Curso Grado 12 Capítulo 3
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Capítulo 3

“Acogida”

Reformatorio Nozomi

Seiya llegó muy temprano al reformatorio. Estaba deseoso de hablar con Sasuke. Con energía, se adentró en la oficina y lo vio en la mesa, atendiendo a las facturas; el Director se sorprendió al verlo, pues aún no se había cumplido la semana para los repartos de cáterin.

—Menudo entusiasmo traes hoy —comentó Sasuke, dejando a un lado la factura que revisaba.

—¡Tengo que decirte algo importante! —exclamó Seiya, todavía jadeante por el esfuerzo, mientras se apoyaba en el marco de la puerta.

—¡Cálmate! ¿Has venido corriendo? —preguntó el director, arqueando una ceja con curiosidad.

—He decidido... hacerme cargo de Johnny —anunció Seiya, recuperando el aliento—. Ya he hablado con mi mujer y todo está arreglado. ¡Tengo un montón de ideas preparadas!

Sin embargo, en lugar de la sonrisa de aprobación que esperaba, el rostro de Sasuke se tornó grave. Sus dedos entrelazados descansaban sobre la mesa, y su mirada tenía una profundidad que Seiya no recordaba haber visto antes.

—¿Qué ocurre? ¿No te alegras por ello? —preguntó Seiya, desconcertado.

Sasuke suspiró suavemente antes de responder:

—¿Lo has pensado bien? Esto no es un juego. Te conozco desde hace muchos años y, sin duda, eres un hombre con un gran corazón —reconoció con sinceridad—. Pero, realmente... ¿podrías hacerte cargo de un chaval con problemas? Eres bastante permisivo y blando.

—Es Johnny —replicó Seiya con firmeza, manteniendo la mirada—. No estamos hablando de un cualquiera.

—Has visto cómo se pone en algunas ocasiones, y cómo tengo que enderezarlo con mano dura —sermoneó Sasuke, cruzando los brazos—.

Seguro que se te sube a las barbas en dos días. Además, no sabes nada acerca de su pasado; solo lo conoces de verlo jugar en el patio.

Seiya se entristeció y su ilusión se desvaneció por completo.

—Aunque, pensándolo bien... —Sasuke hizo una pausa, observando el rostro desanimado de su amigo—, podría resultar...

El hostelero recobró el ánimo de inmediato.

—¡Pero si ves que se te va de las manos, no dudes en llamarme! —añadió Sasuke con tono firme—. Estaré encantado de tratar con él.

—¿Está aquí? —preguntó Seiya, esperanzado.

—No. Hoy está de permiso. Pero estaré encantado de darle la noticia —respondió el director con una leve sonrisa.

—En ese caso, te daré una nota con la dirección correcta de la pensión. ¡Dile que pregunte por mí!

—Es un acto muy generoso, Seiya. Si consigues enderezarlo, te estaré muy agradecido.

—Espero algún día darte buenas noticias relacionadas con su adaptación... ¡Lo auguro seguro!

—Siempre tan fantasioso —comentó Sasuke entre risas, sacudiendo la cabeza con afecto.

Por la noche…

Sasuke hizo llamar a John a su oficina. Debido a lo tarde de la hora, el interno no vaticinó buenas noticias.

—¡Siéntate! —ordenó el director con seriedad—. Tengo algo importante que decirte...

—¿Tengo que marcharme ya? —preguntó John, conteniendo el aliento.

—No. Lo harás mañana a esta hora.

—Al menos podrías otorgarme el día para buscar alojamiento... —replicó con amargura.

—¡Deja de poner caras largas! —le interrumpió Sasuke—. Debes modificar esa actitud tan desagradable...

—No me lo estás poniendo nada fácil —dijo John, ya visiblemente enojado.

—El Sr. Koishikawa va a hacerse cargo de ti. Vivirás con él y su familia en su pensión.

John lo miró fijamente, como si las palabras no hubieran terminado de encajar en su mente.

—Te quedas conmigo, ¿no? —pilló casi en un susurro, todavía sin asimilarlo.

—¿Crees que esto es una broma? —respondió Sasuke con firmeza—. No jugaría con algo tan serio.

—¿Por qué el Sr. Koishikawa haría eso por mí? Apenas me conoce. ¿Solo por el fútbol?

—Sus razones no te interesan —cortó el director—.

Lo único que importa es que te ha brindado una oportunidad de futuro.

¡No lo estropees! Solo quiero que muestres con él el mismo respeto que has mostrado en esta institución...

Seiya es algo frágil y blando; no es como yo.

¡No me gustaría tener que ir a buscarte y darte un escarmiento!

—advirtió, y luego preguntó con voz grave—: ¿Qué es lo que has aprendido en este centro? ¿Qué valores son inalterables?

—¡Respeto y responsabilidad, señor! —respondió John con firmeza, casi automáticamente.

—En ese caso... sigue tu camino, hijo... Espero que todo te vaya muy bien. Se te echará de menos, a pesar de ser tan testarudo.

—Agradezco todo lo que ha hecho por mí —dijo John, y por primera vez en la conversación, una sonrisa genuina iluminó su rostro—.

No lo olvidaré. ¡Estoy flipando! ¡Aún no me lo creo!

