Curso Grado 12 Capítulo 5 #7
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Capítulo 5 #7

Ai miró su reloj: eran las siete de la tarde.

Con determinación, se dirigió hacia la recepción y luego subió las escaleras.

Nerviosa, avanzó por el pasillo mientras repasaba mentalmente cómo abordar a John sin despertar sus burlas.

Según sus amigas, estaba de buen humor, pero después del incidente en el patio, no podía estar segura de su reacción.

Frente a la puerta, tomó aire y llamó dos veces con decisión. Esperó unos segundos, pero no hubo respuesta. Justo cuando se disponía a llamar por tercera vez, la puerta se abrió de repente.

Quedó consternada al verlo: el pelo alborotado y todavía húmedo, el torso desnudo y marcado, y solo una toalla blanca ceñida a su cintura, cubriendo apenas lo esencial.

Sus ojos, casi por voluntad propia, recorrieron su cuerpo de arriba abajo antes de que el calor le subiera de golpe a las mejillas, tiñéndolas de un rojo intenso.

Ruborizada, Ai bajó la mirada, intentando evitar aquellos abdominales definidos, aunque no pudo evitar notar el volumen que se insinuaba bajo la toalla. Inclinándose rápidamente en un saludo de cortesía, balbuceó:

—¡Disculpa! No debería haber…

Sin terminar la frase, dio media vuelta y comenzó a caminar rápidamente por el pasillo, deseando que el suelo se la tragara.

—¡Ai, espera! —la voz de John sonó detrás de ella, pero ella no se detuvo—. ¡Oye!

Él avanzó unos pasos y, con suavidad, tomó su brazo para detenerla.

—Perdona —dijo, con un tono más calmado—. Acababa de salir de la ducha. Hoy fue un día largo en la lavandería.

Ai alzó la vista con cautela y vio que ya se había puesto una camiseta holgada, aunque el pelo seguía húmedo y rebelde.

—Lo siento… debería haber avisado —murmuró, sin atreverse a sostener su mirada por mucho tiempo.

—¡Tranquila! —John sonrió, intentando aliviar la tensión—. Hay confianza. Además, no creo que sea la primera vez que ves a un hombre desnudo, ¿no?

La broma, en lugar de relajarla, hizo que el rubor de Ai se intensificara hasta arder.

Sin decir una palabra más, giró sobre sus talones y se marchó con pasos rápidos y decididos hacia su habitación, dejando a John con una sonrisa a medio formar y la sensación de que, tal vez, había ido un paso demasiado lejos.

Pensión Hikari

Habitación.

Ai respiraba entrecortadamente, aún con el rostro encendido.

El comentario de John le había dolido más de lo que esperaba.

Aunque siempre había sido popular y segura de sí misma en el instituto, en el fondo su corazón guardaba una visión del amor distinta a la de muchas de sus amigas.

Para ella, el amor no era un juego ni un pasatiempo; era algo puro, idealizado, como esas historias de cuentos y novelas románticas que devoraba en secreto.

Al alzar la vista, su mirada se posó en el calendario colgado en la pared.

Un día estaba marcado en rojo intenso: su cumpleaños, cuando cumpliría 18 años.

No era solo una celebración más; era el día que había elegido para dar un paso significativo en su relación con Shun.

Había decidido que ese sería el momento en que perdería su virginidad, un acto que había meditado, soñado y planeado hasta el último detalle.

En su mente, todo debía ser perfecto: el ambiente, la conexión, la emoción...

como en esas escenas que tanto admiraba.

El comentario de John —“no creo que sea la primera vez que ves a un hombre desnudo, ¿no?”— resonaba con un eco irónico.

Era el mismo tipo de observación que hacían algunas compañeras más experimentadas, aquellas que menospreciaban a quienes, como ella, esperaban el momento “ideal”.

“Solo las mojigatas esperan”, solían decir.

“Hay que vivir el presente, disfrutar del cuerpo sin ataduras.” Pero Ai no quería eso para sí misma.

Quería que su primera vez fuera especial, memorable, llena de significado, no un simple accidente o un momento incómodo.

Aunque herida, intentó ser justa. John no podía saberlo. Para él, solo era una broma torpe, un comentario sin malicia. No era culpa suya que, sin querer, hubiera tocado una fibra tan sensible.

Suspiró y se dejó caer sobre la cama, mirando el techo. A pesar de todo, una parte de ella sabía que, quizás, era hora de aceptar que no todos entendían su manera de ver las cosas… y que estaba bien que así fuera.

Ai se levantó de la cama con determinación. Las palabras de John aún resonaban en su mente, y un impulso repentino la llevó a plantarse de nuevo frente a su habitación. Esta vez le demostraría que no era una niñata.

Llamó a la puerta con firmeza, esta vez sin titubear.

John abrió la puerta en pocos segundos, y ella lo miró fijamente, con convicción. Estaba completamente vestido, pero Ai se había prometido que, incluso si volvía a aparecer semidesnudo, no apartaría la vista.

—Ah, ¿eres tú de nuevo? —preguntó John con una sonrisa burlona—. ¿Querías algo o vas a salir corriendo otra vez?

—Quiero que me dejes entrar —respondió Ai, con un tono cortante.

