Cupido en Halloween Capítulo 21
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Capítulo 21

H ollis se ha cambiado de ropa cuatro veces en la última media hora y todavía no se ha decidido.

Faltan poco más de dos horas para que Megan la recoja y la diseñadora es incapaz de decidir lo que va a ponerse.

El problema no es la ropa, es que lleva dos días intercambiando mensajes con Megan y cuanto más han hablado, más se ha incrementado todo eso que siente por la periodista.

Fue ella la que envió el primer mensaje —dudó mucho sobre si debía— pero al final no pudo evitarlo.

Hollis

Buenos días, gracias por permitirme explicarme, espero que hayas descansado bien esta noche.

La respuesta tardó apenas unos minutos en llegar y a Hollis le dio un vuelco el corazón cuando vio la notificación en la pantalla.

Megan

Buenos días. He dormido bien, y sí, estuvo bien hablar.

Era una respuesta escueta, pero suficiente para que Hollis sonriera porque ese era otro pequeño paso que la acercaba más a Megan. Por la tarde decidió tentar a la suerte y probar con algo diferente, banal y absurdo, pero llevaba todo el día con los dedos temblando por las ganas de escribirle.

Hollis

¿¿Qué opinas del color??

Preguntó Hollis tras enviarle la foto de una fachada amarilla que le parecía terrible.

Megan

Demasiado amarillo, parece un bote de mostaza.

Hollis volvió a sonreír y a partir de ahí, los mensajes continuaron.

Ayer hablaron durante casi todo el día, Megan le contó que el evento que estaba cubriendo era aburridísimo y que el dueño del local no dejaba de seguirla por toda la sala intentando que le hiciera una entrevista más larga.

Hollis le mandó un audio para responder lo que pensaba de su acosador y después otro donde le preguntaba qué tipo de comida le gustaba para elegir el restaurante.

Megan le dijo que le daba igual siempre que no fuera sushi porque no era muy amiga del pescado crudo.

Esta mañana ha recibido otro mensaje de ella, uno que ha hecho que algo dentro de su pecho aleteara con fuerza.

Megan

Oye, esta tarde antes de la cena hay una inauguración en una galería, una exposición fotográfica. Tengo que pasar por trabajo, pero será rápido. ¿Te apetece venir conmigo y luego nos vamos directas a cenar?

Hollis casi gritó de alegría, encantada de poder pasar más tiempo con ella, le dijo que sí sin dudarlo y quedaron en que Megan pasaría a recogerla a las siete.

Al final, se decide por unos pantalones negros ajustados, una blusa de seda verde oscuro y unas botas de tacón bajo.

Se maquilla sin excederse y se deja el pelo suelto recordando que Megan pasó sus dedos por ahí.

Cuando faltan cinco minutos para la hora y con los nervios a flor de piel, Hollis baja a su portal y espera en la puerta con el abrigo puesto y bien abotonado.

Hace frío, noviembre está terminando y la temperatura ha descendido muy rápido.

El coche de Megan aparece por la esquina y Hollis siente que las piernas le tiemblan cuando la ve parar a su lado. Se acerca con pasos torpes a su coche y se mete en el interior con una sonrisa tonta.

—Hola —dice, y se maldice porque la voz le sale aguda.

Megan la mira y a Hollis se le detiene el corazón. Lleva el pelo suelto, algo a lo que no está acostumbrada porque las últimas veces que la ha visto lo llevaba recogido, un jersey blanco y los labios con un brillo suave que Hollis se muere por probar.

—Hola. —Megan le sonríe y Hollis siente un pellizco en el estómago—. Estás muy guapa.

—Tú también —responde Hollis, que se empieza a poner el cinturón porque necesita hacer algo con las manos—. Mucho.

Megan le dedica una sonrisa y arranca.

—¿Qué tipo de fotografía es? —pregunta de forma natural, sin haber sentido la necesidad de rellenar el silencio porque nada le resulta incómodo al lado de esta mujer.

—Urbana, creo. El fotógrafo es bastante conocido, pero no recuerdo el nombre —Megan se encoge de hombros—. Natalie me pidió que echara un vistazo y escribiera una nota corta, no será más de una hora.

—No tengo prisa. La reserva es a las ocho y media, así que nos da tiempo de sobra.

—¿Dónde has reservado? —pregunta Megan con curiosidad.

—Es una sorpresa.

—Odio las sorpresas.

La cara de Hollis se desencaja y Megan no puede evitar reír.

