Capítulo 4 #4
Las risas de algunos compañeros se extendieron por el aula. Karai también rio, contagiada por el ambiente.
—Pues a mí me parece buen tipo —defendió Makoto, apretando los puños bajo la mesa.
—¡Míralo qué parlanchín! —Shun no cedía—. Desde que ha hecho amigos se ha venido arriba...
—¡No te burles, Miura! —exclamó Kasumi, volviéndose hacia él—. Makoto solo está expresando su opinión. Y respecto a lo de Sasaki y que él empezó la pelea... yo le creo.
Makoto se sonrojó al recibir su apoyo.
—Gracias, Asamiya.
—¡Mira que rojo se ha puesto! —soltó Nagano— Seguro que esta noche se la casca pensando en ella.
—¡Espabila un poco! —Shun lanzó una mirada cargada de intención—. De lo contrario, Nagano acabará quitándotela.
Kasumi se enrojeció al instante y bajó la mirada hacia su pupitre, bastante avergonzada.
—¡No te metas en asuntos ajenos! —replicó Ai, dirigiéndose a Shun con un tono cortante.
Shun solo rio, pero no añadió nada más, dejando que un silencio incómodo se instalara en la clase.
En lo referente al amor, Ai siempre fantaseaba con un final idílico, pues su fanatismo por las novelas románticas así se lo habían mostrado.
En realidad, era un secreto a voces que Makoto amaba a Kasumi, pero nunca tuvo el valor de confesárselo.
Ambos se conocían desde la primaria, pero poco a poco su amistad se fue distanciando cuando Kasumi ingresó en el grupo de los más populares.
Por otro lado, Nagano, más avispado y seguro de sí mismo, no dejaba escapar ninguna ocasión para invitarla a salir, creando una tensión silenciosa que todos en la clase percibían.
La profesora accedió a la clase. De inmediato, los alumnos se volvieron disciplinados, ocupando sus asientos con sumisión y atendiendo a las indicaciones con la actitud formal característica del Instituto Masaru.
Una hora más tarde...
Dirección.
John aporreó la puerta del director y se adentró en el despacho.
Al fondo, Akira Tanaka lo aguardaba sentado en su sillón, con las manos entrecruzadas sosteniendo su barbilla y una expresión serrada.
Sus ojos, fijos y penetrantes, intimidaron a John, quien por un momento presagió una mala calificación.
El silencio y la tensión hicieron que el recién llegado se acongojara; no soportaba tanta incertidumbre.
De pronto, Akira se alzó de un movimiento brusco y golpeó la mesa con fuerza. Sobre ella colocó un uniforme nuevo, aún empaquetado en plástico transparente.
—¡Enhorabuena! —anunció el director, con un tono que ahora sonaba casi orgulloso—. No esperaba menos de ti... Has dejado la palabra de Seiya bien alto.
—¿Eso significa que he aprobado? —preguntó John, todavía con cautela.
—Con excelente calificación —confirmó Akira—. Desde hoy estarás en el Kōtōgakkō, grado 12.
John respiró aliviado; por un instante, se había visto mentalmente sentado entre los niños de la Shōgakkō.
—Estarás en la clase J —continuó el director—.
La hija de Seiya cursa en ésta, y esto te ayudará en la adaptación —aclaró con pragmatismo—.
Siempre es bueno observar una cara conocida.
Este es el uniforme, corre de cuenta del Instituto, y esto otro...
—añadió, sacando un manual y colocándolo junto al uniforme— son las bases y normas que has de leer detenidamente.
La disciplina es muy importante aquí. Ya que quedan pocas horas para que acabe la jornada de la mañana —prosiguió Akira—, puedes dirigirte a la clase y familiarizarte con los profesores y alumnos.
Esta notificación firmada acredita tu admisión. ¿Queda claro?
—Muy bien explicado, señor Tanaka —respondió John, asintiendo con respeto mientras tomaba el uniforme y los documentos, sintiendo por primera vez desde su llegada al Masaru que una puerta se abría definitivamente hacia un futuro menos incierto.
Clase 12 J.
El sonido de la puerta interrumpió las enseñanzas de la profesora. Con disposición, la Srta. Takumi ordenó la entrada. Los alumnos quedaron absortos cuando vieron a John penetrar en clase; solo Makoto parecía alegrarse sinceramente por su llegada.
Sin mediar palabra, John extendió la nota de admisión a la profesora. Megumi Takumi, con sus gafas negras de pasta y el cabello recogido en un moño impecable, leyó el documento detenidamente antes de asentir con formalidad.
MEGUMI TAKUMI: Edad: 30 años. Profesora cualificada y tutora de la clase J. Impartía clases en el Kōtōgakkō, ante todo en el grado 12. Enseñaba materias variadas, siendo su especialidad, las Matemáticas.
—Bienvenido al grado 12 J —anunció con voz clara, aunque sin perder su tono estricto—. Espero que sigas las normas y contribuyas al ambiente de estudio.
Los balbuceos entre los estudiantes eran evidentes, especialmente los de Shun, quien, indignado, no podía creer que hubieran admitido a John.
Ai, por su parte, sentía que el destino le jugaba una mala pasada: de todas las clases, ¡tenía que tocarle la suya!
Mientras, John parecía permanecer ausente, como si la situación no le afectara en lo más mínimo.