—Vaya... adelante —dijo él, haciéndole paso con un gesto de la mano, claramente sorprendido.

Ai entró y cerró la puerta detrás de ella.

—Había venido para que me ayudaras con un ejercicio de clase. Es una matriz engorrosa que me está volviendo loca.

John carcajeó.

—¿Con lo desagradable que has estado conmigo, ahora me pides ayuda?

—Te di un bofetón porque te lo merecías —replicó Ai, sin inmutarse—. En realidad, eres tú quien me debe un favor. Si no fuera por mí, ahora estarías expulsado y en la calle.

—Vale, relaja un poquito —dijo John, acercándose—. Esta nueva faceta tuya me gusta bastante más.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Ai, sintiendo cómo la seguridad comenzaba a flaquear.

John la miró de arriba abajo, deteniéndose descaradamente en su pecho. Ai notó su mirada y, aunque intentó mantenerse firme, no pudo evitar ruborizarse.

—Mi cara está arriba, ¿sabes? ¡Pervertido!

—Venga, Ai —rio John, sin inmutarse—. Tú puedes mirarme el “paquete”, y yo no puedo recrearme con la vista. Sé que lo has disfrutado.

En ese momento, la valentía de Ai se desvaneció. La fachada que había construido se quebró, y solo pudo balbucear:

—¿Qué dices?

John se acercó lentamente, arrinconándola contra la pared. Cuando Ai intentó escapar, él la detuvo, sujetándole las manos con firmeza y fijándola en su lugar. El aire en la habitación se volvió pesado, cargado de una tensión que ya no podía ignorarse.

John, con una sonrisa pícara y ojos oscuros por el deseo, deslizó su mano bajo la blusa de Ai, palmeando su torso hasta encontrar el sujetador. Sus dedos se cerraron alrededor de uno de sus pechos, y un estremecimiento recorrió su espina dorsal.

—Tengo novio —logró decir ella, con la voz entrecortada, más como un susurro automático que como una verdadera protesta.

—Eso a mí me importa muy poco —respondió John, con un tono bajo y seguro, mientras su otra mano se deslizaba sin prisa bajo su falda, acariciando la piel sensible de sus muslos.

Ai sintió cómo una oleada de calor la invadía cuando sus dedos comenzaban a frotar suavemente justo en el centro de su entrepierna, sobre la tela de sus bragas.

Era una sensación extraña, prohibida, pero profundamente excitante.

Su cuerpo respondía contra su voluntad, arqueándose ligeramente hacia él.

—¿Ves? —murmuró John acercando sus labios a su oído—. A juzgar por lo mojada que estás, diría que te está gustando mucho más de lo que quieres admitir.

Ai abrió los ojos, sorprendida por sus propias reacciones. En lugar de empujarlo o huir, se encontraba anclada en el lugar, esperando con ansiedad lo que vendría después.

Con un movimiento hábil, John introdujo sus dedos bajo la tela de sus bragas, encontrando ya un calor húmedo. Comenzó a mover los dedos con suavidad, trazando círculos precisos, y pronto el sonido bajo y húmedo de sus fluidos se hizo audible. Ai gimió, una ola de placer inesperado la dominaba.

—No pares… —suplicó, con la voz quebrada, rindiéndose por completo a la sensación.

Pero entonces, John frenó. Con un movimiento brusco, le dio la vuelta y la empujó contra la pared.

Ai oyó el ruido del cierre de sus pantalones al desabrocharse.

Con un gesto rápido, le levantó la falda y le bajó las bragas hasta los tobillos, dejando su trasero al descubierto.

Él se acomodó detrás de ella, y Ai cerró los ojos, conteniendo la respiración, esperando, deseando con cada fibra de su ser el momento del contacto…

Ai se despertó de golpe, jadeando, con el corazón latiendo a un ritmo frenético en su pecho. La habitación estaba a oscuras, y la única luz provenía de la luna que se filtraba por la ventana.

Estaba tumbada en su cama, completamente vestida con su uniforme, el cuaderno de matemáticas aún abierto a su lado.

Todo había sido un sueño. Un sueño vívido, intenso y perturbadoramente real.

Nunca salió de su habitación. Se quedó dormida sobre los problemas de álgebra, y su subconsciente tejió una fantasía que ahora la dejaba ruborizada, confundida y con un eco de aquel placer imaginario aun recorriéndole la piel.

Respiraba hondo, intentando calmarse, mientras se preguntaba qué demonios estaba pasando por su cabeza.

Desde su habitación, John había estado algo distraído.

La visita inesperada de Ai, seguida de su rápida retirada, dejó en él una curiosidad persistente.

Sabía que ella necesitaba algo, aunque no estaba seguro de qué.

Decidió acercarse a la vivienda de los Koishikawa.

Aunque el reloj marcaba las nueve, no le importó.

Se descalzó educadamente en la entrada, colocando sus zapatillas junto a otros pares.

En el salón, Yuki lo recibió con una sonrisa gentil y le indicó dónde estaba la habitación de Ai.

Subió las escaleras y se detuvo frente a una puerta decorada con un letrero en forma de corazón que llevaba el nombre de Ai escrito en el centro.