Curso Grado 12 Capítulo 2
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Capítulo 2

“Conspiración”

Tokio—Japón

Edificio multinacional

En la cuadragésima séptima planta del edificio corporativo, los miembros de la gran empresa internacional se encontraban reunidos. Entre ellos destacaba Takeshi Hidemura, gerente de Asian Tour y figura clave en la compañía.

La situación que enfrentaban era delicada: necesitaban sacar a flote la emergente aerolínea competidora que amenazaba su posición en el mercado.

TAKESHI HIDEMURA: Empresario, fundador de un imperio multinacional levantado desde cero. Controla mercados bursátiles con tácticas agresivas y métodos cuestionables. Trata a sus ejecutivos con puño de hierro, priorizando resultados sobre ética. Su lema: "El fin justifica los medios"

El accidente aéreo de Yokohama estalló como un trueno en la industria. Ciento ochenta y cinco vidas fallecidas en un instante, y cinco supervivientes balanceándose entre la vida y la muerte en unidades de cuidados intensivos. Las cifras, frías e implacables, ocupaban portadas en todo el mundo.

Los cálculos preliminares de indemnizaciones alcanzaban cifras astronómicas, pero el verdadero peligro no se medía en millones. El golpe al prestigio de la compañía era imparable, una mancha que se extendía día a día.

Cada titular, cada reportaje, cada murmullo en los pasillos financieros socavaba los cimientos del imperio que Hidemura había construido con mano de hierro.

El accidente comenzaba a revelar su verdad más oscura a medida que circulaban los informes técnicos: el avión había despegado a sabiendas de sus fallos eléctricos, una decisión que lo llevó a estrellarse sobre montañas y bosque cercano a Yokohama, lejos de Tokio donde debería haber aterrizado.

Desde Estambul llegaban ecos de advertencias ignoradas. Los operarios turcos habían alertado personalmente al gerente Hidemura sobre las irregularidades técnicas, mientras algunos pasajeros curiosos atestiguaban desde la terminal las sospechosas reparaciones de última hora en la pista.

Aquellas miradas indiscretas resultarían ahora determinantes.

Los familiares de las víctimas, con el dolor aún fresco, comenzaban a movilizarse.

Las indemnizaciones económicas, por cuantiosas que fueran, ya no serían suficiente consuelo.

Lo que demandaban era justicia, y estaban dispuestos a seguir cada hilo legal hasta llegar al fondo de una verdad que amenazaba con salpicar a los más altos niveles de la compañía.

La sala de juntas, envuelta en una tensión palpable, reunía al núcleo duro del imperio de Hidemura: abogados de alto perfil, empresarios influyentes y expertos en relaciones públicas. Sobre la mesa, un único tema: el desastre de Yokohama y sus consecuencias.

—La situación es grave —advirtió uno de los letrados, pasando un informe con titulares incendiarios—. La prensa no deja de filtrar información, y los familiares exigen responsabilidades. Buscan un culpable, y no descansarán hasta encontrarlo.

Hidemura, con los nudillos blanquecidos por el puño cerrado, se levantó de su sillón.

—No es solo perder millones —espetó, con una voz que cortaba el aire—.

Eso ya lo teníamos calculado. El problema es que nuestras acciones en bolsa se desploman, y la reputación de todas nuestras empresas está en juego.

Recorrió la habitación con pasos cortos, mientras los presentes intercambiaban miradas.

Si esto se sale de control —continuó, deteniéndose frente al ventanal—, la mala praxis de nuestra aerolínea se convertirá en un chiste macabro. Proveedores, bancos, clientes… todos nos darán la espalda. Y no habrá indemnización que lo compense.

El empresario de Osaka rompió el silencio con voz tensa:

—Usted sabía que esta política de la empresa tenía riesgos. Hemos jugado con fuego demasiadas veces, recortando en seguridad para ahorrar costes. Esto solo era cuestión de tiempo.

Hidemura golpeó la mesa con un puño seco:

—No he convocado esta reunión para escuchar reproches.

Estamos aquí para salvar la compañía. Cada vuelo es un cálculo.

Precios bajos para competir, sí, pero también menos mantenimiento, combustible justo...

Esta vez había demasiado en juego: contratos, inversores.

No podíamos cancelar este desplazamiento debido a las transacciones de importantes empresarios.

Su voz se quebró al admitir lo impensable:

Aunque nunca creí que el avión caería. Menos así.

Los abogados intercambiaron miradas. Uno de ellos articuló el temor de todos:

—Si descubren nuestros registros de mantenimiento, no habrá indemnización que nos salve. Será el fin de Asian Tour... y quizás de todo el conglomerado.

La puerta del despacho se abrió con brusquedad. Uno de los hombres de confianza de Hidemura entró, el traje aún arrugado por el viaje apresurado a Yokohama. En sus manos, una carpeta con informes médicos y legales, todavía calientes de la impresora.

GINTA NANAMI: Relaciones públicas y negociador experto. Su habilidad principal: persuasión. Con el respaldo financiero de Hidemura, lograba acuerdos imposibles, ya fuera con halagos, sobornos o manipulación sutil.

