Cupido en Halloween Epílogo
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Epílogo

—Joder, cariño —sisea Megan con la espalda pegada contra la puerta del baño del apartamento que comparte con Hollis desde hace seis meses—. Me vuelves loca.

La diseñadora está en ropa interior —un conjunto rojo de encaje con ligueros— porque hace unos minutos han empezado a vestirse para asistir a la fiesta de Halloween de esa noche, la misma en la que hace un año ambas quedaron cautivadas y completamente flechadas.

Entonces Hollis apareció en el baño, maquillada y con unos tacones de infarto puestos, haciendo que Megan perdiera la cabeza y saltara sobre ella como una pantera a su presa.

El problema es que Hollis estaba más que hambrienta, llevaba unos días sin ver a su chica porque estuvo en Savannah visitando a su madre y no pudo acompañarla, así que en cuanto Megan ha atrapado sus labios, el resultado es que la diseñadora ha empezado a tocarla con una desesperación casi animal.

—Eres preciosa —susurra Hollis pegada a su boca mientras sus dedos entran y salen del interior de la rubia—. Te he echado mucho de menos.

Los ojos azules de la periodista están nublados por el deseo y es incapaz de tener el control de sus manos para poder tocar a su novia.

En todos estos meses, Hollis ha aprendido a conocer cada punto erógeno de su cuerpo, lo que hace que Megan apenas tenga fuerzas para hacer algo más que gemir cuando la están follando de esa manera.

—Joder, joder —balbucea Megan y lame los labios de Hollis de manera desordenada, señal inequívoca de que va a correrse.

La periodista no es especialmente ruidosa, cuando el orgasmo la atraviesa sus jadeos son bajos, sensuales, tan exquisitos que si Hollis pudiera rozarse con su pierna, también conseguiría dejarse ir.

—No sabes lo mucho que lo necesitaba —la rubia deja caer parte de su peso en el cuerpo de Hollis que la sostiene con fuerza mientras retira los dedos.

Se dan un beso corto con suspiro incluido, pero no han pasado ni dos segundos cuando Megan lo profundiza buscando devolverle el favor a su chica.

—No podemos —Hollis está perdida en las caricias que le regala Megan, pero aún le queda algo de cordura.

—¿Por qué? —quiere saber la otra mujer sin dejar de besarla—. Quiero...

El timbre del telefonillo hace que ambas se separen de un salto, como si la madre de alguna las hubiera pillado haciendo cosas sucias. Hollis levanta las cejas y señala la puerta principal.

—Por eso —termina de entrar al cuarto de baño y se lava las manos con jabón—. Las chicas ya están aquí.

A Megan no le funciona bien el cerebro, la bruma mental que le ha dejado el orgasmo la ha ralentizado y daría todo lo que tiene —que no es demasiado si es justa— por cancelar la asistencia a esa fiesta y quedarse con su novia usando ese juguete nuevo que tanto le gusta.

—¿Puedes abrir? —pregunta Hollis caminando con prisa a la habitación para ponerse el disfraz que usará.

Megan parpadea, siente la humedad entre sus piernas y tendrá que cambiarse de bragas, pero antes se acerca a la puerta, presiona el botón para abrir la de abajo y deja la de arriba entornada.

—Vaya —dice Melissa nada más entrar, esa noche ha elegido ir de monja guarra, pero muerta—. Te ves increíble.

Hollis se lleva una mano a la cadera haciendo una pose torpe que no le queda nada sexy, pero no lo necesita, realmente se ve estupenda.

Este año, ella y su novia han decidido intercambiar los disfraces, así que la diseñadora va de diablesa con todo y cuernos mientras que Megan lleva una capa espectacular, vestido corto negro y unos colmillos de plástico blanco que terminan el look vampírico.

—No te lo quites —se escucha una voz detrás de la pelirroja, es parte del disfraz.

Natalie suelta una palabra malsonante y después bufa como un gato muy enfadado. Hollis se muerde los labios porque está segura que ir disfrazadas a juego de Cupido en Halloween ha sido idea exclusiva de Brena.

—Os queda bien. —Megan aparece subida en unos tacones altos de color negro y las cuatro mujeres abren la boca al mismo tiempo.

