Capítulo 25
H ollis no para de moverse en el asiento del copiloto y Megan empieza a pensar que va a tener que atarla al respaldo del asiento como no se esté quieta de una vez.
—Relájate —dice, poniéndole una mano sobre el muslo.
La diseñadora coge una bocanada de aire y lo suelta muy despacio.
—Lo siento, es que quiero que te gusten mis padres, y que tú les gustes a ellos, pero sobre todo que no digan o hagan nada que me haga querer desaparecer de la faz de la tierra.
Megan se ríe y niega con la cabeza sin apartar la vista de la carretera.
Llevan cuatro meses y medio saliendo —más o menos el tiempo que una lesbiana necesita para empezar a pensar en vivir juntas— aunque ninguna ha dicho nada todavía.
Megan y Hollis lo llevan muy bien, se ven muy a menudo y suelen pasar todos los fines de semana en el apartamento de la diseñadora.
La periodista la suele invitar a todos los eventos que tiene que cubrir y ambas están deseando que se pongan a la venta las entradas para ir a ver un partido de béisbol a San Francisco.
—Tus padres me van a adorar, y a mí ellos seguro que me caerán genial —asegura Megan con tranquilidad—. A no ser que no hayas mencionado algo como que coleccionan cabezas de animales o tienen una secta.
Hollis se ríe y agradece la calma contagiosa que transmite su chica.
—No tienen una secta y, que yo sepa, todos los cerdos y las gallinas siguen con vida.
—Estupendo, entonces.
Hollis se muerde el labio y se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja mientras la observa de reojo. Adora a esta mujer.
—Mi madre me ha llamado esta mañana para preguntarme qué comes, qué bebes, si tienes alergia…
—¿Y tú qué le has contado? —Megan se lo está pasando bomba. Hollis le ha hablado mucho de sus padres y a estas alturas tiene muy claro que sus suegros son unos personajes muy particulares y que Hollis vive asustada desde que decidieron que había llegado la hora de que Megan los conociera.
—Yo solo le he suplicado que no te pregunten nada raro —dice casi sollozando, hundiéndose en el asiento.
La periodista vuelve a sonreír y toma la carretera secundaria que lleva a Warwick. Están a finales de marzo y los árboles ya empiezan a tener hojas después del invierno, los campos son verdes y el día es soleado, y se respira una tranquilidad de la que Megan ya se está enamorando.
—Es por ahí —indica Hollis señalando un camino de grava que se desvía de la carretera principal.
Megan gira y conduce más despacio, esquivando los baches, hasta que al final del camino aparece la finca de los padres de Hollis, con una casa de porche amplio, un granero a la derecha y, justo encima de la puerta principal, una bandera arcoíris del tamaño de una sábana ondeando al viento. Megan frena el coche y parpadea.
—¿Eso es…?
—Oh, Dios mío —murmura Hollis, tapándose la cara con las manos.
La risa de Megan llena el vehículo y vuelve a ponerlo en marcha, y a medida que avanzan descubren que la bandera no es lo único: en el porche cuelgan unas guirnaldas con los colores del arcoíris y cuando bajan del coche y suben los escalones, delante de la puerta hay un felpudo que dice «Love is love».
—Lo siento —dice Hollis horrorizada y avergonzada a partes iguales mientras pulsa el botón del timbre.
La puerta se abre en cuestión de segundos y Dalia Warren aparece con una camiseta que dice «mamá orgullosa», y detrás de ella llega Robert con otra idéntica que dice «papá orgulloso».
Hollis se queda helada.
—Papá, mamá, ¿qué lleváis puesto?
—Las he comprado por internet —responde Dalia sonriente—. Tardan muy poco en llegar, ¿verdad, Robert?
—Dos días con envío Prime —confirma él, satisfecho.
—Qué maleducada es mi hija, tú debes ser Megan. Dios mío, qué guapa eres —dice, abriendo los brazos hacia ella y estrujándola entre ellos.
Hollis mira el suelo, buscando algún agujero por el que esconderse.
—Encantada, señora Warren —dice Megan, que se lo está pasando en grande.
—Oh, no me llames señora, que me hace sentir mayor, solo Dalia.
—Claro.
—Bienvenida, Megan —dice Robert apretándole la mano—. ¿Quieres ver mis cerdos?
—Papá, no creo que…
—No importa. —Megan le guiña un ojo—. Me encantaría conocerlos.
Robert se infla como un pavo real y le hace un gesto con la mano para que lo siga mientras Hollis se queda en el porche con su madre.
