Curso Grado 12 Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—No tiene por qué disculparse, Sra. Koishikawa —respondió John con respeto, inclinando levemente la cabeza—. En realidad, no quiero causar problemas, y solo seguí las indicaciones de Sasuke, el director del centro. También estoy un poco asombrado con la decisión de Seiya.

Ai estaba apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una mirada resentida que no ocultaba su desaprobación.

En ese instante, la puerta principal se abrió y apareció Seiya, con el rostro iluminado por una sonrisa amplia y sincera. Su llegada pareció cambiar por completo la energía de la habitación.

Entusiasmado, Seiya se dirigió hasta John y le dio un cálido abrazo.

—¡Veo que ya conoces a mi familia! Te mostraré la habitación y acordaremos las normas.

—Seiya, no quiero ser grosero —respondió John con cautela—, pero creo que has sido algo irresponsable al no avisar a tu familia de mi llegada. Pensaba que ya lo habías hecho. Y, ante todo, no quiero causar problemas...

—¡Soy un descuidado! —rio Seiya, restándole importancia—. Y he estado liado con el trabajo.

Ai se acercó con pasos firmes, el ceño fruncido.

—¡Has sido un despreocupado, papá! No avisar de algo tan importante. Hasta él mismo se ha dado cuenta de que esto es un poco raro ¡Y se ha extrañado de tu hospitalidad!

—Cómo ves... —intervino Yuki con suavidad—, nuestra hija no se lo ha tomado muy bien.

—Creo que lo mejor sería que recapacitaras y lo pensases mejor —remarcó Ai—. Esto no es una buena idea.

Pero entonces, Seiya alzó la voz, con una firmeza que sorprendió a todos:

—¡Basta, Ai!

El tono no era agresivo, pero sí cargado de una autoridad que ninguno le conocía.

Era la primera vez que se la enfrentaba así, pues siempre había adoptado una actitud cariñosa y permisiva con su familia.

Hasta John se sorprendió por ese carácter repentino, sin duda una sorpresa, ya que nunca pensó que albergara esa firmeza en su interior.

—John se queda —declaró Seiya, mirando a cada uno de ellos—.

Esto no es una discusión, es una decisión.

No todo el mundo ha tenido una vida placentera, ni familias que le paguen todo como tus amigos del Kōtōgakkō.

Hay gente que ha sufrido mucho en la calle y merece una oportunidad.

¡Deja de ser tan egoísta y piensa un poco en los demás!

Ai agachó la cabeza, ruborizada y con los ojos vidriosos. Nunca había visto a su padre alzarle la voz de esa manera. En el fondo, sabía que tenía razón: no había sido tolerante, y se había dejado llevar por la sorpresa, estallando sin medir las consecuencias.

—Siento mucho mi comportamiento —murmuró Ai, dirigiendo una mirada sincera a John—. Quizás no estuve a la altura y me dejé llevar por mi temperamento.

—No tienes por qué disculparte —respondió John con suavidad—. Te ruego que aceptes las mías. En realidad, he sido un poco borde... debí haber afrontado mejor la situación.

Después de zanjar los malentendidos, las aguas volvieron a su cauce. Una calma tensa pero esperanzadora se instaló en la recepción.

El hostelero guio a John hasta las escaleras. Subieron a la primera planta, donde el pasillo, iluminado por una luz tenue, desprendía un aroma a madera limpia y tranquilidad. Seiya se detuvo frente a una puerta de madera clara y la abrió con un gesto ceremonioso.

—Esta —anunció con calidez— será tu habitación a partir de ahora.

Habitación N.º 13.

John dejó la mochila al lado de la puerta del dormitorio.

La habitación era sencilla pero acogedora, con un futón ordenado en el suelo y una mesita baja junto a una ventana que dejaba entrever la luna.

Un pequeño baño se adivinaba tras una puerta corredera semiabierta, y desde el comedor interior se accedía a un balcón estrecho que daba al tejado, conectando visualmente con el resto de las habitaciones de la primera planta.

—Agradezco lo que has hecho por mí —dijo John, recorriendo el espacio con la mirada—. La verdad es que cuando me lo dijo Sasuke no lo creía ciertamente... Y aún ahora sigo sin entender el por qué lo has hecho...

Seiya sonrió, con esa expresión cálida que parecía disipar cualquier sombra de duda.

—Me gusta ayudar a los demás. Ya lo sabes... —respondió, mientras se apoyaba suavemente en el marco de la puerta—. Sé que soy algo blando y seguramente no esté preparado para controlar tu temperamento —admitió, sincerándose—.

Pero tengo planes, y si eres consecuente con ello, sin duda tendrás recompensa. ¡Sólo tienes que poner empeño!

—Suelo respetar a los que me respetan, y te prometo que intentaré controlar mi carácter…

—Estoy convencido —asintió Seiya con una sonrisa serena.

