Capítulo 1
“Sueño Roto”
El parón navideño llegó como un salvavidas para los cuatro amigos, agotados tras un trimestre infernal en la Universidad de Londres. Pero lejos de planear regresar con sus familias, tenían una idea muy diferente en mente.
John, el más independiente del grupo, había estado trabajando como camarero en un exclusivo hotel nocturno, donde las propinas eran tan generosas como los escotes de las clientas.
Austin, Andy y Cameron, en cambio, seguían viviendo del dinero de sus padres –empresarios adinerados que no escatimaban en las asignaciones mensuales.
Esa noche, reunidos en un pub cercano al campus, el ambiente olía a cerveza barata y a rebeldía adolescente. Todos acordaron una propuesta innovadora. Estaba de moda pasar el fin de año fuera de casa, y no en un local cualquiera... sino en otra ciudad o en el extranjero.
—Mi amigo Brian este año nada de aburrirse con la familia—dijo Andy, entusiasmado— Está pensando en viajar con sus colegas al norte de Europa.
—¡Nosotros tenemos dinero para eso y más! Johnny aquí ha estado forrándose en ese antro de lujo —señaló Austin, ilusionado— Además... Elegiría Francia. ¿Será verdad eso que dicen que las francesas son tan ardientes?
—Siempre con lo mismo —lo interrumpió John, frotándose los ojos cansados—. ¿No puedes pensar cinco minutos con la cabeza de arriba?
—¡Cómo si tú no lo hubieses pensado!
Cameron, el eterno aguafiestas, torció el gesto:
—¿En serio os veis diciéndole a vuestros padres que os piráis en Navidad? No sé qué es peor, si atrevernos a salir del nido o tener agallas para decirles a nuestros padres que no vamos a pasar la navidad con ellos.
—¡No seas aguafiestas! —replicó Andy— Está de moda y ya no somos unos niños... ¡Tenemos 18 años!
Cameron volvió a torcer el gesto.
—También tendremos que convencer a nuestras novias…
—¡Ya está otra vez! —atizó Austin con su voz— Pues hazlo y punto. Lo que te pasa es que eres un cagado. Así no me extraña que nos tilden de mimados ¡NUNCA SALIMOS DE CASA!
En medio de la discusión, John permaneció en silencio. Cuando alzó la vista, tenía esa mirada que solo aparecía cuando ideaba algo revolucionario.
—¿Qué le pasa a éste? —señaló Austin, impacientándose— Está como ido.
—¿Y si... vamos a Japón?
El silencio cayó sobre la mesa como un mazo.
—¡Hostias! —Andy fue el primero en reaccionar—. ¡Nuestro sueño desde niños!
—¡Qué flipada! Austin ya estaba buscando vuelos en el móvil.
—¿No nos estamos pasando? —indicó Cameron poniendo algo de cordura— Creo que pueden ser unas catorce horas de vuelo y para ser nuestro primer viaje es un poco arriesgado. ¿No?
—¡Es Japón, tío! —dijo Andy entusiasmado— Y no hay mejor momento que éste para cumplir nuestra promesa. Estamos en vacaciones y tenemos dinero para ello.
—Nuestros padres van a flipar... en serio. Necesitaríamos unas 2500 £, contando con más gastos para imprevistos.
Todos se contagiaron del pesimismo de Cameron, todos, menos uno…
John se alzó y golpeó la mesa con fuerza.
—¡Sin duda que iremos! No es una idea loca que haya surgido, pues es un sueño desde que éramos niños, y no será por un “acojone” que nos echemos atrás...
—¡Así se habla! —exclamó Austin— ¡Iremos a Japón!
El nerviosismo y la excitación contagiaron a éstos; todos se miraron con ojos iluminados, sabiendo que esta vez su sueño estaba más cerca.
—Tokio, Yokohama, Osaka, son las principales ciudades más grandes—comentó Austin desvariando— Pero Kobe y Kioto son muy elegantes... aunque Hokkaido con sus playas, y sus japonesas en bikini...
—¡Deja de soñar! —indicó Cameron, desesperado— Ahora queda lo más importante, hay que comunicarlo a la familia, y bueno... ¡Qué lío!
—¡Por el viaje de nuestros sueños! —alzó John la cerveza. Sus amigos izaron las suyas.
22 diciembre 2013
Londres—Reino unido
Aeropuerto
Los cuatro amigos esperaban en la interminable fila de facturación, arrastrando maletas que parecían contener media habitación de cada uno.
Tras negociar con sus familias, por fin habían obtenido el permiso para este viaje, con la promesa de regresar antes de que terminara el año.
Sería una intensa semana que quedaría grabada en su memoria para siempre.
—9.5 kilos... ¡por los pelos! —exclamó John al retirar su equipaje de la báscula con alivio.
—El mío pesa menos —dijo Andy orgulloso—. Solo 8.
Austin soltó una carcajada:
—Claro, porque solo trajiste ropa interior y condones.
Cameron, el eterno preocupado, revisaba por tercera vez los documentos:
—Pasaportes... tarjetas de embarque... ¿seguro que no olvidamos nada?
—Solo tu sentido de la aventura —bromeó Andy, mostrando su tarjeta de embarque digital con orgullo—. ¡Mirad esto! Billetes de Asian Tour, la aerolínea más barata de Asia. Un chollazo, ¿eh?
Asian Tour no era precisamente la compañía más lujosa, pero su explosivo crecimiento y precios imposibles la habían convertido en su mejor opción. Una prometedora aerolínea en alza por su competitividad en los precios. Eran mucho más baratos que los de otras compañías.
