Capítulo 20
—Espera, por favor —Hollis resopla como si estuviera en medio de una maratón—. Megan, solo... No tenía ni idea de todo esto, Brena me ha invitado a cenar y de repente has llegado tú. Estoy igual de sorprendida.
La periodista no se detiene, pero sí aminora el paso por dos razones: tiene curiosidad por saber si lo que dice Hollis es verdad y porque empieza a necesitar un poco de oxígeno.
Hollis Warren logra llegar hasta la rubia y comienza a caminar a su lado. La ve de reojo, evitando clavar su mirada completa en ella y no causarle un disgusto mayor, a la vez que toma varias respiraciones profundas.
—Sé que estás enfadada, yo también lo estaría si alguien me acusara de ser una ladrona —Hollis aprovecha el silencio entre ellas para hablar—, pero me gustaría poder disculparme, explicarte todo lo que...
—Ya lo hiciste, Hollis, me pediste perdón y no quiero volver a pasar por esa situación.
Megan lo dice con un claro acento sureño, el ceño fruncido, la barbilla levantada y una voz que deja a la vista que el cabreo monumental que causó el numerito del portátil todavía le vibra en las venas.
—No he podido hacerlo a solas —dice Hollis, y Megan clava esos preciosos ojos azules tormentosos en ella en un gesto de confusión—.
Siempre hemos estado rodeadas por mis amigas o por la tuya y si me das unos minutos, puedo decirte con calma lo que ocurrió más allá de acusarte de algo sin tener ninguna prueba —esto lo dice bajando la voz y luego frunciendo los labios—.
Te prometo que te dejaré en paz después.
Hay un pequeño sobresalto en el corazón de la periodista que odia de inmediato.
Le molesta que haya conectado tanto con una mujer con la que apenas tuvo un rollo de una noche y con la que experimentó una serie de situaciones humillantes a lo largo de varios días.
Se supone que no debería sentir algo parecido a la pérdida cuando Hollis le ha dicho que la dejará tranquila después de hablar.
Se pasa los dedos por la frente, descolocada, pero decide que lo mejor es acabar con todo esto de una vez.
—Vale, hablemos —se detiene de golpe haciendo que Hollis por poco trastabille—.
Te advierto que no quiero escuchar lo mismo que sé, porque mientras buscábamos al verdadero ladrón como unas ridículas detectives de poca monta, me quedó muy claro que tu amiga ocultó que metió un hombre en casa sin decírtelo y dejó que me acusaras sin más.
Hollis asiente y es que no tiene mucho más que decir, pero lo que está segura de hacer es de querer disculparse, explicarle a Megan lo importante que fue conocerla aunque lo único que hayan estado juntas fueran unas horas.
La diseñadora había escuchado sobre ese tipo de flechazos entre dos personas, pero ni los había visto con sus propios ojos ni mucho menos vivido hasta esa noche de Halloween en la que al parecer un Cupido desorientado decidió unirla a una periodista guapísima.
—Podemos sentarnos allí —Hollis señala un banco de madera y luego se ajusta el abrigo.
—Mejor entramos a mi coche —Megan hace un gesto con la barbilla hacia el sitio en el que está aparcado—. Natalie insistió en que lo trajera y ahora me imagino por qué.
Hollis sabe que no va a tener una conversación sencilla, Megan no solo está herida por todo eso del robo, sino que ahora supone que se siente traicionada por su amiga, que la ha engañado para que ambas se encontraran.
Le parece interesante y desde luego después tendrá una conversación con Brena porque le cuesta creer cómo esas dos pudieron ponerse de acuerdo para propiciar este encuentro.
—Entra —le pide Megan una vez que desbloquea las puertas de un pequeño coche de color verde.
Hollis obedece y de inmediato siente cómo el olor a fresas le inunda los sentidos. Del retrovisor cuelga un ambientador en forma de la fruta que tiene ya la mitad gastada mostrando un color blanquecino.
—Bueno, te escucho.
Megan no quiere perder tiempo y ha ladeado el cuerpo para poder mirar a la otra mujer.
Sabe que comete un error observándola de frente porque, aunque Hollis está algo demacrada, debajo de esos ligeros círculos negros bajo sus ojos está la chica que la cautivó en aquella fiesta.
Labios suaves, mirada tranquila y una sonrisa que puede detener el corazón más sano.
Carraspea y Hollis parpadea porque también la estaba mirando, contando en su mente las pecas de esa nariz que recorrió su cuello tantas veces.
