Capítulo 6 #2
—Nada, nada —respondió Shun, conteniendo la risa—. Es posible que hoy asistamos a algo digno de recordar. Aún no ha pasado nada interesante, pero eso está a punto de cambiar.
Nagano, impaciente, se acercó a Shun. Aunque no era de su clase, no podía esperar hasta la salida para enterarse. Shun le susurró la noticia al oído, y pronto ambos reían sin control.
—¿Alguien va a decir qué está pasando? —preguntó Karai, impaciente—. Nosotras también queremos reírnos.
—Está bien —dijo Shun, secándose una lágrima de risa—. Os lo contaré… Al parecer, el bueno de Hole olvidó su ropa limpia en clase y está esperando a que Kito se la lleve. Lo mejor de todo es que Kito no se la llevará.
—Eso está mal —protestó Ai—. Alguien debería llevarle la ropa. Es una situación vergonzosa.
—No voy a permitir que vayas al vestuario de chicos —replicó Shun con firmeza—. Que tenga más cuidado la próxima vez. ¡Es un descuidado!
—En ese caso, deberías llevársela tú —insistió Ai.
—¿En serio? No pienso hacerlo. Se burló de mí en el campo. Que apechugue con las consecuencias.
—¿No te vas, Nagano? —preguntó Karai, al ver que seguía en el aula.
—Todavía no —respondió él, con una sonrisa—. Esto promete. 10.000¥ a que Hole se presenta aquí sin la ropa…
—¡15.000¥ a que no! —apostó Shun, sumándose al juego.
—¡Estáis locos! —exclamó Kaori, escandalizada.
—¡Déjalos! —dijo Karai, con los ojos brillantes—. Están forrados.
Entonces Kasumi, al ver a Ai un tanto preocupada, intentó calmarla:
—¡No te agobies! Seguro que no vendrá. Se pondrá la ropa sucia y reclamará la limpia después.
—No sé… —dudó Ai—. Él puede ser algo impulsivo.
(Vestuario)
El tiempo se le echaba encima a John, quien veía con frustración que aquel al que había pedido ayuda no aparecía.
¿Qué podía esperar de alguien cercano a Miura?
, pensó. Pero se negaba a ponerse la ropa sudada después de haberse duchado.
Y descaro no le faltaba. Decidido, se anudó una toalla grande a la cintura —le llegaba hasta las rodillas—, calzó sus chanclas y, como último recurso, se colocó una toalla de mano sobre los hombros, cubriendo parcialmente su torso marcado.
Al asomarse a la puerta, comprobó que el pasillo estaba vacío.
Tenía la corazonada de que podría llegar a clase antes de que comenzara la lección.
(Pasillos - Primera Planta)
John respiró hondo y salió al pasillo. Caminaba con paso rápido y decidido, aprovechando la aparente calma. Pero al subir a la primera planta, todo cambió.
Los estudiantes que aguardaban frente a las aulas lo vieron avanzar con aquella indumentaria improvisada.
Las chicas se agolparon en las puertas, sus miradas fulgurantes recorriendo su pelo húmedo y alborotado, su torso definido bajo la toalla.
El disturbio se extendió como un reguero de pólvora: cabezas curiosas asomaban por cada ventanuco, como mosquitos atraídos por la luz en la noche.
John, lejos de avergonzarse, saludó con una sonrisa despreocupada. ¿Qué más podía hacer? Los chicos se burlaban, pero más de uno tuvo que arrastrar a sus novias de vuelta al aula, celosos de la atención que recibía.
Clase 12 J.
—¡No puede ser! —exclamó Shun, entre la incredulidad y la irritación.
—¡Son chicas alborotadas! —confirmó Nagano, con una sonrisa triunfal, sabiendo que su apuesta estaba a punto de dar frutos.
Las chicas que se asomaban curiosas a la puerta regresaban a sus asientos con las manos en la boca, sofocando risitas y miradas cómplices.
John avanzó entre el griterío, imperturbable…
Aunque el revuelo era general, nadie podía evitar admirar —o especular— sobre su descaro.
Sin ningún reparo, se dirigió a su pupitre.
La toalla que le cubría el torso dejaba entrever su espalda y abdominales marcados, y Karai, desde su asiento, no apartaba los ojos de él, esperando el momento perfecto para intervenir.
Kaori y Kasumi estaban visiblemente turbadas, mientras Ai, con las mejillas encendidas —igual que cuando lo vio salir de la ducha en la pensión—, intentaba no mirarlo directamente.
Nagano se acercó y dio una palmada amistosa en la espalda de John.
—¡Eres la leche, tío! —dijo, riendo—. Y gracias a ti, hoy soy mucho más rico.
Nagano salió de clase, satisfecho.
Shun, desde su pupitre, asumió su derrota económica, pero lo que más le quemaba era ver cómo John le robaba el protagonismo, gota a gota.
Karai, aprovechando un descuido, tomó la toalla que colgaba del cuello de John y, con un tirón rápido, la despojó de su torso. John se giró, y allí estaba la animadora, jugueteando con la prenda entre sus manos mientras lo observaba con descaro.
—Muy buena, Karai.
—Ahora estás mucho mejor —respondió ella—. Esta toalla me impedía disfrutar del espectáculo. —Sus ojos bajaron hasta su abdomen—. ¿No llevas nada bajo esa toalla?
—Una sorpresa grande —bromeó John, sin inmutarse.