Nunca esperé semejante desenlace... Pero intentaré domar al león que llevo dentro.

Siempre he respetado a los que me respetan.

Habitación 055.

John se encontraba en su cuarto particular.

Estaba sentado sobre la cama, admirando por última vez las que habían sido sus cuatro paredes, antes de recalar, según Sasuke, en la pensión Hikari.

Un nudo de confusión le atenazaba el pecho; aún no podía creer que esto le estuviera sucediendo, pero, por otro lado, sabía que no tenía otra salida si quería evitar volver a una vida miserable.

Bajo sus pies, una mochila modesta y desgastada esperaba, preparada para partir en cualquier momento.

Así, se levantó y se acercó al espejo. Su reflejo le devolvió la imagen de alguien que ya no era el mismo de antes.

Había pasado el tiempo desde aquel día en que el hospital le abrió las puertas, desde que el mundo pareció darle la espalda.

Desde entonces, tuvo que buscarse la vida...

sin nada que llevarse a la boca, obligado a mendigar y robar.

No fueron tiempos memorables; solo intentaba sobrevivir, como los muchos indigentes que se arrastraban por las frías y solitarias calles de Japón.

Un pasado turbio, marcado por acciones perturbadoras que siempre intentó borrar de su mente.

¡Nunca estuvo orgulloso de haberlas cometido!

Aunque habría aceptado más años de penitencia vagabundeando, con tal de haber sabido quién era realmente y de dónde procedía. Un misterio que jamás pudo resolver.

John seguía mirándose en el espejo.

Aunque no podía recordar su pasado, aquel que veía reflejado no tenía nada que ver con su yo de antes.

Ya no era aquel joven frágil e inocente; su bondad se había empañado tras años de supervivencia brutal.

En su lugar, se había vuelto frío, audaz y de temperamento explosivo.

Las experiencias lo habían moldeado como el agua talla la piedra: lenta pero implacablemente, transformándolo en alguien que ni él mismo reconocía.

También su físico había cambiado. Era cierto que poseía un cuerpo entrenado, fibroso y ágil, el de un auténtico atleta…

pero estaba descuidado, como una herramienta abandonada a la intemperie.

Su atractivo natural, que en otro tiempo había destacado, se encontraba enmascarado bajo capas de abandono y desconfianza.

Llevaba el cabello largo y enmarañado; le caía por los hombros y a veces lo recogía en una cola basta, y su rostro estaba semioculto bajo una barba abundante y descuidada que ahogaba lo que tiempo atrás fue una sonrisa.

Solo sus ojos azules seguían siendo destacables, aunque ahora estaban apagados, como velados por el sufrimiento acumulado y la sombra de decisiones que jamás quiso tomar.

Pero detrás de ese desaliño y esa dureza autoimpuesta, aún latía un destello de esperanza. Esperaba cambiar. Anhelaba limpiar el barro del pasado y descubrir qué había bajo tanto dolor y tanta resistencia. Le aguardaba un nuevo comienzo, uno que aún desconocía, pero que intuía que podía ser real.

31 agosto 2016

Pensión Hikari

Sobre las puertas de la residencia, John llegó con una mochila a cuestas. El sol ya se había puesto hacía tiempo y el frío comenzaba a apretar, colándose bajo su ropa gastada.

Al traspasar la entrada, se encontró con un salón amplio y acogedor, iluminado por lámparas de papel que proyectaban una luz cálida y tenue.

Aún quedaban algunos inquilinos sentados en mesas bajas, disfrutando de tazas de té caliente entre conversaciones susurradas.

El aroma a té verde y madera antigua flotaba en el aire, creando una atmósfera que le resultó extrañamente familiar y tranquilizadora.

Al fondo, distinguió una barra solitaria de madera oscura, pulida por el uso, y más a la izquierda, unas escaleras de peldaños gastados que, supuso, conducían a las habitaciones.

Se quedó un momento en silencio en el umbral, observando el ritmo pausado del lugar, sintiendo el contraste entre este refugio ordenado y el caos de las calles que acababa de dejar atrás.

Sobre el ala izquierda, un mostrador de madera oscura. Y sobre la puerta que adornaba la pared, se intuía la entrada a la cocina del restaurante; cruzando el inmueble, comunicaba directamente con el domicilio de la familia Koishikawa.

Decidido, John se dirigió hacia el estante.

Tras él se hallaba una joven concentrada, custodiando las llaves y apuntando en una libreta abierta.

Parecía estar estudiando, absorta en una hoja emborronada llena de ecuaciones algebraicas.

No parecía muy animada; fruncía el ceño con frustración ante los números que se resistían a encajar.

Sin embargo, John no se fijó mucho en sus desbaratadas ecuaciones, pues su rostro angelical le llamó inmediatamente la atención.

Tenía unos bonitos ojos rasgados que otorgaban a su mirada una profundidad sensual, realzados por unos labios finos que contrastaban con una tez blanca y luminosa.

Sus ojos, del color del chocolate intenso, estaban enmarcados por pestañas largas y naturales.

Llevaba el cabello negro, lacio y largo, con un flequillo que perfilaba con elegancia sus cejas bien definidas.