Curso Grado 12 Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

A diferencia de otros centros, aquí se les daba libertad durante el día, permitiéndoles moverse por la ciudad con cierta normalidad. Solo al anochecer se les recluía, un intento por evitar que cayeran en los peligros de las calles.

La libertad en el albergue no era un regalo, sino un privilegio que se ganaba.

El director, Sasuke, había establecido un sistema basado en disciplina, trabajo duro y responsabilidad.

Incluso también ofrecía trabajo en el refugio.

Los jóvenes podían quedarse hasta los dieciocho años, aunque él tenía la facultad de hacer excepciones si lo consideraba necesario.

Sus superiores apenas supervisaban el centro, limitándose a revisar los archivos una vez al año. Esta debilidad permitía a Sasuke manejar las cosas a su manera.

Aquellos que se portaban mal o excedían en la delincuencia, sin duda pasaban a orden judicial, siendo el propio Gobierno quién se encargaba de ellos. Por norma, aquel que seguía las directrices del director y acataba sus órdenes se ganaba el favor de éste, pudiendo llevar una vida cómoda.

SASUKE TODA: director del centro e instructor implacable, era un hombre obsesionado con el orden. Su método no era casual: años en el servicio militar habían forjado su carácter, y ahora aplicaba esa misma firmeza con los jóvenes bajo su custodia.

Su sueño siempre había sido reencauzar a los marginados, y este centro era su herramienta. Serio, estricto, pero innegablemente comprometido, creía en la disciplina como pilar fundamental. Y para él, el deporte no era solo actividad física: era la base para moldear cuerpos y mentes.

Cada mañana Sasuke Toda se acomodaba en su sillón de cuero, encendía un puro con calma y apoyaba los pies sobre el escritorio. Frente a él, el ventanal del despacho le ofrecía una vista panorámica del patio.

Mientras revisaba archivos con mirada distraída, sus ojos se perdían en el recreo de los jóvenes. Pero todo cambiaba cuando empezaba el fútbol.

El partido era su única debilidad. Se inclinaba hacia adelante, olvidando los papeles, hipnotizado por el juego. Algunos de sus pupilos movían el balón con un talento innato, y Sasuke, se deleitaba como un verdadero fanático.

Sin duda era un gran aficionado y cuando tenía tiempo libre utilizaba su abono en el Estadio Nissan de Yokohama Marinos.

Siempre esperaba a su gran amigo Seiya, que como todas las semanas le entregaba los pedidos de cáterin relacionados con el centro.

Y, como siempre, incluía raciones extra de algún manjar, un gesto de generosidad que Sasuke agradecía en silencio.

SEIYA KOISHIKAWA: Dueño del modesto pero próspero negocio "Hikari", una pensión-restaurante que servía tanto comidas como alojamiento económico.

Junto a su esposa Yuki, atendía a huéspedes humildes, ofreciendo un refugio cálido y platos reconfortantes.

El establecimiento incluso contaba con licencia para servir alcohol, lo que lo convertía en un punto de reunión informal para los vecinos.

El claxon de la furgoneta resonó en el patio, interrumpiendo la rutina matutina de Sasuke. Dejó el puro a medio consumir sobre el cenicero y se dirigió a la entrada con paso firme.

Seiya ya estaba allí, sonriente junto al vehículo cargado de provisiones. Sin perder tiempo, ambos comenzaron a descargar la mercancía, llenando la cámara frigorífica con la eficacia de quienes han repetido este ritual docenas de veces.

Como era costumbre, cuando terminaron, Seiya extendió hacia Sasuke un paquete cuidadosamente envuelto.

—Algo especial para esta semana —dijo con un guiño, entregándole el obsequio que nunca faltaba.

Con gesto ceremonioso, Sasuke invitó a Seiya a su oficina. El aroma que emanaba del paquete era irresistible, y el director no pudo evitar humedecerse los labios mientras desempacaba los palillos.

—¡Huele de maravilla! —exclamó Sasuke, con un entusiasmo inusual—. Por el olor... apostaría a que son fideos en salsa.

Seiya, ya acomodado en la silla de madera frente al ventanal, sonrió satisfecho.

—Tienes buen olfato, como siempre.

Sasuke señaló hacia el patio, donde los jóvenes comenzaban a formar equipos.

—Llegas en el momento perfecto. El partido acaba de empezar.

Seiya se inclinó hacia adelante, los ojos brillando.

—No hay mejor acompañante para tu obsequio que un buen fútbol.

Al igual que el director, Seiya tenía una pasión desenfrenada ¡Admiraba el deporte!

A veces, a ambos se les iba el santo al cielo y descuidaban sus trabajos por estar observando un simple partido de meros principiantes de un reformatorio.

Hasta llegaban a saltar de sus asientos.

Sus gritos de ánimo y saltos repentinos delataban su pasión.

Pero entre todos los jugadores, uno captaba su atención de manera especial: John Hole.

Con apenas un año en el centro, el chico ya demostraba una habilidad sobresaliente. Su dominio del balón era distinto al del resto, como si el esférico obedeciera sus pies por instinto. Cada regate, cada pase preciso, hacía que Sasuke y Seiya intercambiaran miradas de complicidad.

Pegados al cristal, Sasuke y Seiya observaban con admiración infantil cómo John Hole dominaba el partido.

Sus pies parecían imantar el balón: driblaba entre rivales como si fueran conos, elevaba el esférico con precisión quirúrgica y lo hacía todo sobre el terreno irregular del campo, donde otros tropezaban.

