Capítulo 17
E l último mensaje que Hollis le envió a Megan fue ayer por la noche mientras estaba tumbada en su cama —la misma en la que la periodista le regaló la mejor noche de su vida— con el móvil en la mano y la mirada clavada en su conversación que solo tenía mensajes suyos.
Hollis
Sé que no quieres saber nada de mí y lo entiendo, yo también me odio por lo que hice, pero necesito que sepas que no pasa ni un solo día en el que no me arrepienta de cómo me comporté. Si alguna vez estás dispuesta a escucharme, estaré aquí.
Hoy son las seis de la tarde y el mensaje sigue con dos tics, entregado, no leído, porque Megan ya ni siquiera se molesta en abrirlos, lo cual significa para Hollis que es el momento de retirarse y asumir que lo que estropeó no tiene arreglo.
Está sentada en el sofá de su salón, echada hacia atrás, con la tele apagada y la vista en el portátil nuevo porque al antiguo lo dejó hace un par días en casa de sus padres.
Hace casi una semana que lo recuperó y no hay en ella ni una pizca de alegría.
Desde entonces, ha intentado hablar con Megan varias veces.
Le mandó un mensaje al día siguiente porque entendía que aquella tarde, cuando salieron del concesionario, Megan estaba tan indignada tras haber demostrado su inocencia, que nada de lo que Hollis hubiera podido decir de haber tenido la oportunidad, habría servido.
Así que le escribió a la tarde siguiente.
Hollis
Lo siento, de verdad, no te haces idea de cuánto lamento lo que pasó. Me gustaría verte.
Megan lo leyó. Hollis vio los dos tics azules y dejó de respirar, mirando fijamente la pantalla a la espera de que le contestara cualquier cosa, incluso que la hubiera mandado a la mierda habría sido mejor que nada, que fue la respuesta que tuvo, dejarla en visto.
Al día siguiente lo volvió a intentar. Estaba en casa de sus padres contándole a su madre lo miserable que se sentía y ella insistió en que no debía rendirse.
Hollis
Hollis : ¿Podríamos vernos, por favor? Solo una vez, deja que te pida perdón como Dios manda, a la cara. Podemos quedar donde tú digas, a la hora que quieras.
Dos tics azules otra vez, y de nuevo, silencio.
Antes de ayer cambió de táctica, pensó que a lo mejor lo que Megan quería era que la llamara, así que marcó su número y esperó hasta que saltó el buzón de voz.
Hollis colgó sin dejar ningún mensaje porque la idea de que la periodista hubiera visto su nombre en la pantalla y hubiera decidido no responder le producía un dolor intenso por el pecho que le presionaba las costillas y le oprimía los pulmones.
Y ayer hizo el último intento, enviando ese mensaje que Megan ya no se ha molestado en abrir, y es el momento de parar.
Hollis no quiere parecer una acosadora, tiene que aceptar la derrota y retirarse con dignidad.
Si Megan no quiere saber nada de ella —como es el caso— lo tiene que aceptar, aunque eso no significa que vaya a doler menos, pero sabe que se pasará.
El timbre suena y mira la hora. Son poco más de las seis y no ha quedado con nadie, pero cuando abre la puerta, se encuentra a sus dos amigas al otro lado.
—Comida china, todos tus platos favoritos para que elijas —dice Melissa, alzando una bolsa.
—Y vino para ahogar las penas —añade Brena, levantando otra que contiene dos botellas.
—No recuerdo que hubiéramos quedado —murmura, aunque sus amigas ya han cruzado el umbral.
—No, pero hemos decidido venir igualmente. —Melissa deja la bolsa sobre la mesa del salón, al lado del portátil—. Llevas ignorándonos toda la semana y alguien tenía que venir a rescatarte.
—Tenía trabajo, y no necesito que nadie me rescate.
—¿En serio te atreves a decir que no con esa pinta de pordiosera? —La señala Brena.
Las dos se quedan mirándola y Hollis se echa un vistazo a sí misma.