—Cuando me desperté esa mañana, después de pasar la noche juntas, el cuerpo entero me hormigueaba —comienza Hollis y se lame los labios.
Necesita respirar con calma para no desmayarse—.
Estaba feliz y no solamente por el sexo increíble que tuvimos, sino porque por primera vez en muchísimo tiempo había conectado con alguien de verdad.
No podría explicarte con palabras lo que sentí, pero era algo aquí —se toca el centro del pecho—, que me decía que por fin había encontrado a la persona correcta.
La diseñadora está tan nerviosa que le tiemblan los dedos y disimula cerrándolos en puños, poniéndolos sobre su regazo.
—Quizá te parezca que exagero, pero llevaba años teniendo citas desastrosas de todo tipo y de repente llegas tú, me miras, me hablas y todo fue tan fácil —sonríe con melancolía y niega con la cabeza—.
Entonces salí de la habitación, intuía que te habías marchado ya porque era tarde, pero no dejaba de pensar en ti, en lo bonita que eres y en lo bien que me trataste.
Megan suspira; escuchar todo eso le está retorciendo el pecho. Ella también recuerda cómo se sintió, la ilusión con la que salió de ese apartamento, pero lo que vino después aún no se le sale de la mente.
—Decidí ponerme a trabajar un rato mientras Melissa y Brena se despertaban, quería revisar unos correos, pero no encontré mi portátil —continúa Hollis, aprovechando que Megan no la ha interrumpido ni una vez—.
Me puse muy nerviosa, confieso que la situación se me fue de las manos y por más que intentaba encontrar una respuesta diferente, ¿qué podía creer?
Megan, había pasado unas horas increíbles contigo, pero lo cierto es que no te conocía.
Mis amigas estaban allí así que, por más que se hubieran vuelto locas de repente y decidieran robarme, esa historia apenas se podía sostener.
La conclusión a la que llegamos ya la sabes, pero lo que no sabes es que en todo momento dudé de verdad que fueras la responsable.
—Pero aun así no titubeaste al acusarme de esa manera en medio de un bar —le reprocha la rubia y nota como Hollis asiente, tragando saliva.
—Ese fue mi error, debí preguntártelo, no sé, quizá te habías confundido al llevártelo o, como pasó en realidad, tú no tenías nada que ver.
A Hollis se le quiebra la voz al final, pero reúne todas las fuerzas para no romperse frente a Megan.
El problema es que todo este tema la supera y le cuesta mucho dejar de sentir ese desasosiego que la persigue desde el día que confirmó que Scott Davenport había sido el verdadero responsable de la desaparición de su portátil.
Humillar a Megan de esa manera es la cosa más fea que ha hecho nunca.
—Solo quiero que sepas que lo siento mucho, Megan —aprieta los labios con fuerza antes de continuar—. Me gustaste mucho... me gustas mucho —se corrige—, y me hubiera gustado no haber actuado como una imbécil para poder seguir viéndote.
Ahora sí una lágrima se desliza por la mejilla de Hollis, pero se apresura a limpiársela.
No quiere ser esa persona patética incapaz de asumir que la ha cagado a base de bien y llorar delante de la persona a la que le hizo daño.
Tiene que aceptar que esta es la realidad de la vida, cometió un error y tiene que comerse las consecuencias.
—Me enfadé mucho con Melissa —sigue hablando y se sorbe la nariz. Después suelta una risa seca—. No la culpo del todo, pero si me hubiera dicho que ese hombre estaba en mi apartamento, jamás te hubiera señalado.
Megan se muerde una uña mientras escucha la voz derrotada de la mujer frente a ella a la vez que se imagina qué hubiera pasado si ese tal Scott no existiera en esta ecuación. ¿Habrían seguido viéndose? Claro que sí, de eso no tiene dudas.
—De verdad quería que me llamaras —confiesa Megan y Hollis levanta la mirada—. Pasé días preguntándome si me había imaginado esa conexión o si simplemente la había sentido yo sola.
Hollis niega de inmediato.
—No te la imaginaste —vuelve a mover la cabeza—, fue auténtica y yo también la sentí.
La periodista se queda en silencio, no es un momento incómodo, solo uno de esos necesarios para dejar que una frase se asiente entre dos personas.
Hollis solo se limita a observarla, a darle un poco de tiempo porque tiene la sensación de que algo en Megan ha cedido y, si puede agarrarse a eso, lo hará.
La diseñadora fue por varias horas una mujer soñadora que se imaginó con cientos de imágenes que su cabeza había creado cómo sería tener una cita de verdad con Megan Palmer.