Mientras caminan hacia el granero, Robert le va señalando todas las zonas de la finca, que a Megan le parece cada vez más grande.
Rodean el edificio y llegan al cercado de los cerdos, donde varios animales enormes hacen ruidos horribles y la miran como si quisieran comérsela.
—Estos son mis chicos —dice Robert con orgullo.
—Son muy monos —comenta Megan—. Hollis dice que les pones música clásica.
—Oh, sí, les encanta y los deja más tranquilos.
Megan se inclina sobre la valla para mirar a uno de los cerdos, que husmea moviendo el hocico mientras la mira.
—Parece simpático.
—Bueno, esta es una hembra y tiene mucho carácter, me recuerda a mi mujer.
Megan se muerde el labio para no reír y continúa su ruta junto a Robert por el resto de la finca hasta que regresan al porche y entran en la casa, donde la periodista se fija en todos los detalles.
Le gusta el ambiente, los padres de Hollis son muy agradables y se ha sentido cómoda con ellos de inmediato, y el interior de la vivienda es muy acogedor, grita hogar feliz por todas partes.
Se detiene frente al mueble donde Dalia tiene una estantería repleta de pequeños marcos de fotos en los que sale Hollis en distintas edades.
—Por favor, no mires eso —suplica la diseñadora a su lado.
Megan coge una de una Hollis adolescente con brackets y el pelo recogido en una coleta.
—Siempre miras igual —murmura mientras pasa los dedos por el cristal, despacio—. Como si solo vieras la parte buena de todo.
—¿Y eso es malo?
—No, es encantador.
Megan deja el marco y le roza la mano.
—¿No son adorables, Robert? —Aplaude Dalia desde atrás, sobresaltándolas.
—Por supuesto —confirma él.
—Venga, venid a la cocina. He preparado lasaña.
Cuando entran, la mesa ya está preparada para cuatro y Dalia ha puesto la vajilla buena, la que solo saca en ocasiones especiales y, aunque a Hollis la peculiaridad de sus padres a veces la saca de quicio, no desearía ser la hija de nadie que no fueran ellos.
—Sentaos —ordena la mujer, colocando la bandeja en el centro de la mesa.
—Qué buena pinta —dice Megan, a la que se le ha hecho la boca agua al ver el queso gratinado por encima.
—¿Verdad? Seguro que te gusta, pero si no lo hace, no tengas vergüenza de decirlo, te puedo preparar otra cosa en un periquete.
—La lasaña me encanta, de verdad —afirma Megan mientras Hollis la observa.
Se ha pasado las dos últimas noches sin dormir temiendo este día e imaginando todo lo que podía salir mal, pero sobre todo, lo que le preocupaba era que no se llevaran bien, que sus padres —brutalmente sinceros— hicieran o dijeran algo que incomodara a su chica, pero Megan parece encantada y no ha mostrado ni uno de esos tics que en estos meses Hollis ha aprendido a identificar en ella, esos que la delatan cuando está nerviosa o incómoda, como apartarse el pelo de la cara constantemente o tirarse de las mangas del jersey para cubrirse las manos y mantener los puños cerrados.
La periodista está relajada, cómoda, y en lugar de asustada por algunas de las preguntas raras de sus padres, ella parece disfrutar respondiendo y riendo junto a ellos.
—Hollis dice que eres periodista —comenta Dalia—, seguro que has conocido a gente muy interesante.
—La verdad es que sí. Suelo cubrir eventos de todo tipo, algunos no aportan nada más que la información que pueda sacar para escribir el artículo, pero hay otros donde además de entrevistar a alguien, me puedo permitir el lujo de visitar cosas que de otra manera jamás me habrían llamado la atención.
—¿Cómo por ejemplo? —pregunta Robert, rellenando las copas de vino.
—Umm, no sé, exposiciones, eventos culturales de barrio o incluso algún concierto de góspel. Siempre que tengo que cubrir eventos de ese tipo, Hollis suele acompañarme, y gracias a eso hemos descubierto que nos encantan las exposiciones de fotografía.
Hollis la mira sonriendo, porque es cierto, quizá porque su primera cita real empezó en una —ignorando lo que pasó en el baño— les encanta detenerse delante de una fotografía y Megan la suele abrazar por detrás mientras ella describe todo lo que ve desde su punto de vista de diseñadora.
—Hacéis una pareja tan bonita. —Dalia junta las manos en el centro de su pecho con dramatismo y ellas dos se miran y se ríen.
—Gracias —dice Megan—, por cierto, la lasaña estaba deliciosa, de verdad.
