Capítulo 3 #2
Con decisión, John se colocó frente al mostrador. La joven alzó la vista desde su libreta, pero su reacción no fue la que él esperaba. Al verlo, se estremeció levemente: no anticipaba semejante aspecto descuidado. Estaba acostumbrada a los chicos adinerados y de buenas familias de la Kōtōgakkō[5].
Sus ojos se abrieron un instante, sorprendidos, y apretó inconscientemente el lápiz que sostenía. Aunque intentó disimularlo rápidamente, John notó el gesto de recelo.
—Buenas noches. Estoy buscando al Sr. Koishikawa... él me ha citado aquí.
—Bienvenido a la pensión Hikari —respondió ella con educación, dejando escapar una sonrisa amable pero un tanto tensa—. Ahora mismo no se encuentra aquí, pues ha salido. Pero... no se preocupe, puedo atenderle yo misma.
—Bueno... en realidad... —John dudó, sintiendo cómo la incomodidad crecía entre ellos— me sentiría mucho más cómodo tratando directamente con él.
—¿Tiene... algún problema? —preguntó ella, con una ceja ligeramente arqueada—. Dígame su nombre...
John resopló en demasía. La situación no le parecía muy usual, y estaba claro que Seiya no había dejado el recado.
—John Hole —indicó, manteniendo una sonrisa cortés mientras le mostraba su carné.
Ella se sorprendió al verlo, pues no pensó que tuviesen edades tan similares. Su aspecto descuidado le había jugado una mala pasada, haciéndolo parecer mayor de lo que era.
Confiada, cogió la lista de inquilinos y con la punta de su lápiz repasó metódicamente cada uno de los nombres...
—Lo siento —dijo finalmente, alzando la vista con una expresión de sorpresa—, pero no está registrado.
John perdió la entereza.
—Creo que no nos estamos entendiendo... —dijo, conteniendo la frustración—. Por eso deseo hablar con Seiya, si no es molestia.
—¿¡Seiya!? —exclamó ella, con incredulidad—. ¿Por qué tiene esa confianza para llamarle así? ¿Le conoce de algo?
—¿Eres su hija? —preguntó John, genuinamente sorprendido—. No sabía que Seiya tuviese una hija.
—En ese caso... —respondió Ai con ironía—, parece que no le conoce demasiado.
—No quiero ser borde... —replicó John, cansado de la formalidad—, pero ¿podrías dejar de tratarme de usted? Tenemos casi la misma edad.
—No le conozco de nada —argumentó ella, fría—. Es por eso por lo que actúo de esta manera.
—Pues entonces dime tu nombre... —insistió él, con un tono más directo.
—Soy Ai Koishikawa...—declaró, y añadió con desdén—: ¡Y eres un maleducado!
—Tampoco has heredado la simpatía de Seiya, la verdad... —observó John, deslizando la mirada hacia su libreta—. Y a juzgar por tus garabatos, tampoco se te da bien el álgebra.
Ai, enrabietada, golpeó la mesa con la palma de la mano.
—¿Has venido a burlarte de mí?
—No —respondió John, manteniendo la calma—. Solo quiero que me ayudes.
—¡No pongas esa falsa sonrisa! —le espetó—. Y si lo que quieres es alquilar una habitación, ¡dilo!
—¿Alquilar? —repitió él, confundido—. Yo he venido a vivir aquí.
Ai carcajeó, con una risa cortante e incrédula.
—¿Perdona? ¿Vivir aquí? Esto es una pensión; se alquilan habitaciones para los inquilinos, no es un hogar permanente.
—¿En serio? —ironizó John, mirando a su alrededor como si las piezas empezaran a encajar—. ¿Por eso hay tanta gente aquí sentada?
—¿Te quedas conmigo? —replicó Ai, exasperada—. ¡Deja de hacer bromas y márchate, por favor! Estoy intentando estudiar...
Contrariado, John no entendía nada. Por eso reculó hacia la entrada, sintiendo el peso del malentendido. Estaba claro que Seiya no había avisado a su familia.
Extrañado, observó la nota que llevaba en la mano, pero cuando estaba a punto de salir por la puerta, se dio la vuelta.
Al verlo regresar, Ai volvió a fruncir el ceño. Ya esperaba otra de sus groserías
—¿Qué ocurre ahora? —preguntó con fastidio.
—Está claro que no hemos empezado bien —reconoció John, con un tono más calmado—. Por eso empezaré de nuevo: está anocheciendo y hace frío, y no pienso dormir en la calle. Tu padre me ha citado aquí y esperaré hasta que llegue, si no te importa...
Le mostró la nota que llevaba en la mano.
Ai observó el papel con desconfianza, pero al acercarse, reconoció de inmediato la letra de su padre.
Su expresión cambió; la irritación dio paso a la curiosidad y, luego, a un atisbo de comprensión.
Sin decir una palabra, abandonó el estante y se adentró por la puerta trasera que conducía a la vivienda familiar.
John aguardó tras el mostrador, solo en el salón ya vacío, escuchando el leve murmullo de voces distantes que llegaban desde el interior.
En la cocina, Ai se encontró con su madre. Disgustada le planteó la situación.
AI KOISHIKAWA: Hija de Seiya y Yuki. Edad: 17 años.
Sentimental y dulce, aunque a veces sacaba el temperamento ¡No toleraba las injusticias!
Le gustaba leer literatura romántica y adoraba las películas de amor.
Estaba cursando el grado 12 J en el Kōtōgakkō, en el Instituto Masaru e inscrita en el Club de teatro.
