Cupido en Halloween Capítulo 19
74%

Capítulo 19

B rena lee el mensaje que recibió ayer de Natalie y sonríe satisfecha.

Brena

¡Lo he logrado! Me ha costado convencerla, más te vale que valga la pena.

El tono amenazante le provoca una ligera corriente por el vientre que desde luego no tiene nada que ver con el miedo.

Se mira en el espejo y piensa que a lo mejor se ha pasado.

Se ha puesto un vestido de color burdeos que se le ciñe al cuerpo sin apretar, botas altas de medio tacón y unos pendientes largos que casi le rozan los hombros cuando mueve la cabeza.

Los últimos días han sido extraños para ella.

Desde que salió del despacho de la editora con el plan que ambas acordaron, no han parado de escribirse.

Primero por la logística de la cena, luego discutiendo el restaurante, la hora, quién llegaría antes o las excusas que pondrían a cada una para llevarlas.

No sería raro si las conversaciones se hubieran quedado en eso, pero cada una de ellas se fue estirando hasta que al final acababa en llamada.

«¿Ahora qué?» respondía Natalie con un tono que habría espantado a cualquiera y que a ella le hacía gracia.

La conversación se alargó y ahora Brena sabe que Natalie creció en Queens, que lleva en la revista más de una década, que el desorden de su despacho no se traslada a su apartamento y que no le gusta cocinar, aunque no se le da mal cuando se pone.

Y así han pasado los días, con mensajes y conversaciones que no tienen nada que ver con el plan y que tienen a Brena deseando que llegue la hora sin saber si está impaciente por reconciliar a Hollis y Megan o por ver a Natalie.

Ahora está en el apartamento de su amiga, que permanece de pie frente al armario de su habitación con la mirada perdida en la ropa.

Es viernes por la noche y lo último que le apetece es salir, pero Brena ha insistido tanto durante estos días que al final tuvo que decir que sí para no volver a escucharla.

—Solo cena, nada de salir después —dice Hollis, cogiendo un pantalón vaquero de pitillo y un suéter negro que hace juego con su estado de ánimo.

—Que sí, solo cena, prometido. ¿No quieres ponerte otro pantalón más… no sé, de vestir?

—¿Por qué iba a querer? Solo es una cena, ¿te acuerdas?

—Sí, claro, además ese pantalón te hace un culo estupendo —afirma con los ojos muy abiertos.

Salen del apartamento y cogen un taxi que Brena ha pedido hace unos minutos.

Hollis mira por la ventanilla pensando en que ahora podría estar en la casa de sus padres, tirada en la cama en silencio y no viendo por el cristal cómo la ciudad le pasa por delante a toda velocidad.

Lleva días funcionando en automático, trabajando, durmiendo mal y pensando en Megan a todas horas.

—¿Qué sitio es? —pregunta por hablar de algo.

—Un italiano en el West Village, una amiga me lo recomendó, dice que la pasta está increíble.

—¿Qué amiga?

—¿Eh?

—Que quién te lo recomendó.

—Ah. Eso, sí —Brena siente que el vestido se le pega a la piel como si estuviera mojado—. Es de las redes, tú no la conoces.

Hollis asiente y vuelve a mirar por la ventanilla. No tiene hambre, pero se obliga a pensar en pasta y pizzas porque la alternativa es pensar en unos ojos azules que ya no volverá a sentir sobre ella.

El restaurante es pequeño y tiene la fachada pintada de un verde oscuro que a Hollis le parece muy acertado para el sitio.

Dentro, las mesas están separadas lo suficiente para mantener la intimidad, la iluminación es cálida sin ser oscura y los manteles de un verde oliva más claro que el de la entrada.

Un camarero las guía hacia una mesa pequeña en el rincón que tiene un candelabro en el centro.

Hollis se sienta y coge la carta, pero no la lee porque está distraída analizando la decoración del local, las lámparas y la disposición de los cuadros en la pared o el tipo de madera de las sillas.

Y se alegra de pensar en esto porque eso la distrae de una periodista rubia de Savannah.

Brena mira la hora en su móvil por debajo de la mesa. Si Natalie es puntual, debería cruzar la puerta con Megan en menos de cinco minutos.

—He pensado en hacer una serie de vídeos de restaurantes, ¿sabes? —dice, porque necesita distraerse antes de que los nervios la delaten y Hollis sospeche la encerrona—. Podría hacer reseñas, enseñar la comida o entrevistar al chef, ese tipo de cosas. Creo que a mis seguidoras les gustaría.