—¿Sí? Pues puedes llevarte lo que ha sobrado en un táper, te lo prepararé ahora mismo.
La mujer se levanta antes de que Megan pueda decir nada y se lleva la bandeja hacia la encimera.
Hollis también se pone en pie y empieza a recoger la mesa mientras su chica sigue hablando con su padre sobre el béisbol, porque desde que Hollis se interesó por ese deporte una de las veces que vino y se quedó a dormir, el hombre está encantado y le da datos nuevos cada vez que tiene ocasión.
—Bueno, voy a la cerca a refrescarlos un poco con la manguera.
Robert se levanta y desaparece de la cocina.
—Id al salón y poneos cómodas, yo terminaré de recoger la cocina y después llevaré galletas y café.
Hollis podría discutir, pero sabe que es absurdo, además, necesita un respiro de la intensidad de su madre, así que agradece el silencio que encuentran en el salón cuando se sientan juntas en el sofá.
—Tranquilízate —le susurra Megan—, es verdad que son un poco peculiares —dice señalando hacia el porche donde ondea la enorme bandera—, pero son encantadores, Hollis, me lo estoy pasando muy bien aquí y ahora entiendo que necesites este sitio tanto como Nueva York.
La diseñadora sonríe.
—¿Te gusta de verdad?
—Me encanta todo. Ellos, este sitio y la tranquilidad que se respira, joder, creo que me gustan hasta los cerdos. Como sigamos viniendo, a lo mejor convenzo a tu padre para que nos deje hacernos una casita de fin de semana en algún rincón de esta enorme finca.
Se quedan mirándose, Hollis con los ojos muy abiertos y Megan mordiéndose el labio.
—¿De verdad te lo plantearías? Tener algo aquí, conmigo —dice la diseñadora.
—¿Vamos a tener esta conversación aquí? —sonríe Megan susurrando—, porque ni siquiera hemos hablado de vivir juntas en Nueva York.
—Claro, tienes razón, olvídalo —dice Hollis, azorada, pero Megan le coge la mano y da un tirón para que la mire.
—A mí me encantaría vivir contigo, aquí y en Nueva York.
—¡Robert! —grita Dalia de pronto, como si tuviera una emergencia.
Las dos se giran de golpe y la encuentran detrás del sofá con las manos en la boca y los ojos brillando de emoción.
—Mamá, ¿qué demonios…? —jadea Hollis.
—Sí, perdón. No estaba espiando, yo solo venía… Ya me voy.
Corre a la cocina y Hollis necesita unos segundos para quitar la cara de asombro.
—Vale, a lo mejor deberíamos comprar nuestro propio terreno —bromea Megan, guiñándole un ojo a Hollis.
—Lo siento.
—No te disculpes, no me molestan, de verdad. Mi madre… —Megan mira hacia atrás para asegurarse de que están solas—. Ella también es un poco cotilla, ya lo verás cuando vayamos a verlos.
—Vale, pero por favor, sigamos esta conversación en el coche.
—Claro. Por cierto, ¿tú sabías que Natalie y Brena se van tres días a Boston?
—¿Qué? No, ¿cuándo?
—El mes que viene.
—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Te lo ha dicho Natalie?
Megan levanta una ceja y niega con la cabeza.
—Claro que no. Entré en su despacho para hablar de un artículo y ella no estaba allí, pero por la hora que era yo sabía que solo era porque se había ido a la máquina del pasillo a sacar un café.
Así que me senté a esperarla y no pude evitar echar un ojo a los billetes impresos que tenía sobre la mesa, el suyo y el de Brena.
—¡Qué fuerte! —dice Hollis, negando con la cabeza.
Por alguna razón que ninguna de las dos entiende —Melissa tampoco— Natalie y Brena se niegan a admitir que están juntas, pero todas saben que eso es así porque, aunque empezaron sin expectativas, han llegado a un punto en el que se ven casi a diario y siempre acuden juntas a las quedadas que a veces hacen las cinco para cenar, pero por más que les preguntan, ellas siguen diciendo que solo se están conociendo.
—Bueno, son mayorcitas, supongo que no les va lo de ir contando cada detalle —opina Megan.
—Todo lo contrario que nosotras que a las dos semanas ya teníamos todo un culebrón montado.
—El culebrón lo montamos desde el primer día —recuerda la periodista, pero ya no hay resto de aquel rencor, se puso en la piel de Hollis y tuvo claro que ella hubiera reaccionado igual, quizá menos histérica, pero la habría acusado, y ahora recuerdan aquella anécdota con cariño porque simplemente forma parte de su historia.