—¡Es impresionante! —Seiya golpeó el alféizar de la ventana—. Cada vez que lo veo, me sorprende más.

Sasuke, normalmente estoico, saltó del sillón cuando John anotó un gol espectacular.

—Si este chico estuviera federado en cualquier instituto, ya estarían los ojeadores haciendo cola —afirmó, ajustándose la chaqueta—. Sería una estrella en la liga nacional. ¡Diez meses aquí, y sigue inventando jugadas!

Es un hueso duro de roer —reconoció Sasuke, frunciendo el ceño—. Siempre está metido en peleas. Los suburbios de Yokohama lo marcaron, y sus amistades... bueno, nunca fueron las mejores.

Seiya asintió, aunque con un dejo de esperanza:

—Pero ha intentado cambiar. Eso cuenta.

—Tiene carácter, sí —admitió Sasuke, cruzando los brazos—. Pero no es un mal chico. De hecho, casi siempre se mete en líos por defender a otros. El problema es que no sabe elegir bien a sus compañeros.

Un destello de orgullo apareció en los ojos del director:

Es de los pocos aquí que mantiene el sentido de la responsabilidad. Trabaja sin quejarse, se gana sus permisos...Hizo una pausa, casi sonriendo:

Y me ha ahorrado una fortuna arreglando electrodomésticos. ¡El chico tiene manos de oro!

Los ojos de Sasuke y Seiya se clavaron en John mientras esquivaba a cuatro rivales seguidos, avanzando hacia el área con un control del balón que parecía magia.

—¡Míralo! —gritó Seiya, señalando—.

—¡Y pensar que los médicos lo daban por inválido!

Pero entonces un tackle brutal lo detuvo en seco. Una entrada por detrás le enganchó el tobillo, haciéndolo caer de bruces contra la tierra. John rodó varias veces, cubierto de polvo.

Sasuke se puso en pie de un salto, anticipando el desastre:

—¡Mierda! —rugió—. Esto se pone feo. ¡Se va a liar gorda!

Sasuke dejó los palillos sobre el escritorio con un golpe seco y salió al patio con paso rápido.

En el campo, la situación estaba al borde del caos. John, con el rostro congestionado por la furia, zarandeaba al jugador que lo había derribado. Sus compañeros intentaban sujetarlo, pero fue inútil: un puñetazo certero envió a su rival al suelo.

Justo cuando la pelea parecía escalar, Sasuke apareció como un trueno. Con su voz de mando militar, cortó el altercado de inmediato. Agarró a John del brazo con firmeza, arrastrándolo lejos del grupo.

—¡Basta! —rugió—. ¿Otra vez lo mismo?

No era la primera vez que separaba a John de una pelea... pero sí la primera vez que su mirada traicionaba una pizca de decepción.

Sasuke arrastró a John hasta su despacho y lo obligó a sentarse con un gesto brusco.

—¿Otra vez igual? —reprendió, con los brazos cruzados.

—¿Viste cómo me entró? —protestó John, aún encendido—. ¡Fue a propósito! Sabía que no podía pararme. Es un maldito envidioso.

—¡Silencio! —rugió Sasuke—. Baja el tono o te quedarás sin permisos.

John respiró hondo, conteniéndose.

—Está bien… Solo me he calentado un poco.

—Eres un buen chico, pero tu carácter te pierde —dijo Sasuke, más calmado—Las peleas no arreglan nada.

—¡Ya he dicho que lo siento! —replicó John, con cara de pocos amigos. Luego, cambiando de tercio preguntó: ¿Qué hacíais aquí? ¿Una reunión?

Seiya, que había seguido la escena con templanza, intervino:

—Nada importante. Nos has arruinado el espectáculo.

—¿El partido? —John soltó una risa—. Pero si solo era un partidillo de aficionados…

Sasuke golpeó el escritorio.

—¡EL PARTIDO! —exclamó, exagerando su dramatismo—. ¡Una obra de arte caída del cielo! ¡Y nos la has quitado de un puñetazo!

John los miró, divertido.

—Creo que pasáis demasiado tiempo encerrados aquí. ¿Hace mucho que hacéis esto?

—Todas las semanas, desde hace meses —confesó Seiya, entusiasmado—¡Conocemos hasta tus jugadas más imposibles!

—Madre mía… —murmuró John, riendo—. Sois unos empresarios patéticos. ¿Por qué no os compráis un abono para ver partidos de verdad?

Sasuke lo fulminó con la mirada.

—¡NO NOS ARRUINES NUESTRA ÚNICA DIVERSIÓN!

John levantó las manos en señal de rendición.

—Bueno, bueno… Supongo que después de esto estaré castigado. ¿Sin patio por una temporada?

Sasuke, que acababa de llevarse unos fideos a la boca, casi se atraganta.

—¡Ni lo sueñes! ¡Ahora estarás OBLIGADO a jugar todos los días!

John sonrió, resignado pero tranquilo.

—Vale, jugaré… Pero, como compensación, te arreglaré los aires acondicionados. Y esta vez no te cobraré ni un yen.

Sasuke asintió, satisfecho.

—Buen chico.

Luego, empujó el cuenco de fideos hacia él.

—¡Cómetelos, que se enfrían!

John no se hizo de rogar. Cogió los palillos y devoró los fideos con entusiasmo, saboreando cada bocado.

—¿Te gustan? —preguntó Seiya, observando su reacción—. Los he traído yo.