Capítulo 5
“Metamorfosis”
Yokohama—Japón
Pensión Hikari
La hora del desayuno estaba impuesta en la pensión, y muchos de los inquilinos disfrutaban de la mano culinaria de Yuki. Mientras, Seiya atendía en la barra, y Ai se preparaba para la salida al Kōtōgakkō, aunque antes su madre le obsequió con el almuerzo.
Algo impaciente, aguardaba la llegada de John. No comprendía por qué de nuevo tenía que esperarle para partir al instituto, pero se lo había prometido a su padre después del desánimo del primer día y su posible abandono estudiantil.
Sobre las escaleras aguardaba, un tanto nerviosa, sin dejar de mirar hacia el primer piso sin resultado alguno.
—¡Se retrasa de nuevo, papá! ¡Tiene que ser más responsable!
Desde la barra, Seiya le quitaba importancia.
—Estará a punto de bajar... dale solo un minuto...
Con mirada perdida, Ai observaba el suelo sobre la moqueta roja, pero enseguida escuchó unos pasos firmes en la escalera. Estaba deseando reprender a John por haberla hecho esperar de nuevo. Sin embargo, cuando alzó la mirada, enmudeció al instante, y el enfado se le olvidó por completo.
Lo vio bajar despacio, totalmente uniformado.
Su rostro estaba cuidado: llevaba el pelo corto engominado, con el flequillo alzado y bien definido, y aquellos ojos azules que ahora brillaban con intensidad.
Su sonrisa era visible, sin rastro de barba, revelando unos labios finos y sonrosados. Realmente estaba bueno.
Ai nunca creyó que, debajo de aquel aspecto descuidado, pudiera esconderse un chico tan apuesto y elegante.
John se acercó a ella y, risueño, le dirigió la mirada.
—¿Estoy guapo?
Ai aún estaba sonrojada. Incluso podía percibir su perfume de cerca. Apenas escuchaba, dejándose llevar por aquellos intensos ojos azules y su rostro angelical.
—Sí —dijo, dándose cuenta demasiado tarde de la seriedad de la pregunta, y reaccionó rápidamente—. Quiero decir... que sí, estás muy elegante... digo, muy cambiado.
—La verdad es que me queda bastante bien este uniforme, e incluso se adapta a mi figura —comentó John con naturalidad.
Efectivamente, Ai se sentía embelesada. Podía notar su anatomía definida bajo el ajustado uniforme, lo que le dotaba de una elegancia inesperada. Por más que lo observaba, no podía creerlo. Solo pensaba en la reacción que tendrían sus amigas y en cómo esto alteraría los rumores en el Kōtōgakkō.
Pero su madre cortó la imaginación de la adolescente.
—¡Impresionante! —le aduló Yuki—. Pareces un verdadero universitario... atractivo y elegante.
—¡Por favor, mamá...! —protestó Ai, ruborizada—. Me cuesta escucharte decir esas cosas... pareces una adolescente.
—La verdad es que estaba un tanto descuidado —reconoció John—, y en los últimos meses me había abandonado bastante. ¡No permitiré que me vuelvan a llamar pordiosero!
Ai le observaba detenidamente. Él era diferente ahora, y sí parecía un universitario; su porte elegante lo definía con una seriedad que antes no tenía. Era como un ángel renacido, alguien que podía rivalizar —o incluso superar— en belleza a Shun o Yuu.
Ella seguía sumida en sus fantasías más íntimas, hasta que su padre irrumpió en la escena, uniéndose también a las alabanzas hacia John como nunca lo había hecho con otro hombre.
Ambos dejaron la pensión rumbo al instituto.
Ai sentía un nerviosismo que no había experimentado el día anterior; tragaba saliva una y otra vez y apretaba con fuerza el maletín sobre su regazo.
Volvía a sentirse incómoda, pero esta vez no era por la presencia de John, sino por no poder dejar de admirar su rostro cada vez que lo miraba de reojo.
A su lado, John caminaba en silencio, manteniendo un paso a la par con ella.
Fue él quien, esta vez, rompió el hielo:
—¿Qué, te gusto?
Ai se estremeció, sorprendida.
—¿Cómo? ¿A qué viene esa pregunta?
—Lo digo porque no dejas de mirarme de reojo —respondió John con una sonrisa—Parece que es la primera vez que ves a un hombre. Deberías ver tu cara de ingenua.
—¡No es eso, idiota! —replicó Ai, sintiendo que el calor le subía a las mejillas—. Es que no esperaba semejante cambio... te observo y aún no me lo creo...
—¡Eres una superficial! —rio él—. Pero sigo siendo el mismo de ayer... aunque más guapo, incluso que tú.
Ai agudizó la mirada y, con gesto amargo, le espetó:
—Veo que la grosería no la has cambiado para nada... sigues siendo ¡un borde, Hole! Y ahora, además, un engreído. ¡Era lo que te faltaba!
—Ahora que lo pienso —dijo John, riendo con tranquilidad—, puedo encajar perfectamente en tu instituto de pedantes.
Ai no pudo evitar reír, contagiada por su comentario.
Oye... ¿podrías dejar de llamarme por mi apellido? —pidió él, cambiando de tono—. Sé que en vuestra cultura es lo respetuoso, pero yo prefiero llamarte por tu nombre. Hay confianza, ¿no?
—Lo siento, es la costumbre —admitió Ai—. Pero, dado que vamos a vernos continuamente, lo haré. Aún no imagino la cara de mis amigas cuando te vean... así que solo te pido que no montes ningún numerito. ¡Qué nos conocemos!
—¡No te prometo nada!