Cómo sería rozarle los dedos mientras caminan por un parque, ir al cine juntas, comer en uno de esos restaurantes que sirven porciones ridículamente pequeñas y hablar durante mucho rato.
Quizá justo eso es lo que ha hecho que se sienta tan miserable, como si en vez de que un rollo de una noche se quedara en eso muy a su pesar, hubiera vivido una ruptura después de una relación de años.
Es raro y a la vez frustrante porque ni siquiera su divorcio la hizo experimentar tal montaña rusa de sensaciones.
—¿Aceptas ir a cenar conmigo? —a Hollis la valentía le llega de golpe, como un fogonazo. Tiene que volver a intentarlo así sea una última vez—. Si no quieres verlo como una cita, entonces tómalo como una disculpa. Dos personas comiendo, pasando el rato.
Megan frunce el ceño, pero sus ojos se mueven nerviosos, como si estuviera analizando la situación, y Hollis no sabe si está empujando de más.
—Perdona —se disculpa la diseñadora—, no quiero presionarte. Solo quiero que sepas que yo sigo aquí y que si algún día puedes perdonarme, estaré encantada de demostrarte que no soy una tirana que va acusando con el dedo a la gente cuando le pasa algo.
Las comisuras de Megan se levantan apenas un segundo y Hollis nota cómo el azul empieza a brillar.
La periodista ladea la cabeza y por un segundo demasiado largo se concede el momento de recordar el sabor de los labios de esa mujer que, con su traje de sexy vampira, la cautivó en el instante en que reparó en ella.
Lo piensa un instante y, aunque todavía esté muy cabreada, si se pone en los zapatos de Hollis, está bastante segura de que ella hubiera actuado igual, sobre todo teniendo en cuenta que, en principio, era la única persona desconocida en el apartamento.
Sigue escociéndole la actitud de la diseñadora, pero una vez más, no puede culparla del todo por reaccionar así.
—Una cena —rompe el silencio Megan y la sonrisa de Hollis ilumina el interior del coche—, sin expectativas. Al fin y al cabo, lo mínimo que puedes hacer después de toda esa novela es llevarme a comer.
Megan se encoge de hombros y Hollis nota el tono despreocupado con el que lo dice.
No hay odio en su voz, solo una pequeña oportunidad que se abre ante ella.
La diseñadora siente que el pecho se le expande y, sin medirlo, extiende su brazo y arrastra su dedo por la mano de Megan que reposa sobre el muslo de la periodista.
Nota cómo se estremece y eso le da un atisbo de esperanza, sobre todo porque no parece incómoda.
—¿Quieres ir ahora? —quiere saber Hollis, que le encantaría alargar esta noche todo lo posible.
Megan niega con la cabeza y el rostro de la otra mujer ahora es un explícito dibujo de una cara triste.
—Mañana tengo que estar en la revista muy temprano y al mediodía tengo un evento. —La periodista parece pensar un instante—. Pasado mañana me viene bien.
—A mí también —contesta Hollis demasiado rápido. Cierra los ojos un momento y vuelve a respirar con calma—. Entonces, ¿te escribo y concretamos?
—Vale —y esa pequeña sonrisa en la boca de Megan vuelve a aparecer.
—Bien, pues es mejor que me vaya a casa, no quiero retenerte más —dice Hollis y la mirada de Megan vacila—. Conduce con cuidado.
Se supone que ahora Hollis tiene que bajarse del coche, pero no se mueve.
Sigue en la misma posición, con los dedos sobre la mano de Megan y ambas mirándose con intensidad.
Esa mujer valiente en la que la convierte la periodista emerge otra vez, así que se inclina con lentitud, dando tiempo a un rechazo que no llega.
—¿Puedo darte un beso? —La voz ronca de Hollis hace que Megan sienta electricidad moviéndose por su cuerpo.
Cuando la rubia asiente, Hollis se acerca un poco más y roza sus labios con la comisura izquierda de Megan. Le gustaría hacerlo de otra manera, que sus lenguas vuelvan a encontrarse, pero ya ha metido la pata una vez y de verdad —muy de verdad— quiere hacer las cosas bien.
Suspira y sonríe cuando las pupilas de Megan se dilatan.
—Nos vemos en un par de días. —Hollis le acaricia la mejilla y sale al frío de la noche.
Megan necesita unos segundos para que su cuerpo responda y se acomode en su asiento para encender el motor. En esos días había enterrado la sensación que le producía el toque de Hollis contra su piel y ahora que ha vuelto a sentirlo, de repente, está muy hambrienta.