—Joder, si no fuera una gran amante de los penes, seguramente estaría encantada de llevarte a la cama.

—Eh, ¿hola? —Hollis hace aspavientos con las manos mirando a Melissa—. Estoy aquí.

La monja guarra, pero muerta, mueve los hombros con fingida inocencia.

—Tienes que aceptar que tienes un bombón de chica a tu lado —señala a la rubia—. Te aseguro que esta noche muchos van a desear que esa diablesa los lleve al infierno.

Hollis suspira y agradece que estar con Megan —afortunadamente— no le genera inseguridad porque sino, está segura de que estaría recluida en un psiquiátrico.

Su novia atrapa miradas en cualquier lugar, da igual como vaya vestida, pero esa forma en la que Megan la cuida, calla cualquier asomo de celos que pueda experimentar.

—Yo creo que querrán más un trío —Brena da un aporte no solicitado—. Ambas están de escándalo.

Natalie frunce los labios, Hollis se da cuenta, aunque por supuesto no dice nada.

Le cae bien la editora a pesar de su personalidad algo hosca y sabe de primera mano que muere por los huesos de Brena aunque se empeñe en disimularlo.

Ha sido testigo de cómo la mira, cómo se irrita cuando a la influencer le dejan comentarios en sus videos pidiéndole citas o cosas más extravagantes que por suerte las mismas aplicaciones bloquean.

Media hora después las cinco mujeres salen al frío de la noche, caminan las pocas manzanas que separan el piso de Hollis y el local donde se celebra la fiesta mientras mantienen una animada conversación.

Melissa se quedará a dormir en el apartamento bajo el juramento de no llevarse a nadie como el año anterior.

—No queremos que vuelvan a robar —dijo con una sonrisa ladina que no le hizo gracia a la diseñadora.

—Que disfruten de la fiesta —les desea un hombre que ha confirmado sus nombres en la tableta que lleva en la mano y las deja pasar.

Cuando acceden al gran salón, las recibe una hilera de calabazas iluminadas en las esquinas, mientras pequeñas figuras de murciélagos parecen revolotear por encima de las cabezas de los invitados.

También hay telarañas artificiales que cubren lámparas del techo, un esqueleto de tamaño real permanece apoyado junto a la puerta del baño, vestido con una vieja chaqueta negra, como si estuviera vigilando la entrada.

La música llena el espacio. Decenas de personas disfrazadas se mueven de un sitio a otro. Algunos bailan y otros tienen conversaciones. La anfitriona de la fiesta vestida de Catrina se ríe junto a la barra mientras un hombre con una máscara de demonio sirve copas.

—Iris se ha superado esta noche —dice Megan, que opina que este año la decoración es aún más impresionante que la del pasado.

Hollis asiente a la vez que observa a unos bailarines sobre una pequeña tarima disfrazados de personal sanitario contorsionando sus cuerpos.

Megan no tenía ganas de trabajar esta noche, así que le pidió a Natalie que asignara a otro para que hiciera la entrevista a Iris y ahora que está ahí agradece no tener que estar haciendo otra cosa que no sea disfrutar junto a su novia.

—Venga, vamos. —Aplaude la pelirroja porque sus amigas no se mueven.

De inmediato se van a la barra y, aparte de las copas, Melissa pide unos chupitos de tequila para, según ella, animar la noche.

—Por nosotras. —Levanta la mano la pelirroja y todas se beben el licor de golpe.

—Joder, qué malo está —dice Brena torciendo el gesto mientras cierra los ojos—. Seguro es del barato.

—¿Vamos a la pista? —Hollis empieza a mover los hombros al ritmo de una canción que está de moda y Natalie pone los ojos en blanco, prefiere un disparo en las piernas antes que eso.

—Vamos —contesta Brena arrastrando a la editora que ahora suelta sonidos por la nariz como si fuera un toro.

Bailan durante un rato largo mientras el DJ va cambiando canciones y mezclando ritmos. Melissa se menea hasta abajo mientras pasea su mirada buscando a alguien que le llame la atención.

—No es cierto —se escucha la voz algo elevada de Natalie. Parece que está discutiendo con Brena.

La influencer tiene las cejas arrugadas y ambas manos puestas en las caderas.