—Señor Hidemura —anunció, conteniendo la respiración—, acabo de llegar del hospital en Yokohama. He hablado con los responsables del caso. Las noticias no son buenas, pero... hay una posibilidad.

Hidemura levantó la vista, los ojos fríos como el acero.

—Explícate.

El emisario ajustó el nudo de la corbata antes de continuar:

—Depende de hasta dónde esté dispuesto a llegar. Hay caminos... menos ortodoxos.

El gerente no dudó ni un segundo.

—No me vengas con medias tintas. Dime qué hay que hacer. Dinero, amenazas, lo que sea. Esta empresa no caerá por un maldito accidente.

—Al parecer, cinco son los supervivientes de la catástrofe. Aunque cuatro de ellos están graves en la UCI. Es más, no creo que pasen de esta noche —dictaminó—. Sin embargo, el quinto está estable; además, según los operarios de Estambul, estaba al corriente del problema eléctrico.

—¿Quieres decir que de la vida de ese pasajero depende mi imperio?

—Eso parece —afirmó Ginta—. No sé cuáles serán sus intenciones, pero entre mis actos no está el asesinato.

—No estoy tan desesperado como para hacer algo como eso. ¿Cómo es su estado?

—Se encuentra bien, aunque sus piernas parecen haber quedado dañadas. Tanto, que incluso puede que no vuelva a caminar —señaló—. La buena noticia es que ha sufrido un severo traumatismo en la cabeza y, aunque no ha tenido lesiones que le mermen físicamente... ha perdido la memoria.

—¿La memoria? ¿Cuánto ha perdido exactamente?

—La suficiente para no acordarse de nada —rio Ginta—. Su inglés es fluido, pero solo balbucea su nombre y la palabra Japón. El médico está convencido de que no recuperará sus recuerdos pasados.

—Esa puede ser una buena baza. La salvación pasa por ese cliente —mostró Hidemura una sonrisa más pronunciada—. Está claro que este trabajo es ideal para el mejor abogado de Japón... Sr. Matsuda, haga acto de presencia.

KEN MATSUDA: Abogado de alto perfil especializado en defensa corporativa. Nunca ha perdido un caso, gracias a su dominio del código penal y su habilidad para explorar vacíos legales. Su lema: "La ley es vulnerable si sabes dónde tocar".

—¿Qué sabemos del sujeto?

—Su nombre es John Hole —precisó Ginta, con un gesto firme—. Nacido en Londres, Inglaterra. Dieciocho años, recién ingresado en la universidad. Un estudiante brillante.

Ken Matsuda permaneció en silencio unos segundos, los dedos entrelazados. Cuando alzó la mirada, sus ojos reflejaban la certeza de quien ha encontrado una salida.

—Puede que su empresa aún pueda salvarse —declaró—. Solo necesito que acepte seguir mis instrucciones al pie de la letra, Sr. Hidemura.

—No habrá límites —respondió Takeshi sin vacilar—. Pida lo que sea. El costo no importa.

El abogado esbozó una sonrisa calculadora.

—Aprovecharemos la confusión. El hospital aún no ha confirmado las posibles bajas, y la información de Ginta nos da una ventaja. Pero la prensa puede ser un problema, ya que si algo de esto se filtrase estaríamos en problemas.

Hidemura se inclinó hacia adelante, intrigado.

—No me haga esperar. ¿Qué plan tiene?

Ken Matsuda desplegó su plan con precisión legal:

—Las familias reclamarán los cuerpos pronto, y tras eso, vendrán las indemnizaciones. Falsificasteis el fallo en Estambul como repostaje de combustible—explicó, pasando un informe—. Tenemos una excusa.

Y el fallo eléctrico solo sigue siendo un rumor, donde sin el testimonio de nuestro amnésico, no tiene peso.

Hidemura escuchaba, los dedos tamborileando sobre la mesa.

Culparemos al piloto —continuó Ken—. Una depresión diagnosticada, quizá notas médicas falsas. El verdadero problema es aislar a John Hole del accidente antes de que sus familiares intervengan en la embajada británica en Japón.

—Ya he pensado en eso—indicó Ginta confiado— Lo primero que he hecho ha sido comprar a algunos celadores y enfermeros. A los médicos de mayor rango ni me he molestado, pues su código ético es más vocacional.

No se venden por dinero—sonrió— Pero he logrado que extravíen el historial médico, y sobre todo la vinculación con el siniestro. También ha sido cambiado de planta. Esto no le va a salir barato, Sr. Hidemura. Comprar a la gente conlleva un elevado precio.

—Excelente—dijo Takeshi sonriente— Mi dinero en sus manos siempre es una garantía. Siempre va un paso por delante.

—Sería mejor que lo trasladaran a otro hospital—apuntó el abogado— Cuanto menos contacto con el siniestro mejor para nosotros. En cuanto a su historial es mejor modificarlo, ya que los datos del avión pronto saldrán a la luz por la policía.

El gerente se interesó.

—¿En qué piensa?

—Dado que es mayor de edad, es un problema—lamentó Ken— lo empadronaremos en Yokohama, le fabricaremos un pasaporte japonés y modificaremos su edad a dieciséis. Así, legalmente requerirá un tutor. Luego con el registro de historiales quedaría descartado por la policía de inmediato.