—¿Qué planes tienes para mí? —preguntó John, cruzando los brazos mientras observaba el balcón iluminado por la luz tenue de la luna.

—Necesito a alguien que arregle mis máquinas —explicó Seiya, entusiasmado—¡Tengo la sala de la lavandería hecha un desastre! Con lo manitas que eres, seguro que no tienes problemas. Además, también podrás ayudar con el reparto o en el bar. Así te costearás la pensión y la comida.

John asintió lentamente, evaluando las responsabilidades.

Seiya continuó, con un tono más reflexivo:

—También he hablado con el director del Kōtōgakkō; es muy buen amigo mío.

Quiero que hagas una prueba de acceso. Eres inteligente, y por edad puedes acceder a un curso similar al de mi hija.

Aunque seas mayor, por conocimientos pueden adecuarte un hueco en clase.

No quiero que descuides la educación, y puedes enriquecerte apuntándote a algún club; hay muchos deportes y hobbies.

Aunque de eso ya te informará mejor Akira.

—Eres un buen hombre, Seiya. Y hasta ahora nadie se había preocupado desinteresadamente por mí... todos buscaban algo.

—Sé que será difícil tu adaptación, ya que vienes de un lugar problemático. Pero estoy convencido de que puedes conseguirlo.

—Gracias.

Seiya se marchaba de la habitación, aunque antes de salir frenó el paso volviéndose de nuevo.

—Por cierto... Intenta arreglarte un poco, el Kōtōgakkō suele ser disciplinado. Mejorar tu imagen te ayudará.

—Claro. La verdad es que me he descuidado últimamente. No habrá problemas.

Seiya bajó a la recepción y cerró la puerta de entrada de la pensión.

Después entró en la cocina, siguiendo el pasillo hasta acceder a su vivienda: un adosado de dos plantas donde la familia Koishikawa residía.

El contraste entre el espacio público de la pensión y el privado del hogar era sutil pero evidente: aquí los detalles eran más personales, las paredes estaban adornadas con fotografías familiares y el aire olía a jazmín del pequeño jardín interior.

Al pasar junto al salón, vio a Yuki doblando ropa cerca de la ventana y a Ai sentada en el sofá, aún con expresión pensativa. Un nudo de preocupación y esperanza se anudó en su pecho mientras subía las escaleras hacia su dormitorio. Esta decisión, lo sabía, cambiaría sus vidas para siempre.

Apesadumbrada, Ai se encontraba en su habitación, aun intentando resolver en su libreta la ecuación de sus tareas. Al ver a su padre en la puerta, soltó el lápiz y le prestó atención.

—Siento haberte gritado antes —dijo Seiya, con voz suave—. No tenía intención de hacerte sentir mal. Pero John necesita ayuda, y tengo que intentar enderezarlo. Sabes que me desvivo por los demás.

—Lo sé, papá —respondió Ai, jugueteando con el borde de la libreta—. Es que todo esto me ha cogido algo desprevenida. Nunca me contáis nada... y sinceramente no le conoces mucho. ¿Qué me puedes contar de él?

—Sólo sé que pierde el control con mucha facilidad, pero solo lo hace cuando ve alguna injusticia... en eso se parece mucho a ti. —Seiya sonrió con ternura—. Solo ha estado influenciado por mala gente y necesita algo de cariño.

—No será peligroso, ¿no? —preguntó Ai, con cierta inquietud—. Puedes meterte en un gran lío.

—¡Qué va! —la tranquilizó él—. Pero quiero que le eches un vistazo. Mañana hará una prueba de acceso en el Masaru.

—¿¡Cómo!? Ya se me había olvidado... —exclamó Ai, desesperada—. ¿Entonces es cierto que irá a mí mismo instituto? Y encima mañana se reanudan las clases después del parón veraniego.

—Eso espero. Y quiero que le acompañes hasta que se adapte.

—¡Pero, papá! Mis amigos me verán con él y harán preguntas... Seré la comidilla del Masaru. ¿Y qué pensará Shun de todo esto?

—¡No repliques! —dijo Seiya con firmeza, aunque sin dureza—. Solo será hasta que conozca el camino y haga amigos. ¡Necesitará apoyo!

—Pues como sea igual de borde que conmigo, no va a hacer ninguno —refunfuñó Ai—. Y si dices que pierde la compostura con facilidad, es capaz de pelearse con alguno de ellos... suelen ser muy crueles con los más débiles.

—Pues échale un ojo —repitió Seiya, suavizando el tono—. Sólo te pido un poco de paciencia.

—¡Verás! Al final me meto en un lío por sus groserías. Solo aviso...

—Todo saldrá bien... estoy seguro. Seiya se acercó y le ofreció un beso en la frente.

—¡Hasta mañana, papá! Que descanses.