—Es broma, bueno, no me gustan mucho, pero solo es un restaurante, lo puedo soportar.

La galería está en una calle lateral, es un local amplio con paredes blancas y suelos de hormigón pulido. Hay bastante gente cuando entran y Hollis analiza el espacio por pura deformación profesional.

Megan saluda a un par de personas, intercambia algunas palabras con una mujer que parece ser la relaciones públicas del evento y después coge dos copas de vino blanco de una bandeja.

—Toma —dice, ofreciéndole una a Hollis—. Bueno, no te he preguntado si te apetece, perdona...

—Tranquila, me apetece mucho —asegura la diseñadora, que espera que un poco de alcohol la ayude a calmar los nervios que siente.

—Genial —sonríe Megan.

Empiezan a caminar juntas por la primera sala. Las fotografías son en blanco y negro: fachadas de edificios con ventanas rotas, una escalera de incendios cubierta de nieve o un interior vacío con un piano roto en medio de la habitación. Hollis se detiene frente a esa última y ladea la cabeza.

—Me encanta la luz. Entra por la ventana de la izquierda y da justo sobre el piano, dejando todo lo demás oscuro.

Megan se coloca a su lado y la escucha con fascinación mientras la observa. Hollis es preciosa, amable y culta —y quizá algo impulsiva— y le encanta.

Avanzan hacia la siguiente fotografía, solo que ahora caminan más cerca una de la otra, como si la gravedad las empujara a juntarse y haber estado tanto tiempo separadas solo hubiera sido un error del universo.

Están tan cerca que el dorso de la mano de Hollis roza los dedos de Megan y ella tiene que esforzarse mucho para no cogerle la mano.

—Esta es increíble —Megan se detiene frente a la imagen de un edificio visto desde abajo—.

Me recuerda a Savannah, a los robles con esas ramas enormes que se cruzan por encima de las calles.

Cuando era pequeña, me tumbaba en la hierba y miraba hacia arriba, y todo se veía así —dice señalando la imagen.

Hollis la observa de reojo con todo el pecho cosquilleando.

Le encanta que Megan comparta cosas con ella, que se abra con esa facilidad porque al fin y al cabo, ellas no se conocen, solo son dos mujeres que se encontraron en una fiesta, hablaron muy poco y follaron mucho, pero conectaron tanto que ninguna ha podido dejar de pensar en la otra desde entonces.

—¿Echas de menos tu ciudad?

—A veces. Echo de menos el calor, el ritmo de vida o la comida de mi madre, pero si volviera, creo que me aburriría a las dos semanas —Megan le sonríe y se acerca un poco a ella, rozándole el hombro—. Me gusta vivir aquí, supongo.

—Yo tengo suerte de haber nacido aquí y no haber sentido la necesidad de marcharme. Me encanta vivir en Nueva York, y también pasar algunos días en Warwick con mis padres, la calma de ese lugar contrasta con el frenesí del día a día en la ciudad.

Megan recuerda que le mencionó ese sitio.

—¿Cómo es? La casa de tus padres, quiero decir.

—Oh —Hollis no puede evitar sonreír—. Es una granja, con cerdos a los que mi padre pone música clásica y gallinas a las que mi madre persigue cuando se escapan del corral.

Megan suelta una carcajada.

—Te gustaría.

—Estoy segura de que sí.

Por un momento, se quedan en silencio y Hollis se muerde los labios porque es muy pronto para decirle que le encantaría llevarla allí algún día.

Siguen caminando y Megan se detiene un momento para hablar con el que Hollis supone que es el fotógrafo, un hombre de mediana edad, con barba canosa y unas gafas que le resbalan por la nariz con el sudor.

Hollis espera a unos metros, observándola trabajar y moverse en un terreno que está claro que controla.

Cuando vuelve a su lado, le pone una mano en la espalda para que sigan y Hollis siente el calor de su palma a través de la tela erizándole la piel.

Llegan a la segunda sala, que es más pequeña y tiene menos gente.

Aquí las fotografías son en color, paisajes industriales con una paleta de tonos oxidados.

Se detienen frente a una panorámica de un puente cubierto de grafitis y esta vez Megan se coloca muy cerca, rozándole el hombro y buscando su mano con los dedos. Hollis deja de respirar cuando los entrelazan, y se queda muy quieta porque teme moverse y que la suelte.

—¿Te gusta? —pregunta Megan, y Hollis no sabe si se refiere a la foto o a sus manos, porque la está mirando a ella.

—Mucho —responde con voz ronca, y desde luego no habla de la imagen.