—¿Qué te ocurre, hija mía? —preguntó Yuki, serena, mientras tomaba una taza de té.
—¡Estoy al borde de un ataque de nervios! Hay un chico muy pesado en el mostrador —explicó Ai, cruzando los brazos—. Dice que viene a vivir aquí, y que papá lo ha citado... Lo raro es que esta nota posee su misma caligrafía.
Yuki se tomó su tiempo para contestar. Su mayor virtud era nunca perder la compostura, especialmente ante los entusiasmos impredecibles de su marido. Tomó la taza, saboreó un sorbo de té caliente y la depositó suavemente sobre la mesa.
Ai aguardaba impaciente, con el ceño aún fruncido.
—¿Se llama John? —preguntó Yuki por fin, con voz tranquila.
—Así es... —confirmó Ai, sorprendida—. ¿Le conoces? ¿Hay algo que no sepa, mamá?
—¿Recuerdas ese chico del que papá tanto habla? —Yuki sonrió levemente, como si recordara algo lejano.
—¿El del reformatorio? —Ai puso los ojos en blanco—. Solo habla de lo bien que juega a la pelota... Papá es un enfermo del deporte.
John estaba aburrido. Zarandeaba el lápiz sobre el mostrador, impaciente por la demora de Ai. Observó a su alrededor y notó cómo los inquilinos se volvían cada vez más escasos en la pensión. La noche avanzaba, y el silencio comenzaba a adueñarse del lugar.
Pero algo llamó su atención: la libreta de Ai, abandonada sobre el mostrador.
Sin saber por qué, se acercó y comenzó a hojear las páginas llenas de ecuaciones algebraicas.
Para su sorpresa, las soluciones a aquellos problemas complejos le resultaban evidentes, como si algo en su mente las reconociera instintivamente.
Decidido, tomó el lápiz y comenzó a puntear los pasos faltantes, corrigiendo errores y completando operaciones con una precisión natural.
Justo cuando trazaba el último signo igual con seguridad, un grito agudo le desconcentró. El lamento procedía de la cocina, llegando nítidamente hasta la recepción.
Cocina.
—¡No puedo creer lo que estoy oyendo! Mi padre es un inconsciente... ¿¡Cómo puede acoger a un desconocido en su propia casa!? Y con una adolescente... ¿Parece que soy la única cuerda? ¿Y sin consultarlo?
—Conmigo habló ayer —respondió Yuki con calma.
—¡No lo puedo creer! En esta casa nadie me consulta nada... ¡Estoy flipando!
—Tranquilízate... tu padre lo tiene controlado.
—¡Controlado, no! Papá ni siquiera le había comentado que tenía una hija... yo creo que solo debe saber que se le dan bien los deportes —Ai tomó aire, exasperada—. ¡No lo conoce de nada más! Y no comprendo cómo actúas tan tranquila. ¿Soy la única aterrada?
—También quiere matricularlo en el Kōtōgakkō. ¿No te lo había dicho? —añadió Yuki, como si fuera un detalle menor.
—¿¡Cómo!? ¡Pero qué dirán mis amigos cuando lo vean! ¡Y con esas pintas! ¿Lo has visto bien? Está descuidado y es un maleducado... —Ai se enfurruñó como una niña—. Mi reputación caerá en picado.
—No alteres la voz... —le replicó su madre, pero sin perder la compostura—. Te va a escuchar...
—¡Me sacudirán a preguntas! ¡Qué vergüenza! —insistió Ai, aunque ahora en un susurro forzado, consciente de que John podía estar al otro lado de la puerta.
John se adentró en la cocina, aunque antes chasqueó la puerta dos veces con golpes secos y deliberados.
—¡Estás causando mucho escándalo, Ai! —dijo con una sonrisa burlona, apoyándose en el marco de la puerta.
Ai se giró, con los ojos brillantes de indignación.
—¿Acaso no te enseñaron formación? Es de mala educación interrumpir una conversación privada... ¿No te lo enseñaron en el reformatorio? —espetó, con sarcasmo—. Además, no actúes como si me conocieras... acabas de llegar y ya me nombras por mi nombre de pila.
—Solo informo de que tus gritos están espantando a la clientela —replicó John, imperturbable—. Todos se han ido a sus habitaciones para no escucharte.
—¡¡No lo aguanto más!! —exclamó Ai, apretando los puños—. ¡Márchate ya!
—Vale, vale... —levantó las manos en gesto de rendimiento, aunque sin perder la sonrisa—. ¡Qué carácter! Deberías aprender más de tu padre... Él sí que es un tipo amable.
John se retiró entonces, dejando a Ai zarandeando los brazos y revoloteando el pelo como una loca; era como cuando un niño no era complacido y estaba poseído por una rabieta.
Yuki observaba la escena con una expresión divertida.
—Es gracioso. Solo lo hace para llamar tu atención —comentó su madre, tomando otro sorbo de té—. Dale un poco de tiempo... todo esto es nuevo para él.
—¡Pues a mí no me hace ninguna gracia! —refunfuñó Ai, cruzando los brazos con fuerza—. ¡Y menos que tú lo defiendas!
Recepción.
Educadamente, Yuki se presentó a John ofreciéndole una reverencia de cortesía. Su semblante era tranquilo y sereno, transmitiendo una calma que contrastaba con la tensión del momento.
—Siento lo ocurrido, y espero que tu bienvenida sea lo más plácida posible. Mi hija no estaba al corriente y está en una edad difícil.