Ai, ya sin poder contenerse, intervino:
—¡No seas grosero, John! ¿Cómo te has atrevido a venir así? ¡Todo el mundo te está mirando!
—No es culpa mía —replicó él, encogiéndose de hombros—. Pedí ayuda y me ignoraron. ¡La sonrisita de tu novio tiene la culpa!
—¡No me metas en tus líos, Hole! —rugió Shun—. Y la próxima vez, sé más consecuente.
John tomó su camiseta de la mochila, pero justo en ese momento, el grupo se dispersó en silencio. Al girarse, se encontró con la mirada helada de la profesora Takumi, cuya voz cortó el aire como un cuchillo:
—¡¿Qué diablos es esto?!
John rio, un punto nervioso.
—En mi defensa —intentó explicar, gesticulando—, he intentado que alguien me trajera la ropa, pero nadie me hizo caso.
—¿Sabes el alboroto que has causado? —replicó ella, con los ojos entornados—¡Las alumnas no hablan de otra cosa!
John se puso la camiseta a toda velocidad.
—¡Ve inmediatamente al vestuario! —ordenó Takumi—. Y ni se te ocurra ponerte los pantalones por el pasillo… ¡qué nos conocemos!
John salió del aula con la mochila al hombro, mientras un silencio incómodo se instalaba en la clase. El carácter de la profesora era temido, y nadie se atrevía a moverse.
A los pocos minutos, John regresó, ya completamente vestido.
—Quiero disculparme por lo ocurrido —dijo, con tono serio—. Pero una duda me atormenta… ¿el director se enterará de esto?
—Lo extraño sería que no lo supiera ya —respondió Takumi, con sequedad—. ¡El exhibicionismo no está bien visto en esta institución!
—¡Qué exagerada! —protestó John, recuperando su actitud desafiante—. ¿Y si resuelvo ese enigma de la pizarra? ¿Lo dejará pasar?
—¿Me estás retando para zanjar el problema?
—Más o menos.
Ai observaba con incredulidad el descaro de John. ¿De verdad creía que podría librarse de un castigo con solo resolver un problema? Lo que no sabía era si su inteligencia estaría a la altura de su audacia.
Enrabietada, la profesora Takumi borró el enigma de la pizarra con movimientos bruscos y escribió otro mucho más complejo, lleno de símbolos y funciones entrelazadas que parecían desafiar la lógica.
—¡Resuélvelo y no diré nada! —retó, con una sonrisa fría, segura de que esta vez no podría salirse con la suya—. Pero si no lo haces, pediré tu expulsión inmediata del instituto.
Un silencio pesado cayó sobre el aula. Todos contenían la respiración, conscientes de la gravedad de la amenaza.
Hasta John tragó saliva, sintiendo el peso de su propia temeridad.
Con paso firme, avanzó hacia la pizarra, tomó la tiza y clavó la mirada en el enigma.
La matriz era intrincada, casi despiadada en su diseño.
No había duda: Takumi quería verlo fuera.
Pero, contra todo pronóstico, sus dedos comenzaron a moverse con seguridad. Trazó líneas, despejó incógnitas, simplificó funciones con una fluidez que parecía imposible. Los minutos se extendieron, pero él no vaciló. Y entonces, con un último trazo firme, rodeó la solución.
La profesora Takumi se quedó inmóvil, observando la pizarra con los ojos entreabiertos.
No solo había resuelto el problema, lo había hecho con una elegancia y precisión que dejaba en evidencia incluso a los mejores alumnos.
Un murmullo de asombro recorrió el aula.
John había vuelto a hacerlo: convertir el caos en triunfo.
El transcurso de las clases prosiguió con normalidad, y el sonido de la campana marcó el fin de la jornada estudiantil.
El sonido del timbre de tarde marcó el inicio de una nueva fase en el Instituto Masaru: la dedicada a los clubes estudiantiles.
Cada alumno, con determinación, se dirigió a su respectiva actividad, ya fuera deportiva o cultural, buscando pulir sus habilidades y destacar en aquello que más les apasionaba.
John y su recién formado equipo, los Washinosuke, se reunieron en uno de los campos de tierra disponibles, lejos del césped impecable y las instalaciones de primer nivel que disfrutaban los equipos federados.
Aunque el contraste era evidente, la motivación no flaqueaba.
Mientras peloteaban con un balón gastado, no podían evitar mirar de reojo a los miembros del Ryunosuke, con sus equipaciones impecables y entrenamientos estructurados.
Esa plaza federada, esa única oportunidad de acceder a los recursos del instituto, se había convertido en su obsesión.
Las tardes en el Masaru se transformaban en un hervidero de actividad.
Cada pista, cada campo, cada espacio estaba ocupado por estudiantes entregados a su pasión.
Quienes no se inclinaban por el deporte, llenaban las aulas con debates, proyectos artísticos o sesiones de clubes como el de Go, ajedrez o matemáticas.
Era un ecosistema de esfuerzo y superación.
Al terminar la jornada, John, con el cuerpo cansado pero el espíritu satisfecho, se dirigió a los vestuarios.
Esta vez, con la lección bien aprendida, no olvidó su ropa limpia.
Bajo el agua caliente de la ducha, sintió cómo se liberaba de la fatiga física, pero también de la pesadez de un pasado que, poco a poco, empezaba a ceder ante la posibilidad de un futuro distinto.
[vestuario de chicas]