Curso Grado 12 Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—¡No te metas en líos!

—¡Ahora podéis cotillear todo lo que queráis! —alzó la mano en un gesto de despedida sin mirar atrás, mientras continuaba su camino.

Karai, con una mezcla de indignación y respeto, murmuró:

—Este tío es más cabrón que yo... ha conseguido intimidarme...

—Eso no es nada, Karai —corroboró Ai—. Puede llegar a ser muy molesto.

—A pesar de llevar esas pintas de pordiosero... —reflexionó Karai en voz alta— lo único bueno eran esos ojazos azules. Aunque más quisiera él aspirar a tocar estas tetas.

—¡Eres una zorra, Karai! —replicó Kaori entre risas—. No pierdes el tiempo, ¿eh?

El grupo estalló en carcajadas, aliviando la tensión, aunque Ai no pudo evitar lanzar una última mirada preocupada en la dirección que había tomado John.

Instituto Masaru.

Nada más cruzar las puertas del instituto, John pudo contemplar otro ambiente, algo distinto... El griterío de los alumnos otorgaba un sentido armonioso al patio, lleno de grupos que charlaban animadamente bajo el sol de la mañana.

Pronto notó el peso de las miradas sobre él; miradas curiosas, otras abiertamente críticas, que seguían su figura con desconfianza. No estaban acostumbrados a ver a alguien con un aspecto tan humilde y descuidado entre sus pasillos.

Sin inmutarse visiblemente, John continuó avanzando y cruzó el patio. Su atención, sin embargo, pronto se desvió hacia las instalaciones deportivas: las pulcras pistas de tenis, el campo de arena bien delimitado... y más allá, un campo de fútbol de césped natural que relucía bajo la luz.

Nunca había visto uno tan bien cuidado, y por un instante, se olvidó de las miradas ajenas. Un deseo profundo y casi instintivo surgió en él: pisar ese césped, sentir su textura bajo los pies, correr como si no hubiera un mañana.

Tras recorrer varios pasillos y recibir miradas que evitaban encontrarse con las suyas, John llegó por fin a la puerta de dirección. Con un golpe firme llamó a la puerta.

—Adelante —respondió una voz grave desde el interior.

Al abrir la puerta, se encontró con un hombre de mediana edad, espalda recta y mirada penetrante sentado tras un escritorio ordenado. Era Akira Tanaka, director del Instituto Masaru.

AKIRA TANAKA: Director del centro. Recto y exigente. Profesor titulado y respetuoso con los alumnos, no se dejaba influenciar por los estatus sociales. Su única norma era el respeto a la institución y la eficacia en el trabajo, valorando mucho las calificaciones de los alumnos.

—¡Buenos días! Debes de ser John Hole... Seiya me ha hablado mucho de ti. —El director mantuvo una expresión neutra, sin inmutarse por la apariencia de John—. Pareces sorprendido. ¿No esperabas tal cosa?

—Es el primero en no inmutarse con mi llegada —reconoció John—. Y parece no importarle mi aspecto... Sr. Tanaka.

—Buena educación, es un comienzo —asintió Akira—.

El aspecto es importante, sobre todo en este instituto.

Pero no califico a mis alumnos por su forma de vestir o el dinero que posean sus familias.

¡Sólo me interesan sus notas! —declaró con firmeza—.

Tendrás dos horas para realizar la prueba de acceso, y lo harás aquí, en mi despacho.

—Perdone... ¿Ahora mismo? —preguntó John, algo nervioso—. El sistema japonés es una educación diferente...

—¿Me estás replicando? —cambió el tono del director, volviéndose más estricto—Quiero probar tu inteligencia ahora y lo harás con un examen de diversas materias...

y en japonés, por supuesto. No querrás dejar a Seiya en evidencia, ¿verdad?

Dijo que eras bastante inteligente... y como para entrar en el grado 12.

John resopló suavemente.

—Seiya suele ser muy entusiasta y tiende a exagerar demasiado.

Akira lo observó con seriedad.

—¿No querrás entrar con los niños de la Shōgakkō[6]?

—Ah... No creo que eso pueda ser posible... ¿no? —dudó John.

—Aquí en Japón no determinamos a las personas por su edad, sino por sus conocimientos —respondió el director con severidad—. Si tienes una inteligencia de un niño de cinco años, no me temblará la mano para colocarte en una silla junto a ellos.

John se acongojó. Referente a la educación, Akira parecía ser bastante estricto; incluso tenía el examen preparado en la mesa.

Desesperado, se colocó en un amplio pupitre y se limitó a escoger uno de los lápices. Con decisión, el director le entregó la hoja volviéndose a sentar en su sillón. Entonces sincronizó el reloj de su muñeca y se quedó mirándole detenidamente; no haría otra cosa hasta que no acabase el examen.

Resignado, John tomó aire... antes de ponerse a escribir...

(Dos horas después...)

John dejó de escribir. En esas horas no había parado, algo bastante sorprendente.

Por alguna razón, sus conocimientos eran bastante buenos y la pérdida de memoria no había afectado a su intelecto.

Tan solo la caligrafía dejaba algo que desear, pero viniendo de alguien que había aprendido un nuevo idioma en tan poco tiempo, seguro que se lo dejaban pasar.

Akira tomó el examen.

—En una hora vuelve a visitarme, tendré la respuesta...