Lleva un pantalón deportivo que le va grande, calcetines con orejas de cerdo por los lados que no se pone nunca porque le parecen muy horteras, pero que se niega a tirar porque se los regaló su padre, y un jersey desgastado y lleno de bolas que solo se pone cuando está triste.
Lleva el pelo recogido en una cola baja y tiene las ojeras de un mapache.
—¿Has hablado con ella? —pregunta Melissa.
Hollis niega con la cabeza.
—Lo he intentado, le he escrito y la he llamado todos estos días, pero no me contesta, así que me retiro. No voy a seguir persiguiendo a alguien que no quiere saber nada de mí. Quiero quedarme con algo de dignidad, gracias.
Melissa y Brena se miran entre ellas sin saber muy bien qué hacer.
—Venga, comamos, con el estómago lleno se ve todo mejor —propone Brena.
Sus dos amigas son las que se encargan de poner la mesa y servir todos los platos, observando de reojo a Hollis cada vez que pasan por su lado, porque la diseñadora sigue en medio del salón como si estuviera desorientada y no supiera lo que tiene que hacer.
—A la mesa —ordena Melissa, y Hollis se mueve con la energía de quien lleva dos semanas durmiendo fatal.
Melissa la observa mientras llena las copas de vino y siente una punzada de culpa atravesarle todo el cuerpo.
Conoce a Hollis desde hace tanto que casi ha perdido la cuenta.
La ha visto pasar por la separación de Andrew, por los meses más difíciles de su negocio y por un constipado terrorífico que la tuvo en cama una semana, tan pálida que Melissa siempre pensaba que había muerto cuando venía a traerle sopa por la noche, y en ninguna de esas veces la ha visto tan hundida como ahora.
Su amiga siempre ha sido una mujer que, incluso en los peores momentos, encontraba algo que la hacía sonreír.
Cuando entendió cuánto le había afectado la noche que pasó con la periodista y el dilema que suponía para ella todo lo que había pasado con el dichoso portátil, quiso tirarse por una ventana, porque si ella no se hubiera quedado callada por cobardía, nada de esto habría pasado y probablemente hoy, en lugar de estar aquí con ellas arrastrando los pies como un alma en pena, estaría en su habitación follando con Megan como una salvaje.
—A lo mejor necesita un poco de tiempo para perdonarte, ya sabes como son estas cosas, pero seguro que se le acaba pasando —dice Melissa en un intento de animarla—. Joder, tampoco ha sido tan grave y le has pedido perdón mil veces, ¿qué más necesita?
—Tal vez necesitaba que no la hubiera acusado de ladrona...
La ironía en la voz de Hollis es como un puñetazo para Melissa.
—No quiere saber nada de mí y se acabó.
—Que no te conteste no significa que no sienta nada, eso son cosas distintas —insiste la pelirroja.
—Para mí el resultado es el mismo. —Hollis deja un rollito a medio comer en su plato—. Da igual lo que sienta si no está dispuesta a perdonarme, quizá no era tanto como yo pensé, aunque estaba segura de que estábamos en el mismo punto, fue todo tan...
Hollis se detiene, no está dispuesta a martirizarse con esos pensamientos ahora mismo.
Melissa le da un apretón en el hombro y a Hollis se le humedecen los ojos de repente, pero los cierra y se pasa los dedos porque se niega a que la vean en ese estado.
—Oye. —Brena, que no ha abierto la boca, deja su copa sobre la mesa—. ¿Tú la quieres de verdad? O sea, ¿te has enamorado de ella y todo eso?
Hollis se toma unos segundos para pensar la respuesta.
—No sé si lo que siento es amor o es otra cosa, Brena, pero sí sé que esto no me ha pasado con nadie, ni siquiera con Andrew.
Esa noche con Megan fue como si todo lo que estaba buscando hubiera aparecido de golpe sin haberlo pedido, y ahora que no está, siento un vacío horrible que no sé cómo voy a llenar.
