Cupido en Halloween Capítulo 23
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Capítulo 23

—A la revista le han regalado esto —dice Natalie, soltando algo sobre la mesa de Megan cuando aparece frente a ella.

Megan lo coge y descubre que son dos entradas para ver un partido de béisbol esta noche, los Yankees contra los Red Sox. Empieza a las siete de la tarde y son dos asientos en la sección intermedia de la tercera fila.

—¿Quieres que vayamos? —pregunta Megan confundida.

—Prefiero clavarme un tenedor en el ojo. Puedes ir con Hollis si le gusta, o regalárselas a quien quieras.

Megan jamás ha visto un partido de béisbol, nunca ha sido amante de los deportes ni sentido ningún tipo de interés por este en concreto, pero la idea de proponérselo a Hollis le apetece porque si le gusta el plan, pueden ver el partido y cenar allí mismo, y después ir a tomar una copa o lo que surja.

—Vale, me las quedo.

—Estupendo, ya que vas, estate atenta por si ves algo que merezca un artículo.

—Ni de coña, si voy con Hollis no es a trabajar. Si quieres eso, dáselas a otro.

Natalie levanta una ceja y solo le permite el comentario porque es ella.

—Disfruta el partido —dice y se da la vuelta para volver a su despacho.

● ● ●

Megan llega puntual a su cita con Hollis, aparca en su portal y le escribe un mensaje para que salga.

No tiene que esperar más de un minuto cuando la diseñadora sale por la puerta y le dedica una sonrisa amplia que provoca una explosión de mariposas en el pecho de la periodista y la hace preguntarse cómo fue capaz de mantener alejada a esta mujer tantas semanas.

—Hola —saluda Hollis al subirse al coche con ese tono chillón que le sale cuando está nerviosa, mejor dicho, solo en presencia de Megan.

—Hola. —Megan le sonríe y no puede resistir el impulso de inclinarse para besarla—. Estás muy guapa —dice mirándola de arriba abajo.

Hollis se ha vestido un poco más informal, hoy ha caminado muchísimo y tenía los pies destrozados cuando ha llegado a casa, así que ha elegido unas zapatillas deportivas, unos vaqueros y un jersey blanco.

—¿Sí? —dice mirándose los pies, sonrojada—, necesitaba algo cómodo, no podía dar un paso más con los zapatos.

Megan se imagina masajeándole los pies para aliviarla, pero aparta ese pensamiento de inmediato o no podrá concentrarse.

—¿A dónde vamos? —pregunta Hollis expectante.

—Bueno, hay un pequeño cambio de planes si te apetece. A la revista le han regalado un par de entradas de béisbol para esta noche. Yo nunca he visto ninguno, ni siquiera sé las normas, pero si a ti te gusta podríamos ir.

Hollis hace una mueca extraña mientras piensa.

—Yo tampoco sigo el béisbol, pero mi padre se deprimiría si le digo que tuve la oportunidad de ver un partido y la rechacé. Podríamos intentarlo y si nos aburre nos marchamos.

—Genial. —Sonríe Megan, poniendo el motor en marcha.

El Yankee Stadium desde fuera impone mucho más de lo que Megan esperaba, hay miles de personas caminando hacia las entradas con camisetas, gorras y banderas.

Hollis camina pegada a ella mientras esquivan a los grupos que se mueven en todas direcciones hasta que por fin pueden entrar y ven el campo bajo las luces.

—Joder —dice Hollis, impresionada con el ambiente.

—Ya lo creo —añade Megan.

Las gradas están casi llenas y hay una energía que les pone la piel de gallina. Se sientan en sus asientos, que tienen una vista bastante buena, y cuando el partido empieza, ambas están los primeros minutos muy calladas, concentradas en intentar entender lo que pasa.

—Para que yo corriera así tendría que perseguirme una hiena hambrienta —suelta Hollis de repente.

Megan suelta una carcajada y se inclina hacia delante para hacerle un gesto a un chico que pasa por las escaleras vendiendo cervezas.

—¿Quieres una? —le pregunta a Hollis.

—Sí, por favor.

A partir de ahí se sumergen en el ambiente por completo a pesar de que no se enteran de casi nada.

Beben cerveza, comen perritos y aplauden, gritan o abuchean cuando todo el mundo lo hace.

Hacia la cuarta entrada, un bateador de los Yankees pega un golpe largo que manda la bola altísima y las dos la siguen con la mirada mientras toda la grada se pone de pie gritando.