—¿Tan rápido?

—Soy muy eficiente cuando quiero y no hago perder el tiempo a mis alumnos con lo referente a la educación —respondió con voz firme—. ¡El tiempo es valioso! —añadió, alzando ligeramente la voz—. Y de entrar... ya llegas tarde. ¡El curso ya ha empezado el segundo trimestre!

—Está bien—murmuró levemente.

—Pasea un poco y conoce el Instituto... te vendrá bien.

—Como quiera... lo veré después, Sr. Tanaka.

Aún aturdido, John dejó el despacho del director.

Pasillos. Aulas.

Con entereza, John se dispuso a pasear por los pasillos. Bajando las escaleras llegó a la primera planta, donde grupos de alumnos comenzaban a cambiar de clase, abriendo y cerrando taquillas con prisas estudiantiles.

Pronto comprendió que la calle no era muy diferente al Kōtōgakkō: aquí también existían jerarquías invisibles. Por un lado, los populares, seguros de sí mismos y aclamados; por el otro, los marginados, aquellos que por algún motivo no encajaban en la élite estudiantil.

En ese momento, su atención se fijó en un grupo de alumnos con chaquetas distintivas —probablemente de algún club— que acosaban a un chico más pequeño.

Le arrebataban su estuche, pasándoselo de uno a otro mientras él saltaba inútilmente intentando recuperarlo.

Las risas burlonas crecían, y la humillación del muchacho era palpable.

Justo cuando uno de los abusones lanzó el estuche hacia otro compañero, John se interpuso con un salto preciso, atrapándolo al vuelo. El silencio cayó de repente sobre el grupo.

—¿Quién mierdas eres tú? —preguntó el líder, un joven alto con el cabello corto y una chaqueta que llevaba bordada la palabra "CAPITÁN".

John ignoró la pregunta y extendió el estuche hacia el chico acosado, que lo tomó con manos temblorosas.

El capitán, Sasaki, se acercó con paso firme, confiado en su autoridad. Cuando intentó agarrar a John por el hombro, recibió un empujón seco que lo hizo retroceder a marchas forzadas.

RIKI SASAKI: Edad: 18 años. Cabello negro, con mechas rubio platino. Arrogante y confiado. Cursaba el grado 12 F en el Kōtōgakkō, en el Instituto Masaru. Capitán del Club de Judo. Cinturón Marrón. Apodado “el fuerte”, y se servía de su condición ventajosa para intimidar a los más débiles.

Sorprendido, Sasaki fijó la mirada en John, evaluándole minuciosamente. Enseguida pudo darse cuenta de que no era un tipo corriente. Lo sabía por esa mirada firme que irradiaba una confianza serena pero descarada, sin rastro de miedo ni sumisión.

Aun así, esa actitud no hizo más que irritar al judoca, acostumbrado a que los demás cedieran ante su presencia. Con los puños apretados y la mandíbula tensa, dio un paso al frente, desafiante.

—Parece que tienes huevos, ¿eh? —replicó Sasaki con desprecio— ¿Acaso sabes quién soy, muerto de hambre? No te va a gustar lo que va a pasar…

Sus compañeros de equipo se cerraron alrededor de él, formando un muro de apoyo intimidante.

John no retrocedió. Su semblante se mantuvo frío, pero sus ojos reflejaban una advertencia clara.

—Un tío que piensa que es intocable —respondió con voz calmada pero firme—Aunque solo eres un cualquiera. ¿Sabes? Odio a la gente como tú.

—Debes ser el nuevo —sonrió burlonamente Sasaki—. Ese del que se rumorea en clase, el indigente...

En ese momento, el muchacho que había sufrido el abuso se interpuso con voz temblorosa.

—¡Vamos! Dejémoslo estar... solo ha sido un malentendido —dijo, intentando restarle importancia—. Se ve que es nuevo y no conoce nuestros juegos.

—Esto no va así, pringado —Sasaki lo empujó con fuerza, haciéndole perder el equilibrio—. El nuevo debe aprender rápido quién manda en estas aulas.

Las risas burlonas del grupo resonaron en el pasillo.

—Seguro que puedes hacer una excepción. Por favor... —insistió el chico, recuperando el equilibrio con dificultad.

MAKOTO AOYAMA: Edad: 17 años. Cabello castaño y corto.

Tímido y reservado. Familia respetable, aunque por juntarse con compañeros un tanto frikis se le había excluido del grupo popular.

No se oponía a nada, ni se quejaba, odiaba los problemas y acababa recibiendo las burlas de otros más fuertes.

Cursaba el grado 12 J en el Kōtōgakkō, en el Instituto Masaru e inscrito en el Club de Manualidades.

John apartó a Makoto con un gesto, colocándose firmemente entre él y el grupo de Sasaki. El chico, incrédulo, se separó del grupo y se limitó a observar, acostumbrado a evitar los conflictos en lugar de afrontarlos.

—¡El nuevo se pone gallito! —rugió Sasaki—. Pero conmigo eso no funciona... ¡Soy Riki, el capitán del Club de Judo! Y te pisaré la cabeza sin dudarlo.

—Sólo eres un idiota —respondió John con desprecio, sin alterar su postura.

Los alumnos se agolpaban alrededor, expectantes, mientras la tensión crecía y una pelea parecía inevitable.