—Seguro que sí —murmura Hollis, que ahora sí está mirando la carta.

—¿Crees que debería empezar con sitios caros o con los del barrio?

—Los del barrio, la gente quiere saber dónde comer bien sin arruinarse en el proceso.

—Tienes razón.

La puerta se abre y Brena lo ve todo a cámara lenta.

Están de lado hacia la entrada, así que Hollis solo tiene que girar el cuello y verá a la periodista.

Natalie ha entrado la primera, con el pelo suelto y un abrigo largo de color gris, y Megan va detrás, con una cazadora de cuero y el pelo recogido en una coleta, informal como Hollis.

—¿Qué miras?

La diseñadora ladea la cabeza y se queda congelada en el sitio. Ha dejado de respirar, notando una presión por el esófago que le pone el cuerpo rígido.

Megan todavía no las ha visto, están esperando al camarero y se está riendo por algo que ha dicho Natalie y que deja a Brena pensando. ¿Natalie es graciosa? No tiene tiempo de seguir haciéndose preguntas porque Megan levanta la mirada, las ve y la sonrisa se le borra.

—¿Qué coño…? —ladra la periodista—. ¿Qué hace ella aquí?

—No sé, casualidad, supongo —responde Natalie.

—Joder, mientes tan mal. —Megan niega con la cabeza y sale por la puerta, dejando a Natalie paralizada hasta que Brena le hace un gesto para que espabile y la siga.

—Espera, Megan. —Natalie la coge por un brazo antes de que baje de la acera para cruzar—. No es lo que parece, no has de quedarte si no quieres.

—Estupendo, pues entonces suéltame para que me marche.

—No.

—¿No?

—Oye, sé que es una encerrona, pero estás hecha una mierda y no quiero verte así.

—¿Cuándo te has compinchado con la loca del TikTok? —pregunta la periodista, irritada.

—No es una loca, bueno, a ver, a veces parece que se le va un poco la cabeza y se comporta como si tuviera dieciséis años, pero en general… ¿Qué?

—¿Ahora la defiendes?

—Por supuesto que no, pero esto no va de ella, va de ti y de Hollis.

—Y de mi amiga traidora. Sabes mejor que nadie que este tema me ha dejado tocada y me traes aquí, ¿para qué? ¿Qué esperas que pase?

—Que te sientes con ella y hables, nada más. Escucha lo que tenga que decirte y después decide si…

—Que te den, Nat. Me has engañado para hacerme una encerrona con la persona que me denunció y me llamó ladrona delante de medio barrio, se supone que eres mi amiga.

—Lo he hecho porque no soporto verte así, joder.

Llevas dos semanas arrastrándote por la redacción, apenas comes y duermes como la mierda porque tienes unas ojeras importantes, y cuando creo que estás mejor, te pillo mirando el móvil como si esperaras un mensaje que ya no va a llegar, no después de que la ignoraras por completo cuando lo estuvo intentando.

Megan aprieta la mandíbula y se cruza de brazos.

Le tiembla el cuerpo, y no porque tenga frío sino por el terremoto que la ha sacudido entera cuando su mirada ha conectado con la de Hollis un segundo.

El corazón le late tan fuerte que nota cómo le palpita en el cuello, y eso la tiene enfurecida por encima de todo lo demás, que su cuerpo la traicione de esta manera —su amiga también— y que todo lo que ha intentado sepultar durante estos días le haya explotado en la cara cuando ha visto a la diseñadora sentada en la silla.

—No puedo perdonarla.

—¿No puedes o no quieres? Porque son cosas diferentes. La primera te hace débil y la segunda estúpida, ¿cuál de las dos es?

—Que te den, Nat.

Megan se gira y la deja con la palabra en la boca justo en el momento en el que Hollis sale del restaurante.

Ve a Megan cruzar la calle y quiere decir algo, lo que sea, pero tiene la boca seca y el cuerpo paralizado hasta que Brena sale detrás, sin freno, y choca con ella.

Eso activa algo en Hollis y la hace salir corriendo detrás de Megan.

Lo hace sin pensar, sin tener un plan y sin haberse preparado un discurso porque la zorra de su amiga la ha puesto de frente con la mujer que hace que el suelo tiemble debajo de ella sin avisarle.

Natalie y Brena se quedan en la puerta viendo cómo Hollis desaparece calle abajo persiguiendo a Megan.

