Curso Grado 12 Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Entonces habrá que rebuscar en ella —dijo John, entusiasmado—. ¡Seguro que están como nuevos!

—¿Creéis que podríamos intimar con las colegialas? —preguntó Austin, ruborizándose.

—¡Estás en las nubes! —le espetó Cameron, dándole un suave manotazo—.

—Se dice que son muy inteligentes y dominan varios idiomas —señaló Andy—. Probablemente hablen inglés fluido. Si hablamos despacio, seguro que nos entendemos.

Las azafatas se alinearon en el pasillo principal, preparándose para la demostración de seguridad previa al despegue. Con movimientos precisos, señalaron los compartimentos superiores donde se almacenaban los chalecos salvavidas y las máscaras de oxígeno.

Entre el personal de cabina, una auxiliar de vuelo japonesa captó inmediatamente la atención de Austin.

—Miren esa belleza —susurró a sus compañeros, inclinándose sobre el pasillo—¿Habrá venido directo desde Tokio?

John, sentado una fila más adelante, alcanzó a escuchar el comentario a pesar del murmullo de los motores.

Sin embargo, mantenía la vista fija en las instrucciones de seguridad que la azafata principal explicaba con gestos metódicos.

No tenía tiempo para distracciones triviales; cada detalle podría ser crucial en una emergencia real.

En el asiento izquierdo de John el distinguido ejecutivo con traje y corbata pasaba de las indicaciones y sólo se concentraba en su teléfono ultimando sus últimas transacciones antes de apagarlo.

Estaba tranquilo, pues se notaba que era una de muchas veces sobrevolando las alturas.

Por su habla parecía alemán, aunque John no entendía nada.

A la derecha, la realidad era menos glamurosa.

El pasajero obeso, cuyo volumen desbordaba claramente los límites del asiento, forcejeaba contra los brazos reclinables como un torpe gladiador moderno.

Al inicio del vuelo, sus amigos habían disimulado risas ante el espectáculo del hombre atrapado en su propio asiento, pero ahora la situación perdía gracia.

Los codos del hombre; rollizos, y sudorosos, invadían constantemente el espacio de John, convirtiendo lo que debería ser un viaje de horas en una prueba de paciencia y penitencia.

En el centro, John tan solo parecía una salchicha peleando contra dos grandes panes.

Sin duda no salió beneficiado en el reparto de los billetes.

Por el contrario, sus amigos seguían en su mundo, riendo y bromeando como nunca ajeno a todo lo malo que a él le pasaba.

John conocía la verdad incómoda: su vecino de asiento jamás podría abrocharse el cinturón.

No por rebeldía, sino por simple geometría corporal.

La barriga del hombre formaba un arco imposible sobre sus muslos, haciendo que las hebillas quedaran a centímetros de distancia, como una promesa incumplida de seguridad.

El sudor le resbalaba por las sienes. Austin, su optimista amigo, había asegurado que "doce horas pasarían volando", pero cada minuto en aquel infierno claustrofóbico pesaba como plomo.

El aire viciado olía a recalentamiento humano, a perfume barato y a la menta artificial que el obeso chupaba con nerviosismo.

Y entonces, la guinda macabra: a través de la ventanilla, John veía el ala izquierda. Un mecanismo cerca del flap no dejaba de agitarse, como un diente flojo a punto de desprenderse. Cada vibración del avión lo hacía bailar con inquietante libertad.

—¿Es normal que eso se mueva así? —pensó John, pero no dijo nada, quizás estaba demasiado sugestionado.

El rugido de los motores se intensificó hasta llenarlo todo, y John, con los dedos aferrados a los brazos del asiento, sintió cómo su cuerpo se hundía levemente en el respaldo.

El cinturón, ajustado firmemente sobre su regazo, le recordaba que, al menos en esto, tenía el control.

Sabía que, aunque más tarde pudiera soltarse, no lo haría.

No mientras ese maldito mecanismo del ala siguiese moviéndose como si tuviera vida propia.

Una palmada en el hombro lo sacó de sus pensamientos. Austin, desde el asiento de atrás, le apretó con complicidad, como diciendo "Tranquilo, aquí estoy". Ese gesto, pequeño pero significativo, le dio un respiro. No estaba solo.

Los segundos del despegue se le grabaron a fuego en la memoria: la presión en el pecho, el estómago encogido, la incómoda sensación de que el avión luchaba contra algo invisible. Pero luego, el alivio.

Las luces de emergencia se apagaron, los tripulantes se desabrocharon los cinturones con rutina, y el ambiente se relajó. John, sin embargo, mantuvo el suyo puesto. Por si acaso.

Miró por la ventanilla. Las nubes, algodonosas y brillantes bajo el sol, flotaban como islas en un mar infinito. Y más abajo, muy lejos, el océano relucía, un espejo azul que parecía tranquilo desde esta altura. Por un instante, casi podía olvidar el miedo.

John miró su reloj con ojos cansados. Cuatro horas.

El vuelo transcurría sin mayores incidentes, salvo por ese persistente malestar que no lograba sacudirse.

Se había refugiado en periódicos digitales y listas de música, los auriculares ahogando el zumbido constante de los motores.

Pero ahora, con el cielo oscureciendo tras la ventanilla, solo ansiaba dormir.