Megan le mira la boca y Hollis siente una descarga que le tiembla entre los muslos.

Caminan así por el resto de la sala, sin soltarse, como si ir de la mano fuera lo natural entre ellas.

Hollis señala algunos detalles en una imagen, pero le cuesta concentrarse porque entre ellas ha empezado a fluir una tensión sexual que le está resultando muy complicada de sobrellevar.

Cuando llegan a la última fotografía de la sala, una imagen nocturna de un callejón con una farola encendida al fondo, Megan se coloca justo detrás de Hollis, con el pecho pegado a su espalda y las manos en sus caderas.

—¿Me acompañas al baño? —susurra con voz ronca y los labios rozando su oreja.

A Hollis se le aflojan las rodillas y traga saliva con fuerza porque sabe que no le pide que la acompañe para ver cómo se lava las manos.

—Sí.

Megan busca su mano de nuevo y caminan hacia el aseo que hay al fondo de la sala.

El baño es individual y está vacío, es amplio, con un espejo grande y una luz blanca que a Hollis le parece que ilumina demasiado para lo que está a punto de pasar.

La periodista echa el pestillo, se gira hacia ella y le pone las manos en la cara antes de besarla.

Al principio el beso es torpe, nervioso, pero enseguida se olvidan de todo y sus bocas se abren, sus lenguas se juntan y Hollis decide que esta mujer encaja perfectamente con ella cuando Megan la empuja muy despacio hasta que su espalda toca la pared.

—No sé si quieres esto aquí... —jadea Megan.

—Sí quiero, mucho —asegura Hollis, que nunca ha hecho nada ni remotamente parecido en un baño, pero que está deseando hacerlo.

Megan no pierde el tiempo —no es que dispongan de mucho porque en cualquier momento podría venir alguien— le mete la mano por debajo de la ropa, sube por su vientre y le cubre un pecho por encima del sujetador, apretando hasta que arranca un gemido de Hollis y el sonido la humedece mucho más de lo que está.

La diseñadora tampoco se queda atrás, se aprieta contra ella porque tiene que aliviar la necesidad y busca la cintura de su pantalón mientras siente ceder el botón del suyo cuando Megan lo desabrocha y mete la mano.

—Joder... —jadea Hollis cuando nota sus dedos por dentro de la ropa interior.

Ella hace lo mismo, con destreza, desabrocha el pantalón de Megan y aprieta los muslos con fuerza cuando sus dedos resbalan por toda esa humedad.

Apoya la frente en la de Megan y ambas empiezan a masturbarse mutuamente, algo rápido, sin preliminares, pero que Hollis siente por cada poro de su piel como si fueran pequeñas descargas eléctricas.

Ella es la primera en correrse, el orgasmo le palpita por el vientre y de pronto se convierte en una ola de lava que le recorre todo el cuerpo.

El de Megan llega justo detrás, en cuanto Hollis exhala el último gemido contenido contra su cuello, su placer se derrama sobre la mano de la diseñadora, que ha metido dos dedos que casi le han hecho perder la cordura.

—Umm, ha sido jodidamente perfecto —murmura Megan contra su cuello mientras ambas recuperan la respiración.

Hollis no responde porque tiene la garganta cerrada y los ojos húmedos de felicidad, pero asiente con la cabeza para confirmar que está de acuerdo.

—Me encanta estar aquí, pero deberíamos salir —dice Megan.

Se separan, se dan un beso lento y desprovisto de toda la urgencia anterior, uno en el que se permiten sentir el roce y el calor de los labios de la otra y que las hace sonreír como dos idiotas cuando se miran.

Se ponen bien la ropa, se lavan las manos una al lado de la otra sin dejar de mirarse a través del espejo como dos adolescentes en pleno descubrimiento del amor y después se retocan el pelo antes de girarse para salir.

—¿Lista? —pregunta Hollis con la mano en la puerta.

—Sí, y vámonos ya al restaurante, tengo mucha hambre —responde Megan, poniéndole de nuevo la mano en la espalda.

Cuando salen a la calle, Hollis agradece el aire frío en la cara porque todavía está sofocada y segura de que tiene las mejillas rojas.

Caminan hasta el coche, tranquilas y en silencio, y hacen el trayecto hacia el restaurante a base de un intercambio de miradas, sonrisas y roce de manos constante.

Megan aparca y cuando se bajan, rodea el coche hasta llegar a Hollis y le ofrece una mano que la diseñadora no duda en coger para caminar hasta su destino y continuar conociéndose un poco más.