Curso Grado 12 Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Nos haremos cargo de él y escogeremos un tutor legal para que pague su seguro médico... No olvide que necesitará pasar su estancia en el hospital y no tiene tarjeta sanitaria.

—Podemos utilizar a un hombre-tapadera—dijo Ginta convencido— Como cuando se crean empresas falsas para blanquear dinero.

Solo existirá un nombre y usted ingresará el dinero—dijo mirando al Gerente—El nombre será fácil obtenerlo, puedo comprar a cualquier desgraciado en los suburbios por cuatro yenes.

Esos idiotas venden hasta su propia dignidad por un chute.

Y si alguna vez investigan al chico, se llevarán una sorpresa y a un bonito padre de acogida desamparado y en la ruina.

—El dinero no es problema—comentó Hidemura decidido— Más barato me saldrá que pagar indemnizaciones millonarias por nuestros actos ilícitos.

—Debería pagar también la rehabilitación del afectado —señaló el abogado convencido— Esto mantendrá ocupado al paciente olvidándose de todo lo demás.

Para cuando se recupere y le den el alta, no sabrá quién pagó sus facturas y se verá desamparado y en la calle; como tantos menores que deambulan por las calles de Japón—indicó sin inmutarse—.

Hasta entonces tendrá que desembolsar grandes cantidades de dinero, pero si le sale bien, sin duda salvará la aerolínea y sus empresas.

—Así se hará—dijo Takeshi convencido y sabiendo que su plan maestro tendría resultado—

La presión mediática y las demandas de los familiares solo lograron extraer una compensación millonaria de la multinacional.

Pero ni todo el dinero del mundo podía devolver las vidas perdidas aquel 22 de diciembre.

Las familias quedaron marcadas por una tragedia que, aunque amortizada con cheques, nunca cerraría sus heridas.

La versión oficial fue clara: error del piloto, achacado a problemas de salud mental.

La caja negra, convenientemente ambigua, solo reveló un "descenso gradual no explicado" que llevó al avión a estrellarse.

Entre los restos, muchos muertos. Algunos cuerpos quedaron irreconocibles; y otros desaparecidos, como aquel joven inglés superviviente, que nunca apareció en la lista de pasajeros.

Seis meses después...

Yokohama—Japón

Hospital

Durante meses, John vivió sumido en una nebulosa. Sabía que había sufrido un accidente, pero los detalles se le escapaban. Los médicos le atendían con profesionalidad, las enfermeras eran diligentes. Lo que ignoraba era que toda esa atención tenía un coste elevadísimo, pagado en silencio.

La multinacional movía los hilos desde la oscuridad.

Cada mes, ingresaban un pago a nombre de Futa Himura, su supuesto tutor legal.

En realidad, ese nombre pertenecía a un hombre de los suburbios, cuya identidad había sido comprada por unos cuantos yenes.

Un pobre diablo de los bajos fondos, utilizado como pantalla.

John dedicó aquellos meses a una lucha diaria: recuperar la movilidad de sus piernas. El diagnóstico inicial lo había aterrado, pues había una posibilidad alta de quedar incapacitado para siempre, pero se aferró a la esperanza.

Cada día enfrentaba el mismo suplicio: las temidas paralelas.

Dos barras metálicas entre las que se arrastraba, agarrándose con fuerza mientras el dolor le quemaba las plantas de los pies.

Las lágrimas caían sin control, mezclándose con el sudor, pero no se rendía.

Su cuerpo, ahora más fuerte, mostraba los resultados del esfuerzo; brazos musculosos, hombros marcados y torso trabajado.

Menuda tableta de chocolate. Cada pequeño avance lo impulsaba a seguir.

Al principio, la soledad lo consumía. El japonés le resultaba incomprensible, y solo los médicos titulados que sabían un alto nivel de inglés, podían comunicarse con él. Pero incluso ellos nunca le explicaron que ocurrió realmente, y por qué se encontraba en aquella trágica situación.

John se esforzaba por reconstruir sus recuerdos, pero su mente era un muro impenetrable. Por más que intentaba responder a sus propias preguntas, solo encontraba vacío. Frustrado, decidió dejar de indagar y concentrarse en lo único tangible: su recuperación.

Los meses que siguieron fueron duros. Días de terapia agotadora, noches de dolor sordo y la constante lucha por mover piernas que apenas respondían.

Aunque no todo fue adversidad en aquel periodo. John encontró un apoyo inesperado en Kokoro Hibiki, su fisioterapeuta. Una profesional entregada, cuya vocación iba más allá de lo clínico.

Antigua maestra infantil y logopeda, Kokoro había trabajado con niños con dificultades de lenguaje. Pero su deseo de ayudar la llevó a cambiar de profesión.

Ahora, aplicaba esa misma paciencia y dedicación en la rehabilitación de John.

Cada sesión con ella era un pequeño faro en su recuperación. No solo lo guiaba físicamente, sino que también lograba comunicarse con él de manera clara, sorteando las barreras del idioma.