—"Si me duermo ahora, despertaré cuando ya estemos descendiendo" —pensó. O mejor aún, si podía evitar por completo la sensación del aterrizaje, mucho mejor.

Sin embargo, el destino tenía otros planes.

De pronto, la megafonía crujió con un anuncio inesperado:

—"Señoras y señores, debido a circunstancias operativas, procederemos a un aterrizaje no programado en el Aeropuerto de Estambul. Rogamos mantengan la calma y sigan las instrucciones de la tripulación."

El corazón de John dio un vuelco.

Estambul. Turquía. ¿Por qué?

Su mente regresó de inmediato al ala. A ese movimiento anormal que había estado observando durante horas. ¿Lo habrían notado los pilotos? ¿Era eso la "circunstancia operativa"?

A su alrededor, los pasajeros murmuraban, algunos irritados, otros preocupados. El ejecutivo alemán dejó escapar un gruñido en su idioma y sacó su teléfono, probablemente recalculando sus reuniones fallidas. El hombre obeso a su derecha se removió incómodo, sudando más de lo habitual.

John apretó los puños. No podía evitar pensar que algo andaba mal.

El avión comenzó a descender.

Estambul—Turquía.

(Terminal)

El caos reinaba en la pista de la misma terminal.

Ni siguiera habían entrado en las instalaciones, parecía algo que se resolvería rápido.

Pasajeros agotados, y voces elevadas en múltiples idiomas llenaban el espacio como un mercado al borde del colapso.

Nadie sabía con certeza qué ocurría. Los operarios de tierra murmuraban algo sobre "repostar", pero la información era tan confusa como el horario de salida.

Austin, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, no disimulaba su irritación.

—¡¿Qué diablos pasa?!—rugió, arrancando miradas de los pasajeros cercanos—. ¡Esto no estaba en el itinerario!

Andy, más observador, notó algo extraño en el ambiente.

—Está claro que algo pasa—susurró, bajando la voz—. No nos han dado una explicación real.

Cameron lanzó una mirada de advertencia.

—Cállate—replicó, con un gesto hacia donde debería estar John—. Johnny ya estaba nervioso. Si escucha esto, se pondrá peor.

Fue entonces cuando notaron su ausencia.

—¿Dónde está? —preguntó Andy, escudriñando entre la multitud—. Hace un minuto estaba aquí.

El grupo intercambió miradas. John había desaparecido.

Mientras tanto, en algún lugar de la terminal, John observaba a través de un ventanal. El avión, ahora quieto en la pista, era atendido por un equipo de mecánicos.

Los amigos encontraron a John pegado al ventanal, su mirada clavada en el avión. No era simple curiosidad: era sospecha.

—Johnny, ¿qué haces aquí? —Andy lo agarró del hombro, irritado—. ¡Te has ido sin avisar!

—Solo quería curiosear… —murmuró John, sin apartar los ojos del ala.

Un grupo de pasajeros, igual de frustrados, se unió a ellos, exigiendo respuestas. Pero los operarios no estaban de humor para explicaciones. Con gritos en su idioma y gestos bruscos, los echaron de la pista.

—¡Hey, ¿qué pasa aquí?! —protestó un hombre con acento americano.

Uno de los técnicos, en un inglés roto, soltó:

—"Solo mantenimiento y repostaje. Vuelvan a la terminal."

Pero John había visto algo más.

—No es solo repostar —susurró, mientras el grupo se alejaba a regañadientes—Estaban revisando el cuadro eléctrico, creo...

—¡Basta! —Andy lo interrumpió, bajando la voz—. ¿Quieres que todos entren en pánico? A este paso nos van a echar del viaje de nuestros sueños.

Cameron, intentando calmar las cosas, señaló hacia la terminal:

—A lo mejor es algo rutinario. Vamos, antes de que nos multen.

John no respondió. Creía saber lo que había visto.

Un técnico con una llave inglesa. Otro revisando paneles. No sé, era todo muy confuso, o quizás estaba demasiado sugestionado como para evaluar las cosas. Después de todo estaba muy negativo por todo lo que estaba viviendo dentro del avión.

Minutos más tarde en la pista de la terminal…

Austin se inclinó hacia John, con una sonrisa de complicidad:

—¿Cómo lo llevas, Johnny? ¿Más calmado?

John asintió, frotándose los ojos. El breve descanso en tierra le había ayudado, pero la idea de volver a ese asiento lo encogía por dentro.

—Estoy bien. Perdonad por mi comportamiento… —susurró—. Pero joder, es que todo sale mal. Lo único bueno ha sido estirar las piernas.

Hizo una mueca al recordar al hombre-gordo y sus codos invasivos, que parecían tener vida propia. Cada movimiento del tipo era un nuevo golpe a su paciencia.

Austin, siempre práctico, le lanzó un salvavidas:

—¿Quieres que te cambie de sitio? Así al menos te libras del gordo y te entretienes con Andy y su cháchara interminable.

John negó con la cabeza.

—Gracias, pero no. Si me muevo, el gordo sabrá que es por él… y la vergüenza sería peor que los codazos.

Austin soltó una risotada, pero antes de que pudiera responder, el anuncio de reembarque resonó en la terminal.