La pelota cae al otro lado de la valla y el estadio explota.

Hollis se levanta de un salto sin pensarlo y empieza a aplaudir como una loca.

Megan se contagia y hace lo mismo, pero mirando a Hollis de reojo, que tiene las mejillas sonrosadas por el frío, los ojos brillantes y balbucea palabras como si entendiera lo que ha pasado.

Es lo más adorable que Megan ha visto nunca.

—Disculpe —dice Hollis al hombre que tiene al lado—. ¿Qué ha pasado?

—Ha sido un «home run» —responde mirándolas como si fueran alienígenas.

—¡Un «home run»! —Aplaude Hollis y se gira hacia Megan—. ¿Lo has visto?

—Sí, yo también estaba aquí —responde divertida por la euforia de Hollis.

—Dios mío, tengo que investigar más sobre este deporte. —Se detiene y se pone seria de golpe—. ¿Te lo estás pasando bien?

—Desde luego que sí.

La cara de Hollis se ilumina, porque ella se lo está pasando en grande y le gustaría repetir.

—Genial, entonces le diré a mi padre que me haga un resumen para que cuando volvamos al menos sepamos algo de lo que pasa.

—Eso estaría muy bien, así no pareceríamos dos taradas que no saben por qué aplauden.

En la séptima entrada suena una canción por los altavoces y toda la grada se pone de pie para cantar.

Hollis y Megan se miran confusas, pero sin necesidad de hablar, ambas se levantan a la vez y empiezan a cantar con los demás mientras leen la letra en la pantalla gigante, hasta que la canción acaba y Hollis, por impulso, se gira hacia Megan y la besa.

—¡Guau! —dice la periodista con cara de tonta—. Definitivamente vamos a tener que venir más a menudo a estos sitios.

El partido acaba con una victoria de los Yankees, aunque a ellas les importa bien poco, lo que realmente han disfrutado ha sido el ambiente.

—El plan de cenar se ha ido al garete, yo estoy atiborrada de burritos —dice Megan cuando salen del estadio.

—Y yo... —La diseñadora se mete las manos en los bolsillos y baja la mirada al suelo unos segundos antes de levantarla—. ¿Te apetece venir a mi casa y tomar algo?

Megan esboza una sonrisa.

—¿Al lugar del crimen? —pregunta con las cejas levantadas.

Hollis se pone roja de vergüenza.

—Sí, justo ahí, podemos tomar algo y charlar.

—Me encantaría. —Megan la coge de la mano y caminan hasta el coche.

Tardan casi cuarenta minutos en llegar al apartamento porque había un caos de vehículos al salir del estadio.

Hollis abre la puerta y enciende la luz, y Megan se queda junto a la mesa donde dejó una nota sobre el portátil con su número que Hollis nunca llegó a leer.

Observa el salón, que recuerda perfectamente del rato que pasaron hablando aquí antes de ir a la habitación.

—Ponte cómoda, estás en tu casa —dice Hollis, dejando el abrigo sobre una silla.

Se va a la cocina y, aunque han comido, prepara una bandeja con queso, patatas de bolsa y cualquier cosa que les sirve para picotear junto a la botella de vino blanco que elige para esa noche.

Cuando sale, Megan está sentada en el sofá, el mismo donde se besaron, y Hollis siente un tirón en el estómago.

—Háblame más de ti —pide Hollis tras sentarse a su lado, entregarle su copa de vino y coger una patata.

—¿Qué quieres saber? —pregunta Megan, pensativa.

—Todo —responde Hollis, porque sí, quiere saberlo todo de ella.

La periodista levanta las cejas y sonríe.

—Vale, todo. —Coge una oliva y la mastica antes de empezar—.

Mis padres siguen en Savannah. Mi padre tiene un taller mecánico y mi madre trabaja en la biblioteca pública del condado desde que tengo memoria.

Tengo un hermano que se llama Clay, es bombero y tiene dos niñas pequeñas que son una de las razones por las que me da pena vivir tan lejos.

—¿Por qué te fuiste?

—Porque necesitaba más. —Megan se encoge de hombros—.

Me encanta Savannah, pero cuando eres joven y quieres ser periodista, no hay mucho donde elegir.

Estudié en la universidad, me gradué y me vine a Nueva York con una maleta y la dirección de un hostal que resultó ser bastante peor de lo que ya se intuía por las fotos.

Hollis se ríe y da un sorbo a su copa imaginándose a una Megan más joven con una maleta en medio de Nueva York. La admira.