Mientras avanzaban hacia el control de seguridad, una extraña sensación comenzó a inquietar a John. No era solo nervios por el viaje... algo no encajaba.
—Oye, ¿alguien ha revisado bien los cargos en las tarjetas? —preguntó de repente, bajando la voz—. Porque estos billetes estaban... demasiado baratos.
Austin se rio, pasando su mochila por el escáner:
—¿Ahora te pones paranoico? ¡Disfruta, tío! En unas horas estaremos en Tokio.
Mientras avanzaban hacia la puerta de embarque, el ambiente era pura electricidad. Austin no podía dejar de hablar: ¡Tokio en unas horas! ¡Luces de neón, sushi fresco, esas máquinas de bebidas en cada esquina...!
—Y ojalá alguna chica japonesa que nos enseñe el camino —añadió Andy con una sonrisa pícara.
John sacudió la cabeza, pero sonreía. Incluso Cameron, normalmente el más cauteloso, tenía los ojos brillantes de emoción.
—¿Os dais cuenta? —dijo John mientras subían por la pasarela—. Después de tantos años soñándolo...
—¡Por fin nuestro viaje a Japón! —completaron los otros tres al unísono.
Cameron exclamó con entusiasmo:
—Aún no me creo que pasaremos siete días disfrutando al máximo.
Austin lo miró con incredulidad:
—¡Míralo! Hace unos días eras el primero en poner pegas al viaje...
—¡Cállate! —replicó Cameron— Ahora estamos a punto de embarcar.
El avión esperaba, enorme y reluciente, como un portal a otro mundo. Sin saberlo, estaban a punto de embarcar en un viaje muy diferente al que habían imaginado.
Pista de aterrizaje.
Andy no podía contener su emoción:
—¡Qué pasada! El avión es más grande de lo que imaginaba.
John observaba la estructura metálica con cierta aprensión:
—Ahora que todo está listo... me preocupa un poco la duración del vuelo. Para ser nuestro primer viaje aéreo... ¡No lo hemos pensado bien!
Austin sonrió con incredulidad:
—¿En serio, Johnny? Los aviones son el transporte más seguro. Además, es vuelo directo. ¿Qué son doce horas?
—No sé... Me da cierta impotencia. No es como ir en coche.
—¡Tonterías! —replicó Austin—. Una vez despegues, dormirás, y cuando despiertes estaremos sobrevolando Japón.
(Interior del avión).
—¡Al final hemos tenido suerte! —comentó Cameron mientras se acomodaba—Estamos juntos en los asientos y... ¡mirad! Tenemos pantallas individuales. Con un buen maratón de series, el tiempo pasará volando.
—¡Yo habría ido hasta en la bodega! —exclamó Austin—. No es primera clase, pero por lo que nos costaron estos billetes...
John observaba cómo sus amigos se instalaban en sus asientos, sonriendo ante el entusiasmo desbordante de Andy, que no paraba de hablar. A ellos les había tocado en los asientos, dispuestos de tres en tres, justo detrás de donde él se encontraba, junto a dos desconocidos que aún no habían llegado.
Los asientos no eran muy espaciosos, y menos cuando llegaron sus compañeros de fila: En la izquierda, un alto ejecutivo con traje elegante que no despegaba su oreja del móvil.
Y a la derecha, un hombre robusto cuya barriga quedaba literalmente encajada entre los reposabrazos.
La situación desató las risas del grupo, haciendo que por fin John pudiera relajarse y sonreír.
Aunque inicialmente se sentía intimidado por la experiencia de volar; algo que nunca pensó que le afectaría, pronto se distrajo con las animadas charlas de Andy, asomándose cada tanto por el respaldo de su asiento para participar.
Austin reflexionaba mientras ajustaba su cinturón:
—¿Creéis que hemos elegido bien? Tokio era lo obvio, pero su magnitud y multitudes podrían resultar agobiantes.
—Yokohama es una buena opción —respondió Cameron—. Después de todo, es la segunda ciudad más grande de Japón. Aunque primero aterrizaremos en el aeropuerto de Tokio.
—¡Después de la que montaste para decidirte! —añadió Cameron, exasperado—. Estuvimos cuatro horas evaluando opciones.
Austin los miró decepcionado:
—Al final no me hicisteis caso.
—¡A ti te daba igual el destino! —replicó Andy—. Solo querías un sitio con playa. ¡Playa en diciembre!
—Buf... —resopló Austin—. Definitivamente nos equivocamos de fecha. Nada de ver japonesas en bikini. (Risas)
Austin moderó su risa al notar la expresión seria de John, visible sobre el respaldo del asiento:
—¡Anímate, hombre! Estás tenso... En cuanto aterricemos recuperarás la sonrisa.
—Eso, si no nos estrellamos antes —bromeó Andy con humor negro.
(Austin le dio un codazo al ver que John se estremecía con el comentario. Para cambiar de tema, Cameron retomó la conversación)
—Siempre he oído que hay edificios enteros dedicados a cómics... Con decenas de plantas para explorar. Ni en siete días los veríamos todos.
—Leerlos, lo que se dice leer, no creo que pudiéramos —dijo John, empezando a sonreír—.
Andy, al ver que su amigo se animaba, añadió:
—Con solo ver los kanjis[3] y su caligrafía ya me pondría cachondo.
—¿Sabéis lo que me gustaría? —fantaseó Austin—. Perderme en la sección de hentais[4] (Risas)
—Dicen que los japoneses leen muy rápido y luego tiran los cómics a la basura —comentó Andy—.