Curso Grado 12 Capítulo 7
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Capítulo 7

“Nido de Serpientes”

Yokohama—Japón

Desde bien temprano, Ai recibió un mensaje de Kaori. Ilusionada, concretaron quedar en el banco de siempre, a medio camino al Masaru; se avecinaba un fin de semana prometedor.

Cuando Ai llegó, Kasumi y Kaori ya estaban sentadas, con sonrisas de complicidad.

La felicidad de Kaori era evidente: llevaba semanas intercambiando mensajes con Kato, un chico del mismo club de fútbol que Shun, aunque de otra clase.

Finalmente, él se había animado a proponer una cita, y Kaori, nerviosa pero emocionada, pidió a sus amigas que la acompañaran. No quería enfrentar ese momento sola.

Horas más tarde…

Centro Ciudad – Pub.

El timbre de la pensión Hikari sonó repetidas veces. Era Kaori, que esperaba en la calle junto a Kasumi. Ai se unió a ellas, y las tres, bien arregladas y con nervios contenidos, caminaron hacia el pub bajo la luz tenue del atardecer.

El local estaba animado, con música que invitaba a mover el cuerpo.

Llegaron temprano, ocuparon una mesa y pidieron refrescos.

Kaori, sin embargo, apenas podía concentrarse.

No dejaba de mirar su teléfono, intercambiando mensajes con Kato.

Solo cuando él confirmó que estaba en camino, respiró aliviada y volvió a prestar atención a sus amigas.

—Gracias por acompañarme —dijo, con una sonrisa nerviosa—La verdad es que estoy un poco agitada. Kato es bastante popular, y no sabía si vendría solo o con amigos. Me siento más segura con vosotras aquí.

—Nos alegra verte así —respondió Kasumi, con calidez—. Además, hacía tiempo que no teníamos una noche de chicas.

—¿No tuviste problemas para venir, Ai? —preguntó Kaori.

—Ninguno —contestó Ai—. Shun ha salido con sus amigos. Aproveché la ocasión.

Con el paso de los minutos, los vasos se fueron vaciando.

—Parece que tarda —comentó Kasumi, mirando hacia la entrada—. ¿Estás segura de que era este pub?

—Sí, dijo que vendría —afirmó Kaori, aunque un poco menos segura.

Un grupo en el escenario animaba el ambiente con canciones enérgicas. Los clientes seguían el ritmo con palmas y movimientos, y hasta Ai movía discretamente el pie bajo la mesa mientras sorbía su refresco.

El batería marcaba el compás, y el cantante, con una guitarra eléctrica, dominaba el escenario.

—Nunca había estado aquí —comentó Ai—. No sabía que ponían música en directo. La gente parece pasarlo bien.

—Siempre te ha gustado la música —recordó Kasumi—. Después de todo, estás en el coro del instituto.

Kaori dejó el teléfono y fijó la mirada en el escenario. De pronto, dio un codazo a Kasumi.

—¿Qué ocurre, Kaori?

—Serán imaginaciones mías, pero… ¿ese no es Hole?

El cantante había bajado del escenario y recorría las mesas, punteando su guitarra donde los clientes se lo pedían. Un grupo de chicos roqueros lo seguía, saltando al compás de los acordes.

—Sería mucha casualidad —dijo Ai, observando con atención—. Pero la verdad es que tiene mucho talento. El otro día vino al club y me dejó alucinada. Hasta la profesora Nanami quiso que se uniera.

—No me lo habías contado —replicó Kasumi—. Pero este chico tiene aún más descaro que Hole.

—Eso tiene solución —dijo Kaori, levantando la mano para llamar su atención.

—¿Qué haces? —susurró Kasumi, avergonzada—. Si lo llamas, vendrá hacia aquí y seremos el centro de atención de todos.

—Qué más da —respondió Kaori con un gesto de fastidio—. Además, estoy un poco aburrida de esperar a Kato. Está siendo muy impresentable, y eso que es nuestra primera cita.

—No te enfades —intentó calmarla Ai—. Seguro que viene pronto. Puede que no sea tan atrevido como aparenta.

En ese momento, los aplausos del público marcaron el final de la canción.

—Parece que el cantante nos está mirando fijamente —comentó Kasumi, nerviosa—. Creo que se acerca hacia aquí, y todo por tu culpa.

—A lo mejor le gustas —dijo Kaori, recuperando su tono pícaro—. Eres la única soltera aquí.

—¡Hablas como Karai! —replicó Kasumi, sonrojada—. Siempre tan interesada en mi vida privada.

(Risas)

El cantante se acercó con determinación, la guitarra colgada de la bandolera. Cuando estuvo a pocos metros, las chicas contuvieron la respiración: era John.

—¡Menuda sorpresa! —exclamó él, con una sonrisa amplia—. Por un momento pensé que estaba viendo un espejismo.

—¿Este es el pub donde trabajas los fines de semana? —preguntó Ai, aún sorprendida.

—Así es. ¿Cómo lo habéis sabido?

—Pura casualidad —respondió Kaori—. No sabía que tocabas en un grupo. Lo haces bastante bien.

—Soy una caja de sorpresas —rio John—. La verdad es que llamáis bastante la atención. Estáis guapas y bien conjuntadas.

Las chicas se sintieron halagadas por el piropo.

—Por cierto, ¿dónde has dejado al genio, Ai? —preguntó John con picardía—. ¿Te ha dejado salir sola?

—¡Qué gracioso! —respondió Ai, con ironía—. Esta noche es de chicas.

—¿Qué celebráis, si puede saberse? —insistió John.