Brena asiente, vuelve a coger su copa y bebe un poco más sin decir nada, pero su mente está en pleno proceso, trabajando a una velocidad asombrosa ante una pequeña idea que ha tenido. Es todavía muy difusa, algo que está verde y que puede volverse maduro muy deprisa.
Lo que tiene claro es que Hollis ya ha hecho todo lo que podía hacer y no ha funcionado, y su amiga se ha rendido.
Esto no se arreglará solo si nadie interviene, y Brena recuerda muy bien cuando el cerdo del hermano de Melissa la dejó completamente sumida en la miseria.
Fueron estas dos mujeres que hay con ella en la mesa las que estuvieron ahí cada día cuando ella más las necesitaba, las que no la dejaron sola cuando todo le parecía oscuro y las que la animaron cuando empezó a grabar esos vídeos que le dieron una motivación nueva y que ahora odian porque dicen que es una pesada.
Si ellas estuvieron ahí para ayudarla, Brena tiene la obligación de estar ahí para Hollis, bueno, eso ya lo hace, pero quizá puede hacer algo más que venir aquí a cenar con ella y ver cómo se consume poco a poco.
Tiene que encontrar la manera de ayudarla y, aunque es una idea entre descabellada y de adolescente, no pierde nada por intentarlo.
Sabe donde trabaja Megan, así que puede ir allí, esperarla, poner su mejor sonrisa e insistirle para que se tome un café con ella, y en ese tiempo, tiene que convencerla de que perdone a Hollis.
Esto será más difícil, pero Brena ha hecho cosas peores, así que está segura de que la misión puede ser un éxito.
Cuando acaban de cenar y lo recogen todo, Melissa abraza a Hollis en la puerta durante un rato porque la culpa la consume y la intenta compensar con mimos. Hollis la deja hacer porque no tiene ánimos para apartarla y porque el abrazo de su mejor amiga siempre es reconfortante.
—Te quiero, lo sabes, ¿no? —le susurra Melissa al oído.
—Lo sé.
—Se arreglará, te lo prometo —dice, aunque no tiene claro que pueda cumplirlo.
Hollis no contesta porque está segura de que ya no hay nada que arreglar, pero le aprieta el cuerpo una última vez antes de soltarla.
—Descansa, ¿vale? —le aconseja Brena cuando llega su turno.
—Lo intentaré —dice Hollis antes de cerrar la puerta.
Brena espera hasta estar en la calle para sacar el teléfono y ponérselo delante.
—¿Qué haces? —pregunta Melissa, abrochándose el abrigo.
—Tú espera.
La influencer activa la cámara frontal, se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja y se pone debajo de una farola para tener luz.
—Chicas —dice, mirando a la cámara—, voy a hacer de Cupido.
Sí, lo habéis oído bien. Vuestra Brena tiene una misión y os prometo que va a ser épica.
No puedo contaros los detalles todavía, pero vais a flipar cuando veáis lo que estoy preparando —continúa, ante la mirada atónita de la pelirroja—.
Estad atentas porque los siguientes vídeos van a ser el capítulo más bonito de este otoño.
Dale a me gusta, comparte con tu mejor amiga y dejad vuestras preguntas en los comentarios. Os leo, chau chau.
—¿Qué cojones ha sido eso? —Melissa tiene los ojos desorbitados.
—Contenido.
—Cupido, ¿en serio?
—¿Tú has visto a Hollis ahí arriba o es que estás ciega? Megan no le va a contestar, esa chica tiene demasiado orgullo al parecer. Alguien tiene que hacer algo y no vamos a perder nada por intentarlo, ¿no?
Melissa empieza a dudar.
—¿Y cuál es tu plan? ¿Encender una vela del amor, prenderle fuego a una flecha y dispararle al corazón con tu arco de Cupido?
—Joder, ese contenido sería genial.
La pelirroja pone los ojos en blanco.
—En serio, tú tranquila, seré muy sutil, ya verás.