Al llegar al punto de encuentro, Kasumi y Kaori ya esperaban en el banco. Al verlos acercarse, se levantaron y se acercaron con timidez, observando con curiosidad al chico apuesto que acompañaba a su amiga. Ai las saludó con energía, aunque no pudo ocultar su sonrojo.
En voz baja, Kaori no dudó en preguntar:
—Ai, ¿quién es ese chico? ¡Está increíble!
Ambas se escandalizaron cuando Ai les susurró la respuesta.
Sin embargo, como había ocurrido el día anterior, Karai Matsumoto hizo acto de presencia. Con su andar dicharachero, se acercó al grupo y, nada más fijarse en el imponente acompañante de Ai, no tardó en desplegar su descaro característico.
—¡Menudo macizo has traído! —exclamó Karai, clavando sus ojos en John—. Esto sí que es un chico guapo, y no el andrajoso que trajiste ayer. Que por cierto... ¿dónde está hoy? Da igual, no me interesa —se respondió a sí misma, sin dejar hablar a una Ai que intentaba explicarse, roja de vergüenza.
¡Míralo, ahí calladito! —continuó Karai, observando a John de pies a cabeza—Parece bastante tímido. Por su rostro, parece... europeo o americano. ¡Ya lo sé! Es un chico de intercambio, por eso lleva nuestro mismo uniforme. ¡Normalmente no se me escapa uno tan guapo! ¡Los tengo a todos fichados!
Ai era incapaz de articular palabra, y sus amigas, igual de avergonzadas, solo miraban al suelo. John, por su parte, parecía estar disfrutando de la situación, esperando el momento justo para asestar el golpe final.
Decidida, Karai se acercó a él.
—No me entiendes... ¿verdad? No te preocupes, yo te quitaré esa timidez de un golpe. Saludaré como los occidentales.
Con descaro, tomó el rostro de John y le dio dos besos sonoros, uno en cada mejilla.
Al separarse, John esbozó una sonrisa. Ya se había hecho el tonto demasiado tiempo. Sin dudarlo, se acercó a ella tanto que Karai, por primera vez, se sintió intimidada. Pudo oler su perfume, casi sentir su respiración, y aquellos intensos ojos azules le dejaron claro su error.
—¡Buenos días, Matsumoto! —dijo John, risueño y disfrutando cada segundo—Habla el andrajoso de ayer...
Podría hacer de esto una gran burla y reírme de ello todo el día, pero ¿sabes?
En realidad, no lo voy a hacer... ya que en el fondo me das lástima.
Si pudieras verte la cara ahora mismo, lo comprenderías. Solo diré una cosa...
—¿Qué dirás? —titubeó Karai, sonrojada y sin apartar la mirada de sus labios.
John la miró fijamente a los ojos, acercó sus dedos y, con un gesto dócil, acarició suavemente sus labios, dejándola estremecida.
—Nos vemos en clase, descarada. John sonrió, se adelantó y se despidió con la mano alzada. No cotilleéis mucho...
Karai respiró aliviada de que no la hubiera humillado como esperaba después de lo ocurrido el día anterior. Sus amigas reían sin control.
—¡Sois unas zorras! —replicó Karai, riendo también—. ¡Podríais haberme avisado! Incluso me he puesto roja...
—¡La culpa es tuya, Karai! —objetó Kaori, aún entre risas—. Ai intentó avisarte, pero no callabas.
—¿Pero lo habéis visto bien? —preguntó Karai, recuperando su actitud—. Parece otra persona... parece un universitario macizorro.
—Esa misma cara se me quedó a mí esta mañana cuando lo vi bajar las escaleras —confesó Ai, riendo—. ¡No podía dejar de mirarle!
—Dios, ¡cómo me ha puesto! —exclamó Karai, bajando la voz—. Creo que he mojado las bragas...
—¡Qué descarada, Karai! —carcajeó Kasumi.
—He estado a punto de besarle de verdad, de meterle la lengua, pero me he cortado... —susurró Karai—. ¡No volverá a pasar!
—¡No creo que vuelvas a tener otra oportunidad así! —dijo Kaori—. Después de cómo lo has tratado...
—¡Es verdad! Lo tengo crudo...
—¿Creí haberte escuchado que no le dejarías tocar esas tetas? —recordó Kaori, riendo.
—Estas dos serán mi pasaporte para su conquista —afirmó Karai, tocándose los pechos con orgullo—. (Risas)
—¿Has pensado en la repercusión que tendrá esto en clase? —preguntó Kasumi, más seria—. No creo que Miura se lo tome muy bien...
Ai mostró un semblante apesadumbrado.
—Es verdad, no había caído en eso.
—Hole podría rivalizar con él o con Yagami... —comentó Kaori con sinceridad.
—Yo diría que es más guapo que ambos juntos —insistió Karai, todavía bajo el hechizo de su encuentro—
Instituto Masaru.
Clase 12 J
Los alumnos comenzaron a llegar al aula y fueron ocupando sus pupitres. Ai tomó asiento mientras conversaba en voz baja con Kasumi, sentada justo detrás de ella. Shun, situado delante de Ai, todavía ignoraba la noticia que pronto sacudiría a toda la clase.
—¿Todavía no ha llegado? —preguntó Kasumi en un susurro.
—No. Y creo que lo hace aposta —respondió Ai, con un deje de exasperación—¡Salió antes que nosotras y aún no ha aparecido! Seguro que quiere reclamar todo el protagonismo.
Karai, desde tres filas más atrás, se llevó ambas manos a la boca a modo de megáfono ficticio y anunció:
—¡Esto promete!