Capítulo 7 #2
Fue entonces cuando el miedo las paralizó por un instante…
y luego las impulsó a correr. Sin mediar palabra, emprendieron la huida, escuchando tras de sí las risas burlonas y los pasos irregulares del hombre que, afortunadamente, no pudo seguirlas.
Corrieron sin mirar atrás, con el corazón latiéndoles en el pecho y una sola idea en la mente: salir de allí.
Pub.
John era un tipo precavido, y un nudo en el estómago le advirtió que algo no estaba bien.
Desde que las chicas llegaron al pub, la noche no había salido como ellas esperaban, y ahora su partida abrupta, con las bebidas casi intactas, solo confirmaba sus sospechas.
Sin pensarlo dos veces, decidió terminar su turno en ese mismo instante.
No habían pasado ni diez minutos desde que se fueron.
Contrariado, salió a la calle fría de la noche. Respiró hondo, intentando calmarse. Quizás solo cambiaron de planes, pensó. Tal vez el tipo que esperaban las llevó a otro sitio. Pero no podía ignorar el presentimiento que le helaba la sangre.
El parque Hebi estaba cerca, y John conocía demasiado bien su reputación nocturna.
Un lugar donde las sombras cobraban vida y los problemas acechaban tras cada arbusto.
Aunque intentó convencerse de que estaba exagerando, sus propias experiencias en las calles le gritaban que no subestimara la situación.
Justo cuando iba a cruzar hacia la calle principal, una voz conocida lo detuvo. Era un cliente habitual del pub, que venía de la dirección del parque.
—¡Eh, Johnny! ¿Ya terminaste? —dijo el hombre, con una sonrisa burlona.
—Sí, algo me ha surgido —respondió John, con impaciencia—Oye, ¿has visto a tres chicas por aquí? Acaban de salir del pub y las he perdido de vista.
—¿También las has visto? —rio el hombre—. ¡Menuda suerte tienes! Podrías presentarme a alguna, están bastante buenas…
John no perdió el tiempo. Agarró al hombre por los hombros, con una fuerza que lo sobresaltó.
—¿Dónde las viste? —preguntó, con los ojos encendidos.
—¡Tranquilo, tío! —protestó el hombre, intentando zafarse—. Estaba con un colega cerca del parque. Al verlas, no pude evitar mirarlas… ¡esos culitos no se ven todos los días!
—¿Crees que entraron al parque? —insistió John, apretando la mandíbula.
—Parecía que sí, pero no sé… Hay que tener valor para meterse ahí de noche.
Sin esperar a que terminara, John soltó al hombre y echó a correr. Sus pies parecían tener vida propia, llevándolo en la dirección opuesta a la que había planeado. Cada zancada era un latido de miedo y urgencia. Sus mayores temores se hacían realidad.
Parque Hebi
—¡Nunca debimos entrar aquí! —gimió Kasumi, con la voz quebrada por el pánico—¡Estoy muerta de miedo!
—Por favor, intenta calmarte —suplicó Kaori, aunque su propio temblor delataba su terror—. Sé que me equivoqué, pero me estás poniendo más nerviosa.
—Aún nos queda un cuarto del camino para llegar a la calle principal —intervino Ai, intentando sonar firme—. Allí habrá más gente. Avancemos rápido.
Sus esperanzas se desvanecieron cuando tres figuras emergieron de entre los árboles, bloqueando el sendero adelante.
No llevaban insignias de ninguna banda, pero su actitud desafiante y sus miradas las traspasaron.
Eran jóvenes, tal vez no mucho mayores que ellas, pero con una oscuridad en los ojos que helaba la sangre.
Ai y sus amigas se detuvieron en seco. Por un instante, pensaron que podrían ser solo transeúntes, pero la forma en que se distribuyeron en el camino, cortándoles el paso, dejó claro que sus intenciones no eran buenas.
Decidida, Ai dio un paso al frente, protegiendo a sus amigas, que ya estaban al borde del colapso. Pero entonces, otros dos individuos aparecieron detrás de ellas, cerrando cualquier escape. Estaban atrapadas.
—Por favor… —tartamudeó Ai—, déjennos pasar. Tenemos prisa.
—¿Prisa? —rio el que parecía ser el líder, un joven de mirada gélida—. ¿Cuánto crees que tardaremos en “solucionar” esto?
Uno de los de atrás agregó, con una sonrisa obscena:
—Solo puedo pensar en esas falditas… y en lo que hay debajo.
Ai comprendió que no había salida fácil. Pensó en correr, pero el pánico había paralizado a Kasumi, cuyas piernas parecían de plomo. Kaori, aunque algo más lúcida, tampoco podía moverse.
—Me pido a la de la cola —dijo uno de los hombres, señalando a Kaori—. Esos muslos me vuelven loco.
—¿Qué ha querido decir con eso? —dijo Kaori muy asustada—
—Yo me quedo con la decidida —añadió el líder, clavando sus ojos en Ai—. Espero que seas tan valiente como aparentas.
—¿Y la otra? —preguntó un tercero.
—Déjenla para el final —respondió el líder—. Será divertido probar algo diferente para el postre.
De repente, un grito desgarrador cortó el aire: uno de los hombres se abalanzó sobre Kaori, derribándola al suelo. Mientras otro le arrancaba la blusa a la fuerza. Los gritos de Kaori se mezclaban con risas burlonas.