—¿No te costó el cambio?

—Muchísimo. Las primeras semanas fueron horribles, lloré más de lo que estoy dispuesta a admitir, no conocía a nadie y encontrar trabajo de lo que yo quería era mucho más difícil de lo que esperaba.

Empecé de camarera en un café por las mañanas y repartía publicidad para una empresa por la tarde mientras compartía apartamento con tres chicas que tenían una banda de rock y desafinaban tanto que era como escuchar un corral de gallinas.

Hollis suelta una risotada.

—Por suerte al poco tiempo de llegar a la ciudad conseguí vender algún artículo por mi cuenta y luego me llamaron de The Current y aquí sigo.

—¿Y el amor?

Megan sonríe con picardía.

—Bueno, tuve mis cosas. He estado con algunas chicas, sin drama. También estuve... —Megan duda. ¿Es necesario hablarle de Natalie?

Concluye que sí, Natalie es también su mejor amiga, su persona favorita en el mundo y espera que siempre forme parte de su vida, y Hollis tiene derecho a saber lo que pasó entre ellas si de verdad van en serio.

—¿Qué? —dice Hollis, intrigada.

—Tuve algo con Natalie hace años. Lo intentamos, pero no salió bien, como pareja éramos un desastre así que lo dejamos y seguimos como amigas. De vez en cuando nos acostábamos, sexo sin más, pero eso se acabó —dice levantando las manos.

Hollis asiente, le cree y confía en ella, así que no le da mayor importancia.

—¿Siempre has estado con chicas? —pregunta, curiosa.

—Sí. Yo soy de esas que lo supieron desde el principio, no tuve esa fase horrible de dudar y pensar por error que me gustaban los chicos.

No tuve ninguna crisis existencial ni nada de eso, simplemente lo supe.

Las niñas me gustaban en el colegio y cuando fui mayor para entenderlo, me pareció lo más natural del mundo, nunca he estado con un hombre.

—¿Nunca? —Las cejas de Hollis se elevan con asombro.

—Jamás. Lesbiana de oro —dice orgullosa.

—¿Y tus padres? ¿Cómo se lo tomaron?

—Bien, creo que mi madre también lo supo desde el principio.

Antes de que yo dijera nada, un día me dijo que podía llevar a casa a quien quisiera siempre que fuera buena persona.

A mi padre le costó un poco más, pero tuvimos una charla en su taller y al final solo me dijo que lo que quería era que yo fuera feliz, que le daba igual con quién. ¿Y tú?

—Bueno, tú eres la primera mujer, jamás había estado con una, pero se lo conté a mi madre.

Los ojos de Megan se abren mucho y sonríe.

—¿En serio? ¡Qué valiente! ¿Qué dijo?

—Buff, mi madre es que es un poco especial... —Hollis se sonroja—. Estaba más interesada en saber cómo era el sexo con una mujer que en el hecho en sí. —Megan suelta una carcajada—. Ya los conocerás algún día, creo que te caerán bien.

—Seguro que sí. ¿Y lo demás? ¿Por qué te hiciste diseñadora?

—No fue mi primera elección, supongo que nunca tuve las cosas claras del todo cuando era joven.

Primero empecé arquitectura y fue un error enorme.

No me gustaba y al final acabé cambiando a diseño de interiores que era lo que de verdad me apasionaba, pero allí fue donde conocí al que fue mi marido.

Cuando terminamos las carreras montamos un estudio juntos.

Funcionó durante un tiempo, pero al final el matrimonio se fue apagando.

—¿Esto ha sido confuso para ti? —pregunta Megan, señalando entre ellas—. Me refiero a estar toda tu vida con hombres y de repente acabar en la cama con una mujer.

—La verdad es que no, quizá si me hubiera pasado en la veintena, me habría sentido más perdida, pero ahora simplemente es algo que ha pasado y a lo que no le doy vueltas, lo asumí sin más.

—Me alegro.

Megan deja la copa, se inclina hacia ella y la besa. Ambas estaban cómodas descubriendo un poco más de la otra, pero el beso se alarga, sus cuerpos se calientan y sin necesidad de verbalizarlo, deciden que ya habrá tiempo de seguir hablando.

—¿Quieres ir a la habitación? —pregunta Hollis cuando la lengua de Megan sale de su boca.

Ella solo asiente y ambas se levantan, se cogen de la mano y atraviesan el salón hacia la habitación.