Curso Grado 12 Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

La multitud se movió como un rebaño cansado hacia el avión. Algunos todavía protestaban, pero algunas bebidas gratis habían suavizado los ánimos. Incluso el ejecutivo alemán parecía menos tenso, aunque ahora olía a whisky.

John respiró hondo antes de cruzar la pasarela. El avión seguía ahí, silencioso, como si nada hubiera pasado.

Avión.

John regresó a su asiento tortuoso, aquel rincón de incomodidad perpetua. Se ajustó los auriculares con resignación, dejando que el agotamiento lo arrastrara a un sueño ligero.

Violentas turbulencias lo despertaron…

El dolor llegaba en estocadas: el apoyabrazos izquierdo se le clavaba en las costillas, mientras los codos del obeso, que no dejaba de moverse, le martilleaban el costado. El avión se sacudía como un coche en un camino de tierra. Miró su reloj con ojos nublados: 6:00 AM. ¿Estaremos aterrizando?

Las azafatas avanzaban por el pasillo con pasos rápidos y forzadas sonrisas, como marionetas de un teatro del horror.

Sus ojos, sin embargo, delataban la verdad: algo iba terriblemente mal.

John lo sabía. Y entonces... Las luces de emergencia estallaron en un rojo sangriento, pintando el interior de la cabina como el vientre de una bestia herida.

El hombre obeso, sudoroso y desencajado, se levantó de su asiento como un volcán de carne y pánico.

—¡Estamos cayendo! — gritó, mientras la azafata intentaba calmarlo con palabras huecas. La discusión creció, un duelo de voces que se perdía entre los gemidos del fuselaje...

Y DE PRONTO...

Un crujido desgarrador. El avión se inclinó violentamente, como si una mano invisible lo hubiera arrancado del cielo.

Los pasajeros flotaron por un instante, suspendidos en el vacío, antes de que la gravedad los aplastara contra sus asientos.

Un cosquilleo mortal recorrió sus entrañas, mezcla de vértigo y terror puro.

El terror había borrado toda risa de los rostros de sus amigos. Sus miradas, antes llenas de sueños, ahora solo reflejaban el puro instinto de supervivencia. El hombre obeso, convertido en un torpe gigante de carne y sudor, perdió el equilibrio y se desplomó sobre John como una losa.

¡ACONGOJADO! John sintió cómo el peso del coloso le arrancaba el aire, cómo sus costillas gemían bajo la presión. Cada jadeo era una batalla, cada segundo, una eternidad. El mundo se redujo a oscuridad.

Y entonces... Un estallido infernal desgarró el avión. La estructura crujió como huesos rotos, el metal se retorció y el caos se adueñó de todo.

John abrió los ojos… no sabía cuánto tiempo había pasado, ni qué había pasado exactamente.

Estaba mareado. Jadeaba, cada bocanada de aire le quemaba los pulmones.

Sus piernas, aprisionadas y destrozadas, ya no respondían, solo el dolor latía, agudo como cuchillas.

El mundo a su alrededor era un eco ahogado: gemidos desgarradores, el crepitar de las llamas...

y luego, las sirenas. Lejanas, como cantos de celestiales acercándose.

Con un esfuerzo sobrehumano, se retorció. El respaldo del asiento le clavaba sus hierros de metal en la espalda, pero logró empujar a un lado, el peso muerto que lo aplastaba.

Al levantar la vista, el paisaje era una pesadilla hecha realidad: Fuego crepitando entre los asientos destrozados, humo espeso y pedazos de equipaje esparcidos como confeti macabro.

Y entonces lo vio. Sobre los asientos traseros de sus amigos.

Entre los hierros retorcidos, sólo un brazo familiar sobresalía como una burla macabra, la manga de la camisa que reconocía al instante.

Sangre seca cubría los dedos, inmóviles.

John apartó la mirada, el estómago retorciéndose, pero ya era tarde: la imagen se grabó en su mente para siempre.

El cadáver del hombre obeso yacía como un colchón de carne destrozada, su masa deforme fusionada con los hierros retorcidos del avión.

John sentía su peso como una losa fría, pero ahora entendía la horrible verdad: ese hombre muerto era lo único que evitaba que los restos afilados del fuselaje le desgarraran las piernas por completo y le hubiesen aplastado contra los amasijos traseros.

Cada respiración de John agitaba el cuerpo inerte del obeso, haciendo que la sangre coagulada del hombre goteara sobre sus rodillas. Los alambres retorcidos y los fragmentos de asiento crujían con cada movimiento, como si el avión mismo aún estuviera agonizando.

—¡Alguien...! — intentó gritar, pero su voz se quebró en un susurro. A lo lejos, las sirenas de ambulancia aullaban, pero el fuego crepitaba más cerca, arrastrándose hacia él como una serpiente.