Ai, temblando, vio cómo el líder se acercaba a ella, con una navaja que jugueteaba cerca de su escote.
—No te preocupes por ella —dijo, con tono indiferente—. Tienes tus propios problemas. Podemos hacer esto fácil… o difícil. ¿Serás ruidosa como tu amiga, o harás lo que te pida?
Ya habían tumbado a Kaori en la arena y uno de ellos le manoseaba bruscamente el pecho. Las lágrimas nublaron la vista de Ai. Cerró los ojos, intentando evadirse en sus fantasías de finales felices, en esas historias de amor que tanto amaba. Pero un grito brutal la devolvió a la realidad.
El líder le ordenó que se arrodillara. Ella obedeció, sintiendo cómo la gravilla se clavaba en sus rodillas. Él se desabrochó el cinturón, y Ai supo que su pesadilla apenas comenzaba.
—Vas a probar un dulce caramelo—carcajeó detestablemente.
Fue entonces cuando un rugido atravesó la noche.
Al abrir los ojos, Ai vio cómo una sombra se movía con una velocidad brutal.
Un puntapié seco y preciso impactó en la entrepierna del cabecilla, que ya había bajado sus calzoncillos.
El hombre emitió un grito ahogado, doblándose sobre sí mismo como un insecto aplastado.
Lo siguiente que registró fue a John, con los nudillos ensangrentados, golpeando la boca del maleante con un crujido sordo.
Dientes saltaron como semillas escupidas, manchando de rojo la gravilla del suelo.
Ai se frotó los ojos, convencida de que era un sueño, una alucinación desesperada. Cuando se incorporó, tambaleante, la realidad la golpeó con toda su crudeza: John estaba allí, y había llegado para salvarlas.
Pero la lucha no había terminado. Al ver a su líder caer, uno de los vándalos soltó a Kaori y se abalanzó sobre John por la espalda, inmovilizándolo con un brazo alrededor del cuello.
Otro se acercó rápidamente y comenzó a golpearlo con saña en el estómago, luego en el rostro.
Cada impacto resonaba en el silencio de la noche, y la sangre comenzó a brotar de la nariz y la boca de John, tiñendo su piel de rojo.
Ai, paralizada por el horror, observaba cómo su salvador se desangraba ante sus ojos.
El miedo que sentía por sí misma se transformó en una angustia desgarradora por él.
John, a pesar de los golpes, no emitía un solo quejido.
Sus ojos, fijos en los de ella, transmitían una furia silenciosa y una determinación inquebrantable.
Enrabietado, John reaccionó con la ferocidad de un animal acorralado.
Usando ambas piernas, golpeó con fuerza el abdomen del vándalo que lo golpeaba, lanzándolo contra un árbol cercano.
El impacto fue brutal: una rama afilada se clavó en el costado del agresor, que cayó al suelo agonizando entre gritos ahogados.
John rodó por la gravilla, liberándose del que lo inmovilizaba por la espalda. En un movimiento fluido, se colocó encima de él y comenzó a golpearlo con rabia desatada. Los nudillos ensangrentados de John machacaban el rostro del vándalo, deformándolo con cada impacto.
—¡Salid de aquí, rápido! —rugió John, sin dejar de golpear—. ¡Corred hacia la salida!
Otro vándalo se abalanzó hacia él, pero John lo barrió con una patada baja, haciéndole tropezar y golpearse la cabeza contra el suelo. Un tercero intentó aprovechar la distracción, pero John lo recibió con una piedra que lanzó con precisión letal, partiéndole la frente.
Ai, con el corazón en un puño, se resistía a huir. ¿Cómo podía abandonarlo allí, solo y sangrando? Pero en esos segundos de duda, John logró recuperar el aliento, arrodillándose sobre la gravilla con esfuerzo.
Con determinación, Ai se dirigió a Kasumi, sacudiéndola suavemente para sacarla del trance. Juntas, levantaron a Kaori, quien seguía sumida en un mar de lágrimas y shock.
De pronto, una patada traicionera en el estómago envió a John volando por la gravilla.
No había visto al último vándalo acercarse.
Antes de que pudiera incorporarse, el hombre se lanzó sobre él, forcejeando por el control de una navaja que brillaba bajo la tenue luz de la luna.
El maleante se posicionó encima, presionando la cuchilla hacia el ojo de John, quien resistía con los brazos temblorosos mientras la punta se acercaba peligrosamente.
Ai frenó en seco. El cuchillo estaba a segundos de perforar el rostro de John. Iba a correr hacia él, pero un nuevo grito la detuvo.
—¡Marchad, maldita sea! —rugió John, con una furia que cortó el aire como un cuchillo.
Con un último esfuerzo, desvió el brazo del atacante y le golpeó la cara con la frente, creando el distanciamiento necesario.
Ai se estremeció al verle, ya que nunca lo había visto así de descontrolado; su frente dejaba caer un reguero de sangre que poco a poco se deslizaba por la mejilla.
—¡Pediremos ayuda! —le dijo.
Muy a su pesar y ejerciendo de líder, Ai guio a sus amigas rumbo a la salida del parque. Corrieron por la gravilla, dejando a John golpeando a los vándalos que se le acercaban. Pronto lo perdieron de vista, corriendo a través del camino.