Kokoro Hibiki, además de trabajar en la recuperación de sus piernas, le enseñó japonés. Según ella, John tenía una mente privilegiada para el aprendizaje. Su pérdida de memoria, aunque lamentable, le permitía absorber el nuevo idioma con una facilidad sorprendente.

Su mente, vacía como la de un niño, aprendía rápido y con eficacia.

Entendía las lecciones desde el primer día.

Kokoro le dijo que cuando hablase japonés con fluidez, también caminaría con soltura.

Pero se equivocó: John logró dominar el idioma en seis meses, defendiéndose incluso con los kanjis, aunque su caligrafía seguía siendo pésima, pero comprensible.

Cada día, Kokoro trabajaba sin piedad los músculos atrofiados de John. Las varillas en sus nervios, los ejercicios repetidos hasta el agotamiento, las lágrimas silenciosas durante las sesiones de bicicleta. Pero él convertía el dolor en rabia, y la rabia en fuerza.

Al séptimo mes, sus piernas respondían: saltaba con soltura.

Para el octavo, hasta jugueteaba con chicles, pateándolos al aire con una precisión que ni él mismo creía posible.

El ejercicio se convirtió en su obsesión, en el motor que lo mantenía en pie.

Su cuerpo, moldeado por el esfuerzo diario, adquirió una forma atlética imposible de imaginar meses atrás: abdominales marcados, piernas y brazos fibrosos, una agilidad que rayaba en lo acrobático.

Dominaba el balón con una destreza impropia de alguien que estuvo al borde de la parálisis.

Los médicos no sabían qué admirar más, si su recuperación física, casi milagrosa, desafiando el pronóstico inicial de la silla de ruedas, o su dominio del japonés, aprendido en tiempo récord y con una elocuencia inusual.

Para ellos, era un caso médico excepcional. Para John, simplemente supervivencia.

Tres meses después…

22 septiembre 2014

Aquel día quedó grabado en la memoria de John.

Kokoro había terminado su tratamiento, y el médico supervisor le informó con frialdad administrativa que su estancia en el hospital concluía.

No hubo tiempo para una despedida adecuada, solo un apretón de manos rápido, un "gracias" ahogado.

Ella le había devuelto la vida, y ahora se marchaba sin que él pudiera expresar lo que significaba para él.

—Su tutor dejó de pagar hace un mes —explicó el médico, revisando documentos—. Sin fondos, no podemos mantenerlo aquí. Su alta es forzosa.

John parpadeó, confundido.

—¿Tutor? —preguntó John, la voz quebrada—. ¿Qué tutor?

Era la primera vez que oía hablar de ello. Alguien había estado pagando su recuperación, y ahora, misteriosamente, había desaparecido.

John jamás recordaría su nombre, ni dónde residía ese supuesto tutor que lo había ayudado. Estaba confuso. Menudo dolor de cabeza. Ahora, al salir del hospital, enfrentaba una realidad cruda: no tenía un solo yen en los bolsillos.

Los médicos y enfermeras habían guardado silencio durante meses. Temían que la verdad sobre su situación financiera afectara su frágil recuperación mental, provocando una recaída. Prefirieron mantenerlo a oscuras, extendiendo su estancia hasta donde los fondos residuales lo permitieron.

Pero el plan de la multinacional, al fin, se cumplió. John Hole, el superviviente incómodo, fue arrojado al mundo como un recién nacido: sin recuerdos, sin recursos, pero físicamente recuperado. Listo para descubrir una vida que ya no le pertenecía.

Bajo la luz fría del atardecer, John se quedó inmóvil frente a las puertas del hospital.

En sus manos temblorosas sostenía dos documentos: un pasaporte y un carné de identidad.

Por más que estudiaba la foto, ningún recuerdo surgía.

El rostro le resultaba ajeno, como si mirara a un extraño.

Los datos decían que tenía dieciséis años —una edad que, por algún motivo, le parecía aceptable—.

Pero lo que realmente lo perturbó fue la fecha de nacimiento: 22 de diciembre.

Una cifra que resonaba en su cabeza como un eco persistente, sin contexto ni explicación. ¿Por qué esa fecha le resultaba tan familiar?

John caminaba por las calles de Japón con paso lento, los hombros caídos bajo el peso de su desconexión. A su alrededor, la ciudad bullía con su ritmo implacable: ejecutivos con maletines, estudiantes con uniformes, todos avanzando como autómatas, ojos clavados al frente, sin mirar a los lados.

Él, en cambio, se sentía invisible. Un espectro fuera de sincronía, arrastrando pies que meses atrás no podían sostenerlo.

El sistema seguía su curso, indiferente. Y ahora, John tampoco pertenecía a él.

22 julio 2016

Yokohama—Japón

Reformatorio Nozomi

Esta institución era un albergue que servía de último recurso para decenas de jóvenes marginados.

Muchos de ellos habían caído en las garras de las pandillas o las drogas, arrastrados por una vida de violencia y abandono.

La violencia había sido su estilo de vida necesitando urgentemente ayuda para su reinserción.

Lo que diferenciaba a este lugar era su director, un hombre movido por una convicción inquebrantable: ayudar a quienes la sociedad había descartado.