—Estamos esperando a alguien… —contestó Kasumi, antes de que un codazo discreto de Kaori la interrumpiera.

—Entiendo —sonrió John—. Cosas de chicas. Bueno, sí vais a esperar, dejad que os traiga un refresco. ¡Invita la casa!

John repuso sus bebidas y, con un gesto amable, añadió:

—Si vais a estar mucho tiempo y no tenéis quién os acompañe luego, puedo acompañaros a casa. Mi turno termina pronto, y empieza a ser tarde.

—Estás muy amable hoy —comentó Ai, con curiosidad—. Algo raro hay en ti. Si nos quedamos un poco más, no nos importaría que lo hicieras, pero no queremos entorpecer tu trabajo.

—Tranquila, hay confianza —respondió John—. En este antro hago lo que me place.

Sin embargo, la noche se torció para Kaori. Minutos después, recibió un mensaje de Kato: no iría a la cita. Había preferido quedarse con sus amigos al otro lado del parque Hebi[20]. El rostro de Kaori se descompuso al instante.

—Tienes mal aspecto —dijo Kasumi, preocupada—. ¿Ha pasado algo?

—Ese idiota no viene —confesó Kaori, con voz temblorosa—. Ha preferido estar con sus amigos.

—Podía haber tenido el detalle de avisarte antes —comentó Ai, con indignación—. Ha sido un maleducado.

—No le des más vueltas —intentó consolarla Kasumi—. No merece la pena. Es un inmaduro.

—No importa —susurró Kaori, apenada—. Siento haberos hecho perder el tiempo.

—La verdad es que se ha hecho tarde —sugirió Kasumi—. Si quieres, nos vamos a casa. Ya hemos casi terminado los refrescos, y si John ha acabado, puede acompañarnos.

Pero el orgullo de Kaori habló más fuerte. Sentía que Kato se había burlado de ella y de la confianza de sus amigas. Con determinación, se levantó de la silla.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kasumi.

—He cambiado de opinión —declaró Kaori—. Voy a ir a ver a Kato y a decirle cuatro cosas delante de sus estúpidos amigos.

—¿Lo has pensado bien? —intentó razonar Ai—. No merece la pena. Además, puede que se ponga gallito con sus amigos. ¿Por qué no esperas a verlo en el Masaru?

—No os estoy pidiendo que me acompañéis —replicó Kaori, con firmeza—. ¡Iré sola si hace falta!

—No vamos a dejarte sola —intervino Kasumi—. Solo piénsalo bien. Podemos pedirle a John que nos acompañe, si así te sientes más segura. Si se lo pide Ai, seguro que acepta.

—No me gustaría meter a John en esto —dijo Ai, preocupada—. Ya sabes cómo es. Si le contamos lo ocurrido, no dudará en intervenir, y podría acabar mal.

—¡Iremos nosotras! —exclamó Kaori—. Kato es un impresentable, y esto no puede quedar así.

—Pero hay que atravesar toda la manzana para llegar —señaló Ai—. Tardaremos una eternidad.

—Conozco un atajo —respondió Kaori—. Si atravesamos el parque Hebi, llegaremos en poco tiempo. Nos ahorraremos caminar toda la manzana.

Sin más, se marcharon rápidamente, dejando las bebidas a medias sobre la mesa.

Con paso decidido, Kaori cruzó la calle, seguida de cerca por Ai y Kasumi, que intentaban no quedarse atrás. A pocos metros, vislumbraron la entrada al parque Hebi, con su férrea cancela oxidada que parecía darles una bienvenida sombría.

Mientras tanto, en el pub, John recogía vasos de otras mesas cuando notó el vacío en la mesa nueve. Se acercó, extrañado al ver las bebidas apenas tocadas y a sus amigas ausentes. Algo no olía bien.

Parque Hebi.

El parque era un lugar lleno de vida durante el día: estudiantes camino al instituto, familias paseando con niños que correteaban entre los columpios, parejas sentadas en bancos bajo el sol.

Pero de noche, ese mismo espacio se transformaba en un territorio sombrío, habitado por sombras que preferían la oscuridad.

Las luces de las farolas, escasas y parpadeantes apenas iluminaban los senderos, y el viento susurraba entre la maleza como un aviso.

Desde que cruzaron la cancela oxidada, un escalofrío recorrió la espalda de Kasumi.

—Nunca pensé que el parque Hebi por la noche fuese tan tétrico —murmuró, apretando el paso—. Desde que entramos, no dejo de tener escalofríos.

—Sé que no es agradable —reconoció Kaori, con una voz que intentaba sonar segura—, pero si aligeramos el paso, pronto estaremos al otro lado. El atajo habrá merecido la pena.

—Kaori tiene razón —añadió Ai, aunque su tono delataba la misma angustia—. Ya es tarde para dar la vuelta.

Avanzaban en fila, hombro con hombro, como si la cercanía física pudiera protegerlas de la oscuridad que las rodeaba.

Sus botas crujían sobre la gravilla, un sonido que parecía atraer miradas desde las sombras.

Bajo los árboles, figuras encorvadas —indigentes y personas perdidas en sus propios abismos— las observaban con ojos vidriosos.

Algunos, con jeringas aún clavadas en el brazo, las seguían con la mirada, como depredadores evaluando a sus presas.

Pero el verdadero susto llegó cuando pasaron junto a un banco cubierto de cartones. De repente, el montón se movió, y de entre los restos emergió un hombre tambaleante, con el rostro congestionado y las manos temblorosas extendidas hacia ellas.

—¡Eh, princesas! —gritó, con una voz ronca y ebria—. ¿Tan tarde y tan solas?