Él se dirigió hacia un pupitre vacío cuando la profesora lo detuvo con una voz firme:
—Ya que eres nuevo en esta institución y parece que no dominas bien la cultura—comentó la profesora Takumi con tono pedagógico pero firme—, te diré que aquí es costumbre presentarse a la clase para mejorar la relación entre compañeros...
John retrocedió y se colocó frente a la pizarra. Todos aguardaban en silencio, expectantes.
—Buenos días... —comenzó, con un tono un tanto titubeante—. Mi nombre es John Hole y he superado la prueba de acceso al Kōtōgakkō... se me ha asignado esta clase...
—¡Me impresionas, Hole! —interrumpió la profesora con una sonrisa delgada—Se ve que dominas la lengua bastante bien... —hizo una pausa—. Pero... ¿de dónde eres?
John permaneció pensativo unos segundos, sintiendo el peso de las miradas.
—Soy... japonés.
Unas risas contenidas, luego abiertas, recorrieron el aula. Solo Ai permaneció en silencio; ella no toleraba las faltas de respeto, pero tampoco podía evitar sentir una punzada de incomodidad.
—¿Has querido decir que tienes la nacionalidad? —insistió Takumi, ajustándose las gafas—. ¿O has nacido en Japón?
—¡Ese careto no es nipón! —exclamó uno de los alumnos desde el fondo, desatando nuevas risas.
La profesora golpeó su mesa con una regla.
—¡Silencio! —volvió a implantar el orden—. Continua, John.
John tragó saliva. Ai observaba con preocupación, esperando que no respondiera con una de sus groserías. Sin embargo, John, recordando fragmentos de un pasado borroso y consciente de su dominio del inglés, respondió con determinación:
—¡inglés! Provengo del Reino Unido —dijo, buscando salir del paso—. Y hasta hace poco, vivía en el Reformatorio Nozomi... —añadió, ahora con más fluidez, aunque evitando detalles que no podía recordar.
Ai bajó la cabeza y cubrió su rostro con su cabello. Los nervios la invadían, sabiendo que John estaba a punto de ¡soltar la bomba!
Los murmullos habían comenzado al pronunciar la palabra "reformatorio", pero cesaron de inmediato cuando añadió lo que ninguno imaginaba:
—¡Y vivo en la Pensión Hikari con la familia Koishikawa! —remarcó con firmeza.
El silencio se hizo de pronto, y unos segundos después... el escándalo.
Ai, avergonzada, se tapó el rostro con las manos, sintiendo el peso de las miradas de sus compañeros mientras clavaba la vista en su cuaderno. Sus amigas estaban tan sorprendidas como el resto de la clase, pero sin duda quien no reaccionaba era Shun, petrificado, incapaz de articular palabra.
Takumi volvió a alzar la voz, y todos callaron de nuevo.
—¿Es eso cierto, Koishikawa? —preguntó la profesora, con sorpresa genuina.
Durante unos segundos, Ai permaneció en silencio, luchando por encontrar las palabras
—Bueno... en realidad... está viviendo en la pensión... —dijo, titubeante—. No... en mi casa.
—¿Pero el Sr. Koishikawa se ha hecho cargo de él? ¿Es su tutor?
—Puede decirse que sí —admitió Ai, con una sonrisa nerviosa—. La verdad es que ha sido muy repentino, y ni yo misma me lo creo todavía. Es conocido de mi padre y le ha ofrecido una oportunidad para reinsertarse.
—En ese caso, bienvenido —concluyó la profesora, señalando con el dedo hacia el fondo del aula—. Puedes acceder al pupitre del fondo.
Lentamente, John se adentró entre los pupitres. En el camino, recibió la mirada indignada de Shun, que, aunque intentaba parecer indiferente, no podía ocultar su desaprobación. Detrás de él, Ai seguía cabizbaja, sintiendo el peso de las miradas curiosas y los murmullos susurrados de sus compañeros.
John se sentó en el pupitre del fondo, el lugar que de ahora en adelante sería su nuevo ámbito de trabajo.
Minutos más tarde...
La clase permanecía atenta a las indicaciones de la profesora.
Todos se concentraban, intentando comprender el engorroso cálculo lineal e integral: operaciones con matrices, geometría y funciones.
El álgebra lineal era una tarea pendiente para muchos, y si no ponían la máxima atención, tendrían serios problemas para superarla.
Sin embargo, a John parecía resultarle sencillo.
Sin duda, le sonaba de algo toda esa sucesión de números y signos cambiantes.
No comprendía por qué, pero intuía que estaba relacionado con haber aprobado la prueba de acceso sin apenas esfuerzo.
¿Quizás sus conocimientos académicos nunca fueron dañados por el accidente?
Entonces, John apartó la vista de la pizarra y se distrajo observando por la ventana.
Contemplaba los patios, a los alumnos correteando por las pistas deportivas, y fantaseaba con la idea de pisar ese césped, de sentir la libertad de correr algún día.
Pero un nítido zumbido en sus oídos, repetido e insistente, lo sacó de su ensueño.
Cuando reaccionó, se dio cuenta de que la profesora lo llamaba desde hacía varios segundos, y toda la clase lo observaba en un silencio incómodo.
—¿Qué ocurre? ¿Acaso estaba haciendo algo malo?