—Dios, qué rápida es caminando —murmura Brena con asombro.

—Tranquila, con esa velocidad y esos pasos torpes, seguro que Hollis la pilla. Ha sido un plan de mierda, por cierto.

—Pues yo creo que ha sido un éxito. —Brena ladea la cabeza y la mira con las cejas levantadas y una sonrisa.

—¿En serio? ¿Es que estamos viendo una situación diferente y yo no me he enterado?

—Se han ido juntas, ¿no? Puede que el plan no sea perfecto, pero el objetivo está logrado.

—Deberías revisar tus expectativas, en fin… —Natalie se da la vuelta.

—Espera, ¿a dónde vas?

—A mi casa, hace bastante frío y ya he cumplido mi parte del trato.

—Cena conmigo.

Natalie se gira en redondo.

—¿Contigo? ¿Tú y yo? —pregunta nerviosa—. Es un sitio romántico, no creo que…

—¿Qué más da? La reserva está hecha y voy a tener que pagar mi parte de todas formas.

Natalie la mira como si acabara de proponerle cometer un crimen.

—Venga, no te hagas la interesante, has de cenar de todos modos.

Natalie se rinde, camina hacia la entrada y deja que su hombro se lleve por delante a Brena cuando pasa por su lado.

—Muy maduro, claro que sí —dice divertida cuando Natalie mantiene la puerta abierta.

Los primeros minutos son incómodos. Natalie sigue enfadada consigo misma por haber aceptado y Brena nota que la mujer que tiene enfrente es bastante distinta a la que hablaba con ella por teléfono.

Esta es la Natalie del despacho, la que le arrebató el móvil y la que tiene una mirada capaz de atravesar paredes, y ella debería sentirse intimidada, pero por alguna razón desconcertante, eso no sucede, lo que sí sucede es que está nerviosa y no logra dejar de mirarle esa cara de amargada decorada con unos labios carnosos con los que se está obsesionando.

—¿Crees que estarán bien? —pregunta, porque necesita que el silencio se acabe.

—De momento no hemos escuchado las sirenas, así que no hay problema.

—¿Eso ha sido un chiste? —se ríe Brena—. O sea, eres graciosa… Qué interesante.

—Soy muy graciosa si me lo propongo, el problema es que nunca suele apetecerme —asegura la editora.

—Vaya, entonces he presenciado un hecho histórico. ¿De qué conoces a Megan?

Y así comienza una conversación que ya no se detiene.

Natalie le habla de cuando Megan llegó a la redacción con ganas de comerse el mundo —y omite que también se la comía a ella— y Brena le habla de su exmarido, de cómo sus dos amigas la rescataron del fondo del pozo y comenzó con los vídeos de TikTok.

—¿Echas de menos estar casada? —se interesa Natalie, terminando los últimos restos de una pasta que le ha parecido exquisita.

—La verdad es que no. Cuando me dejó, me hundí y no soportaba la soledad, pero después, cuando hice las paces conmigo misma, me di cuenta de que vivir sola tiene muchas cosas buenas.

—Estoy de acuerdo.

—¿Y tú? ¿Echas de menos estar con alguien?

El corazón de Natalie se acelera.

—No, pero tampoco me cierro a nada.

Ella misma se sorprende de su propio comentario.

Si Megan la hubiera escuchado, las cejas se le habrían salido de la frente por la impresión, porque Natalie siempre ha defendido que a estas alturas ya no piensa en relaciones, que no las necesita y, sin embargo, delante de esta loca de los vídeos, está empezando a cambiar de idea.

Piden un postre para compartir y así continúa la conversación donde una toma la palabra y la otra escucha y absorbe datos como una esponja.

Natalie está contándole una historia sobre un artículo que casi mete a la revista en un lío legal y Brena la escucha embelesada y se fija en el brillo de sus ojos, en cómo mueve las manos cuando quiere enfatizar algo o en cómo se echa el pelo hacia atrás cuando le molesta, y es ahí cuando Brena comprende que esta mujer le gusta.

No como amiga ni como alguien divertido con quien pasar el rato, le gusta de una manera que le seca la boca y le acelera el pulso.

—¿Estás bien? —pregunta Natalie, que ha dejado de hablar y Brena lleva varios segundos mirándola sin decir nada.

—Sí, perdona, estaba pensando en otra cosa.

—¿En qué? —exige saber, porque si la ha ignorado por una gilipollez, la va a poner en su sitio.

—En que me lo he pasado muy bien contigo.