio junto a John, observando de reojo el perfil endurecido de su compañero.

—Cada vez que pasa el tiempo, tu labio se pone peor... —murmuró ella, rompiendo el mutismo—. Ahora está sangrando de nuevo.

—Lo peor será mañana, cuando el cuerpo se enfríe —respondió él con un esbozo de sonrisa que le tensó la herida, haciendo que frunciera el ceño—. Entonces sí que será divertido intentar salir de la cama.

—¡Eres increíble, Hole! No entiendo cómo puedes recurrir al humor en un momento como este. Lo más sorprendente es que logras sonreír. En cambio, yo... yo me siento horrible. No pude ayudar a Kaori cuando más me necesitaba... —su voz se quebró—Soy una cobarde.

John se detuvo y la miró con firmeza.

—No te castigues. Cualquiera en tu lugar habría reaccionado igual. El miedo solo se supera con experiencias, y la de hoy ha sido brutal. Cuando llevas unas cuantas peleas a tus espaldas, aprendes a verlo todo de otro modo. Y lo más sensato es buscar una razón para sonreír y dejar atrás lo malo.

—La gente del instituto piensa que eres un problema —confesó Kasumi, alzando por fin la vista hacia él—.

Pero en el fondo, no se han molestado en conocerte.

Yo sé que eres buena persona —le dijo con sinceridad—.

He visto cosas esta noche que me lo demuestran.

Lo de la chaqueta... fue un gesto muy noble.

John emitió un leve resuello, una mezcla de risa y dolor.

—Creo que ya va siendo hora de que dejes de llamarme Hole, ¿no te parece? —propuso, reanudando la caminata—. Hay confianza entre nosotros. Ya sé que en Japón sois muy respetuosos con los apellidos, pero yo te considero una buena amiga.

Kasumi lo miró con sorpresa, un cálido rubor tiñendo sus mejillas a pesar del frío.

—Está bien... John —aceptó, probando el nombre en voz baja, como si fuera un secreto—. Así lo haré.

Minutos después, se detenían frente a la casa de Kasumi. Una luz cálida se filtraba desde el interior, prometiendo la seguridad que tanto anhelaban.

—¿Vas a estar bien? —preguntó John, observando su rostro aún pálido por la conmoción.

Ella asintió.

—Sí... Gracias. Por todo.

Casa Asamiya.

TADASHI ASAMIYA: Cabello negro y perfilado. Padre de Kasumi. Muy reservado y educado.

AKANE ASAMIYA: Cabello ondulado. Madre de Kasumi. Servicial y amable.

En el porche de la casa esperaban los padres de Kasumi. La familia Ayanami ya les había informado de lo sucedido.

John pretendía marcharse; había concluido su tarea, aquella que se impuso desde el principio: ponerlas a todas a salvo.

Sin embargo, la Sra. Asamiya insistió en invitarle a pasar, argumentando que su estado físico así lo requería.

Finalmente, accedió a la invitación.

Un tanto consternados por su aspecto, no dudaron en proporcionarle una ayuda que él, esta vez, aceptó de buena gana. Después de todo, era lo mínimo que podían hacer. La Sra. Asamiya acompañó a John al baño y allí le facilitó toallas limpias y le indicó dónde estaba el botiquín.

Por su parte, el Sr. Asamiya preparó algo de té.