Apenas tenía conocimiento de las cosas, pero sabía que el avión se había estrellado. En realidad, lo había hecho, sobre una zona boscosa cerca de Yokohama.

John resoplaba, cada inhalación un cuchillo en las costillas.

A su izquierda, el ejecutivo alemán ya no era un hombre, solo era una papilla deforme, aplastada bajo el peso del fuselaje retorcido, su traje impecable ahora manchado de óxido y sangre.

El olor a metal quemado y carne abierta lo inundaba todo.

Nadie más se movía. El silencio era peor que los gritos.

Estaba claro que era el único superviviente.

Con un gemido, John logró liberar los brazos; sus manos, temblorosas y cubiertas de sangre, arañaron el aire como buscando algo sólido.

Su rostro ardía; un hilo cálido y espeso le recorría la frente, goteando en sus pestañas.

Las piernas eran un misterio. No podía sentirlas, solo un peso muerto bajo la ruina que lo sepultaba. La espalda, en cambio, ardía, heridas abiertas, esquirlas clavadas, el respaldo del asiento convertido en un verdugo.

John jadeó, los músculos temblando como cuerdas a punto de romperse. Con un esfuerzo sobrehumano, alzó la cabeza, solo unos centímetros y vio.

El hombre obeso. O lo que quedaba de él.

Su cuerpo, como un saco de arena reventado, seguía encima de John; escorado a un lado, aplastándolo contra los restos del asiento.

La camisa del hombre, ahora desgarrada, dejaba al descubierto una espalda convertida en un mapa de moretones y huesos rotos.

Un brazo, torcido en un ángulo imposible, seguía enredado en los hierros retorcidos del fuselaje, como si la muerte misma lo hubiera cosido ahí.

John empujó. Nada. Era demasiado pesado. O estaba atrapado en algo peor. El sudor se mezclaba con la sangre en su frente. Cada intento por liberarse solo le recordaba lo débil que era, lo cerca que estaba del final.

Con un gemido desgarrado, John intentó incorporarse una vez más, los brazos temblorosos empujando contra los escombros. Por un instante, creyó lograrlo, hasta que el dolor lo derribó de nuevo contra el respaldo, como un látigo de fuego en la espalda.

Las lágrimas se mezclaban con la sangre en su barbilla.

Todo era absurdo. El reposabrazos de los asientos delanteros, ahora una lanza retorcida de metal había perforado el abdomen del hombre obeso, clavándolo como un insecto en una vitrina.

La grasa y la sangre del cadáver goteaban sobre las piernas de John, pegajosas, como si intentaran fusionarlos en una sola masa de dolor.

Los amasijos lo mantenían prisionero en una jaula macabra. Era una ecuación perversa: cada intento por liberarse solo empeoraba la palanca, apretando los hierros contra su carne. Necesitaba una grúa, necesitaba ayuda mecánica. Necesitaba un milagro.

John nunca creyó que el señor obeso le acabaría salvando la vida y de cómo si hubiese cambiado su asiento en el último momento con Austin…

Si lo hubiera cambiado... El pensamiento lo atravesó como un cuchillo.

Habría sido él el aplastado. Él que ahora sería solo un recuerdo ensangrentado entre los escombros.

Las sirenas sonaban cada vez más claras, pero el crepitar de las llamas se acercaba peligrosamente. El calor le quemaba los tobillos, el humo le nublaba la vista. Con un gemido, dejó caer la cabeza contra el respaldo astillado.

El sueño lo llamaba.

Los oídos de John resonaban con un pitido estridente, como si su cerebro hubiera quedado atrapado en una frecuencia ajena al mundo real; todo giraba, el dolor era un latido sordo que se expandía desde sus costillas hasta las yemas de los dedos, y entonces, bruscamente, unas manos ásperas le golpeaban las mejillas, manteniéndolo al borde de la conciencia.

Voces apagadas, como escuchadas bajo el agua, le ordenaban mantenerse despierto, pero sus párpados pesaban como plomo, y entre destellos de visión borrosa solo alcanzaba a distinguir siluetas con cascos, el resplandor naranja de las llamas reflejado en sus visores, el estruendo metálico de una radial cortando chatarra que hacía vibrar el suelo bajo su espalda.

Alguien le gritó algo sobre un torniquete, sintió un dolor agudo en las piernas, y luego, como si alguien hubiera bajado el volumen al universo entero, el sonido se desvaneció; las luces se difuminaron en manchas algodonosas, y el sueño lo arrastró hacia abajo, lejos del humo, de las manos que lo sujetaban, del olor a combustible y sangre.

Esta vez, nadie lo detuvo