—Claro que sí —contesta la mujer—. No me digas que no tengo la razón.

Natalie chasquea la lengua mientras niega con la cabeza.

—¿Pasa algo? —Megan es quien se atreve a preguntar, lo hace mirando a su amiga que tiene un gesto contrariado.

—Dice que la oculto. —Señala a Brena—. Que parece que no quiero decir que estamos juntas.

—Y que llevamos dos meses bajo el mismo techo —suelta Brena mirándola con intensidad. Las tres mujeres que las observan abren mucho los ojos.

—No quieres que nadie lo sepa.

Natalie empieza a perder la cabeza.

—Yo solo te pedí que, durante un tiempo, lo dejáramos entre nosotras, pero no porque quisiera ocultarlo. Simplemente quería que lo disfrutáramos, que fuera algo tuyo y mío antes de contarlo.

—Awww. —Melissa entrecierra los ojos y pone morritos—. Qué bonito.

Megan y Hollis sonríen mientras la pareja que antes discutía se miran como si la confesión las hubiera tomado por sorpresa a ambas. Brena es la primera que da un paso y coge las mejillas de Natalie para darle una serie de besos cortos en los labios.

—Siempre descubro algo de ti que hace que me gustes más. —Brena iba a decirlo en voz muy baja, pero justo en ese momento la música ha dejado de sonar y se ha escuchado alto y claro.

—Uy, demasiado para mí. —La pelirroja se marcha dejando a las otras cuatro en la pista mientras una canción lenta empieza a salir por los altavoces.

—¿Bailas conmigo, preciosa? —El susurro impregnado de ese acento sureño que derrite a Hollis hace que su cuerpo tiemble.

—Siempre —sonríe la diseñadora y se pega a ella para sentir su cuerpo.

Bailan muy pegadas mientras Megan deja caricias suaves en la espalda de su chica. Le besa el cuello, no lo hace con una intención sexual, simplemente le gusta demostrarle lo mucho que la quiere.

—Hace un año era feliz —habla la rubia pegada al oído de su novia—, me gustaba mi vida, mi trabajo y estar aquí en la ciudad, pero venir a esta fiesta, toparme con los ojos más bonitos que he visto jamás ha cambiado mi universo entero.

La respiración de Hollis se acelera, porque aunque está habituada a estas muestras de cariño de su chica, nunca se acostumbra a las palabras tan bonitas que suele decirle.

Ahora Megan le pone las manos en la cara y con los pulgares le acaricia la piel del rostro mientras la observa con fascinación.

—No fue el disfraz lo que me hizo fijarme en ti, aunque te quedaba increíblemente bien —ambas sonríen—. Fue tu mirada, tu aura, esa belleza que emanas más allá de tu físico. Gracias por darme la oportunidad esa noche, fue la mejor de mi vida.

Hollis la besa como primera respuesta y luego, cuando se aleja de sus labios, sus ojos están húmedos.

—Joder, ¿y ahora qué digo yo a eso? —lo dice con la voz cargada, a punto de llorar—. Si tú no nos hubieras dado una segunda oportunidad después de lo que te hice pasar, no estaríamos aquí ni yo sería la mujer más feliz del mundo. Feliz aniversario, cariño.

Las sonrisas amplias se apagan cuando el beso llega, uno lento, bonito, el de una celebración.

—Me apetece estar a solas contigo —sisea Hollis en su boca—. Dentro de un rato podríamos escaparnos.

—Ninguna se daría cuenta, eso te lo aseguro —contesta Megan y Hollis observa a Brena quien baila con la que es, al parecer, su novia formal, pero la rubia la coge por la barbilla y la hace mirar hacia el otro lado.

La diseñadora abre mucho los ojos y su boca se une al gesto.

Melissa está a unos metros de ellas, hablando con una morena que está disfrazada de cerdita y tiene un puñal atravesado en la costilla.

La pelirroja la mira como si la chica fuera lo más increíble que ha visto nunca y la postura de su cuerpo delata las intenciones nada inocentes.

—No me lo puedo creer. —Hollis suelta una carcajada.

Megan entrelaza sus dedos con los de su chica.

—El año pasado fuimos nosotras, quizá hoy sea ella quien reciba las flechas del Cupido de Halloween.